9 Cariño, he vuelto
ANTONELLA
Admito que casi me arrepentí de no haberlo besado.
Casi.
Pero, incluso drogada, sus palabras seguían muy vivas en mi cabeza.
Lo que había dicho de mi familia no me había dolido demasiado, porque no se acercaba ni de lejos a la verdad.
Lo que me molestaba era el principio.
Una niña rica y superficial…
Puede que sea una niña rica y mimada. Puede incluso que a veces sea superficial. Pero eso no me definía como mala persona ni reducía toda mi vida a dos palabras.
Yo también había sufrido, así que discúlpame muchísimo si eso no encajaba con la imagen que habías decidido hacerte de mí.
Soy una persona feliz.
Alegre.
Al menos cuando duermo todas las horas que necesito al día.
Aparte de eso, no soy una mala persona. No tengo prejuicios, no discrimino a nadie y nunca en la vida he cometido un delito.
¿Ser una niña rica borraba todo lo bueno que había en mí y me convertía automáticamente en alguien horrible?
Pues yo no estaba de acuerdo.
No había elegido tener dinero.
Igual que tampoco había elegido perderlo.
Pero estaba aceptando —o al menos lo intentaba— mi destino. Mi nueva vida.
Y no iba a permitir que un gilipollas venido de Dios sabe dónde me atropellara, me insultara, me humillara, soltara sentencias sobre mi vida sin conocerme siquiera y después me besara como si no hubiera pasado nada.
Puede que sea una zorra.
Pero tengo amor propio.
La cara de furia de aquel gilipollas se me quedó grabada en la cabeza durante todo el camino a casa, y sonreí sola como una idiota, encantadísima con mi propio comportamiento.
Podía estar ridículamente bueno, eso era verdad.
Pero seguía siendo un gilipollas.
—¿Quieres compañía? —preguntó Gian cuando aparcó en el garaje de mi edificio.
—¿Ahora quieres ser útil? Que te jodan —respondí, cabreada.
Aun así, necesitaba su ayuda para salir del coche, y Gian me cogió en brazos muerto de risa.
Llevaba haciéndolo mucho desde que me encontró drogada en brazos de mi torturador.
Reírse de mi desgracia, quiero decir.
El gilipollas, después de lanzarme una mirada que me habría helado la sangre si no hubiera estado tan ida y tan ocupada riéndome sola, saludó a Gian a toda prisa, le preguntó quién era, esperó a que yo confirmara que sí, que era mi mejor amigo y que había venido a llevarme a casa,
y entonces me descargó en sus brazos sin más ceremonia.
Después se marchó.
Sin siquiera despedirse.
Además de gilipollas, idiota, buenorro y casi asesino, era un maleducado.
Al principio, Gian estaba sinceramente preocupado y me preguntó cómo me encontraba.
Luego, cuando le llegó un informe aún más detallado de aquel día de mierda y de aquel hombre igual de mierda, no paró de reírse de mí.
—Tienes que descansar, nena. Todo este estrés es malísimo para la piel —dijo Gian mientras me dejaba con cuidado en la cama, después de hacer toda una acrobacia para abrir la puerta del piso y luego la de mi habitación.
—Que te jodan —dije—. Y yo, en tu lugar, me preocuparía más por mi propia piel. Que, por cierto, se te ve bastante seca. ¿Eso es una pata de gallo?
Le señalé la cara y me eché a reír cuando Gian soltó un chillido aún más agudo que el mío y salió disparado como una gacela hacia el espejo enorme que había junto a la cama.
Se examinó la cara alarmado y, al no encontrar ninguna marca en aquella perfecta piel de puta, hizo una mueca.
La muy zorra no tardó en volver a sonreír y en tirarse en la cama a mi lado.
—¡Mi pie, gilipollas!
Ignoró la acusación, se movió hasta encontrar una postura cómoda y después me miró expectante.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—¿De qué?
—De tu entrevista de trabajo.
—Se me había olvidado por completo. ¿Crees que si llamo y explico lo que ha pasado me dejarán cambiarla de día? —pregunté esperanzada.
—Al menos podemos intentarlo —dijo Gian, y sacó el móvil y tecleó unos segundos.
Cogí el teléfono en cuanto empezó a dar tono y me lo pegué a la oreja mientras me mordía las uñas, nerviosa.
—Oficina del señor Marins, le habla Andréia, buenas tardes —dijo una voz casi robótica.
No sé por qué, pero aquella persona me cayó mal solo por la voz.
—Buenas tardes, Andréia. Soy Antonella Mancini y llamo para preguntar si sería posible cambiar la fecha de la entrevista que tenía esta mañana.
Expliqué rápidamente lo que había ocurrido.
Escuchó en silencio.
—El señor Marins ha tenido un imprevisto esta mañana y no ha podido venir a la oficina. Todas las entrevistas se han aplazado a mañana, a la misma hora.
