Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 5 Criminal
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ANTONELLA

Seguí mirando a la viejecita, sin acabar de entender lo que me había dicho y, sobre todo, sin que me gustara ni un pelo el tono que estaba usando conmigo.

Volví a mirar a mi alrededor.

Unas cuantas miradas de reojo vinieron acompañadas de risitas mal disimuladas.

Confundida, me giré de nuevo hacia ella.

—¿De qué está hablando? —pregunté en voz baja, intentando que la conversación fuera un poco más privada.

Le estudié rápidamente la cara, calculé su edad y sentí crecer dentro de mí una preocupación perfectamente legítima.

—¿Se ha tomado hoy la medicación? ¿Necesita algo? ¿Está un poco confundida? ¿Quiere que llame a un médico?

¿De verdad era pedir demasiado que mi primer viaje en autobús fuera mínimamente normal?

Juro que habría preferido que metieran a media docena de personas más en aquel cacharro antes que ver morir a una anciana delante de mí.

Aunque fuera una anciana no especialmente simpática.

Conviene mencionarlo.

Ella soltó una carcajada burlona.

Varias personas cercanas se unieron discretamente.

Entonces me miró con esa insoportable mezcla de lástima y superioridad que solo saben lucir las personas muy mayores que están absolutamente convencidas de tener razón.

—¿Que soy yo la que se ha olvidado de tomarse la medicación? Cariño, yo no soy la que se ha pasado casi media hora conversando a voz en grito con una amiga imaginaria.

Se me cayó el alma a los pies.

—De hecho —continuó, con una preocupación fingida tan convincente que casi merecía un premio—, es tristísimo que una chica de tu edad se invente personas imaginarias que repiten exactamente lo que quieres oír. Muy triste, cariño. Quizá deberías buscar ayuda psicológica.

Me subió el calor a la cara.

Y, justo en ese momento, con todos los sentimientos sinceros que albergaba mi corazón, deseé que el suelo del autobús se abriera y me tragara entera.

Primero se oyó una carraspera por aquí.

Otra por allá.

Después, unas risitas tímidas.

En cuestión de segundos, aquello se convirtió en una carcajada colectiva completamente innecesaria.

Dios mío.

Por centésima vez en lo que iba de día, me pregunté qué había hecho para merecer aquello.

Sin duda había hecho algo terrible en una vida anterior.

O había insultado al Todopoderoso en otra reencarnación.

No había otra explicación.

Levanté la barbilla y me alejé todo lo que pude de aquella imitación malvada de la señora Doubtfire sin llamar todavía más la atención.

Ignoré las risas, que no cesaban, y clavé la mirada en el parabrisas, fingiendo no ver nada mientras calculaba posibles vías de escape de aquella humillación pública.

Fue entonces cuando vi el hotel.

El enorme hotel que había frente a la parada en la que debía bajarme, porque era la más cercana a mi destino.

Pasando de largo.

Pasando a toda velocidad.

—No, no, no, no…

Maldije al mundo —hijo de puta— y todas las injusticias de la vida —puta sin madre— mientras empezaba a dar saltos, intentando alcanzar el cordón de parada sin romperme los dos tobillos con mis tacones gigantescos.

Después de varios intentos humillantes, por fin conseguí pegar un tirón al puto cordón, colocado allí donde Cristo perdió la sandalia.

El autobús pasó por un badén y casi salí volando contra alguien.

Volví a maldecir.

Sobre todo a la idiota de Antonella de media hora antes, que había decidido pasar el trayecto cómodamente, con los ojos cerrados y charlando con una mujer imaginaria, mientras el autobús seguía avanzando y se pasaba dos manzanas de su parada.

Cuando por fin bajé, eché a correr tan rápido como pude.

Choqué contra peatones lentos, esquivé a los vendedores ambulantes e intenté fingir que las carcajadas —ya completamente descontroladas— que llegaban desde el autobús no me afectaban lo más mínimo.

Como mujer altamente cualificada, con un doctorado en hacer el ridículo en público, giré sobre mis Jimmy Choo, trastabillé solo un poquito e ignoré las exclamaciones indignadas de todo el mundo a mi alrededor.

