Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 11 Mentiroso
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11 Mentiroso

ANTONELLA

Miré al gilipollas.

El gilipollas me miró.

Miró las muletas.

Yo miré la puerta, abrumada por una profunda sensación de derrota.

Durante un segundo, incluso esperé que Andréia volviera a aparecer sin que nadie la llamara y que él la mandara a por mis muletas al otro extremo del despacho.

Rogué que apareciera.

Incluso intenté invocar al demonio con la sola fuerza de mi mente.

En Supernatural siempre aparecían cuando los llamaban.

Pero, por supuesto, justo la única vez que la necesitaba de verdad, la condenada se negó a salir a rastras del infierno.

Mi salida dramática se fue al traste.

Y estaba atrapada en aquel despacho de mierda porque, con lo que me dolía el tobillo, sabía que volvería a caerme si intentaba levantarme sin apoyo.

El gilipollas volvió a mirarme antes de echar un vistazo a las muletas, allá lejos, tiradas en la puta Siberia.

Estudió la escayola que me cubría el pie.

Después me miró a la cara.

Y sonrió.

Me habría caído de la silla si no me hubiese desplomado ya en ella en cuanto comprendí que no alcanzaba las muletas.

¿Qué demonios era esa sonrisa, Dios santo?

Señor, ten piedad.

Estaba embriagada.

Probablemente al borde de una sobredosis de aquel gilipollas.

Aquello no podía estar pasando.

Nunca funcionaría, la verdad.

Trabajar para él, quiero decir.

Media hora al día en presencia de aquel hombre y me quedaría inútil el resto de la semana.

No tenía ni idea de cómo se las arreglaba Andréia, pobrecilla.

Si yo fuera ella, no sería capaz de trabajar cerca de aquel hombre sin suplicarle un revolcón al menos dos veces al día.

Andréia era una guerrera.

O quizá...

Empecé a darle vueltas, ya que, al parecer, no tenía nada mejor que hacer que seguir atrapada en aquella silla el resto de mi vida.

Tal vez ya se había dado el revolcón.

Quizá se lo seguía dando de vez en cuando.

Quién sabía.

Le fruncí el ceño al techo con desconfianza, ignorando por completo que había otro ser humano en la habitación.

Recordé que Andréia se comportaba con las otras secretarias como si, de algún modo, se considerase más importante.

Había algo altivo en la forma en que hablaba con las otras dos, en cómo se paseaba por la oficina, contonéandose como si todo el lugar fuera su pasarela personal.

Y luego estaba la forma en que hablaba con él.

Lo cuestionaba cuando le daba una orden, como si pudiera rebatir lo que decía porque lo conocía bien.

Porque tenía más libertad con él.

Porque habían follado.

Eso era, decidí.

La próxima vez que entrara en el despacho —probablemente con mi almuerzo, ya que aquel idiota parecía tener tan pocas ganas como yo de levantarse a por las malditas muletas—, los observaría con atención.

No es que me importara, ojo.

Porque no me importaba.

Los observaría a los dos juntos porque, al fin y al cabo, ¿qué otra cosa se suponía que debía hacer?

Mirar a Cara de Tortuga era mejor que seguir dejando que la belleza de aquel hombre me destrozara la salud mental.

Podía oírlo sonreír.

Hasta ese momento no sabía que eso fuera posible —oír sonreír a alguien sin mirarlo—, pero podía.

Eché un vistazo para asegurarme.

Y allí estaba.

Enseñando los dientes y todo, el demonio.

Había intentado invocar a uno y, de algún modo, había acabado atrapada con otro.

Estupendo.

—¿Se te ha perdido algo en mi cara? —pregunté con gran madurez, incapaz de contenerme.

El gilipollas sonrió aún más.

—Eres graciosa —dijo, y enseñó todavía más dientes.

Debió de llevar aparato de adolescente, porque solo un dentista entregadísimo podía haber conseguido aquella sonrisa.

Claro que encima de todo aquello seguía estando esa boca besable, pero eso no era más que un detalle.

Me limité a mirarlo, dejando claro que un cumplidito barato —suponiendo que fuera un cumplido, porque con aquel hombre nunca se sabía— no iba a conquistarme.

—Mmm. ¿Ya has dicho todo lo que querías o te queda algo más por añadir? —preguntó.

Lo pensé un segundo.

Aparte de la naturaleza exacta de su relación con Andréia la Tortuga, no se me ocurría nada.

—De momento, no.

Sonrió ante mi respuesta y se recostó en la silla.

—¿Me toca a mí, entonces? —preguntó, como si necesitara mi permiso.

Se lo concedí.

Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa iba a hacer en aquella habitación con aquel hombre aparte de hablar?

Al instante se me pasaron por la cabeza otras mil actividades posibles, sin pedir permiso.

—Tienes razón —dijo, y me sacó del trance en el que estaba cayendo mientras imaginaba qué se sentiría al morder aquel culo maravilloso y después pasar la lengua por aquel paquete enorme.

—¿Qué has dicho? —pregunté, solo para asegurarme de que no me fallaba el oído.

