Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 14 — Todo se arregla solo y yo, tonto, lo celebro
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Capítulo 14 — Todo se arregla solo y yo, tonto, lo celebro

(Bruno)

El rubio duerme aquí algunas noches. No lo apruebo.

Lo permito, que es distinto, igual que permito casi todo: desde arriba, sin comprometerme.

Trae al perro, que se tumba en la alfombra buena y suspira cada quince minutos como si lo acabaran de rescatar de un naufragio nuevo.

Es insufrible. Lo vigilo. Alguien tiene que vigilar a un animal tan feliz, porque la felicidad ajena, a la larga, da trabajo y rompe cosas.

Mi humana se mueve por la casa de otra manera.

Más lenta. Deja cosas sin archivar encima de las mesas: papeles, una taza, un calcetín que no es suyo.

Antes esta casa estaba resuelta y olía a nada.

Ahora está desordenada y huele a tostada, a perro y a algo que no sé nombrar y que, si fuera tonto como el rubio, llamaría suerte.

No soy tonto. Sé que la suerte no existe; existe que alguien, en alguna parte, está moviendo fichas a oscuras. Lo huelo. Huele a tormenta todavía. La de antes no ha pasado. Solo se ha alejado para coger carrerilla.

Conclusión oficial: la casa ha perdido el rumbo y la dignidad a partes iguales.

Conclusión que no consignaré: no quiero que la tormenta llegue. Por una vez, yo, que lo desprecio todo por oficio, no quiero que algo se termine. No se lo digáis a nadie, y menos al perro, que lo celebraría dando vueltas.

Aquel mes pasó una cosa rarísima: todo empezó a arreglarse solo.

El casero, que llevaba dos años sin coger el teléfono salvo para anunciarme subidas, me llamó él, por su propia voluntad, un jueves, para decirme que "habían reconsiderado lo del local" y que me daban seis meses de carencia "dadas las circunstancias", sin que yo le explicara qué circunstancias, porque yo no le había explicado ninguna circunstancia a nadie.

Le di las gracias tres veces, colgué, y me quedé con el teléfono en la mano pensando que la gente, en el fondo, es buena, que solo hay que tener paciencia, que es lo que pienso siempre y lo que me ha salido mal toda la vida sin una sola excepción.

El proveedor del pienso, al que le debía cuatro meses largos y que ya me hablaba con la voz tensa de los que están a punto de mandarte a un abogado, me escribió diciendo que "la cuenta estaba al día" y que "gracias por la confianza de siempre".

Lo leí tres veces. Cuatro. No había pagado yo esa cuenta.

No tenía con qué. Pensé que sería un error suyo, de esos que benefician, y como a mí los errores nunca me benefician, decidí no mirarlo de cerca, no fuera a romperse mirándolo, como esas cosas buenas que solo aguantan si no preguntas.

Y la denuncia de Pombo —la de verdad, la del ayuntamiento, la que Greta me había dicho con cara seria que había que mirar en serio y con abogado— se quedó en vía muerta.

"Archivada por falta de fundamento", ponía en una carta oficial que llegó un martes con membrete y todo.

El señor Pombo, además, dejó de grabarnos.

Empezó a venir a la protectora a traer cajas de fotos antiguas del barrio, que era lo que de verdad había querido toda la vida, que alguien las mirara, y se sentaba con doña Encarna a discutir a voz en grito de qué año era cada esquina, los dos felices de haber encontrado por fin con quién pelearse en paz.

Todo se arreglaba. Solo. Y yo, tonto, lo celebraba con la boca abierta.

—Hemos remontado —le dije a Iris una tarde, con una alegría que me salía por las orejas y por los codos—.

Por fin, Iris. Después de dos años. El casero nos da carencia, el pienso está al día, Pombo trae fotos en vez de denuncias.

Es como si alguien hubiera… no sé. Como si el barrio entero hubiera decidido de golpe que este sitio merece la pena.

Iris me miró desde la jaula de Chochez, con la jeringa a medias. No dijo "qué bien, Bruno". Dijo:

—¿Y tú te crees que el barrio decide cosas de golpe y a la vez? ¿Tú, que conoces este barrio desde que naciste? Aquí no se ponen de acuerdo ni para sacar la basura los martes.

—Pues habrá sido la campaña. El dinero de Bond. La fama, la repercusión, yo qué sé.

—La fama no le paga el pienso atrasado a nadie, Bruno.