Corrí entre coches cuyos conductores consideraban claramente que un semáforo en amarillo era una sugerencia para pisar a fondo antes de verse obligados a desperdiciar treinta preciosos segundos de sus vidas.

Le pedí a Dios que me protegiera.

Porque en aquel momento, desde luego, no me preocupaba demasiado lo que estaba bien, lo que estaba mal ni lo que era seguro.

Atravesé otro grupo de gente plantada delante de una tiendecita que anunciaba rebajas en algo que me daba exactamente igual y me hice, una vez más, la pregunta que me perseguía desde hacía días:

¿Cómo podía tener una persona tan mala suerte?

No, en serio.

Tenía que haber un límite de mala suerte por ser humano.

Un equilibrio cósmico.

Una cuota.

Algún inspector celestial que dijera: «Ya basta, esa ya ha recibido suficiente mierda por ahora; vamos a repartirle un poco a otra persona».

Mi contador estaba claramente estropeado.

Solo en los últimos días había recibido, probablemente, la cuota de sufrimiento per cápita de al menos cinco personas.

—¡Afloja un poco, Gran Jefe! —le grité al cielo mientras corría para alcanzar otro semáforo y casi me estampaba contra el suelo al tropezar con mis propios pies y con los de otras dos personas—. Siempre he sido una buena persona. ¡Incluso terminé la carrera!

El cielo permaneció en silencio.

Cabrón desagradecido.

—Jamás le he hecho daño a nadie. Nunca me metí en peleas en el colegio.

Hice una pausa mental de un segundo.

—Bueno, hubo una vez, pero solo una.

Me acordé de mis amigas zorras del instituto y de los dientes que al menos dos de ellas perdieron en el proceso.

Detalles.

—Nunca le falté al respeto a mi madre ni a mis parientes mayores. Quiero decir… puede que les faltara al respeto a algunos, pero es que son personas horribles —me corregí—. Y también está la abuela Caterina, pero, como Tú sabes de sobra, ella tampoco es precisamente la persona más amable del mundo.

El recuerdo de nuestras incontables discusiones me hizo resoplar.

Cualquier cosa era motivo de discusión monumental entre nosotras.

El cambio climático.

La política familiar.

El tipo de vino que se servía en la cena.

Hasta el traje impecablemente entallado que llevó William Bonner en el Jornal Nacional nos había costado una pelea.

—Nunca he sido de las que se pasan en los bares. Quiero decir, para eso tengo una casa —continué, sin aliento, al llegar al paso de peatones y esquivar por poco una moto—. Nunca he participado en una orgía y, por Dios, aunque me pique una curiosidad rarísima, ¡nunca he hecho un trío!

Esto último lo grité al universo.

Y casi llegué al otro lado de la avenida.

Casi.

Un claxon histérico estalló demasiado cerca.

Entonces algo chocó contra mi cuerpo.

El impacto me retumbó en todos los huesos.

Grité como si me estuvieran asesinando, primero por la conmoción y después por el dolor, mientras mi cuerpo volaba de un lado al otro del paso de peatones en un abrir y cerrar de ojos.

Maldita vida.

Yacía despatarrada sobre el asfalto mugriento, intentando entender qué acababa de pasar.

Un segundo estás discutiendo con Dios porque nunca has hecho un trío.

Al siguiente estás tirada en plena calle, con un dolor de mil demonios en todo el cuerpo, mientras oyes jadeos horrorizados, pasos apresurados, algunos gritos estridentes y portazos de coches.

Sí, vida.

Gracias por esta nueva ración de mierda.

Adelante, mándame más.

Puedo con todo.

—Señorita, ¿está bien? —preguntó una voz masculina y amable cuando intenté mover un brazo.

Antes de que pudiera decidir si lo estaba, continuó.

—Por favor, no intente moverse hasta que lleguen los sanitarios. Podría tener una conmoción cerebral o lesiones internas. Es mejor que se quede quieta.

Mantuve los ojos cerrados mientras repasaba mentalmente qué partes del cuerpo me dolían.

Intenté pensar en positivo.

