Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 2 El cabrón equivocado
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2 El cabrón equivocado

ANTONELLA

Asesinarle las pelotas a otro con unos tacones altísimos y extremadamente afilados era, sin duda, revitalizante. Y era una verdadera lástima que, por alguna intervención del universo, mi objetivo original —ese miserable abogado mío— hubiera escapado ileso.

Pero, aun así, unas pelotas habían sido asesinadas.

Eso era lo que importaba, en lo que a mí respectaba.

Tras horas atrapada en el coche, en un atasco interminable, mi rabia se había triplicado.

Cuando me bajé, después de tragarme las lágrimas, rechinaba los dientes de pura furia, desesperada por descargarla toda en la cara de aquel trol enano salido del infierno.

Me detuve delante del imponente edificio del despacho de abogados y respiré hondo. Conté las plantas, una por segundo, hasta llegar a veinticinco.

Una vez que me sentí mínimamente centrada, me ajusté mis vaqueros favoritos, planté los pies en mis también favoritos Jimmy Choos y entré.

Casi de inmediato me recibieron susurros de sorpresa y algún que otro sonido ahogado.

Debería haberlo imaginado. Hacía años que no pisaba aquel lugar.

Reconocí a algunas personas: los guardias de seguridad de la entrada, varias recepcionistas, jóvenes abogados que cruzaban el vestíbulo y, sobre todo, a la señora Ivone.

Le sonreí.

La señora Ivone había sido una de las pocas personas del despacho que me visitó tras el funeral de mi madre.

De hecho, insistió en pasarse todas las mañanas antes de ir a trabajar durante casi un año entero.

Entraba a ver cómo estaba, me preguntaba si había comido y, si la respuesta era no, simplemente se negaba a marcharse de mi casa hasta que me preparaba algo y me veía tragar cada bocado bajo su supervisión.

Cuando no me cebaba a la fuerza, abría las ventanas, recogía la basura, ordenaba cualquier desastre que encontrara o colocaba todo lo que estuviera fuera de sitio.

—Mi niña —murmuró, ya con los ojos llorosos, mientras venía hacia mí a toda prisa.

Abrí los brazos y dejé que me estrechara con fuerza. Lloriqueó contra mi cuello y le besé el pelo blanco, y sentí que los nervios se me calmaban casi al instante.

Ivone me acarició el pelo, me besó la cara y repitió una y otra vez cuánto me había echado de menos y lo culpable que se sentía por no haberme visitado en los últimos meses.

—Yo también te he echado de menos, Margot —dije, correspondiendo a sus mimos, y le besé la mejilla antes de apartarme.

Se llamaba Margarida Ivone, pero yo la llamaba Margot desde que tenía uso de razón.

Cuando me soltó, me examinó de pies a cabeza, aparentemente satisfecha con lo que veía. Aun así, me alisó una arruga de la camiseta, me dijo que estaba demasiado delgada y anunció que se pasaría por mi casa un día de estos para ponerlo todo en orden.

—No hace falta. Todo está bajo control. Hasta he aprendido a cocinar, ¿te lo puedes creer? —dije rápidamente para desviar el tema, imaginando la cara de horror que pondría si viera la horrible mancha que ahora decoraba la pared de mi cocina.

La idea me llevó directamente al motivo por el que estaba allí.

Escuché a medias el interrogatorio que Margot le hizo a Gian sobre mi salud, mi alimentación, el estado de mi piso y mis hipotéticas relaciones. Mientras tanto, intentaba ignorar todas las miradas clavadas en mí y pensar en mi siguiente movimiento.

—Tiene salud de sobra para tres personas —dijo Gian, encantado de difamarme—. Su casa es un desastre, hay bragas por todas partes, probablemente hasta colgando de las lámparas, y no sé a qué relación te refieres, porque esta mujer apenas sale de casa.

Antes de que aquel cotilla de mierda pudiera añadir otra mentira a mi expediente, me metí en la conversación.

—Está de broma, Margot.

La cogí del brazo y empecé a llevármela hacia los ascensores. Por el camino, sonreí a algunas personas que me saludaron y me pregunté cuántas de ellas estarían intentando averiguar qué demonios hacía yo allí después de tantos años.

—Oye, ¿hoy ha venido Rubens? —pregunté.

Margot, demasiado ocupada volviéndome a arreglar la ropa, pasándome las manos por el pelo y limpiándome de la barbilla lo que podría haber sido una mancha de pintalabios, tardó un segundo en responder.

—No, cariño. Hoy no ha venido. De hecho, hace un tiempo que no aparece por aquí, lo cual es raro. El señor Rubens prácticamente vive en este edificio.

Aquello no hizo más que reforzar mis sospechas.

Seguía sin tener ni idea de cómo se las había arreglado para quedarse con mi herencia, pero su ausencia resultaba demasiado oportuna justo en ese momento.

Miré a Gian, sin saber qué hacer ahora que mi objetivo no andaba cerca.

Se encogió de hombros, igual de perdido.

¿Y ahora qué? ¿Dónde demonios se había escondido aquel trol miserable?

¿Cómo se suponía que iba a encontrarlo?

—¿De verdad está todo bien, cariño? —preguntó Margot, escrutándome—. Pareces preocupada.

—Necesito hablar con Rubens, pero no me coge el teléfono, no contesta a mis correos y ahora tampoco está aquí. No tengo ni idea de dónde encontrar a ese hombre, y es urgente.

