Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 4 7 anillos
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ANTONELLA

Subirse a un autobús un lunes por la mañana era, sin duda alguna, una muestra gratuita y en tiempo real del infierno.

Y además era algo que —no hace falta que lo diga, pero lo voy a decir de todos modos— jamás había hecho en mi vida.

Dos minutos después de subir, ya podía garantizar que no volvería a hacerlo nunca.

Era un amasijo interminable de cuerpos. Unas pocas almas afortunadas iban sentadas.

Otras, que al parecer ya habían agotado su cuota de suerte en esta reencarnación, iban colgadas de las agarraderas del techo, apretujadas entre los asientos, chocando unas con otras y girando la cara hacia unas ventanillas diminutas en busca del más leve asomo de aire fresco.

¡Iba a morir!

Nunca había pensado demasiado en la causa de mi muerte. La hermana Bella tampoco lo había hecho hasta que conoció al buenorro de Edward, pero morir prensada como una sardina en lata dentro de un autobús superaba todos los límites aceptables de formas absurdas de abandonar el mundo de los vivos.

Aquello era una tortura.

¿Y dónde estaba mi vampiro buenorro, dispuesto a poner mi mundo patas arriba y rescatarme de aquella miserable existencia de pobre?

¿Dónde estaba mi Edward?

Sinceramente, Bella había tenido muchísima suerte.

Habría jurado que tenía que existir alguna ley contra aquello. Me refiero a meter a demasiada gente dentro de un vehículo demasiado pequeño, todo a la vez.

¡Iba a morir en mi primer viaje en autobús!

¿Había una muerte más humillante?

Prefería que James me chupara hasta la última gota de sangre en un pestañeo antes que pasar un segundo más en aquel puto autobús.

Y, por supuesto, todo aquello había sido idea de Gian.

Como una idiota, había aceptado aquella mierda.

En su opinión, aunque en ese preciso momento no necesitara el transporte público, quizá algún día eso cambiaría. Así que, según su cuestionable lógica, me vendría bien al menos probar a mezclarme con el resto de la población pobre de ahí fuera.

Porque ahora yo era una de ellos. Pobre, quiero decir.

Y allí estaba yo, atrapada detrás de media docena de personas, con otra docena detrás y una infinidad más a mi alrededor, empujada de un lado a otro y sintiendo cómo los cuerpos sudorosos me rozaban prácticamente cada parte del cuerpo.

Incluido, una y otra vez, el culo.

¡Iban a pisotearme!

Me matarían en una estampida de búfalos enloquecidos y sedientos de sangre. ¡Sedientos de mi sangre!

¡Y, al parecer, también de mi culo!

Lo peor era que nadie parecía darse cuenta siquiera de que yo estaba allí.

Y eso a pesar de que, de todos los presentes, yo era con diferencia la más distinguida del lugar. A ver, hola, buenos días. No todos los días aparecían juntos Louis Vuitton, Prada, Lanvin, Chanel y Jimmy Choo, gente. Y mucho menos en un sitio como aquel.

Nunca me había importado demasiado ser bajita. Al contrario. Siempre había sido una defensora acérrima del dicho de que los mejores perfumes vienen en frascos pequeños.

Sin embargo, en aquel momento maldije cada una de las veces que había repetido aquella gilipollez.

Ni siquiera subida a unos tacones altísimos conseguía alcanzar la maldita barra del techo, así que tuve que fundirme prácticamente con la señora mayor y nada simpática que iba sentada a mi lado,

que me observaba con aire triunfal y parecía disfrutar enormemente del sufrimiento de los menos afortunados, esos que estaban a años luz del privilegiado estatus de su asiento.

En una vida anterior debí de haber hecho algo verdaderamente terrible para merecer semejante suplicio.

Resoplé, intentando aceptar mi precaria situación, y decidí concentrarme en lo que iba a hacer a continuación.

Necesitaba repasar el discurso que había preparado y memorizado a lo largo de aquella semana infernal.

—Hola, soy Antonella Mancini DeLuca y vengo a mi entrevista de trabajo con el señor Marins, prevista para las nueve de esta mañana —recité en voz baja y cerré los ojos para intentar olvidarme del caos que me rodeaba.

Mi brillante estrategia para lidiar con los nervios consistía en imaginarme todos los escenarios posibles de aquella mañana.

Así que seguí hablando entre dientes en medio del ruido de decenas de personas que charlaban, discutían y escuchaban —o cantaban— música de dudoso gusto.

Porque, Dios mío, ¿quién escucha a MC Kevinho a las ocho de la mañana y a todo volumen en un autobús?

Intentando distanciarme mentalmente de lo que parecía ser media población de la ciudad comprimida en unos pocos metros cuadrados, continué ensayando.

—Hola, señorita Mancini DeLuca. Soy Dakota y es un placer recibir en nuestra oficina una presencia tan ilustre y hermosa.

Dakota apareció de inmediato en mi cabeza.

