Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 16 — Éramos felices y no nos dábamos cuenta del todo
76%

Capítulo 16 — Éramos felices y no nos dábamos cuenta del todo

(Bruno)

Hubo un día, a finales de aquel mes raro, en que fui feliz sin acordarme de vigilar si lo era, que es la única felicidad que cuenta de verdad y, casualmente, la que peor termina.

Bond montó una fiesta. La llamaron «activación de marca con la comunidad», porque en esa empresa a todo le ponen un nombre que cuesta más que la cosa, pero fue una fiesta de las de toda la vida: cerraron media calle delante de la protectora, plantaron una carpa blanca, pusieron comida para los animales y para la gente, una mesa de pienso de muestra y un cartel enorme, de tres metros, con Brioche y Nerón mirándose como dos tontos enamorados, que es exactamente lo que son, uno de los dos sin querer reconocerlo ni bajo tortura.

Vino el barrio entero. Vino prensa pequeña, la del distrito, esa que escribe bien de ti si le das croquetas y le preguntas por sus nietos.

Vino una influencer con cuatro perros con abrigo a juego, a los que Tarta intentó adoptar por su cuenta nada más verlos, convencida de que el destino se los traía.

Vino doña Encarna con un vestido de los de misa mayor, broche incluido, y la firme y pública convicción de que ella había orquestado todo aquello desde el primer día, desde antes del vídeo, desde el principio de los tiempos, lo cual, si uno lo piensa con calma, no es del todo mentira: doña Encarna lleva treinta años casando gente que aún no sabe que se va a casar.

Hubo adopciones. Tres, que para nosotros es una cosecha de un año.

Dos perros se fueron con familias de verdad, de las que preguntan por el pienso y por las vacunas, y un gato joven —que no era Chochez, conste; Chochez asomó la cabeza por la ventana del despacho, midió la multitud, calculó el coste social de bajar a mezclarse con la plebe y se retiró al armario a pasar el día, fiel a sí mismo hasta la médula— se fue con una señora que lloró al cogerlo, lo cual siempre es buena señal.

Pancho salió en una foto, recuperado del todo, gordo y lustroso, con una pajarita diminuta que le puso el chaval del segundo «para el contenido» y que el galápago se quitó de encima en ocho segundos con una dignidad que me recordó a alguien.

Hasta Pombo apareció. Vino con cara de inspector, de venir a fiscalizar la ocupación de la vía pública y a tomar nota de las infracciones, y acabó en una esquina comiéndose un plato de croquetas y explicándole a un periodista que él «siempre había apoyado mucho la labor social de la protectora del barrio», el muy caradura, después de tres denuncias en dos años.

Y yo le dejé. Le dejé que se quedara con esa versión de sí mismo, porque era un buen día, y los buenos días se le perdona la cara hasta a Pombo, que para eso son buenos.

Y en medio de todo aquello estaba Greta.

No la Greta de las listas. O sí, la misma, pero con la guardia más baja de lo que se la había visto nunca en público.

Riéndose de algo que le decía Mateo con la cabeza echada un poco hacia atrás.

Dejando que un cachorro le babeara el bajo del pantalón caro sin recolocar el universo entero para arreglarlo, sin sacar una toallita, sin calcular el coste del tinte.

Mirándome de vez en cuando desde el otro lado de la carpa con una cara que yo, a esas alturas, ya había aprendido a leer mejor que ninguna otra, y que decía, más o menos: «esto es absolutamente ridículo y no me quiero ir a ningún sitio».

Cruzó la calle en algún momento, entre dos adopciones, me puso una croqueta en la mano sin decir nada —me la puso ella a mí, que es un dato y conviene que conste en acta— y se quedó a mi lado, hombro con hombro, viendo cómo el barrio entero hacía el ridículo con cariño bajo una carpa pagada por una marca de pienso.

—¿Eres feliz? —me preguntó, bajito, sin mirarme, como quien pregunta un dato técnico para una hoja.

—Mucho —dije—. Da hasta un poco de miedo.

—¿Por qué iba a dar miedo ser feliz?

—Porque no se me da bien. La felicidad. Estoy mucho más entrenado en lo otro, en aguantar.

—Me encogí de hombros, buscando cómo decirlo sin ponerme solemne—.

Es como cuando un perro de la calle llega aquí después de años fuera y le pones una cama buena, de las mullidas.

Tarda en tumbarse. No se fía. Da vueltas alrededor, la mira de reojo un buen rato, calculando cuándo se la van a quitar, porque toda su experiencia le dice que las camas buenas son de otros y duran poco.

Pues yo, con esto, igual. Mirando la cama.

Greta no dijo nada a eso. No lo glosó, no lo arregló, no me tranquilizó con una frase bonita, que es lo que habría hecho cualquiera y lo que ella, precisamente, no hizo.

Me cogió de la mano, en mitad de la calle, delante del barrio entero.

Era lo que el contrato pedía —contacto, naturalidad, la pareja— y esa tarde, por primera vez, no tuvo nada de contractual.

