Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 7 Thank U, Next #2
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7 Thank U, Next #2

—¿Puedes decirme dónde te duele...? —empezó Mark, y echó un vistazo rápido a mis manos en busca de anillos en los dedos anulares.

Al no encontrar ninguno, sonrió.

—¿Señorita...?

—Antonella, a secas. Nada de señorita —dije con mi voz más dulce y coqueta.

Él sonrió.

Yo sonreí.

Alguien volvió a resoplar.

—Bueno, Antonella, ¿puedes decirme dónde te duele? —preguntó Mark, poniéndose manos a la obra.

Como ya he dicho, soy cirujana titulada por dieciséis temporadas de Anatomía de Grey, así que sabía perfectamente que podía tener alguna lesión interna grave que todavía no notaba por culpa de la adrenalina y todo eso.

Pero ni la adrenalina podía disimular el dolor del tobillo.

—Creo que solo me duele el tobillo —respondí, negándome a mirar la parte en cuestión para ahorrarme la visión de la berenjena mutante en la que se había convertido y de mis Jimmy Choo asesinados.

—¿Solo te duele el tobillo después de un accidente así? Impresionante. Aun así, tendré que examinarte, si no te importa.

—Por supuesto —respondí, toda dulce y femenina, y acepté su ayuda para volver a tumbarme en el suelo.

Antes de subir al paciente a la camilla, los paramédicos tenían que comprobar si había otras lesiones. Eso lo sabía.

Lo que significaba que Mark tendría que aprovechar para sobarme el cuerpo entero.

Qué suerte la mía.

—¿Quieres que yo… —empezó Webber.

Casi le solté un no rotundo en toda la cara, pero Mark lo interrumpió.

Y no tenía nada contra Webber.

Era solo que tenía edad suficiente para ser mi padre o mi abuelo, y yo no tenía muchos límites cuando se trataba del sexo opuesto, pero los hombres con pinta de padres —o, peor aún, de abuelos— no eran lo mío.

—Yo me encargo —dijo Mark, arrodillándose a mi lado—. Tráeme una gasa del botiquín, Rômulo.

Sonreí ante la ironía.

Rômulo.

Richard.

¿Lo pilláis?

Qué mundo tan gracioso.

—Claro —respondió Rômulo.

—¿Te duelen los brazos? —preguntó Mark mientras empezaba la exploración.

Negué ligeramente con la cabeza, hipnotizada por aquel rostro de galán de la televisión estadounidense tan cerca del mío.

—¿Puedes moverlos?

Hice lo que me pedía y noté que su mirada bajaba un instante a mis pechos antes de volver a mi cara.

Sonreí con inocencia, fingiendo que no me había dado cuenta de nada.

Alguien volvió a resoplar a mi lado.

Lo que significaba que alguien más se había fijado en la mirada nada disimulada de Sloan.

Seguía dándome igual.

Me concentré en mi McSexy y esperé a que me inspeccionara el cuerpo.

Obviamente —y por desgracia—, a partir de ese momento evitó la zona de mis pechos, pero por lo demás me sobó de arriba abajo.

Llegué a estremecerme y tuve que contener un gemido.

Mark ya me había revisado el cuerpo entero a conciencia dos veces y estaba empezando una tercera ronda cuando nos interrumpieron.

—¿No la has sobado ya bastante? —preguntó el Capullo, irritado otra vez.

Quizá aquel hombre vivía enfadado.

Tío raro.

—¿Cuántas veces tienes que manosearle las costillas para darte cuenta de que lo único que le pasa es el tobillo?

Y ahí estaba, entrometiéndose en los manoseos ajenos.

¿Acaso era asunto suyo?

No me gustaba nada.

¿Quién se creía que era?

Primero me atropellaba con el coche, luego me gritaba mientras seguía tirada en plena calle y ahora, cuando tenía a un paramédico buenorro examinándome las costillas y rozándome las tetas sin querer pero queriendo, ¿también quería fastidiarme la diversión?

—¿Eres médico? —pregunté, volviendo la cabeza hacia él.

Me fulminó con la mirada y murmuró:

—No.

—¿Has estudiado enfermería?

—No —volvió a murmurar.

—Entonces, ¿me harías el favor de cerrar la puta boca y dejar trabajar tranquilo a quien de verdad entiende de esto y ha estudiado para ello?

Se quedó boquiabierto, escandalizado.

Probablemente no estaba acostumbrado a que le dieran órdenes ni en la vida ni en el trabajo —cuando no estaba jugando a la Fórmula 1 y atropellando con su coche importado a peatones inocentes y debidamente follados.

Quizá nadie le había dado una orden en toda su vida.

Quién sabe.

Todo criminal tiene sus manías.

—Gracias —dije cuando abrió la boca, sin duda dispuesto a volver a llamarme loca, caprichosa y mal follada.

Y, por cierto, si aquella última acusación hubiera sido cierta —¡que no lo era!—, lo habría solucionado sin el menor problema el doctor Buenorro aquí presente, que tenía cara de hombre que hace bien su trabajo.

Si sabéis a qué me refiero.

—Puedes continuar —le dije a mi McSexy.

Pero Mark se limitó a negar con la cabeza, claramente intimidado por el dragón que me fulminaba con la mirada a mi lado.

—He terminado —dijo, y se apartó rápidamente para ajustar la camilla.

—Ya era hora, joder —murmuró el cavernícola, satisfecho.

Volví a mirarlo echando fuego por los ojos, un fuego que decía bien claro: si me arruinas las posibilidades, te doy una patada en los huevos.

—¡Como vuelvas a abrir la boca, te denuncio por intento de asesinato, pedazo de peligro homicida! —grité, aunque solo para que el delicioso Mark supiera que aquel idiota no era mi marido, ni mi novio, ni nada parecido.

No era más que el criminal que casi me había matado.

Y funcionó.

Mark miró primero al Capullo, luego a mí y después otra vez a él, y le echó un vistazo rápido a las manos, igual que había hecho con las mías.

Entonces sonrió.

—Ahora tenemos que pasarte a la camilla, ¿de acuerdo? —dijo en tono formal, todavía sonriendo.

—Perfecto —respondí, y le guiñé un ojo.

Mark sonrió con picardía y se volvió para llamar a su compañero.

Suspiré, satisfecha.

—¿Es que no tienes vergüenza?

Casi di un respingo, pero por suerte seguía tumbada y conseguí no mover el tobillo dolorido.

Me volví hacia la voz y me encontré el rostro perfecto de Adonis a escasos centímetros del mío.

Menudo puto demonio salido del infierno.

Ni siquiera el infierno de Lucifer Morningstar tenía demonios de semejante calibre.

Socorro.

—¿Vergüenza de qué? —pregunté, una vez recuperada del impacto de tener semejante guapura tan cerca.

—De ligar con el primer hombre que se te pone delante —respondió el Buenorro con cara de asco.

Eso no era verdad.

Si lo fuera, ya me le habría subido al regazo y lo estaría cabalgando como a un poni allí mismo, en plena calle.

Pero, ya sabes, no podía ponerme en plan dulce y femenina con el tipo que casi me había matado.

Así que, siguiente.

—Ni lo más mínimo. ¿Por qué iba a tenerla? —respondí con una sonrisa serena.

Negó con la cabeza y se levantó, maldiciéndome entre dientes, pero esa vez me dio exactamente igual, porque de pronto todo mi campo de visión se llenó de algo delicioso.