8 Motivación
ANTONELLA
Quedarse mirando la polla de un desconocido delante de otros desconocidos era, sin duda, una señal clara de no tener ni pizca de vergüenza.
Pero eso fue exactamente lo que hice.
Y me quedé así, con los ojos clavados y la boca ligeramente abierta, devorando sin el menor pudor aquella maravilla que tenía justo delante.
Vale, no literalmente delante de la cara.
Pero, como el Gilipollas se había acercado bastante, se había agachado casi justo delante de mí para proclamar su horror ante mi coqueteo y luego se había levantado sin dar un solo paso atrás, aquella maravilla de los dioses me quedó justo a la altura de los ojos.
Y qué espectáculo.
Madre del amor hermoso.
Juro que no soy el tipo de mujer que se queda mirando pollas en público, y mucho menos las de desconocidos.
Pero esa pedía a gritos que la miraran.
Incluso a través del pantalón del traje se notaba que ahí había un paquete bien provisto.
Ya sabes, ¿uno de esos lotes completos?
Longitud impresionante + grosor generoso + accesorios de buen tamaño = miradas fijas garantizadas.
No pude evitarlo.
Lo juro.
Era más fuerte que yo.
Solo conseguí dejar de mirarle la polla al hombre cuando el paramédico tan mono volvió y se agachó a mi lado, y el Gilipollas —que no había apartado los ojos de Mark ni un solo segundo— bajó la mirada automáticamente.
Y habría preferido que me atropellaran otros cien coches aquel mismo día antes que dejar que aquel capullo —ahora en más de un sentido— notara la mirada hambrienta que le estaba echando.
Muchas gracias.
En mi defensa, a mí solo me interesaba la polla.
No el tipo.
El tipo era un gilipollas.
La polla era inocente.
Pero ¿qué se supone que debe hacer una cuando las dos cosas vienen en el mismo paquete?
Llorar.
Porque preferiría ofrecer la cara para que me soltaran un bofetón antes que lanzarme a los brazos de ese gilipollas.
—Ahora vamos a moverte —dijo Mark con una sonrisa.
Después de aquel festín visual, al pobre ya ni me parecía tan bueno.
No con aquel dios griego hecho carne, y bien dotado, de pie a nuestro lado.
Maldito hombre.
Como si no bastara con casi matarme, ser un gilipollas y un maleducado, ¿también tenía que estar tan bueno y llevar semejante paquete?
¿Dónde estaba la justicia en este mundo?
El caso es que ya no podía seguir coqueteando.
Mark debió de darse cuenta, porque cuando no le devolví la sonrisa y me limité a asentir, la suya fue desapareciendo poco a poco hasta dar paso a una expresión más seria y profesional.
Con la ayuda de Richard/Rômulo, me levantó con cuidado y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba dentro de la ambulancia.
Aun así, me despedí con la mano de la amable anciana y del moreno tan mono.
Y tampoco pude resistirme a despedirme del Gilipollas.
Le hice la peineta con las dos manos.
Algunas personas se rieron y, por increíble que pareciera, habría jurado que Adonis también.
Pero seguro que fue cosa de mi imaginación.
Dos horas después, el tobillo seguía hinchándose y el estúpido vasito de hielo que me había dado una de las recepcionistas con cara de pocos amigos no había servido absolutamente de nada.
Salvo para lavarme los pies.
Que, para mi absoluto horror, estaban mugrientos después del suplicio de aquella mañana.
Prácticamente me estaban tratando como si fuera una indigente.
Desdichada y con un dolor de mil demonios, llamé a Gian.
Tuve que llamar cinco veces hasta que contestó de mal humor y me preguntó si no tenía nada mejor que hacer que amargarle la vida.
Supuse que le había interrumpido el polvo matutino.
Aunque ya casi era mediodía, según el pequeño reloj de la sala de espera.
Me distraje escuchando sus refunfuños y palabrotas y casi olvidé por qué lo había llamado.
—He tenido un accidente —dije en mitad de otro de sus discursos sobre que necesitaba desarrollar algo de sentido común, entender que el mundo no giraba alrededor de mi ombligo y darme cuenta de lo mal que se ponía de humor cuando no le dejaban terminar lo que había empezado.
—¿Que has qué? —gritó, sobresaltado.
—He dicho que he tenido un accidente, no que esté sorda. No grites.
—Antonella, ¿dónde estás?
—En el hospital.
—¿En qué hospital?
—No lo sé. Me han traído aquí sin más —respondí, porque de verdad no tenía ni idea de en qué barrio estaba.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Gian, preocupado.
Oí ruido de ropa al otro lado de la línea.
Le hice un resumen de toda la mañana y terminé el informe con sorbetones y la nariz goteando.
—Y l-llevo aquí dos horas y a-a nadie le importo —gimoteé.
Me dolía el tobillo. Dejadme en paz.
Y, tal como había predicho, me habían empezado a brotar molestias por todo el cuerpo cuando aún estaba en la ambulancia.
Veía varios moratones en mi futuro.
—Antonella, cálmate. Voy para allá.
Oí a Gian murmurar algo, probablemente para explicarle al tentempié de la noche anterior —que por lo visto se había convertido en el tentempié recalentado de aquella mañana— que ya no iba a haber nada.
Perdona, ha surgido algo.
—¿No hay por ahí cerca algún folleto o cartel con el maldito nombre del hospital?—preguntó Gian al cabo de unos segundos.
