12 Hot Girl Summer
ANTONELLA
Como última disculpa —que acepté encantadísima—, el gilipollas me dijo que podía trabajar desde casa una semana.
Aún podría haberle alegado que, según el médico que me había atendido en aquel hospital de pesadilla, tenía que guardar reposo al menos dos.
Pero acepté por las buenas y decidí no montar una pelea.
Esta vez.
Sobre todo porque descubrí exactamente lo que ya me esperaba.
Estaba sin blanca.
Jodida con mayúsculas.
Aquellos cabrones me habían dejado las cuentas a cero, todas, y estuve así de cerca —y cuando digo así de cerca, es así de cerca— de lanzarme a otra sesión de alcohol, olvido y diarrea.
Pero ahora tenía trabajo.
Así es.
Yo, Antonella Mancini DeLuca, tenía trabajo.
Nunca pensé que diría esa frase en la vida, pero era verdad.
Tenía testigos que podían confirmarlo y todo.
Como el gilipollas que me había contratado.
Que, por cierto, era el mismo gilipollas que había intentado matarme un día antes de contratarme, pero bueno, detalles.
También estaba la Tortuga —Andréia—, que se quedó tan de piedra con la noticia que casi se dio de morros contra el mismo suelo que yo había abrillantado con mi propia ropa una hora antes.
—Andréia, cancela las demás entrevistas y, por favor, pide la comida de siempre —había dicho el gilipollas cuando la llamó a su despacho después de que yo aceptara el puesto que tanto se había empeñado en ofrecerme.
—Enseguida, señor Marins —había respondido ella, hecha la viva imagen de la eficiencia.
Me miró buscando algo, no sé qué.
Después hizo un gesto hacia la puerta, con una dulzura tan falsa que Gian la habría olido desde el otro extremo de la ciudad.
—La acompaño a la salida, señorita Mancini.
Yo me limité a sonreír, me acomodé un poco más en aquella puta silla dura como una piedra y esperé el espectáculo.
Cuando se dio cuenta de que no tenía intención de levantarme, aunque por fin me habían devuelto las muletas, Andréia buscó ayuda en su jefe.
Pero él parecía distraído, revisando unos papeles sobre el escritorio, y siguió a lo suyo sin ni siquiera mirarla.
—Ah, y que el pedido sea para dos, por favor. Antonella va a comer conmigo.
Sin darse cuenta de que a la otra mujer se le caía la mandíbula al suelo de forma preciosa, anunció:
—Será la nueva secretaria.
Juro que casi se le doblaron las rodillas.
Esperé con ilusión el momento en que se tiraría al suelo a gritar «¿por qué?», pero no llegó nunca.
Por desgracia.
—¿Q-qué? —tartamudeó Andréia de un modo decididamente poco digno.
Me habría reído si no estuviera sufriendo un poco de vergüenza ajena.
—Pero... Pero...
El gilipollas levantó por fin la vista de sus papeles y frunció el ceño.
—¿Hay algún problema, Andréia? —preguntó con impaciencia.
Ella negó rápidamente con la cabeza.
—Bien. Haz lo que te he pedido, por favor. Gracias.
Habría vuelto a hundir la cara en el papeleo de inmediato si la pobre secretaria no se hubiera quedado clavada en medio del despacho, con la boca todavía abierta y completamente confundida.
—¿Cuál es tu problema? Eso es todo. Ya puedes irte —dijo, con un tono lo bastante duro como para retarla a desobedecerle otra vez.
La pobre mujer salió prácticamente corriendo.
La compadecí.
Vamos, que tampoco es que ella se lo pusiera fácil, pero él no tenía por qué ser tan grosero.
Después de que Andréia saliera casi a la carrera del despacho y cerrara las puertas tras de sí, el gilipollas me miró con una sonrisita de complicidad, como si fuera a soltar un chiste sobre su comportamiento y los dos nos fuéramos a reír juntos de la vergüenza ajena.
Le corté el rollo de inmediato.
—Vuelve a hablarme así a mí, o a cualquier otra mujer delante de mí, y me da igual que técnicamente seas mi jefe: te daré una patada en los huevos tan fuerte, y cuando digo tan fuerte es jodidamente fuerte, que mearás sangre durante un mes.
