Capítulo 11 — Un beso no se puede archivar
(Greta)
A la mañana siguiente lo intenté archivar, porque es lo que hago con todo lo que pasa: lo clasifico, lo guardo, le pongo fecha, y así deja de ocupar sitio en la cabeza y empieza a ocuparlo en una carpeta, que es donde las cosas no hacen daño.
Abrí la carpeta de la campaña. No cabía: la campaña es trabajo, y aquello no había sido trabajo.
Abrí la de los errores, que es útil y la tengo a mano.
Tampoco, porque un error se lamenta, y yo no lo lamentaba, y eso ya era un dato preocupante en sí mismo.
Probé con "cosas que hice cansada y de las que me arrepiento", que es una carpeta gorda y socorrida.
No entró. Lo había hecho descansada. Lo había hecho mirándolo.
Lo había hecho yo, agarrándolo de la camisa con las dos manos, con todas mis facultades y todo mi criterio puestos, y un acto con todas las facultades no se archiva en la carpeta de los descuidos.
No había carpeta. Por primera vez en seis años de método tenía un acontecimiento sin sitio donde guardarlo, suelto, dando vueltas por la casa como Nerón a las cuatro de la mañana, y la sensación —porque era una sensación, no un dato, y eso ya me molestaba sola— era exactamente la de tener una factura sin saber a quién se le paga.
Una deuda sin acreedor. Lo peor que existe para alguien que necesita saldarlo todo antes de poder dormir.
Lo gestioné de la única forma que se me ocurrió, que fue la mala: decidí que había sido parte de la campaña.
Me lo dije en voz alta, en la cocina, mientras le abría a Nerón su lata.
"Fue parte de la campaña. Estábamos en personaje.
Es contenido." Y Nerón levantó la cabeza de la lata y me miró con una cara que en cualquier otra criatura yo habría llamado lástima —esa lástima específica que se le tiene a quien miente tan mal que se lo cree— y volvió a su comida, porque hasta el gato sabía que aquello no había sido contenido.
El contenido sale movido cuando es de verdad.
Eso se lo había dicho yo a Bruno antes de darme cuenta de que me lo estaba diciendo a mí.
En el despacho estuve inservible toda la mañana, y Mateo, que tiene un radar para mi inservicia afinado en cuatro años, tardó hora y media en plantarse en mi puerta con la excusa de un informe que no necesitaba traerme en mano.
—Has corregido tres veces el mismo párrafo —dijo—. Lo sé porque me has reenviado las tres versiones. La última es idéntica a la primera. Has hecho un viaje de ida y vuelta a ninguna parte, que es nuevo en ti. Tú normalmente avanzas, aunque sea hacia algo terrible.
—Estoy concentrada.
—Estás en otro sitio. Llevas en otro sitio desde hace semanas, pero hoy es distinto.
Hoy estás en otro sitio y contenta, y esa es la combinación que más me preocupa de todas, porque a la Greta concentrada la conozco y factura, pero a la Greta contenta no me la han presentado en cuatro años y no sé qué hace ni de qué se alimenta.
No le contesté. Mateo cogió una silla, se sentó —sin que lo invitara, su especialidad— y dejó el informe en la mesa como quien deja una excusa de la que ya no piensa servirse.
—¿Te acuerdas de lo que dices de los clientes que se enamoran en mitad de una crisis?
—preguntó—. Que es lo peor que les puede pasar, porque dejan de pensar con la cabeza.
Que cuando un cliente se enamora perdemos el control de su narrativa, porque ya no quiere la versión que le conviene, quiere la versión que lo hace feliz.
Y son distintas. Y la que lo hace feliz es justo la que lo hunde.
—Me acuerdo. Lo digo yo.
—Lo dices tú. —Se levantó—. Pues nada. Que es muy buen consejo.
Para clientes. —Y, ya en la puerta, sin volverse del todo, con esa puntería que tiene para lo importante—: A ti te lo regalo gratis, por si algún día te hace falta.
Aunque tú nunca te enamorarías en mitad de una crisis, claro. Tú ves el tablero.
Tú ves el tablero. Las mismas palabras de Víctor, en otra boca, con la intención exactamente del revés.
