Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) Prólogo
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Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1)

Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1)

Por Ella May Hunter

© inepub.com

Prólogo

ANTONELLA

Uno de los mayores suplicios de la vida era, sin duda, madrugar.

No existía un solo ser humano en el mundo que prefiriera hacer lo que fuera que tuviese que hacer —trabajar, salir a correr, ir a la panadería, cualquier chorrada de esas— antes que dormir unos minutos más por la mañana.

O unas cuantas horas más. Tú eliges.

Yo prefería las horas.

Una cama espaciosa. Tú. Tus mullidos edredones de flores, tus adoradas cortinas opacas, el aire fresquito y nada más que silencio.

Ah, el paraíso.

Ahora dime que no acabas de imaginarte lo mágico que sería teletransportarte del infierno ruidoso en el que seguro que estás metido a ese palacio de los dioses.

Si tu respuesta es no, ve al neurólogo, porque ese es, sin lugar a dudas, uno de los síntomas inquietantes de un tumor cerebral descomunal.

¿Quién en su sano juicio se levanta por voluntad propia a las seis de la puñetera mañana todos los días para comprar pan?

¡Pan!

¡A las seis de la mañana!

El pan no se va a ir a ninguna parte. Ni Seu Zé, el panadero.

¿Y qué, que por la mañana esté calentito?

¡Tengo microondas! ¡Para eso están esos trastos!

¿Levantarme al alba para comprar el mismo pan que puedo comprar tranquilamente por la tarde?

Dios me libre.

Pero, oye, no juzgo a nadie si te va ese rollo.

Lo de madrugar, quiero decir.

Ya sabes lo que dicen, ¿no?

Si a ti te gusta, me alegro por ti. Yo no tengo por qué.

Hay quien dice que madrugar es bueno para la salud. He oído esos rumores alguna vez, pero, sinceramente, no veo qué bien podría hacerme, aparte de dejarme unas ojeras horribles y ponerme de un humor asesino.

Por las mañanas no soy una persona funcional. Mi disco duro es lento, y mi placa base, igual.

Por la mañana, soy 3G.

Por la noche, soy wifi abierto.

Y completamente disponible.

De hecho, esa es una de las muchas, muchísimas razones por las que no trabajo por las mañanas.

Ni en ningún otro turno, porque estoy en el paro.

No, no es que ahora mismo esté en el paro.

Estoy en el paro. Profesionalmente. Con carné y todo.

Nunca había trabajado un solo día en mi vida, no porque no quisiera ni porque juzgara a quien lo hacía, sino simplemente porque nunca lo había necesitado: mi marido tenía dos trabajos.

Insértese aquí una carcajada histérica. Esa no era la verdadera razón, pero, si de verdad tuviera un marido con dos trabajos, podría serlo. Y tendría todavía menos motivos para madrugar.

Sé lo que probablemente te estás preguntando ahora:

Si no trabajas, lo único que haces es dormir y todo te importa una mierda, ¿qué haces exactamente con tu vida, Antonella?

Veo series.

De hecho, como un millón.

Y todas a la vez, además.

Mi vida era perfecta así, mi rutina era maravillosa y mis días eran un auténtico sueño.

Pero todo eso estaba a punto de cambiar.

Y yo no tenía ni idea de hasta qué punto.

Estaba en mitad de uno de los episodios más emotivos de Anatomía de Grey —la madre de toda la televisión jodidamente increíble— después de horas y horas de sueño glorioso, en un domingo deliciosamente nublado, cuando Satanás, que, como casi todos los que trabajan, tenía el día libre,

envió a su ayudante a perturbar mi paz.

Miré el teléfono, que vibraba a mi lado, e intenté que se rindiera por la pura fuerza de mis pensamientos y que entendiera la desfachatez que suponía interrumpir mi serie.

Dejó de sonar, pero no me dio tiempo ni a coger el mando antes de que empezara otra vez. Resoplé.

—Habla, demonio —contesté, ya cabreada.

—¿Interrumpo algo? —tuvo aún el descaro de preguntar el lacayo del Diablo.

—¡Claro que no, cariño! Ya sabes cuánto me encanta que me llames. ¿Y un domingo, encima? ¡Me chifla! —respondí, subida a veinte centímetros de sarcasmo.

La carcajada histérica de Gian —mi mejor amigo y también el único— me llegó desde el otro lado de la línea. Conecté los auriculares y tiré el teléfono otra vez al sofá.

—No sé cómo puedes vivir contigo misma. Vaya humor de perros tienes —dijo entre risas.

—Es un don que pocos poseen, querido.

—Eso es malo para la piel, querido. Ni la crema antiarrugas puede con todos los surcos que la amargura te está esculpiendo en la cara.

Puse los ojos en blanco; mi paciencia para las conversaciones inútiles se evaporaba a una velocidad alarmante.

—Dime de una vez qué coño quieres. Tengo cosas mejores que hacer.

O’Malley murió hace dos minutos y ya nadie se acuerda del pobre hombre.

George era el alma de ese hospital y parece que a nadie le importa.

—Aproveché la interrupción para desahogarme—.

¡Pero yo sí me acuerdo de ti, George! ¡A mí sí me importas! —grité, indignada.