Abrió mucho los ojos, sorprendido por el ataque.
Esperaba que hubiera entendido la advertencia, porque no pensaba repetirla.
Y cuando hago una promesa, la cumplo.
Entonces el idiota sonrió.
—¿«Técnicamente» tu jefe? —preguntó, divertido—. En esa situación hipotética que acabas de describir...
Me guiñó un ojo, dejando claro que había entendido el mensaje.
—...sería tu jefe. No solo técnicamente.
—Dejemos una cosa clara desde ya: yo no aguanto gilipolleces de nadie, pero eso ya lo sabes.
—Sonreí con inocencia y él se rio—. Y deberías dar gracias por lo de «técnicamente».
Recuerda que puede convertirse en «posiblemente» en un abrir y cerrar de ojos.
Y al siguiente parpadeo, adiós a tus huevos, colega.
Cuando por fin salí de su despacho, después de una comida buenísima que me dio fuerzas para levantarme de aquella silla, éramos casi amigos.
Él y yo.
Casi.
Todavía quedaba aquella tensión sexual suspendida en el aire.
Aquel deseo mal reprimido.
La necesidad demencial de arrancarnos la ropa y descubrir cuál de los dos se comería al otro encima de aquel escritorio.
Pero, al fin y al cabo, éramos adultos.
Primero, los negocios.
Aquel martes volví a casa con trabajo, con el estómago lleno y sinceramente feliz por primera vez en días.
Cuando más tarde se lo conté todo a Gian, al principio creyó que le estaba tomando el pelo.
Entonces le enseñé las fotos de Adonis que por fin había encontrado en Google, junto con el pie de foto «L. Marins, 31» y la información del bufete justo debajo.
A Gian se le cayó la mandíbula al suelo.
Nos fuimos a dormir riéndonos de cómo todo aquello había conseguido ser, al mismo tiempo, completamente aleatorio y absolutamente previsible tratándose de mí.
Y a la mañana siguiente —no, no has leído mal; he dicho por la mañana— empecé lo que sabía que sería un proceso largo y agotador para recuperar mis bienes.
Esos ladrones hijos de puta no tenían ni idea de lo que se les venía encima.
Miré con desconfianza al joven sentado frente a mí.
Tras un discurso largo y tedioso en el que empleó un número impresionante de palabras complicadas —varias de las cuales ni él mismo parecía entender—, lo que vino a decir, en esencia, fue que lo que «nosotros» teníamos que hacer ahora era determinar si el caso contra Matteo tenía fundamento.
Acababa de salir de la facultad de Derecho y era el amigo del amigo de otro amigo de Gian, que lo había recomendado.
Diego parecía demasiado joven para llevar un caso tan gordo.
Se hacía un lío con sus propias palabras cada vez que intentaba convencerme de que tenía más experiencia de la que realmente poseía, sin darse cuenta de que yo entendía perfectamente todo lo que decía.
Y todo lo que no decía.
Que no era poco, por decirlo suavemente.
Por ejemplo, después de escuchar mi situación y enterarse de todo aquel embrollo, ¿sabes qué dijo?
—Lo tenemos. ¡Pan comido!
¿Te puedes creer semejante gilipollez?
¿Un abogado supuestamente respetable, ante un caso complicado que implicaba millones de reales y que probablemente atraería la atención de los medios, diciendo que era pan comido?
¿Y nada menos que a su propia clienta?
Que me perdonara el amigo del amigo del otro amigo de Gian, pero Diego era un chiste.
Estaba verde, verdísimo.
Aquel sería su primer caso de semejante magnitud y, probablemente, uno de sus primeros casos en general.
Yo aún conservaba cierta esperanza de recuperar mis bienes algún día y de no acabar humillada públicamente en la televisión nacional, así que no estaba dispuesta a dejar todo aquello en manos de un crío.
Muchas gracias.
Lo dejé hablar todo lo que quiso, mientras pintaba un currículum interminable que sonaba a pura invención.
Habló maravillas del director del bufete.
De sí mismo habló aún mejor.
Después enumeró los pasos que «nosotros» daríamos a partir de ahí.
