8 Motivación #2
Solo que el tipo se estaba poniendo más atrevido de lo que me gustaba y, cuando me rozó los pechos accidentalmente por décima vez, pregunté:
—¿Les pasa algo a mis tetas?
Me miró sorprendido y luego sonrió con malicia.
—Todo lo contrario.
—Entonces, ¿por qué no paras de tocármelas? Estoy bastante segura de que no me he lesionado nada por ahí.
—Solo estoy haciendo mi trabajo —respondió el muy sinvergüenza.
Lo miré directamente a la cara.
—¿En mis pechos?
—Sí. —Su sonrisa se ensanchó cuando decidió ir a por todas—. Es que estás buenísima y no me lo pones nada fácil.
Alcé las cejas, sorprendida por el descaro.
Decidí cortar aquello de raíz.
—Mira, estás bastante bueno y todo eso. Pero ni siquiera sé cómo te llamas y…
—Fran —me interrumpió.
—¿Qué?
—Me llamo…
—¿Todo bien ahí atrás, Franelson? —gritó Webber desde el asiento del copiloto.
Os lo juro.
Cualquier atisbo de deseo que pudiera haber vuelto con todo aquel manoseo experto murió en el instante en que oí ese nombre.
O sea.
No tengo nada en contra.
Seguro que a su madre le vino la inspiración y todo eso.
Respeto su decisión.
¿Pero Franelson?
Que alguien me ayude.
No pude contenerme. Me eché a reír.
Se le torció el gesto al instante.
Pobre hombre.
No me extrañaba que usara un apodo, probablemente elegido por él mismo.
La cuestión era que Franelson, después de acompañarme al hospital mientras yo seguía riéndome hasta las lágrimas, desapareció en cuanto me dejó en aquella sala de espera infernal.
¿Era culpa mía que su nombre fuera tan trágico?
No.
Aun así, me había reído en su cara y estaba claro que no le había hecho ninguna gracia, como quedó demostrado cuando me abandonó allí.
Así que no.
No me había ayudado absolutamente en nada y yo me había quedado allí sentada, sufriendo con el tobillo destrozado y riéndome de vez en cuando de la tragedia de Franelson.
Pero no pensaba contarle nada de eso al Capullo.
Me encogí de hombros como si mi propia desgracia me importara un comino y me limité a decir:
—No lo sé.
Respiró hondo, intentando calmarse.
Imbécil buenorro.
Incluso enfadado, estaba guapísimo.
—¿Dónde tienes la documentación?
—En el bolso. —Señalé la silla de al lado, donde lo había tirado en cuanto me desplomé en aquel asiento incomodísimo.
Cuando se dio cuenta de que no iba a mover un dedo para cogerlo, gruñó, agarró el bolso por el asa sin el menor cuidado e hizo que todo lo que había dentro traqueteara.
Al ver cómo el ogro maltrataba mi Chanel, solté un chillido, se lo arranqué de aquellas manos asesinas y saqué yo misma la documentación.
—Toma. —Se la lancé a las manos.
—¿Tienes seguro médico? —preguntó de morros.
—Em…
Vacilé.
No tenía ni idea de si me habían cancelado el seguro después de que mi cuenta bancaria se evaporara, pero saqué la tarjeta y se la entregué rápidamente, rezando a todos los santos para que aún funcionara.
—Aquí tienes.
Me dio la espalda —y qué espalda, madre mía— y volvió junto a la recepcionista sin decir nada más.
Admiré su culo.
Era más grande que el mío, el condenado.
Y parecía de puro músculo.
Ese hombre debía de pasarse la vida en el gimnasio para tener un culo tan delicioso.
En realidad, no solo el culo.
Todo el cuerpo.
Él y la recepcionista hablaron unos segundos. El Capullo se volvió, me miró y pareció sacar algo del bolsillo.
Alcé las cejas, intrigada, intentando averiguar qué estaba haciendo, pero él se limitó a retomar la conversación.
Unos minutos más tarde, por fin me atendieron.
Solo era un esguince, no una fractura, gracias a Dios.
El médico de guardia me escayóló el tobillo sin demasiada delicadeza, pero no me quejé, no después de que me metieran por la vía un medicamento misterioso.
