Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Volví a mirar la notificación del banco.

Las líneas rojas de la esquina superior parecían brillar con una hostilidad casi personal.

Ser *freelance* en una ciudad que cotizaba el metro cuadrado a precio de lingote de oro era un ejercicio diario de fe ciega, pero hasta ese instante siempre había logrado esquivar el precipicio en el último minuto mediante algún encargo de urgencia o un discurso de boda bien pagado.

Esta vez, sin embargo, el margen de maniobra se reducía a la nada: encontrar un milagro financiero o empezar a embalar mi vida en cajas de cartón.

Clara suspiró, borró su gesto severo y apoyó una mano firme sobre mi hombro.

—Algo saldrá, Marina. Siempre se te ocurre algo antes de que el barco se hunda.

—El problema es que esta vez el agua ya me llega al cuello y ni siquiera tengo puesto el chaleco salvavidas —murmuré, contemplando cómo el cursor de mi pantalla seguía parpadeando en el vacío, esperando unas palabras mágicas que no existían en ningún diccionario.

El silencio frente a la pantalla se rompió con el estrépito de la puerta de cristal al chocar contra el tope de goma. La campanilla de latón no tintineó; bramó como una alarma de evacuación.

La corriente de aire frío de la bahía barrió las servilletas de papel sobre mi mesa justo cuando una figura alta, enfundada en un traje gris marengo de corte milimétrico, irrumpió en Grano es porque se enteró de que cancelé la cena benéfica del patronato para cerrar la auditoría de Nueva York.

Cree que los hombres solteros que trabajan dieciséis horas al día somos sociópatas sin arraigo.

Me quedé con las manos suspendidas sobre el teclado, observándolo de perfil con una ceja peligrosamente elevada.

Tendría mi edad, quizá un par de años más, pero llevaba encima esa pátina de formalismo blindado que a cierta gente le añade una década de severidad artificial.

Mandíbula afilada, peinado tan milimétricamente fijado que habría resistido un temporal en alta mar y un reloj de muñeca con correa de piel que probablemente costaba más que la suma de todos los recibos atrasados de mi estudio.

—Pues claro que es una estupidez —continuó, tamborileando los dedos sobre la madera a ritmo de taxímetro—.

¿Desde cuándo la estabilidad emocional de un letrado se mide por su capacidad para cenar con una familia feliz los domingos?

Exige «hombres con raíces». Esas fueron sus palabras.

«Gonzalo, un hombre que no sabe construir un hogar no sabe custodiar el patrimonio ajeno». ¡Es delirante!

De modo que se llamaba Gonzalo. Gonzalo el Dechado de Virtudes Emocionales. El tipo de individuo que consideraba un fallo de diseño que los seres humanos necesitaran dormir o sentir cosas.

—Averigua a qué hora tiene la reserva de mañana en el Club Náutico —ordenó al tal Julián, ignorando por completo el bufido que soltó Clara desde la máquina de café al escuchar el estruendo de su voz—.

Si tengo que fingir que me importan los torneos de vela y los jardines de azaleas para que desbloquee la fusión del Grupo Valdés, lo haré.

Pero no voy a permitir que la cuenta más importante del trimestre se vaya a la competencia porque un octogenario nostálgico piense que soy un robot.

Inspiró hondo, conteniendo el aire unos segundos mientras se pasaba la mano libre por la nuca con un gesto que traicionó por un instante el pánico contenido bajo su coraza corporativa. Tenía la respiración agitada y las aletas de la nariz tensas.

—Llámame en cuanto tengas el informe del consejo de administración. Y Julián... si alguien de la planta setenta pregunta, la firma sigue en curso. Ni una palabra a mi madre.

Cortó la comunicación con un toque seco en el auricular y dejó caer el teléfono sobre la mesa, junto a su maletín.

El silencio que quedó en la cafetería tras su llamada fue denso, de esos que crujen como una rama seca. La mitad de los clientes fingían mirar sus pantallas mientras contenían la respiración, y Clara permanecía inmóvil tras la barra con el trapo de la leche suspendido a medio camino.

Bajé despacio la mirada hacia mi servilletero volcado, todavía apoyado contra la taza, y luego la levanté hacia el ocupante de la mesa de al lado.

Gonzalo Mendieta permanecía inmóvil, con los ojos fijos en el ventanal del muelle y la mandíbula apretada con tanta fuerza que se le marcaban los tendones del cuello.

Parecía un tiburón corporativo al que acababan de dejar varado en la orilla, atrapado en su tres piezas impoluto y al borde del cortocircuito.

Alargué la mano, agarré el servilletero por la base de metal y lo coloqué de nuevo en su sitio exacto con un golpe deliberadamente seco sobre la madera desgastada.

El sonido cortó su trance. Gonzalo giró la cabeza hacia mí con un parpadeo lento, como si de pronto descubriera que el universo fuera de su pantalla contenía otras formas de vida. Sus ojos grises, afilados y cargados de una hostilidad defensiva, se toparon de frente con mi mirada.

No dije una sola palabra. Me limité a enderezar la pila de servilletas con una calma quirúrgica, dejando la notificación de mi desahucio bien visible a un palmo de su maletín de cuero.