Víctor las decía como una condena compartida, casi un orgullo de casta; Mateo las decía como una pregunta con truco, dejándola caer para que se notara que ya no estaba tan segura de que fuera verdad.
Y por primera vez no supe contestar a ninguno de los dos, porque el tablero, esa mañana, lo veía borroso.
Movido. Como sale lo de verdad cuando una cámara intenta grabarlo.
Lo de Salvatierra seguía ardiendo en su pestaña.
Tenía un correo del propio Kike, sin abrir, con el asunto "URGENTE necesito hablar contigo YA", que en un cliente como él significa que ha vuelto a hacer algo y quiere que se lo entierre antes de que asome.
Lo dejé sin abrir toda la mañana. Yo, que contesto los urgentes en minutos, que cobro precisamente por la velocidad con la que entierro, dejé un "URGENTE" criándose en la bandeja, porque no me cabía en el día.
El día lo tenía ocupado un beso sin carpeta, un galápago que comía solo y un hombre que no me había vuelto a escribir desde una foto de su perro dormido.
Víctor me llamó a mediodía. No para nada concreto, que es como llama Víctor: para recordarte que existe, que sigue ahí, que tiene tu número y sabe exactamente cuándo usarlo para que escueza.
—¿Cómo va el amor de barrio? —dijo, y la palabra "amor" en su boca seguía sonando a "decorado", pero esta vez me molestó más que las anteriores, porque esta vez había algo debajo del decorado y él, que huele estas cosas a kilómetros, lo había olido por teléfono.
—Va la campaña. El amor no entra en mi minuta.
—Greta, Greta. —Una pausa de las suyas, medida al milímetro—. Te conozco hace siete años. Te he visto enterrar a gente sin que se te moviera una ceja. Y te acabo de oír dudar medio segundo antes de decir "campaña". Medio segundo. A mí. Que vivo de los medios segundos, igual que tú.
No dije nada, que con Víctor el silencio es lo más parecido a una confesión firmada.
—Mira, te lo digo como amigo, que sé que no me crees que lo sea, pero lo intento a mi manera, que es la única que tengo —siguió—.
Lo de tu gurú se va a caer. Salvatierra.
Se cae solo, ya no lo sostienes tú, lo sostiene la inercia, y la inercia se cansa.
Y cuando se caiga va a salpicar a quien lo ha estado sosteniendo, que eres tú, con tu cara nueva y tu apellido nuevo dando la vuelta al mundo.
Vas a necesitar manos. Las mías. Y las mías cobran en favores, no en euros, eso ya lo sabes desde hace tiempo.
—Otra pausa, la del cierre—. Pero esa conversación la tenemos otro día, con calma.
Hoy solo llamaba para oírte dudar. Ha valido la pena.
Cuídate esa cara, anda. Que es lo único que tienes y se te está gastando en vídeos.
Colgó. Tres hombres ya. Tres "cuídate esa cara" en un mes.
Y la diferencia con Víctor era que él no me lo decía por mi bien: me lo decía como quien le recuerda a otro que tiene algo valioso y frágil encima de la mesa, justo antes de ofrecerse, con mucha amabilidad, a guardárselo él en su caja fuerte.
Y de las cajas fuertes de Víctor no sale nada que no pague antes peaje.
Bruno apareció en mi portal —en nuestro portal— esa noche, cuando yo bajaba a por el correo que llevaba dos días sin recoger, cosa que tampoco hago, porque el correo sin abrir es una decisión a medias y yo no dejo decisiones a medias.
Estaba en su rellano, un piso por debajo del mío, con Brioche, fingiendo que buscaba las llaves que tenía en la mano.
Yo bajé fingiendo que iba a por el correo, que era verdad, pero a una hora elegida con cuidado, que era mentira.
Los dos fingiendo otra vez, en la misma escalera de paredes de papel donde había empezado todo con un felpudo torcido.
—El felpudo está bien —dije, por decir algo, porque estaba perfectamente alineado, paralelo al umbral, los flecos hacia fuera, lo había alineado él, y eso me dio una ternura absurda que gestioné de la única manera que sé: mirando el felpudo y no a él.