Me sentía ligera.
Como si estuviera colocada.
¿Era esto lo que sentía la gente al fumar porros?
Porque nunca en la vida me había sentido tan tranquila y en paz.
Hasta le sonreí al Capullo cuando me sacó en brazos como si no pesara nada, y le pregunté con toda naturalidad si por casualidad tenía algún hermano tan buenorro como él pero menos capullo.
Bufó y siguió andando.
Este hombre siempre estaba irritado. ¿Os habéis fijado?
No hacía más que gruñir, refunfuñar y soltar palabrotas.
Aunque estaba igual de bueno, eso sí.
Ni siquiera le pregunté adónde me llevaba.
Simplemente le rodeé el cuello con los brazos y le olisqueé la piel con disimulo.
El condenado olía de maravilla.
Estaba muy ocupada aspirando el aroma de su cuello cuando oí su voz.
—¿Podrías dejar de hacer eso? —preguntó con un tono ligeramente extraño.
Aparté la cara y le estudié las facciones mientras me mordía el labio.
—¿Por qué estás tan bueno? ¿Y por qué hueles tan bien? No es justo, ¿sabes? —dije con la voz un poco pastosa.
—¿Justo para quién? —Su voz apenas fue un ronco murmullo.
—Para mí. Se supone que tengo que odiarte, no…
Busqué las palabras mientras le miraba la boca.
Aparté un brazo de su cuello y le recorrí los labios con los dedos.
—No…
—¿No qué?
Esa voz…
Juro que me habría abalanzado sobre él solo por oír aquella voz, si no fuera porque ya estaba prácticamente encima.
Pero encima venía con el paquete completo, porque aquel hombre era puro pecado sobre dos piernas.
Y también el paquete que llevaba entre esas piernas y que me había quedado mirando antes.
Eso no podía olvidarlo.
Espera, ¿de qué estaba hablando?
—¿Qué? —pregunté, todavía mirándole la boca.
—Has dicho que se supone que tienes que odiarme y no… otra cosa. ¿Qué ibas a decir?
Sentí moverse sus labios bajo las yemas de mis dedos y caí en trance.
¿Por qué tenía que estar tan bueno aquel hombre?
¿Y tener unos labios tan besables?
¡No era justo!
Y yo estaba drogada.
—Quiero… —empecé despacio, intentando recordar en qué estaba pensando.
Respiró hondo cuando me acerqué más.
Le rocé los labios con los míos, apenas un roce, ni siquiera lo suficiente para que contara como un pico, y, escandalizada por mi propio comportamiento, por fin me di cuenta de lo que estaba haciendo y me aparté.
¡Iba a besarlo!
¡A él!
¡Al capullo!
¡Al hombre que me había atropellado con su coche y luego se había burlado de mí mientras yo yacía indefensa y herida en mitad de la calle!
—¿Qué quieres? —preguntó mordiéndose el labio inferior.
Casi caí en otro trance.
Casi.
Entonces recordé lo que había dicho antes y, en lugar de ceder, sonreí.
Me acerqué de nuevo y le mordí el labio inferior, igual que había hecho él un segundo antes.
—Quería… —empecé, pero no pude resistirme y volví a morderle la boca.
Cerró los ojos y me apretó más contra él.
Estuve a punto de ceder y besarlo de verdad, pero volví a la realidad justo a tiempo, al oír el escándalo que montó Gian al llegar al hospital, gritando mi nombre.
—Quería besarte —susurré contra sus labios, y le lamí la boca antes de poder contenerme.
Él gimió.
Volví a apartarme y esperé hasta que abrió los ojos.
Entonces sonreí como la zorra que soy y terminé:
—Pero luego me acordé de que las niñatas ricas, superficiales, mimadas y chifladas a las que nadie se folla como es debido no son tu tipo.
Se limitó a mirarme en silencio un instante.
Aun así, llegué a ver el deseo reflejado en sus ojos antes de que lo sustituyera la furia.
Me reí en toda su cara.
«Oh, cariño», pensé.
Unos días eres el cazador.
Y otros, la presa.