Capítulo 15 — Lo que se arregla a oscuras
(Greta)
Lo del casero lo arreglé yo en una llamada de cuatro minutos.
No fue difícil. Las cosas que de verdad importan nunca son difíciles para mí; esa es mi maldición particular.
El casero le debía un favor a un cliente mío, y mi cliente me debía a mí no haber salido en un periódico hace dos años, así que moví una ficha, y la ficha movió otra, y al final de la cadena un hombre que llevaba dos años sin coger el teléfono de Bruno lo llamó él, motu proprio, para ofrecerle seis meses de carencia "dadas las circunstancias".
Las circunstancias era yo. Bruno no lo sabía.
Esa era exactamente la idea, y la parte de la idea de la que no me enorgullezco.
El pienso fue todavía más fácil: lo pagué.
Cuatro meses atrasados, desde una cuenta que no lleva mi nombre, con un concepto en la transferencia que no dice nada a nadie.
Cuatrocientos y pico euros que para mí son una comida con un cliente y que para él eran el insomnio entero de un trimestre, las cuentas hechas a las tres de la mañana, la llamada al proveedor riéndose mucho para que no se notara la súplica.
Lo hice un martes, entre dos reuniones, sin levantarme de la silla, y no sentí nada, que es lo que se supone que tiene que pasar cuando haces bien tu trabajo.
El no sentir nada es el sello de calidad de lo mío.
La denuncia de Pombo la enterré como entierro las cosas: hablando con quien hay que hablar, recordándole a quien hay que recordárselo que el mundo es un sitio de favores y que hoy por ti, mañana por mí.
"Archivada por falta de fundamento." El fundamento estaba, vaya si estaba, era una denuncia bien puesta.
Lo que no estaba eran las ganas de nadie, en ese ayuntamiento, de molestarme a mí.
Lo gestioné todo. Limpio. En la sombra. Sin que él se enterara, porque enterarse era el problema entero: si Bruno sabía que lo estaba salvando yo, dejaba de ser su mérito y pasaba a ser mi favor, y los favores, ya lo he dicho hasta el cansancio, se cobran, y yo no quería cobrarle a él absolutamente nada.
Quería, por una vez en la vida, dar algo y que el otro ni siquiera supiera que lo había recibido, que me parecía la forma más limpia de dar.
Tardé semanas en entender que era justo la contraria: la más cobarde.
Porque dar a oscuras le quita al otro el derecho a decir que no.
Le quita el derecho a elegir si quiere que lo salves.
Y eso no es generosidad. Eso es seguir mandando, disfrazado de regalo.
El problema es que la sombra tiene dueño, y el dueño se llama Víctor.
Porque yo sé mover fichas pequeñas, las del casero y el pienso, pero la última, la gorda, la del local —una recalificación, una gestión con el ayuntamiento que en mi mundo lleva seis meses de papeleo y en el suyo una llamada—, esa no la podía mover sola.
Necesitaba una palanca que no tenía y que él sí.
Y a Víctor no se le pide un favor. A Víctor se le abre una cuenta corriente.
Quedamos en su despacho, que es como el mío pero con más metros cuadrados y menos alma, todo cristal y silencio caro y una vista de la ciudad pensada para que el que entra se sienta pequeño.
Le expliqué lo que necesitaba, sin adornos, en nuestro idioma, y él me escuchó con esa sonrisa que pone cuando ya ha ganado y solo está decidiendo, con calma, el precio que me va a cobrar por dejarme ganar a mí.
—Te ayudo —dijo—. Claro que te ayudo, Greta.
Para eso estamos los amigos. —Pausa, la suya, la calculada—.
Pero esto que me pides no es un favor de los de devolver con una cena y una botella buena.
Esto es de los gordos, de los que mueven a gente que me debe a mí cosas que tú no quieres saber.
Y ya sabes cómo funciono: yo no cobro en dinero.
El dinero es vulgar. Yo cobro en disponibilidad.
—Juntó las manos sobre la mesa, despacio—.
El día que yo te llame, para lo que sea, vas.
Sin preguntar para qué. Ese es el precio de salvarle el local al novio. Un día mío, cuando yo diga.
—No es mi novio. Es contractual.
—Greta. —Lo dijo casi con ternura, que en Víctor es la modalidad más cruel que tiene—.
Estás a punto de hipotecar tu reputación conmigo, que es lo único que vales en este oficio y lo sabes, por un local que huele a perro mojado.
Llámalo como quieras delante de los demás, pero a mí no me insultes a los dos con lo de "contractual".
A mí no. Que nos conocemos hace siete años y los dos vemos el mismo tablero.
