Capítulo 12 — Pasar la noche en vela salvando a un galápago
(Bruno)
Al día siguiente del beso me comporté con una madurez ejemplar: fingí que no había pasado nada y rompí tres cosas.
Rompí una taza fregando, que se me resbaló sola, lo juro.
Rompí la correa nueva de Tarta tirando de ella con más fuerza de la que un perro de tres patas necesita.
Y rompí, por dentro, mi propia regla de no pensar en cosas que no puedo arreglar, que llevaba años cumpliendo a rajatabla y que la noche anterior, contra una farola fea, se me había hecho añicos sin avisar.
Greta hizo lo mismo, salvo lo de romper cosas, que ella no rompe cosas: ella las recoloca.
Llegó a la protectora a la hora de siempre, con la libreta de siempre, con el café de siempre en un vaso de cartón, y me dio un «buenos días» tan profesional que parecía notariado, con sello y fecha.
Le contesté con otro igual de almidonado.
Y los dos nos quedamos tan anchos, dos adultos que la noche anterior se habían besado contra el mobiliario urbano del barrio y que esa mañana se trataban como dos compañeros de una correduría de seguros que coinciden en el ascensor y comentan el tiempo.
—La métrica del contenido de ayer ha sido buena —dijo, mirando el móvil y no a mí.
—Qué bien lo de la métrica.
—El engagement subió un dieciocho por ciento.
—El engagement. Sí. —No tenía ni la más remota idea de qué era el engagement y me daba exactamente igual, porque lo único que se me había subido a mí un dieciocho por ciento desde el día anterior era el pulso cada vez que ella decía una palabra técnica para no decir otra cosa—. Greta.
—¿Qué.
—Nada. Métrica. Es una palabra muy bonita. Suena a seguridad.
—No te burles.
—No me burlo. La estoy admirando. Métrica. —La miré servirse el café—. Es la cosa más romántica que me has dicho nunca.
Casi sonríe. Lo paró a tiempo, con la disciplina de quien lleva años parando sonrisas, pero lo vi venir y lo vi morir, y los dos sabíamos que lo había visto.
Y así toda la mañana. Ella escudándose en los porcentajes, yo escudándome en hacerme el tonto, que es un escudo que llevo puesto de serie desde niño y que da muy buen resultado porque a nadie le pides cuentas de lo que siente un tonto.
Lo de la farola flotaba entre los dos como flota un globo en una habitación: no lo miras directamente, pero sabes exactamente dónde está en todo momento, y vas con un cuidado tremendo de no darle con la cabeza.
Yo le di con la cabeza catorce veces. Cada vez que se reía sin querer. Cada vez que se mordía el capuchón del boli pensando. Cada vez que se colocaba el pelo detrás de la oreja antes de decir algo que no quería decir. Catorce globos. Salí de la mañana con chichones invisibles por todas partes.
Lo peor de besar a alguien que te tenía catalogado como insufrible es lo bien que se está después y lo poco, lo poquísimo, que sabes hacer con lo bien que se está.
Yo, cuando algo me importa de verdad, hago con ello lo mismo que hago con el dinero de la protectora cuando no llega: lo doblo en cuatro, me lo meto en el bolsillo de atrás, sonrío y sigo abriendo la verja por las mañanas como si nada.
Llevaba el beso ahí, doblado, haciéndome compañía contra la cadera, y pensaba dejarlo ahí, calentito, hasta que se gastara solo de tanto tocarlo.
No contaba con el galápago.
A las nueve de la noche, cuando Greta ya recogía la libreta para irse y yo ya ensayaba mentalmente un «hasta mañana» que sonara a poco, alguien dejó en la puerta de la protectora una caja de zapatos con agujeros mal hechos a bolígrafo y se marchó sin llamar al timbre, que es exactamente como se abandona a quien da vergüenza abandonar: deprisa y sin mirar atrás.
Dentro había un galápago. Otro. El segundo en mes y medio.
En este barrio la gente suelta galápagos como quien devuelve un paraguas prestado del que ya se ha olvidado, sin pensar que la cosa esa con patas estuvo años en un salón siendo, a su manera lenta, alguien para alguien.
Y este venía frío. Quieto. Con los ojos hundidos y esa inmovilidad que cualquiera que haya cuidado bichos aprende a temer, porque no es la calma del que descansa, es la otra, la de los que no llegan a la mañana si nadie se queda despierto con ellos.
Llamé a Iris. No lo cogió a la primera: tenía turno de noche en la clínica grande, a una hora larga de aquí, sin poder moverse de un quirófano.
Me escribió lo básico en cuanto pudo —calor progresivo, hidratar con cuentagotas, vigilar la respiración, y que si empeoraba la llamara aunque fueran las cuatro de la madrugada, que ella se las apañaba—.
Y me quedé con una caja de zapatos, un bicho medio muerto en las manos y una mujer que ya tenía un pie en la puerta y el abrigo puesto.
—Vete —le dije—. Esto puede ser largo, igual toda la noche. Yo me apaño, de verdad. Llevo años apañándomelas con esto.
