Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 19 — Tenía toda mi vida bajo control y estaba vacía #2
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Capítulo 19 — Tenía toda mi vida bajo control y estaba vacía #2

Cuando se puso enferma —fue largo, fue lento, dio tiempo a todo, dio tiempo de sobra a decir las cosas, y yo no dije ni una— hice lo único que sé hacer cuando algo que quiero se rompe.

La gestioné. Los médicos, las segundas opiniones, las terceras, los seguros que no cubrían, los turnos de noche, los traslados, la logística entera del morirse despacio, que es inmensa y agotadora y nadie te la cuenta de antemano.

Lo organicé todo con una eficiencia de la que estaba —Dios me perdone— orgullosa.

Yo no me derrumbé ni un día. Yo sostenía.

Yo era la fuerte. Y un día, ya casi al final, sentada en el borde de aquella cama de hospital con la tablet en la mano repasándole en voz alta el calendario de las pruebas de la semana siguiente, Lola me cogió la mano.

Me la apretó para que parara. Y me dijo, con la voz ya pequeña pero con su sonrisa entera:

—Greta. Para de gestionarme y siéntate conmigo. Un rato. Sin la tablet.

No me senté.

Le dije que tenía que llamar al hospital para intentar adelantar la resonancia del lunes, que si la adelantábamos ganábamos cuatro días.

Salí al pasillo a llamar. Lo conseguí, además; conseguí los cuatro días, lo gestioné de maravilla, fui muy eficaz.

Cuando volví a la habitación estaba dormida.

Y la semana siguiente ya no se despertaba del todo, entraba y salía, y yo me quedé sin decirle nunca lo que en realidad había salido a no decirle al pasillo: que la quería.

Que la había querido siempre, cada día, hasta su risa, sobre todo su risa, esa que le pedí que bajara mil veces y que ahora daría la casa y los doce años de carrera por volver a oír una sola vez colándose por debajo de una puerta.

La gestioné hasta el último día. Era mi forma de quererla, la única que tenía, y no fue suficiente, y ella me pidió la otra, me pidió que parara y me sentara, y yo no supe. No es que no quisiera. Es que no supe. No tenía el gesto. Nadie me lo había enseñado y yo no lo había aprendido sola.

«Para de gestionarme.» «No me gestiones.»

Lola en una cama de hospital. Bruno en el despacho de su padre.

Las mismas palabras, casi exactas, con tres años de diferencia.

Las dos personas a las que más he querido en mi vida pidiéndome, las dos, con tres años de distancia, lo único que no sé dar: que me quede quieta, sin plan, sin tablet, sin libreta, al lado de alguien, y deje que me importe sin convertirlo de inmediato en una tarea con columnas. Que esté. Solo que esté.

Me dejé caer al suelo, despacio, debajo de la librería.

Y Nerón bajó.

Por primera vez en cuatro días bajó de su puesto de mando.

Cruzó el salón, se me subió al regazo, ese saco naranja de opiniones que pesa siete kilos y juzga, y no comió —siguió sin comer—, pero se quedó.

Se acomodó contra mi tripa, pesado, caliente, vivo, y se quedó.

Y yo me quedé con él. Y por fin, tres años tarde, en el suelo de mi casa perfecta y vacía, con el gato de mi hermana hecho un ovillo encima, hice la cosa exacta que no supe hacer en aquel pasillo de hospital.

Me quedé quieta. Sin gestionar nada. Sin levantarme a llamar a ningún sitio.

Lloré como llora la gente que lleva doce años sin hacerlo: fatal, sin elegancia, sin saber respirar a la vez, con un ruido feo que no reconocí como mío.

No lo administré. No medí cuánto duraba.

Lo dejé pasar por encima como se deja pasar una ola cuando ya no te quedan fuerzas para nadar contra ella.

—La quería —le dije al gato, que es lo más cerca que me queda de ella en este mundo—. A Lola. La quería muchísimo. Se lo tenías que haber dicho tú por mí, que entendías sus pensamientos imperiales y todo lo demás. Yo no supe. No me salió a tiempo.

Nerón no contestó, claro. Pero ronroneó. Por primera vez en cuatro días. Bajito, contra mi tripa, sin comer todavía, pero ronroneando, que en un gato que no come es lo más parecido a un perdón que se puede esperar.

Me levanté del suelo de madrugada, con la cara hecha un desastre, los ojos en carne viva, y la cabeza —por primera vez en una semana entera— limpia.

Porque hay una diferencia entre Lola y Bruno, y resulta que la diferencia lo es absolutamente todo.

A Lola la perdí para siempre. Con los muertos no se puede arreglar nada: solo se los carga, en silencio, el resto del camino, y se aprende a andar con el peso.

Pero Bruno está vivo. Bruno está un piso más abajo, ahora mismo, sonriéndole a quien no debe, abriendo una verja a las siete, dejando que su perro arañe mi techo de noche sin saber que yo lo oigo.

Bruno me dijo casi las mismas palabras que mi hermana, y a Bruno todavía estoy a tiempo de contestarle distinto a como le contesté a ella, que fue saliendo al pasillo.

Solo había un problema. Era enorme. Era yo.

Lo que Bruno necesita de mí no es que le gestione la salvación, no es otra operación perfecta a sus espaldas, no es otro rescate con lazo.

Es exactamente lo contrario, lo que le negué a Lola en aquel pasillo.

Necesita que, por una vez en mi vida, no controle absolutamente nada.

Que no monte la jugada maestra. Que me ponga delante —delante, no detrás—, sin plan, sin coraza, sin guion, sin la cara a salvo fuera de cámara, y diga la verdad entera, toda, y me quede quieta a aguantar lo que venga después.

Y yo me dedico, profesionalmente, a lo contrario exacto.

Cobro por que la gente no tenga que hacer nunca eso.

Llevo doce años enseñando a medio país a no quedar jamás expuesto, a controlar la versión antes de que la controlen por ti, a no ser nunca, bajo ningún concepto, la noticia.

Mi trabajo entero es la operación contraria a la que necesitaba hacer.

Abrí el portátil. No para redactar una disculpa perfecta. Para lo otro.

Para estudiar, como quien estudia a un enemigo, cómo se hace exactamente lo que llevo toda la vida impidiendo que le pase a mis clientes: cómo una mujer que vive de que no se cuente su historia se convierte, a propósito, con todas las consecuencias, en la historia.

Sin red debajo. Sin spin. Sin una sola palabra calculada para que la perdonen.

Iba a quemar mi imagen. La que protejo más que ninguna otra del mundo, la mía, la que me paga la hipoteca y el pienso caro que el gato no se come.

Iba a salir del único sitio seguro que he conocido en mi vida adulta —detrás de la cámara, detrás del cliente, detrás del cristal— y ponerme delante, a cara descubierta, y contar la verdad sobre la protectora, sobre el trato, sobre Víctor, sobre mí, aunque me costara los clientes, la reputación, los doce años y la casa perfecta.

Por él. Y, por fin, tres años tarde, también por ella.

Miré a Nerón, que me observaba desde la librería —había vuelto a subir— con una cara que, lo juro por mi hermana, era de aprobación imperial.

—Ya lo sé —le dije, cerrando el portátil con el plan dentro—. Tu humana ha perdido la cabeza del todo. —Cogí el móvil de la mesa—. A ver si la he perdido lo suficiente.