Tenía razón, y eso era lo insoportable de Víctor de siempre: que ve el tablero entero, incluido el cuadrado mío que yo todavía no me atrevía a mirar de frente.
Me estaba pidiendo un cheque en blanco firmado con mi nombre, mi reputación y mi silencio.
Un favor feo futuro, sin fecha, sin importe, de los que él guarda en un cajón con llave y saca el día en que más daño puede hacer y más cara puede cobrar la cara.
Y yo sabía, mientras lo escuchaba sonreír, exactamente lo que estaba a punto de hacer y exactamente por qué estaba mal, con la claridad fría con la que veo los errores de los demás justo antes de cometer el mío.
Y dije que sí.
Dije que sí porque la alternativa era sentarme con Bruno una noche, contarle que estaba en la ruina, que la protectora se hundía, que el burofax que escondía en el bolsillo de un pantalón viejo era real y tenía fecha, y dejar que él decidiera qué hacer con su propia vida y su propia herencia.
La alternativa era no arreglarlo. Era acompañarlo en el hundimiento en lugar de evitarle el hundimiento.
Era sentarme a su lado en la cosa rota y quedarme ahí, quieta, sin mover una sola ficha, mirando cómo se le caía encima el sitio de su padre y aguantando las ganas de salvarlo.
Y eso no sé hacerlo. Lo intenté una vez en la vida. No supe.
Esa noche subió él a mi casa, y pasó lo que pasa últimamente, que no pienso consignar entero porque hay cosas que no son de las carpetas ni de estas páginas. Pero sí una, porque me delató a mí misma.
Yo controlo todo. Es lo que soy, lo que vendo, lo que duermo bien por las noches por saber hacer.
Controlo la narrativa, el daño, el coste, la cara que pongo en cada reunión, la luz del pasillo.
Con él, en lo oscuro, no controlé nada, y por una vez no fue el no controlar lo que me dio miedo: fue lo contrario.
Fue lo fácil que me resultaba soltarlo. Lo poco que me costaba, con él, dejar de ser la que mueve las fichas del mundo y ser solo una mujer en una cama con un hombre que la miraba como si no hubiera absolutamente nada que gestionar, ni una crisis, ni una narrativa, ni un daño que contener.
Bruno no pide. No reclama. Da, y al darse, sin proponérselo, me daba permiso para no hacer nada, para recibir, que es lo que yo tampoco sé hacer.
Somos iguales en eso, los dos, y lo descubrimos a oscuras y sin decirlo: dos personas que no saben recibir, enseñándose la una a la otra a base de no hablar.
Me dejé. Solté las riendas del todo. Y en el momento exacto en que las solté, en el peor momento posible, con él durmiéndose ya con la cara contra mi hombro y la respiración cambiándole, me vino Lola.
No la idea de Lola. Lola entera. Los últimos meses.
Yo de pie junto a su cama con la libreta abierta, organizándole los turnos de los médicos, peleándome al teléfono con el seguro, cuadrando los horarios de la medicación al minuto, gestionándole una muerte impecable, una muerte bien llevada, sin un solo cabo suelto, una muerte de matrícula de honor.
Y ella, un día, agotada, mirándome desde la almohada con una paciencia que daba más miedo que cualquier grito: Greta.
Para de gestionarme. Siéntate conmigo. Y yo sin saber.
Yo colocándole bien la almohada en vez de sentarme.
Yo arreglando lo que no tenía arreglo para no tener que sentarme dentro de lo que no tenía arreglo.
Me perdí el sentarme. Es lo único que no se recupera, y es lo único que mi hermana me pidió en toda su vida.
Y ahí estaba otra vez. Tres años después.
Haciendo exactamente lo mismo, calcado, sin haber aprendido nada.
Salvándole a Bruno el local a oscuras, moviendo fichas, hipotecándome con Víctor, gestionándole una salvación impecable y secreta, en lugar de hacer la única cosa que de verdad servía y que no sé hacer: sentarme con él en la verdad.
Decirle "estás en la ruina, lo sé, yo también tengo miedo de esto que tenemos, no sé cómo se hace, vamos a quedarnos los dos aquí dentro, en lo roto, sin arreglarlo todavía, solo acompañándolo". Eso. Sentarme. Lo único.
Pero no. Yo arreglo. Es lo que hago con el miedo: lo convierto en una operación logística, porque la logística la controlo y el amor no, y prefiero salvarte a oscuras que quererte a la luz, porque salvarte a oscuras me deja al mando de la situación y quererte a la luz me deja a la intemperie, sin carpeta, sin coraza, sin la luz del pasillo encendida.
