Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 13 — El desayuno se complicó cuando llegó el barrio entero
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Capítulo 13 — El desayuno se complicó cuando llegó el barrio entero

(Greta)

Lo dejé subir a mi casa, que es más de lo que he dejado hacer a casi nadie en seis años.

Subimos al amanecer, los dos hechos polvo, oliendo a protectora y a noche en vela, después de pasarnos la madrugada turnándonos para vigilar a un galápago con neumonía como si fuéramos sus padres.

Brioche iba detrás convencido de que esto era una excursión, y Nerón, que nos había esperado despierto, nos recibió en el rellano con la cara de un cónyuge engañado.

En la puerta del cuarto me paré con la llave en la cerradura.

Porque dejar entrar a alguien en mi casa es como abrirle el cajón donde guardo el inventario de mí, y por un momento pensé en darle las buenas noches, cerrar la puerta y volver el lunes a la versión de mí que sabe lo que hace y a qué hora.

Lo pensé de verdad. Tenía la frase preparada —«ha sido una noche larga, descansa»—, medida para que sonara a punto final y no a portazo.

Bruno bostezó, se apoyó en el marco, y no dijo nada.

No metió prisa. No insinuó. Se quedó ahí, esperando con esa paciencia suya de perro en la puerta, dispuesto a irse sin reproche si yo cerraba y a entrar sin triunfo si yo abría, y esa falta total de cálculo fue, como siempre con él, lo que me desarmó.

Abrí la puerta.

Yo dirijo. En todo. Es lo que hago en el trabajo y es lo que hacía en la cama, las pocas veces que ha habido cama: con un plan, con un control de daños, sabiendo en cada momento dónde estaba la salida y a qué hora pensaba usarla. Una se acuesta como vive, y yo vivo vigilando los flancos.

Esa noche —esa madrugada— no dirigí nada. Y no fue por falta de costumbre. Fue porque él no me dejó pagar.

Esa es la única manera que tengo de explicarlo.

Bruno hacía las cosas como reparte croquetas: sin cobrarlas, sin esperar el turno de vuelta, sin esa contabilidad silenciosa que yo doy por hecha en todo el mundo porque la llevo yo con todo el mundo.

Me cuidó. En vez de tomar, dio, y cuando yo, por puro reflejo, intenté equilibrar la balanza, hacer mi parte, devolver el gesto para no quedar en deuda, me sujetó las manos con una suavidad que no admitía discusión y me dijo al oído que parara.

Que esta vez no me tocaba a mí sostener nada. Que me dejara.

Y paré.

Solté el volante por primera vez en seis años, en mi propia cama, con un hombre que se reía bajito contra mi cuello y que olía a animal salvado por los pelos, y descubrí que debajo del control no había lo que yo llevaba toda la vida temiendo que hubiera —el vacío, el cálculo a la intemperie, la nada con la que negocio a oscuras—, sino algo mucho peor de gestionar.

Ganas. Ganas a secas. De él. De que se quedara, de que volviera a pasar mañana, y el martes, y el mes que viene, de cosas que no tienen casilla en ninguna hoja de las mías.

Me dio miedo. La ternura me dio más miedo que cualquier crisis que haya apagado en mi vida, y he apagado crisis que han salido en los telediarios.

Porque una crisis se contiene: tiene un perímetro, un peor escenario, un coste máximo que puedes calcular y provisionar.

Esto no se contenía. Esto crecía solo, alegre, derecho, sin pedir permiso, como su perro detrás de una pelota que nadie ha tirado.

—Estás pensando —dijo él, después, en la oscuridad—. Lo noto. Piensas con todo el cuerpo. Se te pone la espalda recta.

—Estoy descansando.

—Estás haciéndole un informe a esto. Con apartados.

—No le estoy haciendo ningún informe.

Le estaba haciendo un informe. Ejecutivo, con riesgos y oportunidades, y el riesgo principal era él, y la oportunidad también, que es lo que pasa con los riesgos que de verdad importan.

—Greta. —Me apartó el pelo de la cara con un dedo, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y ninguna salida que vigilar—. Por una noche. No archives.

No archivé. Me quedé dormida sin archivar, que es la cosa más imprudente que he hecho de adulta, más que firmar sin leer y más que fiarme de un cliente.