—Lo aprendí de una experta —dijo—. Muy seria. No saluda.
—Sí saluda. Lo que pasa es que su cara de saludar y la de no saludar son la misma. Es un problema de fábrica.
—Ya me he dado cuenta. Me gusta. —Lo dijo sin pensarlo, "me gusta", y luego se quedó callado, como si la frase se le hubiera escapado por el mismo sitio por el que se le escapan las verdades, y yo me quedé callada también, y entre los dos, en el rellano, estaba el beso de hacía dos noches.
Enorme. Sin carpeta. Ocupando todo el hueco de la escalera, de barandilla a barandilla.
Los dos lo veíamos y ninguno lo nombraba.
Tenía la pregunta en la cara. La de "qué somos".
Se la vi subir, llegarle a la boca, asomarse a los labios.
Y no la hizo. Bajó los ojos, le dijo algo a Brioche que Brioche no escuchó, soltó una frase sin terminar —"yo solo…
bueno, que descanses"— y la dejó morir donde mueren sus frases que importan, a mitad de camino, y me dio las buenas noches y se metió en su piso con el perro.
Y yo subí al mío, con el correo en la mano, con el beso todavía suelto rodando por la escalera detrás de mí, y entendí dos cosas a la vez en el tramo de escalones que separaba su rellano del mío, que son los mismos escalones de siempre y esa noche fueron otros.
La primera: que él tampoco sabía qué éramos, y que tampoco se atrevía a preguntarlo, y que estábamos los dos jugando al mismo juego cobarde desde lados opuestos del tablero.
Yo intentando archivar el beso; él intentando no nombrarlo.
El mismo miedo exacto con dos métodos distintos.
Él deja las frases a medias; yo las termino y las archivo.
Las dos cosas sirven para lo mismo: para no quedarse colgado esperando una respuesta que puede ser que no.
La segunda, la que me dejó parada en mi propio rellano con la llave metida en la cerradura sin llegar a girarla: que llevaba toda la vida gestionando los finales de las cosas precisamente para que ningún final me pillara por sorpresa.
Que con Lola lo había hecho. Gestioné su enfermedad, gestioné los médicos, gestioné los turnos, gestioné los análisis y los horarios y las llamadas a la familia, gestioné absolutamente todo menos lo único que ella me pidió, que era sentarme a su lado.
Sentarme y ya. Sin gestionar nada. Porque sentarme a su lado sin gestionar era aceptar que aquello no se podía gestionar, que se moría, y yo eso no sabía hacerlo, no sé hacerlo todavía.
Para de gestionarme y siéntate conmigo , me dijo.
Y yo seguí de pie, con la libreta, hasta el final, organizándole una muerte impecable en lugar de acompañándole la que tenía.
Me perdí el sentarme. Es lo único que no se recupera.
Entré en casa. Nerón estaba encima del mando, como cada noche. No lo aparté.
Me senté en el sofá con el abrigo todavía puesto, el del papel de plata doblado en el bolsillo, y tomé la única decisión que se puede tomar con un acontecimiento que no tiene carpeta: decidí no archivarlo.
Dejarlo suelto. Dejar de gestionarlo una temporada, a ver qué pasaba, qué pasaba de verdad, si por una vez en seis años no controlaba yo el final de una cosa antes incluso de dejarla empezar.
Me levanté y apagué la luz del pasillo, que llevaba tres años encendida toda la noche, todas las noches, desde que el piso se quedó con una sola voz.
La apagué a propósito, con el dedo, mirándola apagarse.
A ver si dormía a oscuras, como duerme la gente que no tiene nada que vigilar, nada que se le pueda ir mientras no mira.
No dormí. Pero no por lo de siempre. Por lo otro. Que es, descubrí esa noche tumbada boca arriba, un insomnio completamente distinto del que conocía, y muchísimo mejor, aunque a las cuatro de la mañana los dos cuesten exactamente igual y los dos se pasen solos.
—Esto es culpa tuya —le dije a Nerón en la oscuridad nueva, la del pasillo apagado—. Que conste en acta. Tú y tu perro.
Conste.