Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 12 — Pasar la noche en vela salvando a un galápago #2
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Capítulo 12 — Pasar la noche en vela salvando a un galápago #2

—¿Va todo bien? —preguntó ella, con la cabeza apoyada en la pared, mirando al techo—.

Con esto. Con el sitio. Te lo pregunto en serio, no por educación.

Lo pregunto porque desvías cada vez que sale el tema del dinero, lo he visto toda la semana, y yo desvío para ganarme la vida, así que reconozco a un colega a un kilómetro. Cuéntamelo, si quieres.

Y estuve. Estuve a un palmo. Tenía la frase entera en la boca, montada, lista: que el sitio cerraba a final de mes; que el dinero de Bond tapaba un agujero pero que el agujero era el suelo entero de la casa; que llevaba meses sosteniendo con las dos manos y la sonrisa puesta una cosa que a lo mejor ya estaba muerta, solo para no tener que enterrar a mi padre por segunda vez el día que echara el cierre.

La tenía toda. Cogí aire.

—La protectora está… —empecé.

Y la miré. Y eso fue lo que me cerró la boca.

Estaba ahí, en el suelo, a las cuatro, sin maquillaje, con el pelo soltándose de donde se lo había recogido, tan cansada y por una vez tan sin coraza, tan dispuesta a cargar con un peso que no era suyo solo porque era mío.

Se le veían las ganas de ayudarme. Eso fue.

Que se le veían. Y yo no he sabido nunca, en toda mi vida, dejar que alguien cargue con lo mío sin sentir que le estoy pasando por debajo de la mesa una factura que no va a poder pagar y que al final me la va a cobrar marchándose.

Prefiero hundirme solo y de pie a deberle a nadie el rescate.

Es feo. Lo sé ahora, contándolo. En el momento se llama orgullo y se disfraza muy bien de «no quiero molestar».

—…está vieja —terminé—. Pero bien. Tirando. Ya sabes cómo son estos sitios.

—Ya sé. —Me miró un segundo de más. De los que dicen «no me lo trago, ni una palabra».

Pero no insistió. No rellenó el silencio con preguntas, no sacó la libreta, no fue a buscar el incendio que sabía perfectamente que estaba ardiendo en algún cajón de ese despacho.

Me dejó el silencio entero, intacto, igual que yo se lo había dejado a ella la noche del beso cuando empezó a hablarme de su hermana y se le rompió la voz y la dejé pararse donde quiso parar.

Dos perros viejos respetándose la herida del otro a oscuras.

Le hablé de mi padre, en cambio, que eso sí podía contarlo.

De cómo entraba en la protectora por las mañanas y los animales lo notaban antes de verlo, antes de oírlo, como notan las tormentas.

De que era bueno sin que se le notara el esfuerzo, con una facilidad que a mí me parecía magia, y de que yo me paso el día entero imitándolo y se me nota el esfuerzo a kilómetros, la costura, el sudor de ser bueno a propósito.

De que a veces, todavía, abriendo la verja con el frío de la mañana, espero un segundo oírlo silbar detrás de mí, y el segundo en que me acuerdo de que no va a silbar es el peor del día, todos los días.

Greta me escuchó sin arreglarme nada. Y luego me contó, a cambio, en esa moneda de las cuatro de la mañana, que su hermana se reía como yo —fuerte, sin pedir permiso, llenando las habitaciones—, y que por eso al principio le costaba tanto oírme reír a mí, porque le recordaba a algo que había decidido no volver a oír.

Me contó que Nerón, el gato, era de su hermana, y que dormía en su lado de la cama las noches que ella se quedaba sin darse cuenta de que se quedaba.

No nos lo dijimos todo. Nos dijimos casi todo, que a las cuatro de la mañana, en el suelo de una protectora, con un galápago recién resucitado de testigo, es prácticamente lo mismo y duele bastante menos.

—Esto —dijo ella en algún momento, señalando con un gesto pequeño el aire que había entre los dos, que ya hacía rato que no era aire— se acaba cuando se acabe la campaña. Tres semanas. Es lo más limpio para los dos.

—Lo más limpio —repetí.

—Sí.

—Vale.

No se lo creyó ninguno de los dos. Ni una sílaba.

Pero lo dijimos, los dos, casi a la vez, mirando al galápago para no mirarnos, y he llegado a pensar con el tiempo que decir la misma mentira a la vez, a sabiendas, es la cosa más íntima que pueden hacer dos personas que no saben quererse de frente.

Es un pacto. Una cláusula más, oral esta, sin firma, para fingir que lo que estaba pasando tenía fecha de caducidad impresa y no nos iba a costar absolutamente nada el día que llegara.

Pancho se durmió, o hizo lo que hacen los galápagos, que se le parece mucho y es igual de tranquilo.

Nos quedamos los dos mirándolo respirar como si fuera nuestro, hijo de los dos, a las cinco menos cuarto, en una protectora que olía a lejía y a animal salvado por los pelos.

Y yo me giré para mirarla a ella en lugar de al bicho, porque el bicho ya estaba salvado y ella no, y yo tampoco.

—Greta.

—¿Qué.

—Que… —Y por una vez, una sola en toda la noche, no desvié, no doblé la frase en cuatro, no me la guardé en el bolsillo de atrás para que no se gastara—. Que no quiero irme a mi casa.

No le puse paréntesis. No le puse «es una tontería» detrás para taparlo. La dejé entera encima de la mesa, fea y verdadera y desnuda, como una camisa manchada de barro que dejas a la vista en vez de esconderla en el cesto.

Y ella no recolocó nada. No sacó la libreta. No la archivó en ninguna columna.

Me cogió de la mano —de la mía, la que había pasado toda la noche con un galápago, la que olía a gasa y a agua templada— y, sin dejar de mirarme ni un segundo, alargó el otro brazo y apagó el flexo.