Y nos quedamos así, los dos, mirando la fiesta sin hablar, dos perros de la calle plantados delante de una cama buena, sin fiarnos del todo, dando vueltas alrededor, tumbándonos igual.

A Iris la encontré recogiendo, cuando ya se iba la gente y la calle empezaba a parecer otra vez una calle.

Estaba doblando manteles de papel con esa eficiencia suya de quien necesita las manos ocupadas para no tener que hacer otra cosa con ellas, como retorcérselas o usarlas para irse.

Y supe, antes de que abriera la boca, por cómo doblaba los manteles, que tocaba una de esas conversaciones que llevo toda la vida esquivando porque no sé tenerlas sin estropearlas a medias.

—Bonita fiesta —dijo, sin levantar la vista del mantel.

—Gracias a ti, que la idea de juntar dinero con esto fue tuya hace meses, cuando lo del vídeo no era más que una vergüenza que yo quería que se pasara cuanto antes.

—Ya. —Dobló otro mantel, esquina con esquina, milimétrico—. Oye, Bruno. Que voy a venir menos una temporada. Por la protectora, digo. Me han ofrecido ampliar horas en la clínica grande, las noches y algún fin de semana, y… me viene bien. El dinero y eso. Una no se hace voluntaria para siempre.

—Iris.

—Es por el dinero, en serio. Y por el currículo.

—Iris. —Dejé en el suelo el saco de pienso que estaba cargando.

La miré de frente, que es lo menos que se le debe a alguien cuando va a mentirte por educación—.

No se me da bien esto. Leer a la gente. A los animales sí, los leo antes de que entren por la puerta, pero a la gente no, y a ti llevo meses leyéndote en un idioma que no era el que tú hablabas, y me he enterado tarde de lo que decías de verdad.

Y creo que te debo una disculpa por haberme enterado tan tarde.

Por todas las veces que viniste tres tardes a la semana sin cobrar y yo lo llamé «echar una mano».

Iris dejó de doblar manteles. No lloró, ni montó una escena, ni me lo puso difícil, porque Iris no monta nada, igual que no se queja cuando se queda hasta las once con un parto canino que no es asunto suyo.

Solo se quedó quieta un momento, con un mantel a medio doblar entre las manos, mirándolo como si la respuesta estuviera ahí.

—No me debes nada —dijo al fin—. Y eso es lo peor de todo, ¿sabes?

Que ni siquiera me debes nada. Que tú vas por la vida dándote a todo el mundo en trozos pequeños —en croquetas, en cafés malos, en «¿le has dado lo suyo al Notario?

», en quedarte hasta tarde con cualquiera que lo necesite—, y una se conforma con su trozo, lo coge, se lo guarda, y se cree durante un par de años que ese trozo es suyo, que es especial, que es para ella.

—Terminó de doblar el mantel y lo dejó en la pila, recto—.

Y luego un día aparece alguien, y a esa le das el trozo grande.

El entero. El que nadie había visto que tenías guardado.

Y te das cuenta, de golpe, de que el tuyo era de los pequeños, de los que repartes a todos.

No pasa nada. De verdad que no. Es bueno saberlo a tiempo.

Una se ahorra unos cuantos años de doblar manteles.

—Iris, yo no…

—No lo estropees, Bruno. —Y me sonrió. Fue una sonrisa de verdad, cansada pero limpia, sin reproche debajo, que es la clase de sonrisa más difícil que hay—.

Lo estabas haciendo bien con la disculpa.

Era una buena disculpa, sentida y todo. Déjala ahí, en lo alto, no la rebajes ahora con un «pero».

—Cogió su bolsa del banco—. Y cuídala. A la del gato.

Porque esa también va por la vida dando trozos pequeños para que nadie se atreva nunca a pedirle el grande, igual que tú.

Os parecéis mucho más de lo que os conviene a ninguno de los dos. Por eso funciona. Por eso me voy yo.

Y se fue, calle abajo, sin mirar atrás, que es como se va la gente con dignidad.

Me quedé plantado en mitad de la calle medio recogida, con un saco de pienso en las manos y la sensación rara de haber ganado algo enorme y perdido algo pequeño a la vez, sin haber elegido del todo ninguna de las dos cosas.

Que es, cada año lo tengo más claro, la forma exacta en que me pasan a mí casi todas las cosas importantes de la vida: de lado, sin elegirlas, dándome cuenta tarde.

Las señales las empecé a juntar esa misma noche, aunque llevaban días sueltas encima de la mesa sin que yo les hiciera ni caso, porque era feliz y la felicidad te vuelve tonto para las malas noticias.

El casero. El casero, que me había dado de plazo hasta final de mes y que no perdona ni un día de retraso, ni uno, me había llamado el martes para decirme, de pronto amabilísimo, que «había cierto margen», que «no corría tanta prisa», que «ya hablaríamos con calma cuando yo pudiera».

Como si fuéramos amigos. Como si no me hubiera mandado un burofax tres semanas antes.