2 El cabrón equivocado #2
Matteo lo siguió un segundo después, con un grito tan agudo que casi rivalizó con el de la secretaria.
Me miró desde el suelo con los ojos muy abiertos y abrió la boca, pero no le di tiempo a hablar. Todavía no estaba satisfecha.
Volví a darle una patada.
Y otra.
Y otra.
Sus gritos y los sonidos ahogados de horror que llegaban desde la puerta del despacho eran prácticamente lo único que oía.
Me daba igual.
Me daba igual que Gian intentara sujetarme.
Me daba igual que la secretaria gritara.
Y me importaban aún menos los alaridos, cada vez más agudos, que salían del hijo de puta que tenía bajo los pies.
Cuando empezó a dolerme el pie con el que pateaba, cambié al otro.
Solo paré cuando Matteo se había convertido en un montón patético y sollozante en el suelo y a mí me faltaba el aliento para seguir.
Inspiré hondo y por fin miré a mi alrededor.
Gian decía algo que no alcanzaba a oír, y había demasiada gente agolpada en la puerta.
La secretaria, una mujer a la que no conocía, lloraba horrorizada en un rincón.
Margot también estaba allí, con las dos manos sobre la boca y los ojos como platos.
Reconocí algunas caras de antes entre los espectadores. Algunos sonreían, disfrutando del espectáculo.
Me pitaban los oídos y me dolían los pies.
Evité mirar de verdad el despacho que había sido de mi madre. Estaba casi exactamente como lo recordaba. No estaba preparada para aquello.
Volví la vista hacia la masa llorosa que en otro tiempo había sido un borrador de ser humano y que ahora yacía gimoteando a mis pies.
—¡Estás loca! —consiguió gritar Matteo por fin, aunque le salió más bien como un sollozo—. ¡Sacad de aquí a esta lunática! ¡Ahora mismo!
Nadie se movió.
Después de todo el caos de los últimos minutos, mi voz sonó sorprendentemente tranquila.
—No sé qué hiciste ni cómo te las arreglaste para hacerte con el control de todo.
—Lo miré directamente a los ojos—. No importa cómo lo hiciste ni cuándo empezaste.
Voy a recuperarlo todo. No te vas a quedar con el legado de mi madre.
No tienes ningún derecho a entrar aquí como si todo esto te perteneciera y destrozarme la vida, ¡hijo de puta miserable, envidioso y asqueroso!
Matteo respondió con otro gemido, con las dos manos protegiendo lo que quedase de su polla.
Le di una patada más, solo para que dejara de ser tan cobarde.
Volví a mirarle la cara roja, los ojos llorosos y la expresión humillada.
Grabé aquella imagen en mi memoria.
Después salí de allí tan rápido como pude, abriéndome paso a la fuerza entre los espectadores e ignorando a todos los hombres que, por algún motivo, se cubrían los huevos a mi paso.
No presté atención a lo que ocurría a mi alrededor ni me entró una sola palabra de lo que Gian o Margot intentaron decirme.
Bajé veinticinco plantas en el ascensor, perdida en mis pensamientos y calculando mi siguiente movimiento.
Porque ahora lo sabía.
Si ya parecía difícil revertir la situación cuando creía que Rubens era el único implicado, ahora sería mucho peor.
Matteo debía de llevar años planeando aquello. Si había llegado tan lejos, lo tenía todo calculado.
Sería difícil.
Quizá imposible.
Pero lo haría.
Me subí al coche con la cabeza todavía en otra parte y no conseguí volver a pensar con claridad hasta que llegamos a mi piso.
Tiré el bolso al sofá, fui directa a la cocina y abrí el frigorífico.
Cogí lo que quería y me dirigí decidida al dormitorio.
Me quité los tacones a patadas y me dejé caer en la cama.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Gian, confuso, manteniendo las distancias.
Me fijé en que él también parecía especialmente preocupado por su posesión más preciada: la polla.
