Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 1 Impecable #2
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1 Impecable #2

Su carrera frenética y el hecho de que perdiera el control lo justo para dejar al descubierto sus ademanes más femeninos dejaron dolorosamente claro que era gay y que yo acababa de traumatizar al pobre chico.

Cuando volví con mis amigas, me las encontré a las cuatro riéndose tanto que casi tenían que sostenerse unas a otras, como gallinas en fila camino del matadero; algunas lloraban no solo por la fuerza de las carcajadas, sino por haber descubierto que el chico que les gustaba era gay.

Lo soporté todo en silencio, fulminándolas con la mirada como el ser superior y con clase que siempre he sido.

Hasta que una de ellas reunió el valor suficiente para insultarnos a Gian y a mí.

Las demás se sumaron enseguida. Empezaron a hacer bromas sobre él que, por aquel entonces, todavía no tenía vocabulario para clasificar, pero que reconocí como lo bastante crueles y homófobas para hacerme hervir la sangre.

Al parecer, daba igual que, apenas unos minutos antes, aquellas mismas cuatro chicas hubieran jurado estar enamoradas de él.

Poco se imaginaban que, unos años más tarde, dos del grupo saldrían del armario como lesbianas y las otras dos acabarían metidas en una orgía tan escandalosa que se hablaría de ella por todo el pueblo durante años.

La ironía.

Después de borrarles la sonrisa de la cara a las cuatro a base de puñetazos, arañazos y tirones de pelo, fui a buscar a Gian.

Lo encontré en el baño al que había salido corriendo, escondido del resto del instituto.

Le pedí perdón por el reto y por mis amigas.

—No pasa nada —dijo, apartándose de mí sin el menor disimulo, como si temiera que me diera por besarlo otra vez—. Pero tienes que trabajar en eso. Aún hay esperanza para ti.

—¿De qué estás hablando?

—De tu enfermedad mental, obviamente. Se ve a la legua que no estás bien de la cabeza y, sinceramente, creo que necesitas medicación con receta. Tengo una tía que…

Lo siguiente que sintieron sus labios fue, otra vez, mi tacto.

Esta vez, el de mi puño.

Desde entonces fuimos los mejores amigos y, cuando salíamos juntos, incluso manteníamos algunos de los juegos estúpidos de aquella época.

Aunque, a diferencia de mis antiguas amigas guarras, nuestra competición era simple: quién se llevaba a más gente a la cama en una noche.

Gian siempre se cabreaba cuando perdía porque, ya sabes, por muy bueno que estuviera y todo eso, un coño es un coño. Difícil competir con eso.

Me reí para mis adentros mientras miraba la ciudad por la ventanilla del coche, y solo entonces me di cuenta de que estábamos en pleno atasco.

Suspiré y apoyé la cabeza contra el cristal frío.

Gian y yo siempre habíamos estado muy unidos. Éramos compañeros. Hermanos por elección.

Y también había estado a mi lado en el peor momento de mi vida: la muerte de mi madre.

Tres años antes, Anna Giorgia Mancini DeLuca iba camino de una conferencia de derecho penal en otro país, donde tenía previsto hablar de su propia trayectoria, cuando el avión en el que viajaba se estrelló y murieron todos los que iban a bordo.

No hay dos personas que vivan el duelo de la misma manera.

Pero perder a mi madre fue lo peor que me había pasado en la vida.

Habían pasado tres años y el dolor seguía conmigo. La diferencia era que había aprendido a convivir con él, pero me seguiría allá donde fuera.

Su carrera había sido breve, pero extraordinaria. Como abogada penalista, mamá llevó a juicio y ayudó a meter entre rejas a ladrones, violadores, narcotraficantes y asesinos.

Desde sus primeros años en la profesión llamó la atención por su presencia imponente en los tribunales y por no mostrar miedo ni siquiera ante los peores criminales. Su fama la precedía incluso después de muerta.

Era imposible que estudiara otra cosa que no fuera Derecho.

Sí, soy licenciada en Derecho. Con honores.

Ahora coge esa cara de sorpresa que se te ha quedado y métetela por el culo.

¿Que soy una vaga? Totalmente.

Pero soy una vaga con un segundo título. Chúpate esa.

Por suerte, tuve el honor de ver a mi madre a mi lado el día de mi graduación, orgullosa y llorosa como ninguno de sus colegas la había visto jamás.

Era una buena madre. Siempre fue atenta y cariñosa y, en los pequeños huecos entre un caso y otro, se empeñaba en pasar tiempo conmigo. Quería saber de mis clases, de mi vida amorosa, de los desastres románticos que venían después y de cualquier otro tipo de caso posible.

Perderla no había sido fácil.

Una noche me acosté satisfecha con mi vida y al día siguiente me desperté para descubrir que estaba sola en el mundo y que tendría que averiguar cómo seguir viviendo sin la persona que siempre había sido mi centro.

Gian y algunos familiares y amigos íntimos fueron mi red de apoyo durante el primer año después de la muerte de mamá. No me dejaron sola ni un segundo y no permitieron que me dejara consumir por el dolor.