Y dormí del tirón, sin la luz del pasillo encendida, por primera vez desde que el gato es mío, desde que el gato era de mi hermana, desde antes de todo lo que prefiero no contar a oscuras.

Me despertó el timbre a las nueve y diez. Y el infierno, que en este barrio tiene forma de vecina con táper.

—¡Buenos días! —Doña Encarna, en mi puerta, con el táper por delante como un escudo—. Que pasaba y os he oído. Os traigo bizcocho. Por lo de… —Hizo un gesto con la cabeza hacia el interior de mi casa que abarcaba el universo conocido—. Por lo vuestro.

—No hay nada vuestro.

—Claro que no, hija, claro que no. —Me guiñó un ojo con la sutileza de una cabra—.

Por eso está su furgoneta aparcada en doble fila desde las seis, y su perro le ha ladrado a tu gato desde primera hora, y se ha enterado el rellano entero, que estas paredes son de papel de fumar, ya lo sabes tú, que te has quejado bastante.

Toma el bizcocho. Y enhorabuena. No por nada. Por lo que no hay.

Detrás de mí, mi casa había dejado de ser mi casa.

Brioche había decidido que el sofá de lino que tardé tres meses en elegir era suyo de toda la vida, y lo defendía de Nerón, que desde lo alto de la librería —su nuevo puesto de mando tras la invasión— le bufaba con el odio de un casero al que le han ocupado el bajo.

Había un cojín destripado, vísceras de relleno por el parqué.

Había una pelota de tenis, babosa, en mi cuenco de las llaves, donde van las llaves y nada más que las llaves desde que vivo sola.

Y había, en mi cocina milimétrica, un hombre descalzo y sin camisa haciendo café en mi cafetera italiana —que no sabía usar, la tenía montada al revés— y dándole conversación a mi vecina por encima de mi hombro como si llevara años desayunando aquí.

—¡Doña Encarna! Pase, pase, que justo hay café —dijo él.

—No, no, que molesto.

—No molesta nada.

Molestaba muchísimo. Molestaba de un modo cósmico. Pero a Bruno le caía bien todo el mundo, era ese don suyo insoportable, y doña Encarna entró, y detrás de doña Encarna entró el barrio, porque el barrio funciona como el mar: viene una ola y vienen todas.

Vino la del estanco, en teoría a devolver un táper de otra ocasión, en la práctica a inspeccionar.

Vino el chaval del segundo, a grabar «un poco de contenido natural, que la gente lo pide y hay que alimentar el algoritmo».

Vino Pombo —Pombo— a quejarse de la furgoneta en doble fila, y se quedó al café y a un trozo de bizcocho generoso, denunciando con la boca llena.

Vino una señora a la que no había visto en mi vida y que resultó ser la cuñada de doña Encarna.

Mi casa. Mi templo del orden. Mi único sitio fuera de mi cabeza.

Lleno de gente, de animales, de migas de bizcocho a las nueve y media de la mañana, de una conversación cruzada sobre las obras del portal y sobre si Tarta era peligrosa y sobre el precio del pescado.

Y yo en bata, en medio, sin gestionar a nadie, sin saber dónde mirar, contenida por una vez no por estrategia sino porque me habían quitado físicamente el sitio desde el que se contiene.

Y lo peor —lo que de verdad me asustó mientras servía cafés en mi propia emboscada doméstica— fue que no lo odié del todo.

En algún punto entre el sofá destripado y Bruno explicándole a Pombo, con una paciencia de santo, por qué Tarta no era un peligro público sino una perra de tres patas que solo quería que la quisieran, dejé de calcular a qué hora se iría toda esa gente.

Y, por un rato corto y peligroso, me limité a estar dentro.

Como una más. Como la gente que no ve el tablero, que no cuenta las salidas, que se ríe de algo que ha dicho la cuñada de doña Encarna sin preguntarse qué le va a costar reírse.

Duró exactamente hasta que fuimos a la protectora.

Fuimos a media mañana, cuando se despejó la casa, a ver cómo seguía Pancho.

El galápago respiraba mejor, había comido un poco, y nos miró a los dos desde su roca con una indiferencia tan absoluta que me pareció, viniendo de un reptil, una forma elevada de gratitud.

Bruno se rio, le dijo «de nada, majo» y salió a sacar a un par de perros que llevaban toda la mañana pidiendo calle.