Al terminar otro discurso, colorado y entusiasmado, el chico se detuvo a recuperar el aliento y acto seguido se lanzó a relatar otro de los grandes casos del bufete.
Sospechaba que su única aportación había sido hacer fotocopias, pero contaba la historia como si la victoria hubiera sido obra suya.
Suspiré, agotada, tras su cuarta descripción absurda de un caso con doble homicidio, tráfico de armas, narcotráfico, trata de personas, tráfico de animales y cualquier otro tráfico en el que el pobre chico fuera capaz de imaginarse metido.
Ese entusiasmo por una carrera recién empezada no duraba mucho. Eso lo tenía claro.
Y aunque estaba harta, justo por eso dejé que el chico siguiera.
Como no sabía cómo quitármelo de encima sin herirle los sentimientos, le pedí que al menos consiguiera los documentos que supuestamente acreditaban la reclamación de la otra parte, los papeles que quizá Rubens me había hecho firmar a ciegas y cualquier otra cosa que se me ocurriera en ese momento.
Sería un encargo sencillo.
Esperaba sinceramente que se diera por satisfecho con él cuando acabara prescindiendo de sus servicios.
Decidí poner fin a la farsa y usé el pie como excusa para salir de la habitación.
Dejé a Gian a solas con el chico y le dediqué una sonrisa de absoluta inocencia cuando me lanzó una mirada de pura desesperación.
Lo siento.
Bueno, en realidad no.
Cuando el amigo del amigo del amigo de otro amigo —y él cree que yo no sé que el cuarto amigo de la ecuación, el que empezó todo esto, es su ligue actual— resulta ser una ameba aún más grande que yo en mis peores días, lo mando a paseo sin pensármelo.
Gian pensaba que era tonta.
Quería ganar puntos con su ligue de turno a costa de mi desastre.
Ni de coña.
No nací ayer y, en la escuela a la que esta zorra va a clase, yo ya me saqué el doctorado.
Me tumbé en la cama y, en lugar de encender la televisión para ponerme al día con mis series, me puse a trabajar.
No te puedes imaginar la cantidad de documentos que me dejaron en la puerta de casa a la mañana siguiente de contratarme.
El hombre había dicho que podía trabajar desde casa.
Había dicho: «Tranquila, puedes descansar mientras tanto y trabajar a tu ritmo», mientras mi cuerpo se recuperaba del accidente.
Y luego me mandó una puta tonelada de documentos de varios casos, unos en curso y otros cerrados, más una nota en la que me informaba de que tenía que habérmelo estudiado todo para ayer.
Y allí estaba yo, en mi inocencia, creyendo que sabía en qué consistía el trabajo de una secretaria.
Pensaba que el puesto se reducía a servir cafés, hacer fotocopias, organizar agendas y estar guapa a jornada completa.
Aparté los expedientes un momento y examiné los papeles de mi contratación.
El tío trabajaba rápido, eso había que reconocérselo.
Todo estaba en orden y en regla, y besé la página donde figuraba la cifra de mi sueldo, más contenta que unas pascuas.
Entre los papeles había un documento con las normas del bufete, nada demasiado raro; otro sobre el código de vestimenta, y también un acuerdo de confidencialidad.
Ese último me llamó la atención, no porque fuera extraño que un bufete se lo exigiera a sus empleados, sino por la cantidad de ceros que tenía la multa por incumplirlo.
Me quedé impresionada.
Pero tampoco tanto.
Mis sospechas se iban confirmando: aquel cabrón se tiraba a las secretarias y no quería que fueran por ahí contando los destrozos que podía causar semejante pollón colosal.
Astuto.
Así, si algún día las despedían —como siempre ocurría—, seguirían sin poder ir contándole a la primera web de cotilleos dispuesta a escucharlas que el buenorro de Adonis era una bestia en la cama.
Podía ser un cabrón casi siempre, pero al menos era un cabrón astuto.
Y estaba buenísimo.
Que no se nos olvide.
Pero en este caso concreto lo bueno que estuviera ya daba igual, porque no podía follármelo por principios y por ética.
O eso creía.
Lástima que él tuviera otros planes.