Sinceramente, no entendía a los hombres.
¿Por haberle herido —quiero decir, con suerte asesinado— los huevos a un hombre me convertía de repente en una asesina en serie de testículos ajenos?
Por favor.
—Ya lo descubrirás —dije, y arranqué con los dientes el precinto de plástico de la botella.
Le arranqué el tapón a toda prisa, porque ya me esperaba que Gian intentara quitármela, y tragué todo lo que pude de un solo golpe.
Me ardió la garganta, pero le di la bienvenida a mi vieja amiga Natasha.
—¡Para ya!
Tal como había previsto, Gian me arrancó la botella de las manos y se la llevó al otro lado de la habitación.
—¡Como sigas así, voy a tener que meterte en Alcohólicos Anónimos!
—Me da igual. Me apuntaré al grupito con mis amigos Richard Webber y Amelia Shepherd —respondí entre hipidos.
—¿Quiénes? —Parecía sinceramente perdido.
Lo sé, era vergonzoso.
Después de tantos años de amistad, todavía no había conseguido convencer a mi mejor amigo de que viera una de mis series favoritas.
Vergonzoso para él, quiero decir, porque no tenía ni idea de lo que se estaba perdiendo.
Ignoré la pregunta y me tumbé en la cama, disfrutando del principio del colocón.
Era realmente impresionante lo que varios tragos generosos de un licor barato, bebidos uno detrás de otro, podían hacer por el espíritu humano.
Decidí que la diarrea de mañana sería un daño colateral menor.
Un problema para la Antonella de mañana.
—Vamos, Antonella. —Gian se sentó a mi lado después de esconder la botella de vodka en uno de los armarios del baño—. No puedes dejar que ese cabrón gane.
—Lo sé —murmuré.
Y lo sabía.
Solo tenía que averiguar cómo demonios iba a hacer algo al respecto.
—Tienes que darle la vuelta a la situación.
—Lo sé —repetí, con la mirada en el techo e intentando no pensar en nada en absoluto.
—Demuéstrales quién manda.
—Lo sé.
—Recupera tu dinero y baila sobre la tumba de ese cabrón.
—Lo sé.
Cerré los ojos, intentando disfrutar de los pocos minutos de paz que Natasha me había concedido.
Pero Gian parecía físicamente incapaz de cerrar el pico.
—¿Es la única respuesta que sabes dar?
Abrí un ojo, miré su expresión resignada y volví a cerrarlo.
—Sinceramente, esperaba más de ti. Imagínate lo que diría Caterina si te viera así. Qué vergüenza. Quizá debería llamarla.
Esa vez abrí los dos ojos y lo miré fijamente.
—¿Qué has dicho? —pregunté en voz baja, solo para averiguar si el muy perro tenía las agallas de repetir semejante blasfemia.
—Quiero decir que, teniendo en cuenta esta crisis de autocompasión en la que pareces llevar metida últimamente, ya ni siquiera sé si eres una mujer de verdad —continuó, porque, por lo visto, había perdido todo aprecio por su propia vida.
Entrecerré los ojos.
Y luego sonreí.
Porque si aquel cabrón sabía exactamente dónde golpearme para hacerme daño, yo conocía igual de bien su punto débil.
—¿Quieres comprobar lo mujer que soy? —pregunté con dulzura.
Antes de que Gian tuviera tiempo de ver la trampa, me bajé los vaqueros de un tirón y separé las piernas.
Estaba ya a punto de quitarme también las bragas y dejar que mi coño disfrutara de un poco de aire fresco cuando él se lanzó de la cama y salió disparado de la habitación, chillando como una gacela desesperada.
Unos segundos más tarde, la puerta de entrada se cerró de un portazo.
Suspiré satisfecha, me volví a tumbar y cerré los ojos.
«Al menos algo de aquella etapa caótica de mi vida seguía siendo deliciosamente predecible», pensé.