Era rubia, británica por razones que ni yo misma entendía, amable, exuberante, y llevaba un traje de chaqueta sexy, cortado a medida para alojar sus generosos pechos con comodidad y discreción.

—En efecto, me siento absolutamente encantada de ser la persona que la recibe esta mañana —continuó Dakota con su encantador acento británico y la voz ligeramente aguda.

Y probablemente te estés preguntando si por fin se me había ido la cabeza.

Pero tú a lo tuyo. Nadie te ha invitado a esta conversación.

Dakota y yo estábamos ocupadas. Discúlpanos.

Los cumplidos de mi amiga imaginaria no eran más que intentos desesperados de mi cerebro por calmarme los nervios.

¿Ridículo? Puede.

¿A quién le importa? A mí no.

En mi cabeza, las secretarias de las grandes empresas tenían que ser guapas y encantadoras. Educadas, agradables y vestidas con elegancia, con trajes de diseñador respetables pero magníficos.

Y muy, muy rubias.

Teniendo en cuenta todos aquellos criterios, ya podía restar unos diez puntos a mis posibilidades por culpa de mi pelo rojo, mis pésimos modales y mi mal genio.

Buen comienzo, Antonella.

—Es un placer conocerla, Dakota. Sé que he llegado un poco antes de la hora prevista, pero también sé que llegar temprano a una entrevista debería contar a mi favor —continué, ignorando un carraspeo insistente a mi lado.

Dios mío. Lo único que le faltaba a mi primer y traumático viaje en autobús era pillar alguna enfermedad.

—Lo entiendo perfectamente, señorita Mancini. Y tiene toda la razón. Nada causa mejor primera impresión que llegar temprano a una cita importante. Además de ir preparada para la entrevista, claro está —respondió Dakota, mi nueva mejor amiga. Imaginé una sonrisa amistosa en sus voluptuosos labios.

Oí otro carraspeo, esta vez más fuerte, seguido de una tos repentina, y apreté los párpados con más fuerza.

—Excelente. Teniendo en cuenta que voy preparada y que gano puntos extra por llegar temprano, me siento mucho más tranquila.

Sonreí con los ojos cerrados, con una falsa modestia impecable, porque sabía perfectamente que no había ninguna candidata mejor preparada que yo. Aunque no pudiera hacer nada con mi pelo, estaba lista.

Besitos, competencia.

—Solo espero que mi extraordinaria puntualidad no supere la del señor Marins —continué, adoptando una expresión preocupada, como si no fuera exactamente eso lo que quería averiguar.

Porque, sinceramente, nada te preparaba mejor para una entrevista de trabajo que poder echarle un buen vistazo a tu futuro jefe antes de quedarte encerrada en una habitación con él.

Precisamente por eso había hecho el brutal sacrificio de recortar aún más mis ya escasas y preciadas horas de sueño esa mañana.

Quería entrar en aquella sala de juntas, donde aparentemente se decidiría el destino de mi vida, preparada para cualquier cosa.

Y me negaba a arriesgarme a sufrir un ataque de risa incontrolable si descubría que el señor Marins era un fósil antiquísimo cuya alma había abandonado el cuerpo décadas atrás, con una enorme verruga mutante creciéndole en la punta de la nariz.

O en el labio superior, rezumando toda clase de asquerosos fluidos amarillentos.

Que sepas que me estoy riendo a carcajadas de esa cara de asco que acabas de poner.

Así que, para ahorrarme la vergüenza de reírme en la cara del anciano, al menos quería tener tiempo de echarle un vistazo antes de la entrevista.

—Así que, señorita Mancini, no se preocupe.

El señor Marins es de esas personas que se levantan al amanecer para todas sus citas.

Lleva ya varias horas en la sala de juntas de arriba, preparándose para las entrevistas y releyendo currículos, expedientes académicos, cartas de recomendación...

Además de los antecedentes penales, como seguramente sabe.

Imaginé una sonrisa cómplice en los labios de Dakota, que en ese momento habían empezado a parecerse un poco a los de Kylie Jenner.

Se me heló la sangre. Eso sí podía ser un problema. Uno enorme.

No por tener antecedentes penales, por si te estás preguntando si, además de una vaga, era una delincuente.

En absoluto. Me enorgullecía mucho de mi conducta moral y podía declarar tan feliz que jamás había infringido una ley en toda mi vida, muchas gracias.

El problema era otro.

Acababa de recordar que seguramente necesitaría al menos una carta de recomendación.

En mi caso, de antiguos profesores o de amigos, evidentemente, ya que nunca había disfrutado de las maravillas de estar subordinada a otro ser humano.

Gracias, vida.

Que alguien tan guapa pudiera ser también tan espectacularmente despistada era un misterio para la ciencia. Un caso urgente de estudio clínico.

Suspiré, resignada.

Ya iba de camino a mi aterradora entrevista de trabajo. Tampoco podía pararme a pedirle una recomendación de última hora a algún alma caritativa que estuviera despierta y disponible a aquellas horas.

Volví a suspirar y comprobé si faltaba poco para la parada en la que debía bajarme.

