7 Thank U, Next
ANTONELLA
Quedar en ridículo varias veces el mismo día delante de desconocidos era, sin duda alguna, más bochornoso que la vergüenza en sí.
Por suerte, mi desfachatez era a prueba de balas.
Había aprendido muy pronto que la mejor manera de salir de cualquier situación humillante era actuar como si no hubiera pasado nada.
Me aparté el pelo de los ojos con toda la calma, como si no oyera las risitas de los demás.
—Mmm —murmuré mientras me colocaba los mechones lo mejor que podía, como si no hubiera pasado absolutamente nada.
En mi fuero interno, di gracias a los dioses Salvatore por el regreso —¿lo pilláis?— de mi vista, mientras deseaba por enésima vez que Katherine Pierce volviera del Otro Lado para patearles el culo a los dos.
Dioses idiotas.
¿Dónde se habían metido cuando pasé por la mayor humillación de mi vida?
¿Y qué narices estaban haciendo cuando dejaron que alguien me robara todo el dinero, para empezar?
Dioses de la gilipollez.
Abrí los ojos solo un poco y me contuve para no dar las gracias en voz alta —no a los Salvatore, que podían irse a la mierda— por volver a ver.
Lo primero que vi fue la multitud.
Decenas de personas se agolpaban a mi alrededor. Algunas, con el móvil en la mano. Otras seguían riéndose.
Me incorporé sin hacer caso de las protestas de la señora mayor que tenía al lado, seguramente la misma que me había ayudado y que antes había reñido al idiota.
Hablando del rey de Roma, parpadeé y lo busqué entre la gente que nos rodeaba.
Por desgracia, no vi a ningún viejo barrigón, torcido, lleno de verrugas y con una reserva inagotable de pelo brotándole por todas partes.
Así me lo había imaginado yo.
Y esperaba sinceramente que la realidad fuera aún peor.
Solo que me equivocaba de pleno, porque entre la gente que tenía más cerca solo había dos hombres y ninguno era gordo, ni peludo, ni estaba lleno de verrugas.
Para mi desgracia.
Uno era alto, de pelo y ojos oscuros, cara aniñada, piel pálida y pecosa, y brazos musculosos embutidos en un polo ajustado.
Adorable.
Y el otro…
El otro era el mismísimo Adonis.
Rubio, buenísimo, aún más alto que el moreno, buenísimo, con una barba espesa que enmarcaba un rostro de rasgos de una masculinidad casi primitiva, buenísimo, ojos verdes, buenísimo, envasado al vacío en un divino traje azul marino de Dó la señora mayor, todavía con dulzura.
La ignoré por el momento y seguí mirando a los dos buenorros, que también me observaban en silencio.
Con la mirada verde de Adonis clavada en la mía, recé con más fervor todavía.
«Por favor, Señor, que no sea él, porque, no es por ser desagradecida ni nada, pero agradecería un poco de sutileza de vez en cuando».
Podría haber llegado con normalidad, haberse presentado como es debido con un apretón de manos, haberme besado en la mejilla, quizá en la boca, e incluso haberme dado una palmadita juguetona en el culo.
Lo de casi matarme me parecía tremendamente innecesario.
—Estoy bien —le dije a la señora mayor, sin dejar de observar a los dos sospechosos y alternando la mirada entre ellos mientras esperaba que uno hablara primero y pusiera fin a mi tormento.
Cuando quedó claro que ninguno tenía intención de hacerlo voluntariamente, pregunté con educación:
—¿Sois mudos?
Varias personas se rieron, y me pregunté qué tenía de gracioso la situación.
Repasemos: alguien acababa de sobrevivir a un intento de homicidio y ahora los dos posibles criminales la miraban fijamente.
Pero quizá eso significaba que no había sido ninguno de ellos, ¿no?
—Deberías tumbarte otra vez, señorita —dijo el moreno.
Por desgracia, él no era quien casi me había matado.
Digo «por desgracia» porque, si mi casi asesino tenía que ser uno de aquellos dos, al menos que fuera el menos buenorro.
Miré a Adonis.
Adonis me miró, buenísimo de cojones incluso con el ceño fruncido.
Me aferré a santos, espíritus, duendes y unicornios, y recé.
«Por favor, Padre, que mi casi asesino no sea ese Adonis», supliqué.
Podía ser otra persona.
Podía serlo.
Sin embargo, teniendo en cuenta que hablábamos del desastre mitológico en el que se había convertido mi vida, ¿qué probabilidades había de que mis plegarias fueran escuchadas?
—No tienes ni idea de nada, ¿verdad? ¿No podías esperar a que llegara la maldita ambulancia? —dijo Adonis, la encarnación viviente de mis fantasías húmedas.
Reconocí la voz de inmediato.
En respuesta a mi propia pregunta: ninguna.
En lo que se refería a la nueva vida de Antonella, si algo podía rodar cuesta abajo, rodaba.