Ahora oía de fondo el timbre del ascensor.
—No lo sé—gemí otra vez, con la vista todavía nublada por las lágrimas.
—¡Pregúntale a alguien, Antonella! ¿No hay nadie a tu lado? ¡Pregúntale a una recepcionista o a cualquiera que pase por ahí!
—¡No me grites!—espeté, dejando de llorar al instante—. ¿Qué te crees que es esto? ¡No es culpa mía que me hayan traído a un hospital desconocido lleno de gente desconocida que me ignora, y todo por culpa de un idiota gilipollas, buenorro y casi asesino!
Admito que gritar en plena sala de espera de urgencias, con el maquillaje probablemente corrido de tanto llorar, los mocos colgando y un montón de enfermos mirándome no fue el momento más glamuroso de mi vida.
Pero ¿a quién le importa?
A mí no.
—No es culpa mía si…—empecé.
Pensaba seguir con la perorata, pero una mano gigantesca me arrancó el móvil de la mía a media frase.
Automáticamente, levanté las dos manos para demostrar que estaba desarmada y que no opondría resistencia al atraco.
Pero él no era un ladrón.
Un criminal, sí.
Que yo supiera, atracador no.
Se llevó el móvil a la oreja y le dio rápidamente a Gian el nombre del hospital, el barrio y las indicaciones para llegar.
Esperó unos segundos, respondió a alguna pregunta del otro lado y me miró directamente a los ojos con una sonrisa burlona.
—Habla el idiota gilipollas, buenorro y casi asesino.
Y el Gilipollas encima me guiñó un ojo.
El muy cabrón.
Fingí que me había quedado ciega otra vez y que no veía aquel cuerpo infernalmente bueno sentado en la silla de al lado.
Lo ignoré por completo.
Modo estatua egipcia.
No funcionó demasiado bien porque, menos de un minuto después, gemí cuando un latigazo de dolor me atravesó el tobillo.
Aquello empezaba a preocuparme.
Si solo era un esguince, no debería doler tanto.
O quizá dolía porque tenía el pie apoyado en el suelo y, por mucho que intentara no cargar peso sobre él, seguramente eso estaba empeorando las cosas.
Si tardaban un minutito más en atenderme, corría un serio riesgo de que me amputaran la pierna.
Y ojo, que adoro a Arizona Robbins.
Arizona está fácilmente entre las diez mejores de Grey Sloan, y Calzona es y será siempre una de mis parejas favoritas de todos los tiempos.
Pero que me cayera bien no significaba que quisiera quedarme sin una pierna.
Muchas gracias.
El Gilipollas se levantó y, refunfuñando entre dientes, se acercó a la recepcionista.
La misma mujer que me había recibido con la mayor cara de mala hostia permanente que había visto en mi vida esbozó de pronto la mayor sonrisa de guarra salida que había visto jamás.
Lo que el idiota le dijo, fuera lo que fuese, no debió de sonar bien, porque la sonrisa se le borró tan deprisa como había aparecido.
Solté una risita, incapaz de evitarlo.
Se lo tenía bien merecido.
Esa todavía no dominaba el arte de ser borde con un tío buenorro mientras se lo comía con los ojos desde una distancia prudencial.
Pobrecilla.
El Gilipollas volvió la cabeza hacia mí por encima del hombro y me lanzó una mirada que le habría helado la sangre a una persona normal.
A mí no me hizo absolutamente nada.
Me limité a guiñarle un ojo y arquear las cejas.
Dejó a la recepcionista hablando sola y volvió hacia mí a grandes zancadas.
Con una fuerza que tuve que sacar de lo más profundo del alma, resistí el impulso de volver a inspeccionarle el paquete y le miré a la cara.
—¿Has rellenado los papeles?—preguntó en cuanto se detuvo delante de mí.
Tardé unos segundos en entender la pregunta.
¿Cómo se suponía que iba a concentrarme con aquella vista del Olimpo plantada justo delante de mí?
—¿Qué?—pregunté, todavía confundida.
—¿Has rellenado los papeles?—repitió despacio, como si le hablara a una niña difícil.
—¿Qué papeles?
—¿Cómo que qué papeles? El registro de urgencias. ¿Lo has rellenado?
—Eh… ¿no?
No sabía que los hospitales tuvieran toda esa burocracia.
Y nadie me había dicho nada de formularios ni de registros cuando llegué.
—¿Cómo esperas que te atiendan si ni siquiera te has registrado?
—¿Porque estoy aquí?—respondí, señalando lo obvio. Al menos para mí—. Quiero decir, si me han traído aquí es porque necesito atención médica, ¿no? Por tanto, deberían atenderme de inmediato y no hacerme rellenar un formulario cualquiera.
Me miró como si estuviera loca.
—¿En qué planeta vives? Podrían haberte atendido hace horas, pero te has quedado ahí sentada esperando como una idiota.
—¿Y cómo se suponía que iba a saberlo? No tengo una bola de cristal, por si no te habías dado cuenta.
—¿Y qué pasa con tu amiguito el paramédico? ¿Por qué no te ayudó cuando llegaste?
Buena pregunta.
La verdad.
Porque, veréis, en la ambulancia Mark había intentado retomar el coqueteo ahora que estábamos solos, sin el Gilipollas, y se me había echado encima con muchas ganas de volver a sobarme.
Yo se lo permití porque, aunque estaba a años luz del Gilipollas en cuanto a atractivo, seguía estando más que decente.