—Mmm. —Se llevó una mano a la barbilla, pensativa—. Pero ¿es algo en lo que solo pueda ayudarte él? Porque tu primo acaba de subir. Quizá él pueda ayudarte de alguna manera.

Estaba mirando mi reflejo deformado en la pared espejada del ascensor —frustrada, desesperada y todavía magnífica— cuando giré la cabeza tan deprisa para mirarla que casi me rompí el cuello.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué has dicho?

—Ah, que tu primo está aquí, en el despacho. Pensaba que a lo mejor podría...

—¿Qué primo? ¿Cuál de ellos? ¿Desde cuándo? —Las preguntas salieron a la velocidad de la luz mientras unas alarmas frenéticas empezaban a sonar en mi cabeza.

Aquello no podía ser bueno.

¿Un primo lejano —y podía afirmarlo con total certeza, porque todos lo eran— que aparecía de la nada en mi empresa, sin avisar, justo cuando mi vida se había ido a la mierda?

No. Aquello no era una coincidencia.

Margot me miró con más atención y, al notar mi tensión, respondió enseguida.

—Tu primo Matteo. Llegó la semana pasada y se hizo cargo del bufete después de que el señor Rubens desapareciera —dijo con calma, sin tener ni idea de lo que significaban esas palabras.

Varias piezas encajaron de golpe en mi cabeza.

—Mierda —murmuró Gian a mis espaldas.

Yo seguí con la mirada perdida en el vacío.

Si aún quedaba alguna duda de que alguien de mi familia estaba implicado en la desaparición de mi dinero, acababa de morir.

Entré en el ascensor sin decir una palabra y me quedé mirando en el espejo mi expresión asesina mientras echaba los hombros hacia atrás y apretaba los puños.

Sabía muy bien qué buscaba Matteo allí.

Y tenía una idea bastante clara de lo que probablemente había hecho para conseguir aquello que siempre había querido: todo lo que me pertenecía.

Gian se coló en el ascensor antes de que se cerraran las puertas. Apenas oí lo que Margot intentó decir a nuestras espaldas y le di las gracias a Dios en silencio cuando el ascensor se puso en marcha antes de que pudiera seguirnos.

—Sabes lo que esto significa —dijo Gian con seriedad.

—Lo sé —murmuré entre dientes.

Gian conocía toda la historia. Sabía de los planes que Matteo y su familia habían trazado a mis espaldas, de los intentos de arrimarse a mí después y de cómo todos los que un día le habían cerrado las puertas a mi madre habían acabado con las puertas cerradas por mí.

Todos me odiaban por eso, y cualquiera de ellos haría lo que fuera por hacerse con lo que era mío.

Y si Matteo estaba allí ahora, ocupando el despacho de mi madre justo después de que Rubens y mi dinero se hubieran esfumado, solo podía significar una cosa.

Ese cabrón estaba metido en aquel lío. Tal vez llevaba años urdiendo el plan. Al parecer, por fin lo había conseguido.

Pero ese hijo de puta no iba a quedarse así como así con todos mis bienes y con todo aquello por lo que mi madre había trabajado toda su vida, servido en bandeja de plata.

Ah, no. Ni de coña.

El ascensor llegó a la última planta.

Sabía que Matteo estaría allí. Allí había estado el despacho de mi madre, y aquel hombre jamás se conformaría con menos que lo mejor.

Salí del ascensor ya ciega de rabia.

Debía de llevar la furia escrita en la cara, porque prácticamente todo el mundo en aquella planta dejó lo que estaba haciendo y se quedó mirándome al pasar.

Me daba igual. Ni siquiera los miré.

Avancé deprisa, concentrada en mi destino.

No llamé. Entré sin más y recorrí la sala con la mirada buscando a ese hijo de puta envidioso.

—... a su secretaria, porque esto no va a quedar así.

¿Quién demonios se cree que es para apropiarse así de un acuerdo que ya estaba cerrado?

Infórmale de que tomaremos medidas si no acaba con esta mierda.

No, me da igual, que se vayan todos a la mierda, pero ese hijo de puta no va a anteponer su empresa a la mía. Dile que, si él...

Allí estaba Matteo.

De pie, con las piernas separadas, delante de la enorme pared de cristal que daba a la ciudad.

Llevaba un traje de Armani hecho a medida y, a pesar de mi furia, me fijé en lo distinto que estaba.

Los últimos tres años no lo habían tratado nada bien, algo que agradecí profundamente.

El traje, perfectamente ajustado, no disimulaba la blandura de más que le habían dejado los años ni su extraña silueta.

Sin dejar que su nuevo aspecto me distrajera, avancé hacia él con decisión, ignorando a la secretaria, sentada ante el enorme escritorio de caoba que presidía el centro de la sala y ocupada en garabatear algo en un bloc.

Matteo seguía de espaldas a mí, hablando por teléfono y contemplando la ciudad desde su trono robado con cara de fastidio, sin la menor idea de que yo estaba allí.

Hasta que fue demasiado tarde.

Me planté delante de él y, antes de que pudiera decir una palabra, lancé con una precisión perfecta la punta brutalmente afilada de mi Jimmy Choo hacia la parte baja de su cuerpo, debajo de todo aquel montón de blandura.

Justo en los huevos.

Y observé, con un placer que no me avergüenza en absoluto reconocer, cómo se le ponía la cara roja y el teléfono se le escapaba de la mano.

El teléfono fue lo primero en llegar al suelo.