Podrían pasar los años y yo seguiría llorando la muerte de George O’Malley y deseando poder volver atrás en el tiempo, salvarlo y plantar a ese ridículo figurante de dos frases delante de aquel autobús igual de ridículo.

—Y arrugas, mis cojones, capullo —añadí—. El que necesita crema antiarrugas eres tú. Úntate un poco en ese culo caído que tienes y a ver si hace algo con la celulitis.

Gian volvió a estallar en carcajadas.

Bajé el volumen de la llamada en los auriculares antes de que aquel cabrón me dejara sorda, puse el episodio en pausa y me levanté para ir al baño.

Me calcé las zapatillas mullidas y atravesé el apartamento arrastrando los pies, con una parada en la cocina para coger un vaso de agua.

—Un día me vas a matar, zorra —dijo. O al menos eso fue lo que conseguí descifrar entre sus carcajadas.

Ojalá te atragantes, capullo.

—Será mejor que me digas qué quieres antes de que entre en el baño —le advertí—. No te alarmes si lo siguiente que oyes es algo sólido cayendo al agua.

—¡Por Dios, qué asco! —gritó, escandalizado, y se le cortó la risa de golpe.

Cualquiera diría que el señorito no había cagado en su vida.

—No tienes sentido del humor. No sabes encajar una broma.

—El que no tiene sentido del humor eres tú. Si no aguantas el patio, no bajes a jugar, cariño.

Apoyé una cadera contra la encimera de la cocina, abrí el frigorífico y constaté, con cierta preocupación, que necesitaba hacer la compra urgentemente si pretendía sobrevivir a algo más que agua con gas y verduras.

Gian guardó silencio un rato, cuando se recuperó de la risa, y el ambiente se volvió serio con la misma brusquedad con la que solían aparecer sus bromas.

—Te he llamado porque tengo noticias importantes —empezó por fin.

Había algo diferente en su voz. Más serio. Más cauteloso.

—Algunas no son muy buenas y otras son, eh… —Hizo una pausa, con tono inseguro.

Fruncí el ceño y empecé a preocuparme. Que Gian dudara antes de decir algo, cualquier cosa, no era buena señal.

—Y algunas son un poco peores que «no muy buenas» —consiguió decir después de aclararse la garganta.

—Mmm —murmuré, interesada pese a mis instintos.

Cogí una cerveza en lugar del agua y cerré el frigorífico.

Algo me decía que aquella conversación iba a alargarse, y no había nada mejor que una buena dosis de alcohol para hacerme compañía mientras durara. Normalmente prefería el licor, pero la cerveza estaba más a mano.

—¿Qué quieres decir con «no muy buenas» y «peores que eso»? —pregunté.

Tras una búsqueda algo caótica del abridor, encontré el maldito trasto, lo alcé triunfalmente para un público compuesto por absolutamente nadie y abrí la cerveza.

—Ha llamado Rubens —soltó Gian, como si necesitara decirlo antes de perder el valor.

Me quedé paralizada, con la botella a unos centímetros de la boca.

Rubens Ribeiro era el abogado de la familia y solo se ponía en contacto conmigo en casos de extrema urgencia, cuando mi presencia era realmente necesaria. Que llamara a Gian cuando no conseguía localizarme directamente no era ninguna novedad.

Aun así, no entendía por qué aquello tenía que ser una mala noticia.

Hasta que algo se me encogió en el pecho. No sabía qué. Solo sabía que algo iba mal.

—¿Qué…? —Di un sorbo de cerveza para intentar tragar el nudo que parecía bloquearme la garganta—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué quiere esta vez? ¿Tengo que firmar algo más?

Me quedé pensando unos segundos, intentando llegar a mi propia conclusión.

—La última vez tuve que firmar un montón de documentos y dijo que no habría más, al menos no de momento. ¿Se le olvidó pedirme una firma? Podría ser eso. O quizá quiere otra reunión. O…

—Dijo que había intentado llamarte primero y que no habías contestado. Tenía prisa, así que me llamó a mí —me interrumpió Gian, con una seriedad en la voz que solo le había oído unas pocas veces.

Un frío glacial me recorrió todo el cuerpo.

—Y no necesita ninguna firma nueva —añadió.

Si no se trataba de firmas…

—Entonces ¿qué quiere?

—Dijo que… —Gian volvió a dudar.

Y aquello empezaba a ponerme de los nervios.

Si antes se me había helado la sangre, ahora sentía que se me había congelado el cuerpo entero.

Intenté sacarme de la cabeza todas las posibilidades catastróficas.

«No es nada serio», me dije.

Rubens era así. Siempre dramático, siempre ansioso. Seguramente se trataba de algún problemilla que no podía resolver por su cuenta.

«No es nada serio», repetí, y me llevé la cerveza a los labios para dar un trago generoso mientras oía a Gian soltar un largo suspiro al otro lado de la línea.

Entonces pronunció las palabras que cambiarían para siempre mi vida maravillosa, pacífica y absolutamente tranquila:

—Te han robado la herencia.

Y, con la misma brusquedad con la que llegó su anuncio, vi a cámara lenta cómo la cerveza que tenía en la boca salía disparada por el aire y golpeaba la pared de la cocina, antes blanca y ahora decorada con un extraño tono amarillento.