Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 16 — Éramos felices y no nos dábamos cuenta del todo #2
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Capítulo 16 — Éramos felices y no nos dábamos cuenta del todo #2

La denuncia de Pombo, que iba camino del ayuntamiento como un tren de mercancías, se había detenido sola en una vía muerta sin que yo moviera un solo dedo: el expediente «estaba pendiente de revisión por servicios técnicos», me dijo una funcionaria por teléfono, con un tono que no era el tono normal de una funcionaria, un tono de cosa ya hablada por arriba.

Y esa misma tarde, en plena fiesta, entre croqueta y croqueta, un proveedor al que le debía tres meses de pienso se me había acercado a darme las gracias. A mí. Las gracias. Por «haberlo solucionado todo tan rápido y tan limpio».

Yo no había solucionado nada. Yo seguía moviendo exactamente el mismo mueble sobre exactamente la misma mancha, sonriendo, doblando el burofax en cuatro y metiéndomelo en el bolsillo de atrás con el beso y el resto de las cosas que no sé mirar de frente.

No había hecho nada distinto, nada nuevo, ningún milagro.

Y, sin embargo, las cosas se arreglaban solas a mi alrededor, en bloque, ordenadamente, como por una mano invisible y muy organizada.

Y a mí la buena suerte no me llega así. Nunca. A mí la suerte me llega a cuentagotas, tarde y con factura. Cuando algo se arregla solo, sin que yo lo sude, es que lo está arreglando alguien, y ese alguien tiene un motivo, y los motivos de los demás casi nunca caben en el bolsillo de atrás.

Víctor me lo terminó de servir esa noche, en bandeja, sin querer. O queriendo, que con Víctor nunca se sabe dónde acaba el descuido y empieza el plan.

Se acercó cuando ya no quedaba casi nadie, con una copa de algo dorado en la mano, oliendo a colonia cara y a satisfacción de la suya, esa satisfacción de hombre que ha colocado todas las piezas y espera, divertido, a que el resto nos demos cuenta.

—Buena fiesta —dijo, mirando la carpa medio desmontada—.

Y mejor desenlace, ¿eh? Lo de tu protectora.

Menudo susto os habéis quitado de encima en el último momento.

—Me dio una palmada en el hombro, dos, de colega—.

Tienes mucha suerte, Olmedo. Mucha. No todo el mundo tiene a Greta Cossío personalmente dedicada a limpiarle los marrones.

Esa mujer mueve montañas con dos llamadas cuando se le mete algo entre ceja y ceja.

Y a ti, por lo que se ve, te ha metido bien adentro.

Disfrútalo, hombre, disfrútalo, que estas cosas duran lo que duran.

Y se fue silbando, copa en alto, dejándome en la mano las palabras como quien te deja una copa vacía para que la sostengas tú.

Yo no le había contado a Víctor lo de la protectora.

Nada. No le había contado que cerrábamos a final de mes, ni lo del burofax, ni la cifra de la deuda, ni el susto.

No se lo había contado a nadie en este mundo.

Ni a Iris, que prácticamente vive aquí y que me lo había preguntado a la cara más de una vez.

Ni a Greta, que me lo preguntó a las cuatro de la mañana, en el suelo, con un galápago medio muerto entre los dos y la guardia por los suelos, y a la que yo, mirándola a los ojos, le dije «vieja pero bien, ya sabes».

Solo había una manera de que Víctor supiera que la protectora se había quitado un susto de encima. Una sola.

Y la manera tenía nombre, y dormía algunas noches en mi cama sin la luz del pasillo encendida, y me ponía la última croqueta en la mano sin decir nada, y olía a un sitio en el que yo había empezado, peligrosamente, a querer quedarme a vivir.

Subí al despacho. No encendí la luz. Me senté donde se sentaba mi padre, delante del archivador viejo, y miré en la penumbra la caja de cartón con sus cosas, la que llevo dos años sin abrir.

Por primera vez en esos dos años puse las dos manos encima de la tapa.

No para abrirla. Para apoyarme, supongo, como quien apoya las manos en el pecho de alguien para notar si respira.

Quería preguntarle algo, a mi padre. Quería preguntarle cómo se hace para dejar que alguien te quiera sin que te lo arregle por detrás como si fueras uno de sus marrones.

Cómo se deja uno cuidar sin sentir que, a cambio, le han quitado lo único que sabe hacer en esta vida, que es cuidar él a los demás.

Cómo se quiere a un arreglador sin acabar siendo una más de sus cosas arregladas.

No abrí la caja. Otra vez no. Pero esta vez no fue porque no me atreviera a mirar dentro, a buscarlo a él entre las fotos y los papeles.

Fue porque ya sabía la respuesta. La sabía desde la palmada de Víctor. Y no me gustaba nada, y mi padre, que era bueno pero no era mago, no iba a poder ayudarme con esta.

Día 244. Informe de un gato satisfecho, género escaso del que conviene dejar constancia escrita para las generaciones venideras.

Mi humana duerme en su lado de la cama y el rubio idiota en el otro, y yo en medio, que es donde corresponde, porque el centro es del que gobierna y aquí gobierno yo.

Hace ya semanas que mi humana no enciende la luz del pasillo para dormir, lo cual, para quien sepa leer a esta mujer, es el equivalente a una rendición incondicional firmada por triplicado.

He ganado. Conviene decirlo claro, porque la modestia es una virtud de perros.

He reunido a dos criaturas congénitamente incapaces de quererse de frente y las he obligado, a base de paciencia imperial y de lengua de perro ajena, a quererse de lado, que es como nos queremos los que de verdad valemos.

La operación ha sido un éxito rotundo. Debería estar dictando mis memorias a un escriba.

Y, sin embargo —y me cuesta consignarlo—, esta noche no duermo.

Hay un olor. No en la casa: la casa huele a lo de siempre, a ellos, a perro mojado y a ese jabón caro de mi humana.

El olor está en el aire de las cosas, en lo que todavía no ha pasado.

Los humanos no lo notan, los pobres, porque los humanos solo huelen lo que ya les ha caído encima, cuando ya no tiene arreglo.

Nosotros olemos lo que viene de camino. Y lo que viene huele a esa cosa concreta que pasa cuando alguien arregla algo a oscuras, sin pedir permiso, convencido de que hace un bien: huele a tormenta con buenos modales.

De las que llaman a la puerta antes de entrar y aun así se lo llevan todo por delante.

Vigilo. Es lo que hago, lo que he hecho siempre. Por eso me quedé, cuando se fue la otra, la de antes, la que me recogió y se rio y dejó de reírse. Alguien tiene que quedarse despierto vigilando a los que duermen tranquilos creyéndose que ya están a salvo.

Conclusión oficial: la misión está cumplida, soy un genio y exijo atún en reconocimiento a mis servicios.

Conclusión que no consignaré: he empezado, por si acaso, a dormir con un ojo abierto y puesto en la puerta.