Pero mi madre había sido mi única familia de verdad.

Mis tíos y mis primos no valían para nada —palabras de la abuela, no mías, aunque yo estaba de acuerdo— y siempre habían mantenido las distancias.

Sin embargo, cuando mamá murió, de pronto a todos les dio por acercarse lo justo para averiguar qué iba a pasar con su fortuna.

Y se llevaron un buen chasco.

Mamá era soltera, yo era su única hija y, por tanto, me dejó toda la herencia.

En cuanto a mi padre, no tenía ninguno.

Bueno, biológicamente sabía que sí. Lo que nunca supe fue quién era.

Mamá nunca se había casado con él y siempre tuve la impresión de que lo suyo empezó y acabó como algo pasajero.

Todo lo que me contó de él, cuando por fin reuní el valor para preguntárselo unos años antes de su muerte, fue que habían tenido una relación breve, que enseguida se dieron cuenta de que no eran compatibles y de que querían cosas completamente distintas, y que lo habían dejado.

Poco después descubrió que estaba embarazada. Se lo dijo y aquel hombre respondió que la decisión era suya, pero que prefería no implicarse, y le pidió que no volviera a ponerse en contacto con él.

Mamá respetó su decisión y decidió criarme sola.

Nunca reveló su identidad y yo nunca insistí, aunque de vez en cuando sentía curiosidad.

Siempre lo había sido todo para mí: madre, padre, mejor amiga, compañera, mi mayor apoyo y mi ejemplo en casi todos los aspectos de la vida, sobre todo en la familia y el trabajo.

Siempre había sido más que suficiente y me aseguré de que lo supiera.

Solo hubo un momento, después de su muerte, en el que pensé que quizá estaría bien saber quién era aquel hombre. No porque de repente necesitara un padre, sino porque quería compartir con alguien un dolor que me parecía tan grande como el mío.

Además de la abuela Caterina, por supuesto.

La madre de mi madre era una persona difícil hasta en sus mejores días, y ella y yo no nos llevábamos precisamente bien.

Cuando me gradué, unos meses antes del accidente de avión, decidí tomarme un tiempo para mí. Lo hablé con mi madre y me apoyó sin dudarlo. Me dijo que podría decidir qué hacer con mi futuro cuando me sintiera preparada.

Me tomé aquellos meses de libertad como unas vacaciones de la vida. Salía, bebía, bailaba, iba de fiesta y me follaba a quien quería todos los fines de semana y, a veces, una semana entera.

Y luego ella ya no estaba.

Después de aquello, según Gian, me fui apagando un poco. Empecé a quedarme en casa, a dormir la mayor parte del día y a pasar el resto tumbada.

Y, siendo justa, tenía razón. Pero no veía ningún motivo para cambiar. Puede que no fuera feliz, pero al menos estaba lo bastante tranquila como para haber dejado de dormirme y despertarme llorando todos los días.

El coche se detuvo en otro semáforo y, desde allí, ya alcanzaba a ver el alto edificio donde estaba a punto de echarle el guante a aquel trol miserable.

Rubens era el abogado de la familia y también había sido amigo íntimo de mi madre durante años. Siempre había sido alguien en quien confiaba ciegamente.

Por milésima vez, me pregunté cómo había podido hacerlo.

¿Cómo se había atrevido?

No lo entendía.

¿Cómo podía hacerle algo así a la memoria de mamá? ¿A alguien de quien siempre decía que era una de sus mejores amigas?

La conocía desde hacía años e incluso la había ayudado cuando decidió abrir su propio bufete.

Ese hijo de puta me había visto crecer.

Y lo peor era saber que el bufete estaba probablemente entre las cosas que había perdido.

Después de que ella muriera y todos sus bienes pasaran a ser míos, incluido su bufete de abogados, dejé la gestión diaria en manos de Rubens.

Cualquier asunto importante —contrataciones, decisiones de peso, problemas con las sucursales— seguía pasando por mis manos.

Como heredera, la empresa me pertenecía y seguía siendo responsable de ella, aunque mantuviera las distancias.

Una distancia cobarde, quizá.

Cada vez que pensaba en ir allí, veía a mamá en su despacho, riéndose mientras me preguntaba qué tal me había ido el último examen de Derecho Penal.

Y me echaba atrás.

Aquel bufete era la obra de su vida, el fruto de todo lo que había construido, y yo, cobarde de mí, temía unos recuerdos demasiado pequeños para esquivarlos y demasiado grandes para no doler.

Ahora todo aquello, todo su legado, estaba en manos de alguien sin conciencia.

Me ardían los ojos.

Respiré hondo y me tragué las lágrimas.

Ya lloraría más tarde, en la intimidad de mi casa.

Lo recuperaría todo, me prometí en silencio.

Me daba igual cuánto tardara o lo que me costara.

Recuperaría lo que era mío y haría que el responsable —ese cabrón ladrón, ese miserable trol— se arrepintiera.

Gian se detuvo frente al bufete y salté del coche antes de que hubiera frenado por completo; cerré de un portazo.

Podría llorar cuando llegara a casa.

Ahora mismo tocaba patear unos cuantos cojones.