Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 19 — Tenía toda mi vida bajo control y estaba vacía
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Capítulo 19 — Tenía toda mi vida bajo control y estaba vacía

(Greta)

Mi casa volvió a estar perfecta en cuanto se fue Brioche.

Cada cosa en su sitio. El sofá sin pelos, repasado con el rodillo dos veces.

El cojín que él había destripado, sustituido por uno idéntico que encargué la misma tarde, porque un cojín roto a la vista es un cabo suelto y yo no dejo cabos sueltos.

La pelota de tenis, que llevaba semanas en mi cuenco de las llaves sin que yo la quitara —y no me había preguntado por qué no la quitaba, que esa era la pista—, la tiré a la basura.

Luego la saqué de la basura. Luego la volví a dejar en el cuenco, donde no pinta nada, que es lo más cerca que he estado nunca de una crisis nerviosa.

Era el orden que llevo doce años defendiendo.

Cada cosa fuera de mi cabeza, cada cosa con su sitio asignado, la casa como una extensión limpia de un cerebro que por dentro no lo está.

Y por primera vez no descansé en él. Por primera vez el orden no fue paz.

Fue inventario. Una lista, hecha sin querer, de todo lo que faltaba: el ruido, los pelos, la furgoneta mal aparcada abajo, un hombre haciendo mal el café en mi cocina, una pelota donde van las llaves.

Lo que más faltaba no comía.

Nerón llevaba cuatro días sin tocar el plato.

Lo probé todo, con el método de siempre, que es el único consuelo que tengo: el pienso de costumbre, el pienso caro, atún en lata, atún fresco, pollo cocido que le preparé yo a las once de la noche como una demente, pelándolo con los dedos sobre la encimera milimétrica.

Le monté una hoja de seguimiento —gramos ofrecidos, gramos ingeridos, hora, observaciones— y la pegué en la nevera, porque ante un problema yo levanto una hoja, siempre, es mi forma de rezar.

La hoja se quedó tan vacía como el plato.

Cero gramos. Cero. Cuatro días de ceros en columna, mi letra cada vez más pequeña.

El gato no comía. Se subía a la librería, a su puesto de mando, el sitio desde el que vigila el reino, y desde ahí no vigilaba nada.

Miraba la puerta. Fijo. Esperaba al perro.

Un perro que vivía un piso más abajo y que ya no subía, porque su humano y yo habíamos roto lo nuestro con la misma eficiencia callada con que rompemos las dos únicas cosas que se nos dan de verdad bien a los dos: sin gritar, sin escándalo, sin testigos y sin arreglo posible.

A Brioche lo oía. Esa era la parte que no constaba en ninguna hoja de seguimiento.

Las paredes de este edificio son finas —llevo dos años quejándome de eso por escrito a la comunidad—, y por las noches, a través del suelo, oía a Brioche arañar la puerta del tercero y gemir bajito, una nota larga y aguda, esperando que lo dejaran subir, esperando a un gato que esperaba a un perro.

Los dos animales haciendo a dos voces, uno arriba y otro abajo, separados por un techo, el duelo que sus dueños no se permitían hacer ni a solas.

Bruno no lo haría, seguro. Estaría sonriendo, abriendo la verja a las siete, diciéndole a doña Encarna que todo bien.

Y yo no lo hacía porque yo no hago eso. Yo no lloro.

Yo gestiono. Llevo doce años cobrando por no hacer lo que esos dos animales hacían gratis cada noche.

Intenté redactar una disculpa. Es mi oficio, al fin y al cabo.

Escribo la mejor disculpa de este país; lo dice mi facturación, no mi vanidad.

Le he puesto palabras de arrepentimiento creíble a futbolistas, a políticos, a un gurú de la felicidad.

Abrí el portátil y escribí una para Bruno, y me salió perfecta a la primera: sentida sin admitir de más, cálida sin rebajarme, con la dosis exacta de responsabilidad para mover a perdón sin abrir flancos legales ni emocionales.

La leí dos veces. La borré. Porque era exactamente eso: perfecta.

Calculada. Gestionada. Una disculpa de cliente, de las que cobro a seis cifras, escrita para conseguir el perdón y no para merecerlo.

Escribí otra. Peor a propósito, más torpe, con faltas que dejé sin corregir para que pareciera espontánea.

La borré también, porque hasta la torpeza la había calculado, hasta el desaliño era estrategia.

Resulta que sé escribir la disculpa que la gente quiere perdonar, la que funciona, y no sé escribir la única que valdría algo: la que no está calculada para que te perdonen.

La que solo dice la verdad y se queda quieta a aguantar lo que venga.

Esa no me sale. No tengo la plantilla. Llevo doce años sin necesitarla.

Víctor llamó el martes. Me lo veía venir, así que descolgué a la primera para acabar antes.