Quizá me había colado en un universo paralelo.

A veces la mente hacía cosas raras.

O quizá estaba tan ocupada imaginándome mi lengua recorriéndole el cuerpo que me había inventado lo que oí.

—Tienes razón —repitió él con calma, mirándome directamente a los ojos—. No tenía ningún derecho a hablarte así.

Esperé el resto.

Al parecer, eso era todo.

¿Me estaba vacilando?

Después de aquel aluvión de insultos gratuitos y descalificaciones, ¿de verdad se creía que una frasecita de nada —«tienes razón, no debería haberlo hecho»— iba a arreglarlo todo?

¿Acaso tenía pinta de payasa?

—Te escucho —dije.

Puso los ojos en blanco; estaba claro que buscaba paciencia en el mismo sitio en el que yo buscaba la mía a todas horas.

—Me equivoqué. Lo que pasó me asustó de verdad y no debería haberlo pagado contigo de esa manera.

Y volvió a callarse.

Tenía que estar vacilándome.

Después de la tonelada de cosas que había dicho yo —asumiendo incluso parte de la culpa, porque mira qué ser humano tan decente soy—, ¿el tío no sabía ni disculparse como una persona normal?

—Continúa —gruñí entre dientes.

Suspiró, rindiéndose.

—Lo siento —dijo, y por fin sonó sincero—. Siento lo que te pasó y la forma en que te traté, sin pararme ni un segundo a pensar que estabas herida.

—Por tu culpa —añadí, solo para que quedara bien claro.

—Por mi culpa —admitió él—. Debería haberme asegurado de que estabas bien antes de empezar a decir cosas que no debía.

Asentí.

Esta vez ni siquiera tuve que decirle que siguiera.

—Sé que no es excusa, pero nunca me había pasado nada parecido y, sencillamente, no supe cómo reaccionar.

—De acuerdo —respondí, al menos un poco impresionada por el esfuerzo.

Era evidente que no estaba acostumbrado a disculparse ni a admitir que se equivocaba.

—Estás perdonado.

—Pero, en mi defensa —empezó, cuando debería haber mantenido aquella deliciosa boca cerrada—, eres una persona muy difícil, Antonella. Tienes respuesta para todo y casi no me dejaste más opción que responderte en el mismo tono.

Entrecerré los ojos, ignoré el hecho de que mi nombre, no sé cómo, sonaba aún más bonito en aquellos labios melosos y me centré en lo importante.

—Entonces ¿me estás diciendo que me insultaron y me humillaron en plena calle justo después de que me atropellara un coche porque fue culpa mía?

—Eso no es lo que quería decir —se apresuró a responder, alarmado.

Demasiado tarde.

—Ah, y además de maleducada, ¿soy tonta? —pregunté, notando cómo se me volvía a calentar la sangre.

Suspiró, sin saber qué hacer.

Casi —de verdad, casi casi— sentí lástima por él.

Se me pasó enseguida.

Bastó con mirar aquella deliciosa boca y recordar las cosas crueles que era capaz de soltar para acordarme al instante de con quién estaba tratando.

—Siento todo lo que pasó —dijo sin más—. Eso es lo que debería haberte dicho ayer. Lo siento por todo.

Esperé unos segundos, por ver si volvía a estropearlo todo.

Esta vez se quedó callado.

—Mmm —murmuré—. Estás perdonado.

Volvió a sonreír.

Parecía aliviado.

Yo también lo estaba, tenía que admitirlo.

Discutir, aunque no lo pareciera, resultaba igual de agotador que una pelea física.

Y discutir con semejante distracción delante era como intentar que José Aldo no te dejara KO.

—Gracias —dijo el campeón invicto de lo buenorro feat. lo delicioso.

—De nada. Ahora tráeme las muletas —ordené.

A esas alturas estaba agotada.

Y lo único que había hecho aquel día era despertarme, ducharme, llegar hasta allí, caer de bruces, conocer a mi némesis, discutir con dicha némesis y vigilarme cada minuto para no agredir sexualmente la boca de ella.

Quiero decir, de él.

Su boca.

Frunció el ceño.

—Pero aún no hemos terminado.

Y ahí iban otra vez mis niveles de estrés.

—Por el amor de Dios, hombre, ¿qué más quieres? Ya he dicho todo lo que tenía guardado y tú también. Tú te has disculpado, yo me he disculpado...

Arqueó una ceja.

Lo ignoré.

Estaba claro que me había disculpado.

Si no me había oído, no era mi problema.

—¿Qué más quieres? ¿Un riñón?

Se rio de mi indignación.

En mis propias narices.

Había que reconocerle el mérito a un hombre sin el menor apego a sus propios huevos.

—Tranquila, no hace falta que vuelvas a alterarte —dijo, sin tener ni idea de lo peligroso que acababa de volverse el terreno que pisaba.

¿Decirle a una mujer cabreada que se tranquilizara?

¿Es que aquel hombre desayunaba mierda?

—Me refería a por qué has venido hoy.

—¿Y cuál era? —pregunté, sin que me quedara ni una gota de paciencia.

