Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 10 Ella es mala
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10 Ella es mala

ANTONELLA

Mi vida era, sin lugar a dudas, algo digno de estudio.

En serio.

Fuera quien fuese el ser divino que trazó mi destino, debía de ser muy aficionado a los porros, porque nada de aquello tenía sentido.

Era la única explicación.

Hacía un segundo estaba allí, medio contenta con las pequeñas victorias del día —que, teniendo en cuenta el desastre que había sido el día anterior, eran bastante importantes—.

Me había levantado temprano y, por una vez, de un humor medio decente, porque aquella mañana no había estado sola en mi sesión matutina de blasfemias, ya convertida en rutina diaria.

Gian había dormido en mi casa, me había ayudado a salir de la cama, me había elegido la ropa del día, me había envuelto con cuidado el nuevo accesorio de la pierna en bolsas de basura e incluso me había ayudado a ducharme.

Lo había hecho todo sin que se lo pidiera, aunque no sin quejarse a voz en grito de su flamante puesto de doncella y criado personal.

Aquella mañana había poco tráfico; según me informaron, era lo habitual a esas horas.

Yo no podría asegurarlo, porque, salvo la mañana anterior, no tenía por costumbre deambular por la ciudad prácticamente al amanecer.

Cada día se aprende algo nuevo.

Había conseguido llegar a la oficina para la entrevista sin el menor contratiempo, lo que yo consideraba una victoria enorme.

Mi traje estaba impecable.

Mi pelo y mi maquillaje, también.

Gian podía quejarse todo lo que quisiera, pero yo sabía que le encantaba tenerme indefensa y a merced de sus cuidados.

En fin, todo iba de maravilla.

Debería haber sospechado algo.

Pero ni en un millón de años habría imaginado que me encontraría con aquel maldito hombre salido del infierno precisamente en aquella oficina.

Aunque, pensándolo bien, ¿de quién estábamos hablando?

De Antonella y su ya legendaria vida desastrosa.

Por supuesto que volvería a encontrarme con aquel gilipollas.

Y, por supuesto, como el mundo me odiaba, resultaría ser el condenado señor Marins.

El mismo hombre que no había podido hacer las entrevistas el día anterior porque estaba demasiado ocupado atropellando a gente inocente con su coche, insultándola y siguiéndola después hasta el hospital.

El mismo hombre cuya cara, por lo visto, se me había olvidado buscar como es debido en Google.

Y el hombre al que, supuestamente, se esperaba que le suplicara un trabajo.

Supuestamente.

Porque antes me encontraban muerta y abandonada en plena calle que suplicarle nada a aquel delincuente.

La caída había sido fea, no voy a mentir, pero una parte de mí deseaba que hubiera sido peor.

Ojalá me hubiera dado un golpe en la cabeza y me hubiese quedado inconsciente para despertar ya en el hospital, bien lejos de aquel miserable.

Tenía el cuerpo dolorido, con moratones en varias zonas, y el tobillo me palpitaba como si pesara tres veces más de lo normal.

Ahora me dolía todo aún más.

Excepto la cara, que había conseguido proteger en el último segundo.

Me habría quedado ahí tumbada, en aquel suelo fresco y casi cómodo —sin duda mil veces más limpio que el de mi apartamento—, si unas manos enormes no me hubieran agarrado por los hombros en un alarde de fuerza innecesariamente dramático.

Dando por hecho —mentalmente, claro— que no tenía la fuerza ni la coordinación suficientes para levantarme sola sin romperme la falda ni torcerme el otro tobillo, dejé que me levantara.

—¿Estás bien? —preguntó, todavía detrás de mí, con la boca mucho más cerca de mi oreja de lo que era sano.

No entendía a qué venía tanta cercanía cuando ya era evidente que podía mantenerme en pie sola.

No había ninguna necesidad.

Asentí e intenté reunir fuerzas para recuperar las muletas, que habían acabado casi al otro lado de la sala después de mi aterrizaje forzoso sobre el suelo pulido.

El muy idiota siguió mi mirada lastimera y fue a por ellas.

—¿Estás bien? —repitió cuando acepté las muletas en silencio.

Con expresión preocupada, me examinó de pies a cabeza.

Puesto que él me miraba, preocupado o no, me sentí con todo el derecho del mundo a hacer lo mismo.

Ya sabes.

Solo para asegurarme de que el día anterior no había alucinado todo aquel despliegue de atractivo por culpa de alguna hemorragia cerebral aún sin detectar.

Pues no.

Peor aún: aquella mañana estaba todavía más delicioso y apetecible, algo que no había creído posible.

Unos músculos perfectamente definidos amenazaban con reventar la carísima tela de su traje oscuro de tres piezas, claramente hecho a medida con el único propósito de destruir mi cordura.

Sinceramente, resultaba casi inhumano que aquel hombre pudiera estar tan bueno.

Pelo rubio y espeso peinado hacia un lado, ojos verdes que en ese momento mostraban preocupación, pómulos marcados, una barba que le enmarcaba una mandíbula cuadrada y masculina…

Y luego estaba aquella boca.

Aquella maldita boca que me había hecho despertar en mitad de la noche sudorosa, mojada y necesitada, con el cuerpo en llamas y la boca seca, suplicando una probada más de aquellos labios deliciosos.

Aquel hombre era ofensivamente guapo.

Hasta las orejas le quedaban perfectas, ¡por Damon Salvatore!

¿Dónde estaba la justicia en este mundo?