Aunque estuviera en lo más alto del edificio más alto de la ciudad, en la última planta, aquella piedra miserable encontraría la forma de trepar hasta arriba solo para caerme justo en la cabeza.
Eso era todo.
Una vida de mierda.
Un primer día de mierda.
Y todavía era lunes.
Solo de pensar en lo que me esperaba el martes...
Me tragué la sorpresa y la decepción y lo fulminé con la mirada.
—Escucha, capullo. No soy tu saco de boxeo, ¿entendido? ¿Qué demonios te crees que es esto? ¿Me atropellas con el coche y encima te crees que puedes insultarme como te dé la gana? Que te den.
Podía ser un pedazo de hombre increíblemente atractivo, pero seguía siendo un idiota.
Un idiota que casi me había matado, nada menos.
Lo cual debería haberle restado al menos parte del atractivo, por cierto.
Mundo injusto.
—Yo solo he sugerido —empezó, algo más tranquilo y mirándome de una manera extraña— que te quedaras tumbada hasta que llegaran los paramédicos. Pero ahora que ya estás sentada, no tiene sentido.
—Genial —gruñí.
—Genial —repitió él.
Ridículo.
Oí acercarse la sirena de la ambulancia e intenté mirar a mi alrededor, pero de repente me mareé.
Dejé de mover la cabeza y respiré hondo, con la vista clavada en el suelo.
No quería darle al Capullo esa satisfacción, pero probablemente debería haberme quedado tumbada.
Fue entonces cuando mi tobillo, al que aún no le había echado un buen vistazo, me llamó la atención.
No por el dolor. A esas alturas casi me estaba acostumbrando.
Sino porque al principio no lo reconocí como mío.
Era mi tobillo. Lo había visto toda la vida, así que lo reconocería en cualquier parte.
Solo que ya no se parecía al tobillo que yo recordaba.
Todo lo contrario.
Aquella pelota azul e hinchada no podía ser mi tobillo de ninguna manera.
Entonces reconocí mis queridos y asesinados Jimmy Choo y gemí de dolor antes de poder evitarlo.
¡Mis zapatos favoritos!
¿Por qué, Señor?
¿No bastaba con arruinarme la vida y dejarme sin dinero? ¿Ahora también mis Jimmy?
Gimoteé y, por suerte, al verme mirar hacia el pie, la amable señora mayor dio por hecho que me había asustado el enorme bulto azul, hinchado y despellejado que ahora respondía al nombre de tobillo.
Eso también, claro.
Pero ¿mis Jimmy?
Me dolía el corazón de verdad.
—No te disgustes, cielo. Enseguida estarás bien —dijo, aunque las dos sabíamos que no.
Mi tobillo tardaría al menos un mes en volver a tener un aspecto normal, y eso sin hablar de una recuperación completa. Cojearía hasta el año que viene si tenía suerte.
Y si no la tenía —lo que parecía mucho más probable—, el resto de mi vida.
—¿Te duele mucho?
—Sí —respondí.
Dolía de verdad, pero sabía que dolería muchísimo más cuando se me pasara la adrenalina. Y probablemente descubriría dolores nuevos por todo el cuerpo.
Estaba segura.
—¡Mirad, ya están aquí los paramédicos!
Levanté la cabeza y vi la ambulancia detenerse a unos metros y abrirse las puertas.
Entonces apareció él, flotando hacia mí como un ángel, mientras tiraba de una camilla y abría paso entre la gente.
Aparcó la camilla, hizo un truco que no entendí y la estructura bajó hasta quedar casi a ras del suelo, como una pequeña plataforma.
—¿Pueden apartarse todos, por favor? —pidió Mark Sloan, educado pero firme, mientras quitaba de en medio a la señora mayor, al guaperas moreno y al Capullo.
Vale, en realidad no era Mark Sloan.
Pero se le parecía muchísimo.
El tío tenía incluso el mismo color de ojos y una barbita gris a juego con el pelo, aunque era evidente que no pasaba de los veintimuchos.
Qué curioso.
Desde que aquella mañana había estado a punto de morir, parecía que me encontraba dioses por todas partes.
Primero el Capullo, que me atropelló; luego el chico moreno y encantador que llamó a la ambulancia; y ahora Mark Sloan en carne y hueso.
Si que te atropellara un coche no doliera tanto, igual empezaría a lanzarme delante de ellos más a menudo.
Vi cómo la multitud se abría otra vez y me preparé para la gran entrada de Jackson Avery.
Pero el tipo que apareció no se parecía nada a Jesse Williams.
Era más Richard Webber que Jackson.
Decepcionada, volví a centrar la atención en Mark e ignoré a Webber.
—Deberías estar tumbada —me regañó, aunque sonrió al ver que, al menos, parecía lo bastante bien como para poder incorporarme.
Le devolví la sonrisa porque, a ver, una chica no puede dejar sonriendo solo a un hombre tan atractivo.
—Perdona —dije, parpadeando con toda la inocencia que fui capaz de fingir.
Alguien resopló en algún punto a mi lado, pero no le hice caso.