—Deshago el trato de Bond —le dije, sin saludar—. La protectora vuelve a su deuda, a su fecha y a su denuncia. Lo dejo todo como estaba antes de que yo metiera mano. Lo siento por las molestias.

Víctor se rio. Una risa corta, sin sorpresa, la de quien lleva años esperando que confirmes lo que ya sabía de ti.

—Tú no deshaces tratos, Greta. Tú los cumples.

Es lo que te diferencia de los aficionados.

—Una pausa de las suyas, calculada, que de calcular pausas vivimos los dos—.

Pero hazlo. Deshazlo. Quédate sin el chico y sin el sitio salvado, las dos cosas a la vez, por puro orgullo, que mira tú para lo único que te da el orgullo: para perder doble.

—Otra pausa—. Y no te olvides de que me debes un par de favores feos.

De los que se hacen a oscuras y no se firman.

Esos no se deshacen, guapa. Esos se pagan cuando yo diga. Ya hablaremos.

Colgué antes de que oyera nada en mi respiración.

Y ahí estaba: tenía mi vida entera otra vez bajo control. El piso ordenado. La agenda al día. La cara, como siempre, lejos de cualquier cámara. Ni un cabo suelto en ningún sitio, salvo los dos que Víctor me guardaba en un cajón para cobrármelos el día que le conviniera. Todo en su sitio exacto.

Y estaba tan vacía que el silencio del piso tenía eco.

Mateo vino el jueves sin avisar, con dos cafés en una bandejita de cartón, y se sentó en mi sofá nuevo sin que lo invitara, que es lo que hace cuando trae algo que sabe que no quiero oír y prefiere decirlo desde abajo, sin altura, para que no parezca un sermón.

—Llevas una semana sin pisar la oficina —dijo—. Salvatierra, después de arder, se ha ido a la competencia, que es lo que hacen los que arden, buscarse otro pirómano. Hay tres clientes preguntando por ti. Uno es importante.

—Que esperen.

—Greta Cossío diciendo «que esperen». —Dejó mi café en la mesa, sin beber el suyo—. Vale. Esto es peor de lo que pensaba.

No le contesté. Miré a Nerón en la librería, mirando la puerta.

—No come —dije, por decir algo que no fuera lo otro, por poner un problema técnico encima de la mesa, uno con solución, uno que se arregle con una hoja y un veterinario.

Mateo miró al gato. Miró la hoja de seguimiento pegada en la nevera, la columna de ceros, mi letra menguando. Y dejó de hacer bromas, que en Mateo, que bromea hasta en los funerales, es la mayor declaración de cariño que existe.

—Sabes que no es por el pienso, ¿verdad? —dijo, en voz baja—. Que has probado seis y no es ninguno de los seis. Sabes perfectamente lo que le pasa al gato.

Lo sabía. Claro que lo sabía. Lo había sabido desde el primer cero.

—Tú estás haciendo lo mismo —dijo Mateo—.

Subirte a tu sitio, mirar la puerta y no comer.

Solo que tú a no comer lo llamas estar muy liada, y a mirar la puerta lo llamas trabajar.

—Se levantó. Me apretó el hombro una sola vez, fuerte, sin alargarlo, y recogió su café para llevárselo intacto—.

Cómete algo. Y luego haz lo que sea que estás a punto de hacer, que te conozco esa cara, es la de antes de una jugada gorda.

Se fue sin cerrar él la puerta, dejándomela a mí, porque Mateo sabe cuándo una conversación tiene que terminar para que pueda empezar otra que él ya no pinta.

Me quedé sola con el gato de mi hermana.

Eso es Nerón, debajo de todo. El gato de mi hermana.

Lola lo recogió de la calle hace siete años, naranja y famélico y con una pata mal curada y esa actitud de emperador venido a menos que no ha perdido ni engordando siete kilos.

Lo llamó Nerón porque decía que tenía cara de haber incendiado Roma y de no arrepentirse lo más mínimo.

Le ponía voz. Le inventaba pensamientos imperiales, discursos enteros, decretos.

Se reía de sus propias bromas con esa risa suya descomunal, sin permiso, sin volumen, la que llenaba las habitaciones enteras y se colaba por debajo de las puertas.

La risa que yo me pasé media vida pidiéndole que bajara.

Que molestaba a los vecinos. Que molestaba en los restaurantes, en los tanatorios, en las bodas.

Que Lola era siempre demasiado para los sitios, demasiado alta, demasiado abierta, demasiado todo, y a mí me tocaba ir detrás recogiendo lo que ella desbordaba, pidiendo disculpas por su cuenta, alineando lo que ella descolocaba con solo entrar.

Yo era la responsable. Ella era la que se reía. Era un reparto cómodo, nos venía bien a las dos, y lo odié en secreto toda la vida sin saber siquiera que lo odiaba, porque odiar a una hermana a la que adoras es de las cosas que una no se deja ni pensar.