La fama da likes, no carencias de seis meses.

—Cerró la jaula, despacio—. Yo no te digo nada, ¿eh?

Yo solo te digo una cosa, de mayor a menor, que para algo te llevo unos años: cuando a un sitio que se está ahogando le empieza a ir todo bien de golpe, sin que tú hayas hecho nada distinto a ahogarte, es que alguien lo está haciendo por ti.

Por debajo. Y conviene saber quién. Porque el que te arregla las cosas a oscuras, sin contártelo, tarde o temprano pasa a cobrar.

Siempre pasa a cobrar. No conozco una sola excepción.

—Me dio una palmada en el brazo, casi de madre—.

Pero tú disfruta, anda. Disfruta, que bien que te lo mereces después de dos años.

Solo… no dejes de mirar de dónde te viene el aire.

Mira de dónde viene, Bruno. Aunque te dé miedo.

No le hice caso. Esa es la verdad y me da vergüenza contarla.

Iris me puso el dedo justo encima de la grieta, con cariño y con puntería, y yo, que me paso la vida pendiente de lo que necesitan todos los demás, no quise mirar de dónde venía mi propia buena suerte.

Porque mirarla de frente era arriesgarme a que se deshiciera entre las manos, y llevaba dos años sin que nada me saliera bien, dos años abriendo la verja a las siete con el día cayéndoseme encima, y se me había olvidado cómo se desconfía de lo bueno.

Brioche tampoco desconfía jamás de lo bueno.

Por algo nos entendemos él y yo. Por algo nos quieren los dos a una mujer que sí desconfía, a ver si se nos pega.

Esa noche Greta se quedó en mi piso, que era raro, porque normalmente el que subía era yo —a su orden, a su luz, a su casa resuelta—, y lo de que bajara ella a mi caos un piso más abajo era nuevo y me tenía recogiendo cosas como un crío al que le van a entrar en el cuarto.

—No recojas —dijo, desde la puerta, mirándome esconder bajo un cojín una pila de correo sin abrir—. Si recoges, ya no es tu casa, es una versión presentable de tu casa, y yo no he bajado a la versión presentable. He bajado a la tuya. Déjala estar.

Dejé el correo donde estaba, asomando por debajo del cojín.

Ella se quitó los zapatos y los dejó —no alineados, no en su sitio, sino tirados de cualquier manera junto al sofá, lo cual en Greta era casi una declaración—, y se sentó en mi sofá feo de segunda mano con las piernas dobladas debajo del cuerpo.

Y la miré hacer eso, soltar los zapatos, doblar las piernas, bajar los hombros, y pensé que aquella mujer que controla la narrativa del mundo entero, que entierra crisis ajenas y duerme perfectamente, estaba en mi salón desordenado con los zapatos tirados y la guardia por los suelos, y que no había contrato de Bond en el mundo, ni cláusula, ni anticipo, que cubriera lo que yo sentía mirándola hacer algo tan pequeño.

Lo que vino después no lo voy a contar entero, que hay cosas que no son del gato, ni del barrio, ni de nadie que no estuviera en aquella habitación. Pero sí una, porque hace falta para entenderme.

Greta, que mide cada palabra que dice, que archiva, que gestiona hasta el modo de respirar en una reunión, conmigo, esa noche, no gestionó nada.

Soltó las riendas. Y lo raro, lo que me cambió por dentro, no fue lo que yo le di —que dar se me da, llevo toda la vida dando, es lo único que sé hacer con las manos además de abrir jaulas—, fue lo otro.

Fue que por una vez en la vida me dejé yo.

Me dejé cuidar. Dejé que alguien estuviera pendiente de mí sin estar yo, al mismo tiempo, calculando qué necesitaba esa persona para dárselo antes de que lo pidiera, que es mi manera de no estar nunca del todo presente, de tener siempre una mano fuera por si hay que dar.

Bajé esa mano. Solté la escoba que llevo siempre puesta por dentro, hasta en la cama.

Y descubrí, a los treinta y cuatro años, con la cabeza más clara que en mucho tiempo, que recibir da más miedo que dar.

Que por eso doy tanto: para no tener que recibir nunca, para no deberle nada a nadie, para que el día que se vayan —y se van todos, mi madre se fue, mi padre se fue— no se lleven nada mío que yo no les haya dado ya por mi cuenta.

