Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 18 — Resulta que yo era un problema de relaciones públicas
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Capítulo 18 — Resulta que yo era un problema de relaciones públicas

(Bruno)

El jueves por la tarde, antes de que se rompiera todo, fue un jueves normal, y eso es lo que más me cuesta perdonarle al jueves.

Le había dado de comer al Notario nuevo —a Pancho, que ya comía solo y me miraba hacerlo con una superioridad de galápago que se sabe a salvo—.

Tarta corría en diagonal detrás de una pelota que no iba a coger nunca, feliz de no cogerla.

Chochez vigilaba desde el armario el reino que considera suyo.

Era un jueves de los buenos, de los que no avisan, y yo estaba arreglando una jaula que no se había roto, por tener las manos en algo, cuando llamó el mensajero.

Víctor me mandó los papeles en un sobre, a mano, con una nota: «Pensé que querrías verlos antes de firmar nada. Un amigo.» Subrayó lo de «un amigo». Víctor subraya las mentiras; es su única forma de honestidad.

Lo abrí de pie, en el despacho, que es como abro lo que da miedo.

Al principio no entendí nada, o no quise.

Eran papeles de los suyos: contratos, anexos, esas cosas que yo firmo donde me señalan sin leer porque leerlas me recuerda lo poco que entiendo de mi propia ruina.

Pensé que era una copia de algo del trabajo.

Pensé cualquier cosa antes que la verdadera, que es lo que se hace cuando la verdadera va a doler: se inventan escaleras para no caer de golpe.

Y entonces empezaron a encajar las piezas que llevaba una semana sin querer juntar.

El casero, que no perdona ni un día, llamándome de pronto amable: «hay margen, ya hablaremos con calma».

La denuncia de Pombo, que iba camino del ayuntamiento como un tren, parada en una vía muerta, «pendiente de revisión».

El proveedor al que le debía tres meses dándome las gracias —a mí— por «haberlo solucionado todo».

Cosas buenas, en bloque, sin avisar. Y a mí la suerte no me llega así, en bloque.

A mí me llega a cuentagotas y con factura.

No era suerte. Era una operación. Y la operación estaba ahí, encima de la mesa de mi padre, con membrete y todo.

Bond no patrocinaba la protectora: la compraba.

Cubría la deuda, le compraba el silencio al casero, hacía desaparecer a Pombo con dos llamadas que prefería no saber cómo se daban.

Y a cambio, el sitio pasaba a llamarse «Refugio Bond».

El logo de una marca de pienso sobre la fachada que levantó Tomás Olmedo con sus manos y con la pintura mala que pusimos entre todos un verano.

Yo, tres años de embajador, la cara amable, sonriendo en una valla con un saco de comida en brazos.

Y todo lo demás —el burofax, la deuda, las noches sumando lo mismo esperando que cambiara, mi padre muerto, el miedo a enterrarlo otra vez— reescrito en una postal bonita con final feliz.

En los márgenes, una letra pequeña, recta, sin un temblor. La conozco. La he visto hacer listas de todo, hasta de lo que mi perro no debe comerse en cámara. Greta lo había negociado entero. Cláusula por cláusula. Coma por coma. A mis espaldas. Para mi bien.

Me senté donde se sentaba mi padre. Y, sin pensarlo, alargué la mano y abrí la caja de cartón con sus cosas que llevaba dos años sin tocar.

No sé por qué entonces, después de dos años.

Supongo que lo busqué a él, como se busca a un padre cuando te están haciendo algo que no sabes parar. Levanté la tapa.

No miré dentro. No pude: tenía los ojos en los papeles y la cabeza en otro sitio, y a mi padre lo dejé otra vez esperando con la caja abierta, que es lo que llevo haciéndole desde que se murió. Pero la levanté. Algo es algo.

Y descubrí, ahí sentado, para qué sirve la sonrisa.