Suspiré, aliviada y encantada con lo que fuera que le hubiera trastocado el día al viejo señor Marins.
Al menos había pasado algo bueno.
Sonreí, pero la sonrisa se me borró cuando Andréia continuó al otro lado de la línea.
—Le sugiero que mañana llegue a la hora prevista, sin retrasos ni excusas inventadas. Que tenga una buena tarde, señorita Mancini.
Y la muy zorra me colgó.
Me quedé mirando el teléfono, pasmada por tanta grosería.
—¿Qué? ¿Qué te ha dicho? Hace un segundo sonreías y ahora parece que te hayas cagado encima y se te haya olvidado limpiarte —comentó Gian.
—Ha dicho que las entrevistas se han aplazado hasta mañana…
—¡Oh, qué maravilla!
—…y que mañana tengo que presentarme en la oficina a la hora prevista, sin retrasos ni excusas inventadas. Luego me ha colgado.
El muy cabrón estalló en carcajadas.
—Deberías verte la cara —consiguió decir entre risotadas.
Le dije que se fuera a la mierda, él y la asquerosa de Andréia, y me hundí entre las almohadas.
Al menos aún me quedaba la entrevista del día siguiente, pensé, y sonreí aliviada.
La sonrisa volvió a desaparecer cuando me di cuenta de que había pasado por todo aquello —levantarme temprano un lunes, enfrentarme a un autobús abarrotado, estar a punto de morir aplastada, que me atropellara un coche,
estar a punto de perder una pierna y arriesgarme a hacer cosplay de Arizona Robbins el resto de mi vida— para absolutamente nada.
Qué puñetera vida la mía.
Os lo digo yo.
Al día siguiente llegué a la oficina con diez minutos de antelación.
Por desgracia, por mucho que lo intenté, en mi estado no había manera de llegar más temprano.
Di gracias a Dios por no llegar tarde.
Mejor eso que nada.
Con esa pequeña batalla ganada, me entró la esperanza de que el día fuera distinto del anterior.
Obviamente, había necesitado ayuda para llegar hasta allí.
En realidad, aquella mañana necesité ayuda para hacer casi cualquier cosa.
Ducharme y vestirme con aquella horrible escayola había sido especialmente difícil, pero por suerte podía contar con Gian, mi nuevo sirviente personal temporal.
Había dormido en mi casa precisamente por eso, porque habíamos acordado que necesitaría su ayuda los primeros días.
O al menos hasta que me acostumbrara al peso de la escayola y descubriera cómo usar aquellas malditas muletas.
Sí, muletas.
Como si la horrible escayola no fuera accesorio suficiente, Gian me había conseguido también un par, porque no podía pasarse el día llevándome en brazos.
Que era justo lo que yo habría preferido, la verdad.
Estudié mi reflejo en el enorme espejo del ascensor y llegué a la conclusión de que, dejando de lado los nuevos accesorios, estaba buenísima con aquel traje de Armani.
Lo tenía reservado para mi gran primer día de trabajo, dando por hecho, obviamente, que bordaría la entrevista y me contratarían de inmediato.
Y no pensaba presentarme a la entrevista con un aspecto menos que perfecto, así que me lo había puesto con la inestimable ayuda de mi sirviente temporal y ya había elegido otro conjunto para el verdadero gran día.
Por suerte, tenía una colección bastante respetable de trajes y, aunque no todos eran lo bastante recatados para un lugar de trabajo, eso no me preocupaba.
No pensaba arriesgarme a que el bastón del señor Marins padre resucitara al verme las piernas o los pechos.
Llegué a la planta correcta y salí del ascensor con dificultad, mirando a mi alrededor, maravillada por el lujo y la elegancia del lugar.
La oficina estaba lujosamente amueblada y casi todas las paredes eran de cristal, lo que regalaba al espacio unas vistas impresionantes de la ciudad.
A la izquierda había tres recepcionistas o secretarias y, frente a ellas, varias filas de sillas, casi todas ocupadas.
Me sorprendió la cantidad de gente que había venido a la entrevista.
Y todas eran mujeres.
De todas las edades, desde jóvenes recién graduadas hasta mujeres mayores de postura rígida y moños tirantes.
Un detalle en común: todas, sin excepción, llevaban trajes parecidos al mío.
Excepto que los suyos tenían pantalón.
El mío no.
Por culpa de la escayola.
Aunque, a decir verdad, seguramente no me habría puesto pantalones ni siquiera si la horrible escayola lo hubiera permitido.
Me encogí de hombros y me dirigí despacio a una de las sillas vacías más cercanas; por el camino coseché unas cuantas miradas de lástima y varias divertidas.
Me acomodé en el asiento, saqué el móvil del bolso, comprobé la hora y aproveché para escribirle a Gian que seguía viva y que no había sufrido ningún accidente desde la última vez que me había visto, delante del edificio.
