10 Ella es mala #2
Cosa que hice de inmediato, porque si algo no tuve nunca en esta vida fue paciencia.
Nací sin ella.
—El problema eres tú. —Me removí en la silla, intentando sin éxito encontrar una postura cómoda. Era como estar sentada sobre una tabla de madera—. Mira, tío, sin ánimo de ofender ni nada, pero no necesito tanto este trabajo. No estoy tan desesperada.
Si mi sinceridad lo ofendió, no dio muestras de ello.
—¿A qué punto se refiere?—preguntó.
—Al punto de aceptar un trabajo con un tipo que ya ha intentado matarme una vez—espeté, con mucho dramatismo, lo admito—. ¿Quién me asegura que no vuelvas a intentarlo?
Inspiró despacio.
—Ya te he dicho que no intenté…
—Da igual —lo interrumpí, porque aún no había terminado—.
Lo que pasó ayer no se puede deshacer. Además de atropellarme con tu coche, me trataste como si no fuera nadie.
Como si todo hubiera sido culpa mía. Como si me hubiera tirado delante de tu coche a propósito porque estaba desesperada por llamar la atención o por sabe Dios qué cosas pensarás de mí.
Respiré hondo, intenté calmarme y continué.
—Entiendo que también te asustaras y que tu juguetito de importación necesitara arreglos. Entiendo que tuvieras que posponer media jornada de trabajo por mi culpa. Pero, aun así, no tenías ningún derecho a tratarme como me trataste.
No pretendía ser tan sincera, pero, una vez que abrí la boca, ya no había manera de volver a tragarme las palabras.
Se quedó callado, casi boquiabierto, con cara de culpabilidad.
La expresión se le borró cuando añadí:
—Y sí, intentaste matarme. Y casi lo habrías conseguido si no fuera tan dura de pelar. Y ahora tengo que ir por ahí con esta estúpida escayola, cuando el que debería estar castigado eres tú, porque todo esto es culpa tuya.
—¡Fue culpa tuya, lunática de los cojones! —Casi salió disparado de la silla cuando por fin encontró el hueco que necesitaba para retomar nuestro ya habitual intercambio de insultos—. Tú fuiste la que…
Se cortó en seco cuando Andréia volvió a entrar e intentó recomponerse.
Tenía la cara roja de ira, una vena le palpitaba en el centro de la frente y los dedos le apretaban con fuerza los bordes del escritorio.
Ni siquiera voy a comentar lo que me provocó ver todas aquellas venas palpitando.
A estas alturas, insistir en el efecto que aquel hombre tenía sobre mí sería redundante.
Pero no iba a desperdiciar la ocasión de gritarle unas cuantas verdades a la cara, estuviera Andréia delante o no.
—¿Y quién demonios te crees que eres para alzarme la voz así? Puede que seas el rey del mundo en este tugurio tuyo, pero yo no trabajo para ti, no soy tu empleada y no tienes ningún derecho a hablarme como te salga de las narices, ¡y mucho menos a insultarme, gilipollas!
Andréia, que al entrar con una bandeja demasiado elegante para un bufete de abogados parecía la viva imagen de la eficacia, se quedó parada con mi vaso de agua suspendido en el aire y me miró con cara de tortuga alarmada.
Miré de frente a aquella mujer tan desagradable, casi desafiándola a volver a hacerme otra mueca.
En el estado en que me encontraba, probablemente tan roja como el Gilipollas, no se me podía responsabilizar de mis actos.
—Gracias, Andréia. Ya puedes irte —dijo él a toda prisa, justo cuando la Tortuga abría la boca con lo que, sinceramente, esperaba que fuera un insulto para mí en la punta de la lengua.
Hasta me revolví en la silla, lista para saltarle al cuello.
Andréia me miró, luego miró a su jefe, cerró la boca y, por desgracia, aquella vez decidió obedecer sin rechistar.
Qué lástima.
Cuando la puerta se cerró, el Gilipollas —otro nombre que le pegaba mucho más que el que figuraba en su partida de nacimiento— volvió a mirarme, todavía furioso y con la cara roja.
—Escúchame bien, tú…
—¿Qué? —lo corté, tan cabreada que prácticamente echaba espuma por la boca—.
Ahora que se ha ido, ¿vas a enseñarme quién eres de verdad?
¿Gritarme otra vez a la cara? ¿Insultarme una vez más?
¿Llamarme niñata rica, superficial y consentida que no folla como es debido?