La mía. La que llevo puesta desde niño, la que doña Encarna confunde con buen carácter y los proveedores con paciencia y los voluntarios con que todo va bien.

No sirve para los que me caen bien; eso lo había creído toda la vida y era mentira.

Sirve para esto. Para cuando no quieres que el otro vea lo que le has dejado hacer.

Es una persiana. La bajas, y detrás puedes estar a oscuras todo lo que haga falta sin que se entere nadie.

Oí la llave de Greta en la puerta de la protectora. Le había dado una llave. Claro que le había dado una llave; le había dado todo lo que se le da a alguien sin contar el coste, que es la única forma que tengo yo de dar, en trozos grandes y sin recibo, para luego extrañarme de quedarme sin nada.

Subió. Bajé la persiana. Estaba listo.

Traía una cara de buena noticia. La de quien ha ensayado cómo dar una buena noticia. La conozco también: es la que pone delante de los clientes cuando les ha salvado algo que ni sabían que estaba perdido.

—Está salvado —dijo, antes de mirarme bien—. Sigue abierto. Es lo que querías.

—Gracias. —La sonrisa no se me movió ni un milímetro—. Has hecho un trabajo excelente.

«Excelente.» La palabra que un mes atrás le oí prohibirle a un cliente porque sonaba a hueco. La elegí a propósito. Vi que le llegaba.

—Bruno.

—De verdad. —Señalé los papeles con la barbilla, sin tocarlos—. Mi padre estaría encantado de ver su nombre debajo de un logo de pienso. Le encantaba el pienso. Se pasó la vida regalándolo.

—Te estabas ahogando.

—Sí.

—Y no me lo ibas a pedir nunca. Te lo pregunté. A las cuatro de la mañana, con un galápago entre los dos, te pregunté si todo iba bien y me dijiste «vieja pero bien». ¿Qué se supone que hace una con eso? ¿Verte hundir y aplaudir?

—Se supone que respetas que te haya dicho que no.

—No me dijiste que no. Me mentiste. Es distinto.

—Te mentí porque era mío. —Dejé los papeles donde estaban, encima de la caja abierta de mi padre, despacio, porque si los soltaba de golpe iba a soltar otra cosa—.

Mi sitio. Mi deuda. Mi ruina, si tenía que ser ruina.

Eran míos. Aunque los perdiera. Sobre todo si los perdía.

Eran míos para perderlos, Greta, y tú me los has salvado por la espalda, como se le quita un mechero a un crío: por su bien, sin preguntarle, decidiendo tú qué quema y qué no.

—Y preferías perderlo. Perder la protectora de tu padre, con los animales dentro, antes que deberme a mí el favor. Eso es lo que me estás diciendo.

—Sí. —Y al decirlo lo vi entero por primera vez, y me dio vértigo, porque era verdad y era horrible—. A lo mejor sí. A lo mejor soy así de tonto. Pero era mi tontería, y tú me la has gestionado como me lo gestionas todo.

Y entonces hizo lo que hace. Lo vi venir como se ve venir la lluvia, por el olor, y no pude pararlo, igual que ella no pudo parar lo suyo.

Empezó a explicarme la operación.

Los plazos. Por qué Bond y no otra marca.

Las ventajas de la estructura. El calendario de pagos, que era «muy favorable».

Me estaba gestionando la ruptura en tiempo real, montándome la versión que me convenía oír, exactamente igual que le monta a un futbolista la disculpa que la afición quiere perdonar.

Cada frase era razonable. Cada frase era impecable.

Y cada frase me confirmaba lo único que necesitaba no ser para ella, y resultaba que era: un caso.

Un expediente. Un marrón que se arregla en una sala con tres personas sin que el interesado se entere.

—…y a tres años vista la marca pierde interés y recuperas el control operativo, con lo cual el riesgo real para la identidad del refugio es—

—Para.

—…es mínimo si se gestiona el relato desde—

—Greta. Para. —Y dejé de sonreír.

