Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 1 Impecable
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ANTONELLA

Perder todo tu dinero era, sin lugar a dudas, aterrador. Imagínate en mi situación: tienes una vida increíble, con lo mejor de lo mejor; eres guapa, estás buenísima, eres joven y millonaria.

Nunca tienes que madrugar. Puedes salir y viajar adonde te dé la gana, comer en los restaurantes más selectos y lujosos de la ciudad y del mundo, que te reconozcan dondequiera que vayas y comprar ropa de las marcas más famosas.

Tu vida es un lecho de rosas. Tus series extranjeras te hacen compañía todos los días, tienes una mejor amiga y miles de conocidos que finjen ser tus amigos, vas a las mejores fiestas, te enrollas con quien quieres sin pillarte por nadie y te diviertes todo lo que te sale del coño.

Nunca has tenido que trabajar porque nunca has tenido que preocuparte por el dinero. No cuando tienes una herencia multimillonaria y eres la única hija de uno de los abogados penalistas más importantes y famosos del país.

Ahora imagínate perderlo todo.

Imagínate ver cómo tu maravillosa vida se pone patas arriba, cómo tus recursos se agotan de golpe y tu adorada fortunita se esfuma de la noche a la mañana.

Te entrarían los siete males, ¿a que sí?

Sí. Estoy bastante segura de que sí.

Imagino que buscarías respuestas sobre lo que había pasado. O sobre cómo había pasado.

Imagino que llamarías a tu abogado, preocupada por el futuro y desesperada por alguna explicación.

Ahora imagínate la cara de idiota que se te quedaría cuando el muy cabrón no respondiera a tus miles de llamadas, mensajes y correos electrónicos.

¿Qué harías al darte cuenta de que el gilipollas se había esfumado de la faz de la tierra y que, casi con toda seguridad, estaba metido en la repentina y misteriosa desaparición de tu dinero?

¿Le darías caza al cabrón?

¿Le darías unos minutos para que se explicara antes de soltarle una patada en los huevos?

Pues esa era yo en aquel preciso momento.

Bueno, en unos minutos sería yo: dándole patadas en los huevos a aquel miserable hijo de puta hasta desintegrárselos bajo mis pies.

Hasta había elegido los zapatos más puntiagudos y escandalosamente caros que tenía: unos Jimmy Choo de piel preciosos y relucientes y, lo más importante, fáciles de limpiar por si salpicaba algo de sangre.

Estaba lista para un asesinato.

Un asesinato de huevos, técnicamente, pero asesinato al fin y al cabo.

Habían pasado dos días.

Dos putos días de angustia, sin respuestas y sin señales de vida de mi inútil abogado. Y ahora, después de dos días de crisis desesperadas y borracheras épicas por mi parte, él no tenía ni idea de lo que se le venía encima.

Y no creas que durante esos dos días mantuve la compostura como la mujer maravillosa y elegante que soy.

Oh, ni de coña.

Al principio no me creí lo que me contó Gian aquel domingo que iba camino de ser maravilloso hasta que se convirtió en mi peor pesadilla.

Cuando me recuperé del atragantamiento —después de rociar de cerveza la pared de mi cocina, hasta entonces inmaculada—, me partí el culo de risa porque aquello tenía que ser una de las bromas de mierda de aquel peligro en paro. Alguna tontería de las suyas para fastidiarme la tranquilidad.

Pero no lo era.

Y cuando Gian vino a mi casa en persona y me explicó toda la situación, lloré a moco tendido porque quedó dolorosamente claro que no era ninguna broma y que estaba jodida.

¿Cómo había podido pasar?

¿Cómo había pasado?

¿Por qué?

¿Qué coño había hecho yo para merecer semejante desastre?

Después de la negación llegó la desesperación.

Grité, lloré, vociferé y lancé varias cosas contra la pared. Luego volví a gritar, Gian se hartó de mis gilipolleces, se marchó a casa y yo me quedé dormida abrazada a mi nueva mejor amiga: Natasha, el vodka.

Me desperté el lunes con una resaca infernal, un dolor de cabeza que me partía el cráneo y la madre de todas las cagaleras —porque no sé tú, pero a mí las resacas de vodka siempre me dejan con diarrea al día siguiente—. Que es justo por lo que las evito.

Pero, dadas las circunstancias, cuando mi vida ya era una montaña de mierda a escala continental, poco me importaba añadirle otra tonelada, aunque la estuviera soltando yo misma.

Poco después de despertarme estaba sentada en el váter por segunda vez en menos de una hora, todavía atrapada en esa niebla de después de la juerga en la que tardas unos minutos en recordar quién eres y por qué estás viva.

Tenía el cerebro hecho puré y el culo al mando. Nada tenía sentido todavía.

Después fui a la cocina en busca de algo que me taponara el culo y vi una mancha horrible en la pared.

Me quedé mirando el contorno de aquella salpicadura enorme y amarillenta, que parecía más bien un vomitazo, y poco a poco me fueron volviendo los recuerdos.

Recordé lo maravilloso que había sido aquel domingo hasta que recibí la llamada infernal de Gian.

Y cuando todos los recuerdos me inundaron el cerebro de golpe, tuve que volver corriendo al baño apretándome el culo con una mano antes de redecorar la cocina por segunda vez.