Y yo me quedé sola en el despacho. Esperándolo. Con un café en la mano y la mala costumbre, que no se cura, de no saber estar en una habitación sin leerla entera.

No fui a buscar nada. Que conste. Yo no husmeo, no abro cajones ajenos, tengo principios sobre eso.

Pero llevo doce años entrando en despachos de otros a apagar incendios, y se me ha quedado el ojo entrenado para encontrar el fuego antes de que nadie me lo señale, igual que un bombero huele el humo en una casa que para los demás solo huele a casa.

Y el fuego estaba encima de la mesa. Debajo de una factura de pienso, mal tapado, con esa forma que tienen las cosas que uno no soporta ni mirar ni tirar.

Un burofax. La copia de una denuncia, la de Pombo.

Y, debajo, un cuaderno de cuentas con una letra que no era la recta y pequeña de quien controla, sino una letra apretada, repasada encima de sí misma, de las que hace alguien que suma la misma columna muchas veces de noche esperando, contra toda aritmética, que el resultado cambie.

Lo leí. Es automático en mí, como respirar; para cuando quise no haberlo leído, ya lo había leído entero. Y la cabeza, que es lo único que no me falla nunca, me montó el cuadro en cuatro segundos, como me monta el de los clientes.

El dueño vendía el edificio. Final de mes.

La cifra que debían no la tapaba el anticipo de Bond; lo había leído mal él, o se lo había querido creer, que es otra forma de leer mal.

El anticipo daba para un mes, puede que dos con suerte.

Y la denuncia de Pombo, por encima, amenazaba la licencia, lo único que de verdad no se compra con tiempo.

No era una protectora vieja pero bien. Era una protectora a la que le quedaban semanas.

Y él lo sabía desde antes de conocerme. Lo sabía cuando me miró a las cuatro de la mañana, con la guardia por los suelos, con un galápago enfermo entre los dos, y me dijo «vieja pero bien, ya sabes».

Me mintió a la cara con una sonrisa cansada.

Y yo —que reconozco una mentira a un kilómetro de distancia, que vivo de reconocerlas— se la dejé pasar.

Porque quería creérmela tanto como él quería contármela.

Porque por una noche había sido más fácil ser la mujer a la que un hombre bueno le dice que todo va bien que la mujer que sabe que nada va bien nunca.

Me senté en la silla de su padre. El café se me enfrió en la mano.

Lo sensato, lo sano, lo que yo le diría a cualquier persona que no fuera yo, era esperar a que volviera de pasear a los perros, enseñarle el burofax y decirle: lo sé, lo he visto, no me lo tienes que esconder, cuéntamelo, ¿qué necesitas?

Preguntar. Dejar que él lo pusiera encima de la mesa cuando estuviera listo.

Acompañar, que dice él. Estar al lado. No señalar el fuego, solo sentarse cerca por si quiere agua.

Pero yo no sé hacer eso. Nunca he sabido.

A mí, cuando veo un incendio, no me sale preguntarle a nadie si quiere que lo ayude.

Me sale apagarlo. Me sale resolverlo, entregarlo resuelto y con lazo, porque pedir las cosas es lento, y la gente que pide a veces se quema esperando una respuesta, y yo he visto quemarse a alguien esperando a que yo me decidiera a actuar en vez de quedarme quieta y respetuosa en un pasillo.

Juré que no me volvía a pasar. Por eso hago listas.

Por eso lo apunto todo. Por eso resuelvo antes de que me lo pidan.

Así que, en lugar de esperar a Bruno, hice lo que llevo haciendo toda la vida, lo único que de verdad sé hacer con el miedo.

Saqué el móvil. Salí al patio de atrás, junto a las jaulas vacías, para que no me oyera si volvía.

Y marqué el número de la única persona de esta ciudad con el dinero, los contactos y la falta exacta de escrúpulos necesaria para arreglar en una semana lo que a Bruno le iba a costar el alma reconocer que necesitaba.

—Víctor —dije, en voz baja, mirando hacia la verja por la que él todavía no volvía—.

Soy yo. No, no es por la campaña. Es… otra cosa.

Una que no puede saber nadie, y mucho menos él.

—Cerré los ojos un segundo. Oí ladrar a Brioche, feliz, en algún sitio de la calle, con él—. Los abrí—. A ver qué se puede hacer.