Greta miró el galápago. Miró la puerta. Miró otra vez el galápago, que en ese momento, como si supiera que se jugaba el voto, sacó medio milímetro de cabeza y la volvió a meter.
Dejó la libreta en el banco. Se quitó el abrigo.
—No te vas a apañar tú solo con un reptil hipotérmico —dijo, doblando el abrigo con una precisión innecesaria—.
Se te va a morir, y tú vas a sonreír mientras se muere, que es lo que haces con todo, sonreír para que el de enfrente no se preocupe.
Necesitas a alguien al lado que no sonría.
Yo no sonrío. Es mi mayor cualidad profesional.
Y se quedó. Por el galápago, dijo. Por el galápago, dije yo. Los dos mentimos con una caja de zapatos por testigo y un bicho de testigo de cargo.
Lo que vino después no se lo deseo a nadie y no lo cambiaría por nada de lo que tengo.
Greta organizó la vela como organiza ella las crisis: en diez minutos tenía abiertos en el móvil tres artículos sobre cuidados de quelonios en hipotermia, una temperatura óptima anotada al grado, una rampa de calentamiento gradual para no darle un susto al corazón del animal, y un sistema de registro para apuntar cada media hora si el bicho movía una pata, abría un ojo o respiraba distinto.
Le hizo una hoja de seguimiento. A un galápago.
Con columnas, encabezados y la hora en formato de veinticuatro.
La miré montarla y pensé que era la cosa más absurda y más tierna que había visto en mi vida, que era exactamente su forma de tener miedo: convertir el miedo en una tabla para poder mirarlo sin que le temblara la mano.
Yo, mientras, hacía lo único que sé hacer, que es lo que me enseñó mi padre sin enseñármelo, solo haciéndolo delante de mí mil veces: ponerle calor con una manta y una bolsa de agua templada, humedecerle la piel, hablarle bajito aunque no entienda ni una palabra, no dejarlo solo ni un minuto para que, si se iba, no se fuera solo.
Dos métodos opuestos para exactamente lo mismo.
Ella desde la cabeza, con datos y columnas.
Yo desde donde sea que hago yo las cosas, que no tiene nombre ni tabla.
Y el galápago en medio, entre el flexo y la manta, decidiendo despacio, a su ritmo de galápago, si nos hacía caso o no.
—Le has puesto nombre —dijo, sobre la una de la madrugada, mientras yo le humedecía la cabeza con una gasa por enésima vez.
—Pancho.
—Lleva aquí cuatro horas. Igual no pasa de esta noche.
—Por eso justamente. Si tiene nombre, se queda.
Es la regla. —Le ajusté la manta—. Mi padre decía que un animal con nombre ya no es un problema que resolver, es un vecino.
Y por un vecino te quedas despierto, aunque sea un martes, aunque tengas que abrir a las siete.
Le pones nombre cuanto antes para obligarte a no rendirte.
—Me encogí de hombros, incómodo de haber dicho tanto—. Es una tontería, ya lo sé.
—Deja de llamar tontería a todo lo que dices en serio —dijo ella, sin levantar la vista de su hoja de seguimiento, anotando la hora—. Lo haces cada vez. Sueltas algo verdadero y le pones «es una tontería» detrás, como quien tapa un plato para que no se vea lo que hay. Es tu «métrica».
Me quedé sin respuesta, que con Greta me pasaba poco y siempre por lo mismo: porque veía. Esa era su maldición y, esa noche, descubrí que también podía ser otra cosa.
Chochez nos vigilaba desde lo alto del armario, profundamente indignado de que su reino nocturno se hubiera convertido sin consultarle en una UCI de reptiles a deshoras.
De vez en cuando bajaba con la dignidad de un inspector de sanidad, daba una vuelta alrededor de la caja, olfateaba a Pancho con desprecio profesional, comprobaba que seguía sin ser un animal interesante ni una amenaza, y volvía a subirse al armario a seguir despreciándonos desde la altura, que es desde donde mejor se desprecia.
A las dos, Pancho movió una pata entera.
Greta lo anotó con la solemnidad de quien registra un nacimiento y disimuló fatal una sonrisa que esta vez no llegó a parar a tiempo.
A las tres, sacó la cabeza un centímetro largo y nos miró con un ojo, decidiendo si valíamos la pena.
Brindamos con café malo de la máquina, en vasos de plástico, como dos campeones de algo que nadie más sabría nunca que habíamos ganado.
A las cuatro menos cuarto, Pancho ya respiraba como respiran los que se quedan, hondo y tranquilo, y nos dejamos caer los dos a la vez contra la pared del despacho, en el suelo, hombro con hombro, agotados hasta los huesos, con un galápago salvado entre los dos y la guardia, los dos, por los suelos.
Ahí, en el suelo, a las cuatro de la mañana, es donde la gente dice la verdad. Lo sé porque a mí, a las cuatro, también se me afloja el bolsillo de atrás y se me sale lo que llevo doblado.