Subí la persiana del todo. Le enseñé lo de detrás, que era lo más cruel que podía hacerle, porque era dejar de protegerla de mi cara. Vi que no se lo esperaba. Llevaba semanas siendo el de la sonrisa puesta, el simpático, el que aguanta. Esto no lo había visto.

—No me gestiones —dije, y lo dije bajo, que es peor que gritarlo—.

Te lo pedí una vez con buenas palabras y no me oíste.

Te lo pido sin ellas: no me gestiones. ¿Sabes hacer otra cosa?

¿Sabes mirar a alguien que se ahoga y quedarte quieta a su lado sin sacar la libreta?

No. Tienes que entrar tú, salvarlo a tu manera, entregarlo salvado y con lazo, aunque el salvado prefiriera ahogarse a deberte el rescate. Lo haces con todos.

—Eso no es justo.

Y por un momento le tembló algo. Una grieta fina, la primera de la noche. La vi.

Y yo, que soy el bueno —el que recoge gatos viejos para que morir no les cueste la calle, el que no hace daño, el que se traga los noes—, vi la grieta y metí el dedo. Porque cuando a uno le hacen daño quiere repartirlo, y yo tenía mucho y muy mala puntería.

—Lo haces con todo el mundo —dije—. Con tus clientes. Con tu hermana también, ¿no? Hasta el final. La gestionaste a ella igual.

Lo dije y me arrepentí en el aire, antes de que aterrizara, pero ya iba. Y le dio donde yo sabía que iba a darle, justo en el sitio que ella misma me había enseñado a las cuatro de la mañana, sin defensas, fiándose de mí. Usé contra ella lo único de verdad que me había dado.

Le vi recogerse por dentro. Como se recoge un perro al que le pisan la pata que ya traía rota de antes. Y por un segundo —uno entero, no medio— quise retirarlo. Cruzar la habitación. Decirle perdón, que yo no soy de los que pegan ahí, que lo retiro, que estoy roto y he tirado por donde no debía.

No me dio tiempo.

Porque ella hizo lo otro. Lo peor. Lo más Greta de todo.

Recompuso la cara. La alisó. Vi bajar el cristal —ese que le había visto bajar otras veces, en reuniones, delante de gente que no me importaba, y que nunca, ni una vez, había bajado por mí—.

Sacó la libreta de dentro, la invisible, archivó el golpe como archiva todo lo que no piensa volver a tocar, y me miró desde el otro lado con una voz lisa, sin una grieta, tan tranquila que daba más miedo que cualquier grito:

—Tienes razón. Ha sido un error de cálculo por mi parte. Lo deshago mañana a primera hora. —Una pausa de profesional, de las que deja para que el cliente asimile—. Disculpa las molestias.

«Disculpa las molestias.» Como a un cliente. Como a un proveedor. Como a alguien con quien se cierra una cuenta y se pasa página.

Y ahí estábamos los dos, en el despacho de mi padre, cada uno detrás de su coraza —ella detrás del cristal, yo detrás de la persiana—, dos personas que se habían pasado la vida cuidando a todo el mundo para no tener que dejar que nadie las cuidara, y que cuando por fin habían dejado entrar a alguien, lo primero que habían hecho con el otro era usar la única arma que tenían a mano, que era exactamente lo que cada uno era.

Ella, gestionándome hasta la despedida. Yo, fingiendo que no me dolía y bajando persianas.

Hubo un momento —lo pienso ahora y se me revuelve algo— en que casi.

Ella levantó un poco la mano de la mesa, un par de centímetros.

Yo casi di un paso. Los dos a la vez, mal coordinados, como bailamos todo lo demás.

Pero el cristal estaba bajado y la persiana también, y a través de dos cristales no se toca nadie.

La mano volvió a la mesa. El paso no llegó a darse.