—El puesto de secretaria, obviamente.

—¿Y qué pasa con él? Ya te he dicho que no voy a trabajar para ti.

—Antonella, por favor. —Apoyó las manos en el escritorio y entrelazó los dedos—. Creía que ya habíamos resuelto nuestros problemas.

Alcé una ceja.

Se explicó.

—Yo me disculpé y tú aceptaste mis disculpas. Tú te disculpaste... —Sonrió con sarcasmo.

Quería darle un puñetazo a esa sonrisa.

No tanto como quería besársela, pero eran detalles.

—...y yo acepté las tuyas. Entonces, ¿cuál es el problema?

—¿Trabajar para ti? Varios.

Como, por ejemplo, morder cada uno de esos músculos en horario de oficina porque había perdido la cabeza por completo.

—Creo que te equivocas —dijo el pobre, sin tener ni idea de las obscenidades que me llenaban la cabeza.

—¿Por qué me ofreces el puesto si ni siquiera has terminado de entrevistar a los demás candidatos? —pregunté, incapaz de entender a aquel hombre.

Un minuto me insultaba.

Al siguiente, se disculpaba.

Luego volvía a insultarme sin detenerse ni a respirar, se disculpaba otra vez y ahora me ofrecía un trabajo.

Tal vez estaba loco.

Yo qué coño sabía.

—Para que quede claro... —me apresuré a añadir—. ¿De verdad me estás ofreciendo el puesto o he perdido la cabeza y te he entendido mal?

Sonrió y negó con la cabeza, como si le divirtiera.

Si estaba de broma, le iba a dar un puñetazo en la cara.

Esta vez no habría besitos tentadores.

—Eso es exactamente lo que te estoy ofreciendo —confirmó, y se reclinó en la silla sin dejar de observarme.

Fruncí el ceño.

Sinceramente, aquel hombre no tenía ni pies ni cabeza.

—¿Y qué pasa con los demás candidatos? —pregunté como una idiota.

Aquel hombre acababa de ofrecerme un trabajo y ahí estaba yo, recordándole a las chicas con pinta de modelo y a las señoras mayores de moño que esperaban en recepción.

—Si aceptas el puesto, sobrevivirán —respondió, luciendo otra vez esa puñetera sonrisa.

Descrucé y volví a cruzar las piernas mientras sopesaba la oferta, y pillé el momento exacto en que su mirada bajaba al hueco entre ellas.

Después miró la escayola, como si eso fuera lo que había estado contemplando desde el principio.

Solo entonces me di cuenta de que me había estado repasando de arriba abajo.

Había cruzado y descruzado las piernas unas mil veces en la última hora, y lo hacía aún más cuando me enfadaba.

El peso de la escayola me hacía daño en la otra pierna, y la otra me dolía cuando se apoyaba sobre la escayola, así que tenía que cambiar de postura prácticamente todo el tiempo.

Ya le había visto bajar la mirada a mis piernas antes, pero pensaba que miraba aquel horror blanco que llevaba en el pie.

Creía que se sentía culpable y que lamentaba todo lo que yo había pasado y seguía pasando.

No que estuviera intentando echar un vistazo a lo que tenía entre los muslos.

Alcé la vista al techo, fingiendo que no me había dado cuenta, y lo pensé unos instantes.

Trabajar para aquel hombre sería difícil.

Dejando a un lado que era Apolo en persona y que el coño casi me aplaudía de emoción solo con olerlo, había otros factores a tener en cuenta.

No sabía si de verdad sería capaz de hacer el trabajo.

Aparte de las prácticas del último año de carrera, apenas tenía experiencia.

Pero podía aprender.

Sería un reto y, últimamente, necesitaba cualquier cosa que me distrajera de todo el lío con Rubens y Matteo.

Necesitaba el dinero, obviamente.

Todavía no sabía ni cuál sería el sueldo, pero, teniendo en cuenta que aquel era el segundo bufete más grande del estado —solo por detrás del de mi madre—, seguro que no sería una miseria.

Estaría orgullosa de mí, pensé.

Si pudiera verme allí, luchando aunque apenas supiera cómo, intentando encontrar la manera de seguir adelante mientras el mundo amenazaba con derrumbarse sobre mi cabeza, mamá estaría orgullosa.

Siempre me había enseñado el mundo tal como era.

Sin medias verdades.

Sin cuentos de hadas.

Sin fantasías.

Ahora estaba sola y por fin tenía que aprender a valerme por mí misma.

Lo había jodido todo. Lo sabía.

Pero encontraría la manera de recuperar el control de todo lo que me pertenecía.

O no me llamaba Antonella Mancini DeLuca.

—Acepto.

Sonrió con suficiencia.

Le respondí con mi mejor sonrisa, la que solo usaba cuando quería volver loco a un hombre.

Él hizo lo mismo y dejó mis bragas en estado de emergencia nacional.

«Voy a comerte viva, zorra», decía su sonrisa.

«Ya veremos quién se come a quién primero, gilipollas», respondió la mía.

Estaba claro que aquel hombre no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo.

Peor aún:

yo tampoco.