Al anochecer por fin se me pasó la diarrea y reuní la fuerza mental suficiente para llamar a mi inútil abogado.

Llamé y llamé y llamé durante horas, un intento tras otro, y el pánico me crecía al mismo ritmo que el número de llamadas sin respuesta.

Rubens no cogió el teléfono, no devolvió mis mensajes ni respondió a mis correos. Nada.

Era como si aquel hombre se hubiera esfumado de la faz de la tierra.

No fue hasta el martes por la mañana, después de otra ronda de miseria con resaca y de viajes interminables al baño, cuando por fin vi lo evidente.

Lo más probable era que él tuviera algo que ver con la desaparición de mi dinero.

¡Ese hijo de puta me había robado! ¡El muy cabrón!

Yo había confiado en él y se había llevado mi dinero como si tal cosa.

Pero aquel criminal de traje se iba a llevar una buena sorpresa, me prometí.

—¿Estás bien, Antonella? —preguntó Gian.

Apenas había abierto la boca en todo el trayecto, pendiente del tráfico de camino al bufete.

Tengo que admitir que prácticamente tuvo que sacarme de la cama a rastras aquella mañana, tres días después de aquel domingo infernal. Todavía me estaba recuperando de tanto beber y tanto cagar, y me había negado a salir del piso porque estaba agotada.

Mi pobre culo no habría sobrevivido de ninguna manera a un tercer reinado del terror consecutivo.

—Estoy estupendamente —respondí con voz controlada.

Gian asintió como si me creyera y volvió a concentrarse en la carretera.

Era un buen amigo, pensé, intentando distraerme.

Lo observé en silencio un momento.

Gian era guapo, joven, alto, bronceado, rubio y estaba cachas. Si no supiera lo que sé, ya me lo habría llevado yo misma al catre.

Las mujeres casi se desnucaban al verlo pasar por la calle y luego lloraban desconsoladas al descubrir que, en lo tocante a la fruta que a ellas les gustaba, Gian la chupaba hasta el hueso y salía pitando como si no hubiera un mañana.

Nos conocíamos desde el instituto, gracias a una situación que todavía hoy nos sigue haciendo reír.

Por aquel entonces tenía unas cuantas amigas-putas —amigas + putas, para los no iniciados—, y Gian era la fantasía definitiva de todas y cada una de ellas.

Excepto la mía.

No tengo ni idea de por qué. Reconocía que estaba —y sigue estando— tremendamente bueno. Simplemente, nunca me atrajo.

A mis amiguitas les molestaba profundamente que yo fuera la única que no soñaba con quitarse las bragas por Gian, así que decidieron inventarse un juego estúpido.

Un reto.

Acepté, obviamente, aunque tampoco es que me hiciera mucha ilusión. Lo hice porque aquellas idiotas amenazaron con ir contándole a todo el instituto que era lesbiana.

Lo cual no habría sido un problema en sí ni me habría ofendido lo más mínimo, pero, según la lógica adolescente de la época, si algo garantizaba que los chicos salieran corriendo era creer que una chica no estaba interesada en ellos.

Nunca entendí por qué. Miedo a la competencia, quizá. Quién sabe.

Como no estaba dispuesta a dejar mi futuro romántico en manos de cuatro adolescentes aburridas, acepté.

En cuanto accedí a aquella estupidez, me fui derecha a por Gian, que estaba solo, apoyado en una columna en mitad de la cafetería.

—Hola —dijo, sonriendo con confusión.

—Hola —respondí. Intenté pensar en la manera más rápida de acabar con aquello y, haciendo una mueca porque la sutileza nunca ha sido precisamente mi fuerte, decidí ir al grano—. Mis amigas idiotas me han retado a besarte y he venido a hacerlo.

Abrió los ojos de par en par. Incluso se llevó una mano al pecho, como si nunca hubiera oído semejante disparate en toda su vida.

Y fue entonces cuando lo supe.

Aquellas idiotas llevaban meses soñando con Gian, escribiendo sus nombres junto al suyo en las últimas páginas de los cuadernos, y al pobre chico ni siquiera le gustaba el chocho.

Tuve que contenerme para no soltar una carcajada histérica al ver su cara de terror.

—Soy gay —confesó en voz baja, todavía asustado, mirándome con los ojos como platos.

—Enhorabuena. Y yo no soy lesbiana —dije—. Así que ¿puedo darte un beso rápido y luego tú te vas por tu lado y yo por el mío?

Y eso fue exactamente lo que hice.

Fue horrible.

Gian incluso intentó colaborar y aceptó el beso, si no con entusiasmo, al menos sin poner cara de asco.

Pero había cumplido el estúpido reto y toda la cafetería lo había presenciado.

Y todo habría terminado perfectamente si Gian no hubiera arruinado mi pequeña victoria unos segundos después.

En cuanto me aparté, se frotó la boca como si acabara de comerse un plato de mierda, se despidió de mí con la mano y salió disparado de la cafetería hacia el baño más cercano, con una mano sobre la boca y los ojos desorbitados.

Durante unos segundos todavía contemplé la posibilidad de que alguien pensara que mi beso lo había puesto tan cachondo que había tenido que correr al baño más cercano para ocuparse del asunto él solito.

Aquella fantasía no duró mucho.