Y eso fue toda la pelea. No nos gritamos. Apenas levantamos la voz. Nos archivamos el uno al otro, que es como se hacen daño los que no saben querer de frente, y nos lo dijimos todo sin pronunciar ninguna de las palabras que de verdad importaban.

Salí a la calle. Brioche detrás, sin entender nada, con la pelota en la boca por si todavía quedaba algo bueno que celebrar, porque para Brioche siempre queda.

El barrio estaba raro. Eso lo notas cuando llevas toda la vida en un sitio: el barrio sabe antes que tú, huele las cosas en el aire como las huele el gato.

Hacía dos semanas, en esa misma calle, Bond había montado una fiesta y todo el mundo hacía el ridículo con cariño: doña Encarna con su vestido de misa mayor, Pombo comiendo croquetas de los nervios, los niños persiguiendo a Tarta.

Ahora la misma calle estaba en silencio, como si alguien le hubiera bajado el volumen al barrio entero.

Doña Encarna estaba en su rellano. Por primera vez desde que tengo ocho años, doña Encarna me vio pasar y no dijo nada.

No «Brunito». No «come algo, que estás flaco».

Nada. Solo me siguió con los ojos, con esa pena de abuela que es la peor de todas porque no se puede discutir con ella.

La del estanco bajó la persiana medio metro de más, para no tener que saludar y que no se notara que no saludaba.

Volví a la protectora a por mis cosas. Y Chochez bajó del armario.

Chochez, que no baja por nadie, que lleva cuatro años sin dejar que le ponga una mano encima, bajó y se quedó cerca de mí, sin rozarme, vigilando, que es como acompañan los gatos viejos: a distancia y de lado, como si pasaran por ahí de casualidad.

Pancho me miró desde el terrario con la lentitud de quien tiene todo el tiempo del mundo y ninguna prisa por opinar.

Y Tarta, que se pasa la vida corriendo en diagonal convencida de que todo el que se va vuelve, dejó de correr.

Se sentó en la verja. A esperar. Sin dudar, como espera ella.

No le desmentí la teoría. No tuve valor. A lo mejor tenía razón ella y no yo, que para algo es la única optimista del edificio.

Cogí mis cuatro cosas, las que son mías en un sitio que ya no sabía de quién era. Dejé la llave de Greta encima de la mesa, al lado de los papeles y de la caja de mi padre, que seguía abierta, con todo lo suyo dentro, esperándome, sin mirar.

Y me fui. Que era lo único que me había dejado el orgullo. Y lo hice bien, porque irse es la cosa que mejor se le da a la gente que no sabe quedarse a pedir.

Día 247. No entiendo nada, y eso no me había pasado nunca.

Los reuní. Con paciencia, con estrategia, con noches de trabajo y lengua de perro prestada, los reuní.

Dormían los dos en la misma cama y yo en medio, gobernando, que es donde corresponde.

La operación era perfecta. Y de pronto el rubio idiota ya no está, y mi humana ha vuelto a encender la luz del pasillo —la que llevaba semanas apagada— y se sienta a mirar una pared como miraba antes, cuando todavía estaba la otra y todavía no estaba.

He hecho todo bien. Bajé la escalera. Dejé las puertas mal cerradas. Permití que me lamieran en público, yo, que tengo una reputación que mantener en este portal. ¿Y para esto?

Los humanos tienen una avería que nosotros no tenemos: son capaces de querer una cosa con todas sus fuerzas y romperla con las dos manos a la vez, y luego ponerle un nombre noble a los pedazos. A eso lo llaman dignidad. Dignidad es la palabra que usan para «me he quedado solo a propósito».

Conclusión oficial: he sobreestimado a la especie. Retomo mi desprecio, que nunca me ha fallado.

Conclusión que no consignaré: esta noche he ido a la puerta a esperar al perro. No ha venido. Me he quedado igual, por si acaso. Es lo único que sé hacer cuando algo que quiero no está: quedarme en la puerta, callado, por si vuelve, y no decírselo a nadie.