Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 14 Upgrade U
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ANTONELLA

Cuando Andréia por fin decidió dejarse ver, casi dos horas más tarde, la situación entre mis piernas estaba más o menos bajo control y yo me entretenía con los expedientes sueltos que Adonis me iba pasando.

Leía uno, me lo pasaba, me preguntaba mi opinión, se mostraba de acuerdo con un leve asentimiento y repetía el proceso con el siguiente.

No tenía ni idea de qué clase de juego era aquel, ni de si solo lo usaba para matar el tiempo hasta la hora de comer, pero no me quejé.

Aproveché bien el tiempo y empecé a elaborar una lista de posibles formas de tortura sexual que dejarían a aquel hombre gimiendo, tirado en el suelo y suplicándome que lo tocara.

Dos golpes en la puerta interrumpieron el hilo de mis pensamientos y, de pronto, allí estaba Andréia con la cara de inocencia más descarada del mundo.

—¿Necesita algo, señor Marins?

El señor Marins miró a aquella farsante mientras me entregaba otra carpeta llena de papeles. Le hizo un gesto para que se acercara y se reclinó en la silla.

—Corríjame si me equivoco —empezó, en lo que esperaba que fuese una bronca magnífica y sin derecho a réplica—. Su horario es de ocho a cinco, de lunes a sábado. ¿Es así?

—Sí, señor —respondió ella sin vacilar.

—Entonces supongo que entiende mi problema con que haya llegado... —consultó el Rolex que llevaba en la muñeca— cuatro horas tarde.

—Cuatro horas y media, para ser exactos.

Me pareció justo corregirlo y echar más leña al fuego, con la esperanza de ver arder el circo entero. La Tortuga me fulminó con la mirada y enseguida volvió a ponerse su falsa cara de arrepentimiento.

—Siento el retraso, señor. Pero puedo explicarlo.

Él negó con la cabeza.

—Ahora mismo no me interesan sus excusas ni sus explicaciones —la cortó, y en aquel momento yo habría matado por un cubo de palomitas y una Coca-Cola bien fría—. Supongo que tiene móvil.

Ella frunció el ceño, confundida.

—Claro que sí, señor.

—Y supongo que lo lleva encima. —La Tortuga asintió y él continuó—. Entonces no se me ocurre ninguna excusa plausible para que no le pareciera, cuando menos, profesional avisar a sus compañeros de que iba a llegar cuatro horas y media tarde.

Abrió y cerró la boca, claramente sin saber qué decir, pero a él le dio igual.

—Ya puede irse —dijo, y volvió a centrar la atención en los papeles del escritorio—. Ha terminado por hoy.

Andréia abrió los ojos como platos, y yo también.

—¿S-señor? —tartamudeó la pobre, pillada totalmente por sorpresa, mientras yo los miraba de uno a otra sin querer perderme ni un segundo.

—Ha terminado por hoy, Andréia —repitió sin molestarse siquiera en volver a mirarla—. Váyase a casa. Mañana la quiero aquí temprano y recuperará esas cuatro horas cubriendo a Clara y a Thatyanne durante los próximos días.

Casi se le cayó la mandíbula al suelo, pero se recuperó rápido, cerró la boca e irguió los hombros.

—Sí, señor. Lo que usted diga —respondió, y había algo en su tono que iba más allá de la simple irritación.

A él no pareció importarle. No contestó ni parpadeó; se limitó a seguir leyendo lo que demonios pusiera en la página que no tardaría en pasarme.

Andréia me lanzó una mirada acusadora, como si todo aquello fuera de algún modo culpa mía. Yo le sostuve la mirada a la muy zorra con mi mejor cara de «anda ya, guapa».

Sentía curiosidad por saber por qué había llegado tarde, no voy a mentir. También sospechaba que no era casualidad que hubiera ocurrido justo en mi primer día, pero me importaba un pimiento.

Le lanzó al jefe otra mirada exasperada y a mí otra de irritación. Yo le respondí con un minúsculo adiós con la mano y ella salió del despacho dando pisotones.

Adonis siguió leyendo como si no hubiera pasado nada, pero yo necesitaba comentarlo.

—Quizá tenía una explicación legítima.

De algún modo acabé defendiendo a la Tortuga sin pretenderlo demasiado, pero no me importó.

No saber por qué había llegado tarde me podía de curiosidad. Él levantó la vista un instante, estudió mi expresión escéptica y volvió directo a la lectura.

—Lo dudo —respondió—. Si tuviera una buena excusa, habría insistido en explicar lo ocurrido, y si de verdad lo sintiera, se habría disculpado más de una vez.

No le faltaba razón, pero no me rendí.

—Quizá le ha pasado algo embarazoso. —Lo intenté de nuevo y moví el culo en aquella puta silla dura—. Puede que le dé demasiada vergüenza contárselo a su jefe.

—¿Ah, sí? ¿Como qué? —preguntó, repartiendo la atención entre los papeles y yo.

Los papeles ganaban por goleada, lamento informar.

—Diarrea explosiva —sugerí.

Él levantó la cabeza y se echó a reír.

—¿Y cree que estaría aquí si tuviera diarrea? —preguntó, de repente interesado en mi línea de razonamiento.

—¿Con un jefe gilipollas y exigente como usted? Pues claro que sí. Aunque estuviera muerta de miedo de dejar una mancha sospechosa en la silla, la pobre mujer no tendría otra opción.

Volvió a reírse y negó con la cabeza.