¿Una vez no te bastó? Creía que con aquel discursito sobre mi cuerpo moribundo, después de atropellarme con tu cochecito de medio millón de reales, ya lo habías dicho todo. ¿Qué más te queda por decir?
Cerró la boca de golpe y me miró como si la loca fuera yo.
Él no.
Sinceramente, hacer como si no hubiera pasado nada y luego intentar echarme otra vez la culpa habría sido demasiado hasta para la criatura más paciente del planeta.
Se merecía de verdad oír unas cuantas cosas.
Y, después de soltar todo lo que llevaba atascado en la garganta, me sentí un poco más tranquila.
La situación era tan absurda que rozaba lo surrealista.
Gian se iba a descojonar cuando le contara todo más tarde.
Me froté la frente y aparté la mirada, agotada.
Me dolía el tobillo una barbaridad, notaba que se me venía encima una migraña en tres dimensiones y solo de pensar que tendría que buscar otro trabajo, cuando ya me había convencido de que aquel iba a ser mío sin ninguna duda…
Necesitaba descansar.
Vacaciones pagadas eternas.
Una paga del paro descomunal.
Cualquier cosa que me permitiera quedarme en casa, dormir hasta tarde, despertarme todavía más tarde, ver mis series y vivir sin preocuparme por nada.
Tampoco necesitaba tanto aquel trabajo, ¿no?
Quiero decir, en alguna de mis cuentas tenían que quedar unos cuantos miles.
Alguna calderilla que Matteo se había dejado olvidada por accidente, por pura bondad de corazón.
Lo comprobaría en cuanto llegara a casa.
Era posible. Quizá.
Quizá tuviera dinero suficiente para mantenerme con holgura unos meses.
O quizá estaba fantaseando y, después de que la realidad me rompiera el corazón por enésima vez aquella semana, pasaría otra noche abrazada a mi amiga Natasha.
—Mira, gilipo… Hombre —me corregií, demasiado cansada para empezar otra batalla con él—, esto no iba a funcionar de todos modos.
Decidí poner las cartas sobre la mesa, ya que él no parecía tener nada que decir.
Yo sí.
Porque yo siempre tengo algo que decir.
—No me gustabas, yo no te gustaba, no necesito tanto el trabajo y no olvidemos que ayer intentaste matarme —volví a recalcar, solo para asegurarme de que entendía que no iba a olvidarlo tan pronto.
Posiblemente nunca.
Parecía probable.
Él se limitó a poner los ojos en blanco, como si estuviera demasiado cansado para volver al tema.
—¿Entiendes lo que quiero decir? —pregunté.
Otra vez, ni una respuesta.
Así que decidí explicárselo, con paciencia y despacio.
—Eres un capullo y no aguanto las faltas de respeto. Odio a tus secretarias sin motivo alguno, sobre todo a la de cara de tortuga, y este no es un sitio donde me gustaría trabajar.
—Pero... —intentó decir.
No le dejé.
—No veo cómo podría funcionar esto de que yo trabaje para ti —dije, como si el puesto ya fuera mío, pero no pareció importarle.
—Sé que a lo mejor te parezco un chiste, pero me tomo mi trabajo muy en serio.
Si tuviera algún trabajo, te juro que sería verdad.
—Y, además, no querrías a una niñata rica, superficial y consentida trabajando en tu oficina, ¿verdad?
No le di tiempo a responder.
Según lo que saliera de aquellos labios tan besables, quizá me habría visto obligada a darles un puñetazo.
—Y, sinceramente, odiaría trabajar para ti.
Terminé mi desahogo emocional, cogí el bolso y me lo colgué del hombro.
Estaba aliviada, lo admito.
Sentó bien soltarle por fin cuatro verdades a la cara a aquel cabrón.
Ni siquiera era consciente de lo mucho que me fastidiaba la situación hasta que las palabras empezaron a salir a borbotones.
—Así que ya está. —Suspiré, satisfecha, y me preparé para levantarme—. Que tengas una buena vida. Preferiblemente, lejos de mí.
Alargué la mano hacia las muletas apoyadas en la silla de al lado.
Y lo que golpeé fue la silla.
Las malditas muletas cayeron al suelo y se alejaron rodando.
Mi plan había sido salir triunfalmente, darle la espalda a aquel capullo, contonear las caderas todo lo que mi físico me permitiera, cruzar la puerta y no volver a mirarlo jamás.
El plan se fue al garete con el repiqueteo de mis muletas alejándose cada vez más.
Sinceramente, con la vida de mierda que tengo, a veces es difícil decidir si reír o llorar.
Y lo digo en serio.