Estudié un poco más el espacio y su carísima decoración, incluidas las tres secretarias, que me recordaban a tres centros de flores idénticos detrás de sus ordenadores.
Eran rubias.
Puse los ojos en blanco.
Llevaban trajes de diseñador idénticos.
Hice una mueca.
Y todas llevaban implantes.
Sacudí la cabeza.
En serio, ¿en este mundo las morenas y las pelirrojas no llegaban a secretarias?
¿Tenían que ser todas rubias?
¿Y estar operadas?
¿Y tener cara de arpía?
Sí, porque aquellas tres llevaban escrito «arpía» en la frente, y a mí no me engañaban.
Tenía el radar de arpías encendido y, de un solo vistazo, les había sacado todo el historial delictivo a las tres.
La doble puerta de caoba que había junto al trío de zorras se abrió y salió una chica que no podía tener más de diecinueve años, roja como un tomate, con una sonrisa de oreja a oreja y abanicándose.
Fruncí el ceño.
O habían contratado a aquella chica —cosa que esperaba sinceramente que no— o el señor Marins padre se había estado restregando contra ella ahí dentro.
Mejor ella que yo.
Pero, si se trataba de la segunda opción, seguramente no estaría sonriendo de aquella manera.
O quizá le gustaban los viejos barrigones. Quién sabe.
Cada cual tiene sus gustos.
Esperé con ansiedad mientras ella hablaba un momento con una de las secretarias, imaginando que en cualquier momento se volvería hacia el resto de nosotras y soltaría un chillido de victoria porque había conseguido el puesto.
Pero solo le dedicó a una de las mujeres una sonrisa cómplice y se marchó, todavía colorada y abanicándose.
Solté el aire, aliviada.
Oí varios suspiros a mi alrededor.
Una de las secretarias se levantó —la de la cara extraña que me recordaba a una tortuga— y entró en el despacho del que acababa de salir la chica.
Estuvo unos segundos dentro y volvió con una hoja de papel en la mano.
—Bianca Nascimento —llamó.
Una de las chicas levantó la mano.
Si la belleza era un requisito imprescindible para el puesto, a ella le sobraba, pensé mientras la mujer se dirigía hacia la sala.
Con una impresionante colección de trenzas de colores y un cuerpo de infarto, era sin duda una de las mujeres más guapas de allí.
La secretaria con cara de tortuga volvió unos segundos después y se sentó frente a su ordenador sin dedicarnos ni una segunda mirada.
Menudo bicho.
Seguramente se creía la octava maravilla de la administración de oficinas.
O Meredith Grey cuando no era más que una simple interna.
Esa chica no me gustaba.
En realidad, ninguna de ellas.
Pero la Tortuga —de la que tenía razones muy sólidas para creer que era la maleducada de Andréia— era, con diferencia, la peor.
No sabría decir si era su aspecto, su voz o su forma de moverse, pero algo en ella la distinguía de las demás.
Una especie de altanería, como si se creyera superior incluso a sus propias compañeras.
Intenté imaginar por qué, pero la puerta volvió a abrirse y salió la chica de las trenzas africanas.
La observé con atención, tratando de adivinar en su rostro cómo le había ido la entrevista.
Pero, igual que la primera, salió sonriendo, ruborizada y con una expresión soñadora.
¿Qué demonios les pasaba a estas mujeres?
¿A todas les gustaban los hombres mayores?
Seguí mirándola, perpleja, mientras salía de la oficina con un contoneo y sin dejar de abanicarse.
—Antonella Mancini DeLuca —llamó la Tortuga con un tono tan desagradable como el resto de ella.
Me levanté con dificultad, apoyada en las malditas muletas, y avancé despacio hacia la puerta que me señaló con gesto impaciente.
¿Echar una mano a alguien que a todas luces la necesitaba?
No, eso no podía hacerlo, ¿verdad?
Levanté la barbilla y fui aún más despacio, sin importarme un comino lo que pensara aquella criatura.
Entré en la sala y lo primero que me llamó la atención fue que la decoración era aún más lujosa que la de la recepción.
Tres paredes eran completamente de cristal y ofrecían unas vistas impresionantes de la ciudad. La única pared sólida estaba cubierta de libros del suelo al techo.
Al fondo había un gran escritorio de caoba y un sillón de cuero.
Busqué de inmediato a Matusalén.
Levanté el pie bueno para dar el último paso y cruzar el umbral, al tiempo que alzaba una muleta, cuando una voz vagamente familiar dijo de pronto:
—¿Qué demonios haces tú aquí?
Alcé la vista.
Aún me dio tiempo de ver la cara perfecta de aquel maldito Adonis antes de que mi propia cara perfecta se estrellara contra el suelo en un ridículo cosplay de Anastasia Steele.