—Estás muy callado —me dijo después, en lo oscuro, con la cabeza apoyada en mi pecho, lo cual tenía su gracia porque la callada era ella, de oficio, y el que no se calla nunca soy yo.

—Estoy pensando en lo bien que va todo —dije.

Y esta vez era verdad, entera, sin la nota temblona del final.

Por primera vez en dos años, "todo va bien" no era una frase que se me rompía en la última palabra.

Iba bien de verdad. El casero, el pienso, Pombo, ella respirando encima de mi corazón, el perro roncando en la alfombra buena.

Iba todo tan bien que daba un poco de vértigo, ese vértigo de cuando subes mucho rato una cuesta y de pronto el camino baja y las piernas, acostumbradas a empujar, no saben qué hacer con la bajada y casi te caes hacia delante.

—Bruno. —Lo dijo con una voz que no le había oído nunca, más pequeña, sin filo, casi de niña—. Si alguna vez hubiera algo… algún problema. Con la protectora. Algo gordo. Dinero, deudas, lo que fuera. Me lo dirías, ¿verdad? Me dejarías ayudarte.

Y ahí estaba. Mi oportunidad, servida en bandeja, en lo oscuro, con su cabeza en mi pecho.

La caja del despacho sin abrir. El burofax doblado en cuatro en el bolsillo de un pantalón que ya ni me ponía.

Los dos años de números rojos. La verdad entera, abierta delante de mí como una puerta de par en par, y ella misma dándome pie, empujándome suave hacia ella, pidiéndome que la dejara entrar al fondo.

—No hay ningún problema —dije—. Va todo bien, ya lo ves. Hemos remontado, te lo he dicho.

Mentí. Le mentí a la mujer que tenía la cabeza apoyada en mi pecho oyéndome el corazón, que es el peor sitio del mundo para mentir, porque el corazón no miente y ella sabía escucharlo.

Y no mentí porque quisiera. Mentí porque decir la verdad era romper aquello.

Era admitir que el sitio se ahogaba, que yo me ahogaba con él, que necesitaba que me salvaran, y un hombre que necesita que lo salven —me dije, con ella encima— no es un hombre del que una mujer así se queda.

Eso me dije, en lo oscuro, con el corazón delatándome bajo su oreja: que si le contaba lo roto que estaba todo, dejaría de quererme.

Cuando la verdad de verdad era justo la contraria, exactamente la contraria, y la entendería tres semanas tarde, que es como entiendo yo las cosas que importan: tarde, de golpe, y cuando ya no sirve.

—Vale —dijo ella, bajito. Y no apartó la cabeza de mi pecho. Pero hubo algo, un punto raro en cómo soltó el aire después del "vale", como quien recibe una respuesta que ya se esperaba y que, aun esperándola, le cae encima con un peso que no había calculado del todo.

Las dos cosas pasaron esa noche en mi cama, una detrás de otra. Que me dejé cuidar por primera vez en la vida. Y que mentí, por primera vez en serio, sobre lo único que de verdad importaba, a la única persona a la que no quería mentirle ni en broma.

No relacioné las dos cosas entonces. Estaba demasiado feliz para relacionar nada.

Ahora sé que iban juntas, cogidas de la mano: que dejarme cuidar y no dejarle salvarme de verdad eran la misma cobardía con dos caras puestas a la vez, igual que abrir la puerta y no pedir que se queden, igual que firmar donde me señalan, igual que dejar las frases a mitad.

Toda mi vida cabe en esa avería de fábrica: doy para no recibir, sonrío para que no me miren por debajo, y el día que alguien por fin se cuela hasta el fondo del todo, le digo que va todo bien y le cierro la puerta con una sonrisa.

Brioche, en la alfombra, suspiró otra vez en sueños, rescatado de otro naufragio que solo existía en su cabeza de perro.

Le tuve envidia, ahí tumbado. Él, al menos, cuando lo salvan, se deja salvar entero, sin condiciones, sin esconder ninguna parte.

No guarda lo roto debajo de un "va todo bien".

Por eso lo quieren todos a la primera. Por eso no le hace falta dar nada para que se queden.

Esa noche dormí del tirón, feliz, sin querer saber de dónde venía el aire que por fin respiraba. Iris me lo había avisado por la tarde, con la jeringa en la mano. Mira de dónde viene. No le hice caso.

Es lo que peor se me da, después de todo lo demás: hacer caso a tiempo, en vez de tarde y llorando.