—No creo que le costara nada contármelo si le hubiera pasado algo así —dijo, y volvió a juntar los papeles del escritorio en un montón ordenado.

Y, después de darle vueltas a lo que había dicho, llegué a la conclusión de que él y la Tortuga tenían cierto grado de confianza. Sí, porque si esperaba de ella una confesión tan embarazosa, tenía sentido.

Quiero decir, yo no tendría ningún problema en admitir algo así ante cualquiera, pero yo soy yo, y una cosa que aprendí muy pronto en la vida es que no todo el mundo comparte mi absoluta falta de vergüenza.

A la gente normal no le gusta hablar de esas cosas con cualquiera, y mucho menos con su jefe.

Mmm. Se supone que conoce muy bien la raja del culo de Tortuga, así que tiene sentido que ella se sienta cómoda contándole lo que pasa por ahí.

—¿Has estudiado los documentos que te envié? —preguntó un rato después, mientras yo me mordisqueaba las uñas y miraba el techo, agradecida de haber conseguido un trabajo en el que prácticamente no hacía nada.

—Claro —respondí, contando las lámparas de la habitación.

—Bien. ¿Tienes algo que decir sobre los casos?

«Cariño, yo siempre tengo algo que decir sobre cualquier cosa».

—El caso de Claudilene Flores es interesante —dije, porque si empezaba a enumerar todo lo que me molestaba de ese caso, seguiríamos allí hasta la semana siguiente.

—Claudilene Flores —repitió, como si buscara en su memoria de qué caso le hablaba—. Ah. Narcotráfico, sin circunstancias agravantes, libertad condicional denegada. Distrito judicial de João Pessoa. No es uno de mis casos.

Claro. No era uno de sus casos; pertenecía a la sucursal del bufete en la capital, pero aun así me lo había enviado junto con aquella puta tonelada de papeleo.

—Exacto —dije, ofreciéndole la escapatoria que necesitaba sin saber todavía que la necesitaba.

—¿Y cuál es tu análisis del caso? —preguntó, desaprovechando la salida que tan generosamente le había ofrecido.

Muy bien, pues. Hasta me removí en la silla para ponerme cómoda antes de arrancar.

—En mi opinión, deberían despedir a la abogada responsable.

Lo dije. Ni siquiera me paré a pensar que probablemente conociera a la mujer, ya que trabajaba para él. Me daba igual.

Dejó de ordenar los expedientes y me miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué dices eso?

Me pregunté si era idiota o solo lo fingía cuando le convenía.

—¿Narcotráfico, delincuente primeriza, sin circunstancias agravantes y condenada a casi veinte años? —pregunté, incrédula—. ¿Qué coño hacía esa abogada que no recurrió algo tan absurdo?

—Entiendo lo que dices —contestó, aunque yo estaba segura de que no entendía una mierda—. La condena fue un poco dura.

—¿Un poco dura?

Casi salté de la silla. ¿Qué le pasaba a este tío? ¿Estaba loco?

No lo estaba pillando, concluí. Tendría que explicárselo de una manera que aquel diminuto cerebro masculino pudiera comprender.

—Caso Rafael Araújo, 2015, juzgado de narcotráfico de Campina Grande —cité.

—Ese es mío —respondió, esta vez sin necesidad de pensarlo—. ¿Qué tiene que ver ese caso con el de Claudilene?

—¿Te estás quedando conmigo? —pregunté, aún más incrédula—. ¿Acaso sabes cuáles fueron las circunstancias atenuantes y agravantes en ambos casos?

Negó con la cabeza en silencio y, de pronto, se le puso cara de recelo. No podía reprochárselo.

—Los casos son prácticamente iguales —continué, intentando mantener la calma—.

Posesión y tráfico de drogas, los dos primerizos, todo idéntico hasta ahí.

—Me detuve para mirarle la cara, pero parecía seguir sin tener ni idea de a qué me refería.

Así que decidí ir directa al grano—. ¿A cuántos años condenaron a Rafael Araújo?

—A siete —respondió de inmediato.

—A Claudilene la condenaron a diecinueve años de prisión. ¿Dónde está Rafael ahora?

—En libertad —respondió, y por fin pareció entender adónde quería llegar.

—Claudilene sigue en prisión. —Puede que hubiera entendido el problema y todo eso, pero yo aún no había terminado—. ¿Cuántos años cumplió Rafael antes de que le concedieran la libertad condicional?

—Unos tres años, creo.

Sonreí, insatisfecha.

—A Claudilene le han denegado todas y cada una de las solicitudes, una tras otra, hasta el día de hoy.

—Entiendo lo que quieres decir —dijo con cautela—. Pero no veo adónde quieres llegar con esto.

—Claudilene no tenía antecedentes. Rafael tampoco. Rafael no tenía circunstancias agravantes que aumentaran su condena. Oficialmente, Claudilene tampoco.

—¿Y extraoficialmente?

—Claudilene es una mujer —expliqué—. Y además es madre. Rafael está soltero y no tiene hijos. A Claudilene la condenaron a casi veinte años de prisión por posesión y tráfico, pero parece que en la condena también pesó que fuera madre..., como si eso la hiciera de algún modo peor que Rafael.

Se quedó callado, así que continué.

—Su conducta como madre nunca debería haberse juzgado, y estoy segura de que no se juzgó de manera explícita.

Pero está metida dentro de la condena. A Claudilene la procesaron, la juzgaron y la condenaron por ser mujer, por ser madre y por traficar con drogas, en ese orden de importancia, y le cayeron casi veinte años.