Bruno dormía ya, con la respiración lenta y confiada de quien cree que va todo bien porque alguien con autoridad se lo ha dicho.
Le había preguntado yo, noches atrás, si había algún problema con la protectora, si me dejaría ayudarlo.
Me había dicho que no, que todo iba bien, que habían remontado.
Me había mentido a la cara, en lo oscuro.
Y yo había sabido perfectamente que me mentía y lo había dejado mentir, sin insistir, porque su mentira me convenía muchísimo: si él fingía que no necesitaba que lo salvaran, yo podía salvarlo sin pedirle permiso, sin que se enterara, sin perder el mando.
Nos estábamos mintiendo los dos, en la misma cama, la misma noche, para no tener que hacer la única cosa difícil que nos quedaba pendiente, que era mirarnos de frente con la luz encendida y decirnos la verdad.
Él escondía que se ahogaba. Yo escondía que le estaba tirando un salvavidas con la cuerda atada al cuello de Víctor.
Dos arregladores. Dos cobardes con coartada. Cada uno con su sombra y su sonrisa.
Mateo me pilló al día siguiente. Cómo no. Es lo que hace.
—Has movido a Víctor —dijo. No lo preguntó; Mateo no pregunta lo que ya sabe—. Lo sé porque me ha llamado él, encantado de la vida, para decirme que "trabajáis juntos en un proyecto muy bonito". Y cuando Víctor dice "bonito", Greta, hay que salir corriendo, que lo sabes mejor que yo.
—Es un tema personal.
—Ya. Personal. —Se sentó, sin que lo invitara—.
Te voy a decir una cosa y luego me callo, porque sé que no me vas a hacer caso, que para no hacer caso eres la mejor que conozco.
¿Te acuerdas de lo de los clientes que se enamoran en mitad de la crisis?
Que pierden la cabeza, que dejan de ver el tablero, que quieren la versión feliz en vez de la que les conviene.
Lo dices tú, es tu frase. Pues mírate al espejo.
Lo estás haciendo personal. Y cuando esto es personal, se falla.
No porque seas mala en tu trabajo, que eres la mejor que he visto en mi vida.
Se falla porque no se puede ser a la vez la que apaga el fuego y la que está dentro de la casa que arde. Las dos cosas a la vez, no.
—No estoy dentro de ninguna casa.
—Estás hasta el cuello, y la casa echa humo, y tú sigues redactando el comunicado desde dentro.
—Se levantó, cogió su chaqueta—. Y lo peor no es que te hayas metido, Greta.
Lo peor es cómo. A escondidas. Salvándolo sin decírselo, sin dejarle elegir.
Eso no lo haces por él. Eso lo haces por ti, para seguir siendo la que controla hasta cuando ayuda, la que da sin deberle gratitud a nadie.
Le estás quitando el derecho a saber que lo estás salvando.
Y un hombre que no sabe que lo salvas no puede quererte por haberlo hecho.
Solo puede odiarte el día que se entere.
—En la puerta, sin volverse—. Y se va a enterar.
Estas cosas siempre se enteran. Es lo único seguro de nuestro oficio: que lo enterrado sale.
Se fue. Sin portazo, Mateo no da portazos. Dejándome la frase encima de la mesa con su fecha de vencimiento puesta, como deja él las cosas que de verdad importan: sin urgencia aparente y caducando ya.
Tenía razón en las dos cosas. En que lo estaba haciendo por mí, y en que se iba a enterar.
Lo sé hacer todo, absolutamente todo, menos lo que de verdad hace falta, que resulta ser lo más simple del mundo y lo único que no he aprendido en treinta y muchos años: sentarme.
Decir la verdad. Dejar que el otro elija.
Quererlo a la luz en lugar de salvarlo a oscuras.
Esa noche, en casa, no apagué la luz del pasillo. La volví a encender, después de semanas apagándola a propósito todas las noches. Me dije que era por costumbre, que la mano se me había ido sola al interruptor.
No era por costumbre. Era que había vuelto a haber algo nuevo que vigilar de noche, algo que se me podía ir mientras no mirara, alguien a quien podía perder, y mi cuerpo, que es bastante más listo que yo y mucho más honesto, lo supo antes que mi cabeza y encendió la luz por su cuenta, sin pedirme opinión.
Nerón se sentó en el alféizar, miró la luz encendida del pasillo, y luego me miró a mí, largo, sin parpadear, y no hizo falta que dijera nada, porque los gatos saben perfectamente cuándo una ha vuelto a hacer la cosa exacta de la que se había prometido a sí misma no volver a hacer nunca más.
—Lo sé —le dije—. Ya lo sé. No me mires así.
Me miró así.