No funcionó demasiado bien.

Porque todos los desastres de aquella mañana —¡y aún no podían ser ni las nueve!— parecían una señal bastante clara del universo de que aquel trabajo no estaba hecho para mí.

—¿Señorita? —me llamó otra persona.

Esta vez era una voz de mujer. Amable también, ligeramente temblorosa y mucho más cerca. Suspuse que era una señora mayor.

—¿Puede decirme dónde le duele más? ¿Le duele la cabeza? ¿Está mareada?

Negué con la cabeza.

Seguí negándome a abrir los ojos y a enfrentarme a la gente que me rodeaba.

Seguro que todos me miraban con lástima.

Bastante tenía ya con estar despatarrada sobre el pavimento sucio, posiblemente destrozando mi Armani. Si oía una sola broma o una risita, no podría ni abofetear al culpable, porque me dolía todo demasiado.

Así que mantuve los ojos firmemente cerrados.

Por el bien de ellos.

Y por el mío.

Porque me conocía. Si hacía falta, me levantaría aunque me faltara una pierna, solo para darle una paliza a cualquiera que se atreviera a mirarme raro.

—¡La ambulancia está de camino, señorita! —gritó alguien—. ¡Aguante y no se mueva!

Gracias a Dios.

Ahora que prestaba atención, el tobillo izquierdo me palpitaba al ritmo del corazón y notaba algo frío que me resbalaba despacio por la cara hacia el cuello.

¿Era sangre?

El pánico me recorrió todo el cuerpo.

¿Y si me había cortado la cara?

¿La cara?

¿Mi cara hermosa, preciosa y magnífica?

Estuve a punto de abrir los ojos en ese mismo instante para comprobar los daños y examinar también el estado de mi monísimo traje de importación.

Pero lo pensé mejor.

Decidí quedarme muy, muy quieta.

La multitud de curiosos parecía crecer a cada segundo. Lo notaba por el murmullo a mi alrededor, cada vez más fuerte.

Fruncí el ceño.

¿Cuánto iba a tardar la ambulancia?

La puerta de un coche se cerró de golpe demasiado cerca y di un respingo. El ruido pareció recorrerme uno a uno todos los frágiles huesos del cuerpo.

Por lo poco que alcanzaba a imaginar, varios coches debían de estar parados en mitad de la avenida, porque mi cuerpo ocupaba ahora parte del paso de peatones y los mirones se habían tragado el espacio restante.

Intenté concentrarme en la respiración.

Hice caso omiso de unos pasos más que se acercaban.

Estaba clasificando mentalmente mis dolores entre «quizá solo sea un moratón» y «probablemente esto me mate» cuando apareció una voz nueva, muy cerca.

Áspera.

Pero no amable.

Irritada.

—La próxima vez que cruces con el semáforo en rojo mientras te arrepientes a destiempo de no haber hecho nunca un trío, ¡por lo menos no aflojes el paso en mitad de la calle, lunática!

El recién llegado parecía estar agachado a mi lado.

Antes de que pudiera siquiera abrir la boca, siguió hablando.

—Y la próxima vez quizá no tengas tanta suerte si el conductor no tiene el pie rápido en el freno. ¡Podría haberte matado!

Ah.

Así que ese era el pésimo conductor.

El hombre que me había atropellado en el paso de peatones —por el momento ignorábamos el pequeño detalle de que el semáforo estaba en verde para los coches y también la nimiedad de que yo hubiera decidido que correr entre ellos era una idea excelente— aún tenía el descaro,

la osadía y la desfachatez de gritarme a unos oídos ya de por sí delicados.

Apreté los dientes.

Por fin abrí los ojos y me volví hacia la voz de mi verdugo.

Respiré hondo.

Abrí la boca, dispuestísima a montar la mayor bronca a gritos jamás vista tras un atropello en toda la historia de Brasil.

No de Brasil.

Del mundo.

Ese desgraciado estaba a punto de ver algo.

Y ese algo era una Antonella más cabreada que la mayor cabrona de la historia de las cabronas.

Solo que, cuando por fin logré enfocar la vista en él, me encontré con algo asombroso.