Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 13 Shape of You #2
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13 Shape of You #2

Cuando volvió a mirarme, parecía culparme de algo.

Probablemente, de hacer que quisiera follar en mitad de su propia recepción.

Desde luego, yo no se lo impediría.

—¿Señor Marins? —volvió a llamar la rubia del medio.

Le alcé una ceja, con curiosidad por oír qué contestaba.

Si aceptaba aquella ofensa, tendría que vérselas conmigo.

Lo siento, pero a mí no me habían contratado para sustituir a nadie, y en ninguna parte de mi contrato decía que tuviera que cubrir el horario de Andréia mientras corría el riesgo muy real de pillar la sarna del coño de otra.

—No será necesario, Thatyanne —respondió por fin, poniéndole nombre a la serpiente número dos del nido.

La tercera era Clara.

La número uno seguía siendo la Tortuga.

—Llama a Andréia y averigua qué ha pasado. Después tráeme el café y actualiza la agenda de hoy —dijo, todavía de espaldas a las dos y con la mirada curiosa clavada en mí.

—¿Y yo, señor Marins? —pregunté, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué quiere que haga?

Era una provocación.

Él lo sabía.

Su sonrisa sucia me dejó sin aliento e hizo que me palpitara el coño.

—Puedes venir conmigo a mi despacho —respondió, todavía sonriendo como un cabrón.

Me guiñó un ojo, volvió a recorrerme despacio de arriba abajo con la mirada y después se mordió el labio antes de añadir:

—Por favor.

Estaba buenísimo, el muy cabrón, me cago en la hostia.

Y lo sabía.

El problema era que, adivina qué, yo también.

—Enseguida, señor —murmuré.

Separé un poco las piernas antes de bajar la escayola al suelo.

Su mirada siguió cada movimiento y se detuvo, hambrienta, en lo poco que alcanzó a ver entre mis muslos.

Me levanté con toda la elegancia que pude.

Que no fue mucha, la verdad.

Al final necesité su ayuda para incorporarme, y sentir aquella mano enorme alrededor de la mía, con ese cuerpo estúpidamente delicioso tan cerca, no le hizo absolutamente ningún bien a mi estado psicológico, ya de por sí maltrecho.

No me soltó.

Todo lo contrario.

Me rodeó la cintura con un brazo y me llevó hasta el despacho.

Usó mi tobillo lesionado de excusa para acercarse aún más.

Pero a mí no me parecía mal.

Había que saber aprovechar las circunstancias siempre que fuera posible.

Y la excusa del tobillo era demasiado buena y creíble para desperdiciarla.

Su olor me estaba mareando.

Más le valía que esos músculos sirvieran para algo más que de adorno, porque igual necesitaba que me llevara en brazos en un futuro muy cercano.

Me llevó hasta la silla, que probablemente ya tenía la forma de mi culo marcada de las horas que había pasado sentada ahí.

Lo mismo, pensé, que le pasaría a la polla de aquel cabrón tan bueno después de que me lo montara a lo vaquera.

Me senté como una niña buena mientras él fingía ayudarme y restregaba aquel cuerpo cálido, perfumado y delicioso contra el mío en cuanto podía.

Cuando se apartó, estaba a punto de hacer una locura.

Era demasiado para asimilarlo todo de golpe.

La belleza de aquel hombre.

Sus manos en mi cuerpo.

Su olor saturándome las fosas nasales.

Mi cerebro a toda máquina, imaginando todos los escenarios posibles.

Cuando me follara a aquel hombre —y créeme, lo haría—, iba a ser una catástrofe de las gordas.

No pararía hasta deshidratarme de tanto correrme.

Se empeñó en comprobar si estaba cómoda, tocándome primero el brazo y después la pierna.

Pequeños toques inocentes.

Que me incendiaron.

El bolso se me resbaló del hombro y cayó al suelo sin que me diera cuenta, distraída como estaba.

Sonrió.

—Creo que se te ha caído algo —dijo.

Y su sonrisa se volvió aún más sucia cuando se inclinó sobre mí y prácticamente me hundió la cara en aquel pecho esculpido.

Me mordí el labio para no morderle el suyo.

Cerré los ojos, respiré aquel olor delicioso y disfruté de la cercanía.

Podría haberme abalanzado sobre él allí mismo.

Haberlo atraído hacia mí.

Hacia mi boca.

Debería haberlo agarrado del pelo, haber besado aquella boca deliciosa y haber obligado al cabrón a besarme la de abajo, sin soltarlo hasta morirme en su lengua.

Solo con su olor y la proximidad de aquel cuerpo contra el mío ya estaba a punto de gemir.

Se apartó despacio, me miró a los ojos, vio exactamente lo que me estaba haciendo y sonrió.

Se apoyó en la mano que tenía sobre mi pierna mientras con la otra recogía el bolso del suelo.

Solo con eso estuve a punto de entrar en combustión.

Me dejó el bolso en el regazo y se acercó aún más, hasta que su boca casi me rozó la oreja.

—Ya lo tienes —murmuró con voz grave.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

Estaba ardiendo viva.

Abrí los ojos y también la boca, dispuesta a suplicar más.

Pero se apartó, rodeó el escritorio y se sentó en su silla.

Y volví a arder entera.

Solo que esta vez de rabia.

Me sonreía, satisfecho con lo que acababa de hacer.

Con mi reacción.

Satisfecho de que unas pocas palabras y unos simples roces pudieran incendiarme.

Respiré hondo y controlé la expresión.

Ignoré las reacciones de mi cuerpo, demasiado excitado, y volví a inspirar.

Si ese cabrón quería jugar conmigo, pues jugaríamos.

A ese juego podíamos jugar los dos.

Y yo nunca me había echado atrás ante un reto.

«Sé que estás mojada, zorra», decía su sonrisa.

«Vas a pagar por eso, hijo de puta. Prepárate para quedarte con los huevos hinchados», respondió la mía.

Pero antes necesitaba un minuto para recuperarme.

Y volver a respirar.