Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 1
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Cómo fingir un flechazo en hora punta

Cómo fingir un flechazo en hora punta

Por Andrea Soto

© inepub.com

Capítulo 1

Perdón por existir (tarifa estándar)

Olvidar un quinto aniversario de bodas no es un delito tipificado en el código penal, pero en el tribunal doméstico equivale a alta traición con premeditación y alevosía. Más todavía si la coartada consiste en una prórroga con dos tiempos muertos en la final de la liga de baloncesto.

Mis dedos volaban sobre el teclado mientras el cursor parpadeaba con impaciencia en el documento abierto en pantalla: *Disculpas_Pendientes.docx*.

Faltaban exactamente doce minutos para las diez de la mañana, la hora límite en la que mi cliente, un auditor con nula inteligencia emocional y el carisma de una grapadora, debía enviar el mensaje antes de que su cónyuge abordara el ferri hacia la casa de su madre en la bahía.

—«Sé que ninguna prórroga justifica haber dejado que la cena se enfriara en el horno» —leí entre dientes, borrando tres adjetivos lacrimógenos seguidos—. No, demasiado victimista. Suena a que estás mendigando un indulto en lugar de asumir la culpa como un adulto funcional.

Reescribí la frase a toda velocidad:

«Sé que el tiempo que no te dedico es un tiempo que le robo a lo único que sostiene mi vida.

Anoche no perdí la noción del reloj; perdí de vista lo que de verdad importa.

Concédeme diez minutos en el muelle antes de que zarpe el barco.

No para defenderme, sino para recordarte mirándote a los ojos por qué sigo eligiéndote cada día».

Le di un trago a la taza que tenía al lado, pero solo encontré el fondo frío y amargo de un café con leche consumido dos horas atrás.

—Si le añades una mención a los tulipanes blancos que compraste de camino, te garantizo una reducción de condena del sesenta por ciento —soltó una voz desde el otro lado de la barra.

Clara Méndez plantó una taza humeante de café solo sobre la madera desgastada de mi mesa habitual.

Llevaba el mandil gris salpicado de molienda y los antebrazos cruzados, dejando a la vista el tatuaje geométrico que imitaba las olas del puerto.

Su moño castaño, sujeto con un lápiz gastado, amenazaba con derrumbarse hacia la izquierda como todas las mañanas de San Telmo del Norte.

—Los tulipanes son un extra fuera de la tarifa estándar —respondí sin apartar los ojos de la pantalla—.

Si Sergio quiere botánica aplicada a la redención conyugal, son quince euros adicionales por párrafo de arrepentimiento floral.

Estoy en liquidación de temporada, no al frente de una organización benéfica de expiación masculina.

—Estás a tres cafés de una arritmia y a dos minutos de que tu auditor pierda a su mujer en el muelle cuatro.

—El ferri sale a las diez y cuarto. El auditor recibirá el texto a las nueve cincuenta y ocho, lo pegará en el chat con los puntos suspensivos que le he marcado en rojo y ella llorará sobre su maleta de cabina mientras él corre por el pantalán con las flores que le ordené comprar a las ocho.

Funciona siempre, Clara. La vulnerabilidad calculada es una ciencia exacta.

Pulsé la combinación de teclas para enviar el correo y cerré la ventana emergente con un suspiro que me vació los pulmones. El archivo *Disculpas_Pendientes.docx* volvió a quedar en silencio, listo para el siguiente desastre humano que necesitara mis servicios.

Grano pagarían noventa euros por suscripción solo por no tener que pensar qué escribir en los aniversarios.

Solté una risa amarga y dejé caer la carta sobre el teclado del portátil.

—Mi trabajo no consiste en manipular a nadie. Consiste en traducir lo que la gente siente pero no sabe decir porque el orgullo, la cobardía o la falta de léxico se lo impiden. Soy una facilitadora de la concordia civil, no una estafadora digital.

—La facilitadora de la concordia está a tres semanas de dormir en el sofá cama de mi trastienda, entre sacos de café de Colombia y cajas de servilletas de papel —me recordó ella, enarcando una ceja—.

¿Y tu tío el de las piscifactorías? Aquel que te mandó una caja de conservas por Navidad con una nota que decía «Para mi sobrina la letrada».

—Mi tío Ramón cree que trabajo en un bufete de patentes marítimas. Si se entera de que me gano la vida redactando cartas de arrepentimiento para auditores despistados y disculpas por mensajes de voz borrachos, me deshereda de las conservas y me manda a trabajar a su planta de envasado en el sur.

Me froté las sienes con las yemas de los dedos, sintiendo el latido sordo al compás de los cálculos mentales que se multiplicaban en mi cabeza.

—Hagamos números reales —murmuré, abriendo una hoja de cálculo en blanco junto al archivo de disculpas—.

A cincuenta euros la tarifa básica por nota de reconciliación exprés y setenta y cinco si incluye reproches familiares atenuados...

necesitaría cerrar exactamente ochenta y seis encargos en veintiún días.

Eso son cuatro crisis conyugales al día, sábados y domingos incluidos.

Nadie en San Telmo del Norte tiene tantos amigos arrepentidos, ni siquiera en temporada de cenas de empresa.

—Pues sube las tarifas. Añade suplementos por nocturnidad, alevosía y lágrimas derramadas. Si salvas matrimonios multimillonarios, que lo paguen a precio de terapia privada.

—Salvo matrimonios de clase media asfixiada, Clara. La gente con dinero de verdad no pide perdón: contrata abogados de fusiones, redacta acuerdos prematrimoniales blindados y le echa la culpa al servicio doméstico.