Miré el reloj que llevaba en la muñeca y fruncí el ceño al ver lo tarde que se estaba haciendo.

Luego volví a cerrar los ojos.

Dakota y yo aún teníamos asuntos que tratar.

—Qué maravilla, Dakota. No esperaba menos del señor Marins —murmuré, sonriendo para disimular el pinchazo de ansiedad que sentía en el pecho.

Aparté rápidamente aquella sensación.

No me convenía presentarme a la entrevista de verdad con el ceño fruncido y un puchero del tamaño de Brasil.

—No tiene absolutamente ningún motivo para preocuparse, señorita Mancini.

Por lo que tengo entendido —y conviene mencionar que yo misma ayudé al señor Marins a revisar a cada candidato—, usted es, con diferencia, la mejor persona para el puesto, incluso sin cartas de recomendación —me aseguró Dakota/yo.

Decidí en ese mismo instante que Dakota era una persona muy agradable, amable y sincera.

Y, sobre todo, extremadamente realista.

—Ay, Dakota, ¡me siento muy honrada! Pero tengo que darte la razón. Al fin y al cabo, las dos sabemos que es la pura verdad.

Risitas imaginarias.

No sé tú, pero hablar sola puede resultar muy relajante.

Te garantizo que, por ridículo que parezca, le viene bien a la mente.

Y ayuda a distraerte del mundo que te rodea.

Créeme.

—La pura verdad, desde luego —convino mi amiga imaginaria—. Pero volviendo al asunto que nos ocupa, ¿tiene alguna pregunta sobre el puesto, sobre el funcionamiento del bufete o incluso sobre el propio señor Marins?

Bueno, Dakota, ya que lo preguntas... Sí, tenía algunas preguntas.

Y no todas eran profesionales, si sabes a qué me refiero.

—Ay, no. No, en absoluto —respondí con remilgo, mientras intentaba pensar en la forma más sutil de sacar el tema sin parecer demasiado interesada en la respuesta—. En realidad, solo tengo una pequeña curiosidad sobre el señor Marins. ¿Qué aspecto tiene? Y con eso quiero decir: ¿es muy mayor?

Como acabamos de establecer, la sutileza y Antonella no caben en la misma frase.

Pero que quede claro: el aspecto del señor Marins no tendría absolutamente ningún efecto en mi rendimiento profesional.

A menos, claro está, que estuviera buenísimo.

Porque no sé tú, pero trabajar cada día al lado de un ser humano increíblemente atractivo sonaba, como mínimo, a receta para el desastre.

Tenía hormonas, joder. Hormonas descontroladas, en estado de combustión permanente.

Trabajar para un señor Grey sería una profecía de caos.

Querría follármelo todo el día, todos los días, y mi trabajo acabaría hecho polvo, igual que el resto de mi vida.

¿Estaría bien que me azotara el culo? Claro.

¿Estaría bien someterme de vez en cuando a una imitación brasileña y buenísima del señor Grey? Evidentemente.

¿Quería tirarme al tío buenorro y joderme la vida al mismo tiempo?

No, gracias.

Ya iba sobrecargada con el tonelaje de mierda que la vida me había echado encima mientras esperaba con ansia el día de poder tirar de la cadena.

Así que el aspecto del señor Marins era, en efecto, una preocupación legítima.

Sobre todo porque nunca había visto una foto suya. Curiosamente, cuando busqué información sobre la empresa en internet, no encontré ni una sola imagen de mi posible futuro jefe.

—Oh, señorita Mancini, lamento decepcionarla, pero el señor Marins ha visto pasar muchísimas primaveras. En su sector se le considera prácticamente un patriarca —declaró Dakota con solemnidad.

Para mis adentros, sospechaba que su sueño sería justo el contrario. Aunque, desde luego, un jefe anciano contribuía a un empleo tranquilo y duradero.

—Pero es un señor mayor encantador y se cuida mucho el aspecto. Al menos todavía no ha patentado el mayor caso de verrugas faciales del mundo —añadió.

Me eché a reír.

Dakota también, obviamente.

Seguía con los ojos cerrados, en plena cumbre de nuestro ataque de risa, cuando algo puntiagudo empezó a clavárseme dolorosamente en el estómago.

Abrí los ojos.

Lo primero que noté fueron las sonrisas apenas contenidas a mi alrededor.

Después, las miradas burlonas.

Fruncí el ceño y me volví hacia el objeto que intentaba atravesar la delicada tela de mi monísimo, respetable y espectacular traje de Armani.

Me encontré cara a cara con una expresión profundamente arrugada y sumamente irritada.

Unos ojos severos me observaban con absoluta desaprobación.

—No sé quién demonios es Dakota ni me importa lo más mínimo —declaró irritada la ancianita, mientras su voz temblorosa subía varios decibelios y la punta del bastón seguía intentando abrirme un agujero en el estómago—.

Pero ¿sería la señorita Mancini tan amable de hacerme el favor de cerrar la puta boca cinco minutos?