¿Por qué desperdiciar tanta belleza en un solo ser humano?

Y, peor aún, ¿en un delincuente?

No sabría decirlo.

Se aclaró la garganta y yo parpadeé y salí del trance.

Recordé dónde estaba.

Y, lo que era más importante, con quién estaba.

Aquel era el gilipollas que me había llamado niña rica superficial y consentida a la que no follaban como es debido —lo cual, que conste, no era cierto—.

Puedes mirar, pero no se te puede notar.

Puedes admirar, pero no puedes comértelo.

Chocho, compórtate, que bien sabe Dios que las ganas están ahí.

Me recité mentalmente mi himno favorito, «Fuck You», de Lily Allen, y conseguí recomponerme lo mejor posible.

—Estoy bien—dije por fin.

Asintió, aunque seguía sin parecer convencido de mi estabilidad.

Si física o mental, no sabría decirlo.

Solo apartó la mirada cuando algo por encima de mi hombro llamó su atención, y por fin pude respirar hondo.

—Andréia—dijo.

Durante un segundo me pregunté si habría sufrido alguna lesión cerebral, porque era la única explicación para que me llamara Andréia.

Entonces oí que alguien carraspeaba detrás de mí y me volví para encontrarme con la secretaria con cara de tortuga, aún de pie en el umbral, donde probablemente había presenciado todo aquel circo.

—Agua para la señorita Mancini, por favor—pidió él con educación, lo que me sorprendió.

Aun así, empleó ese tono mandón que aqueja a todo jefe.

Ya sabéis cuál.

Ese tono que deja claro que algo es una orden mucho antes de que pueda fingir que es una petición.

Excepto, al parecer, con Andréia, que un segundo después preguntó, desconcertada:

—¿Necesita, eh…—Hizo una pausa y paseó la mirada de mí al hombre absurdamente atractivo que tenía al lado, y de nuevo a mí— algo más, señor?

El Buenorro frunció el ceño y la miró con una expresión deliciosamente severa e impenetrable.

Tuve que apartar la mirada.

Vete a hacerte el demonio despampanante a otra parte, joder.

—Solo el agua, Andréia. Gracias—dijo con firmeza.

Andréia pareció recordar quién era aquel hombre, asintió rápidamente y salió del despacho.

No sin lanzarme antes una mirada envenenada.

Alcé las cejas, sorprendida por tanta hostilidad completamente gratuita.

Ella no me había caído bien de entrada, igual que yo, obviamente, tampoco a ella, pero no era culpa mía que su jefe fuera un capullo.

Y de eso comía ella.

Tenía que hacer lo que él le pidiera sin cuestionarlo.

Y no le correspondía ponerme malas caras a mí, que no pintaba absolutamente nada en todo aquello.

En serio.

—Creo que debería sentarse—sugirió Capullo, y reclamó de nuevo mi atención.

No podía llamarlo Marins, concluí mientras avanzaba a duras penas hacia una de las sillas que había delante del escritorio de caoba.

Me senté solo porque me dio la gana.

Y porque llevar tanto tiempo de pie con la horrible escayola, apoyada a medias en aquellas muletas inútiles, resultaba doloroso e incomodísimo.

También porque acababa de estamparme contra el suelo, me dolía todo el cuerpo aún más y aquel Adonis idiota me desestabilizaba seriamente las piernas.

¿Y qué clase de nombre era Marins?

No le pegaba nada.

Marins sonaba a nombre de viejo.

No era nombre para un dios del Olimpo.

Rodeó el escritorio y me regaló, durante un segundo, la vista de aquel culo perfecto enfundado en unos pantalones de vestir más ajustados de lo médicamente recomendable para mi bienestar.

La tela parecía cosida a su cuerpo, de tanto que marcaba.

Las caderas.

El culo.

El paquete que se negaba a dejar de reclamar mi atención.

Las piernas musculosas.

No deberían haberle dejado salir en público vestido así.

Tendrían que haberlo detenido por exhibicionismo, ni más ni menos.

—Bueno…—empezó, y se sentó frente a mí en una silla que parecía un sillón sin reposabrazos y que, sin duda, era mil veces más cómoda que el trasto que yo tenía debajo.

Se limitó a observarme con aquellos ojos verdes, preciosos y penetrantes, el toque final del Diablo cuando diseñó aquella obra de arte en versión masculina.

—¿Y qué hace aquí, exactamente?

Me pregunté si, además de casi asesino, era también idiota.

¿Qué hacía yo allí?

Era evidente que lo sabía.

Y, aunque no lo supiera, había una pila de carpetas sobre el escritorio y, desde donde estaba sentada, se leía perfectamente mi nombre, escrito con pulcritud en la de arriba, prácticamente debajo de sus narices.

No estaba segura de qué contenía aquella carpeta.

Decidí que prefería no saberlo.

—Sinceramente, yo tampoco sé ya qué hago aquí—respondí.

—Solicitó el puesto de secretaria—enunció lo obvio mientras señalaba la carpeta con mi nombre y dejaba clarísimo que sabía perfectamente qué coño hacía yo allí.

Todo aquel preámbulo innecesario, a mi juicio.

—Sí, lo solicité. Pero…

—Entonces sí sabe qué hace aquí—me interrumpió.

Odía eso.

—¿Cuál es el problema?

Al parecer, o era aún más estúpido de lo que había imaginado, o necesitaba que se lo explicara con pelos y señales.