Capítulo 10 — No sé qué somos y no pienso preguntarlo en voz alta
(Bruno)
A la mañana siguiente abrí la verja de la protectora a las siete, como cada día, y por primera vez en dos años no se me cayó el día encima al acordarme de mi padre.
Me cayó otra cosa encima. Una cosa nueva, ligera, ridícula, que me hacía sonreírle a un cubo de pienso como un imbécil mientras lo llenaba.
La había besado. No. Ella me había besado a mí, que es distinto y peor, porque significaba que no me lo había inventado, que no era yo proyectando lo que quería ver, que una mujer que apunta a la gente en una libreta me había agarrado de la camisa fea —de la fea, de entre todas las camisas del mundo— y había decidido, ella, con todo su criterio de gato y todas sus carpetas, que valía la pena.
Y ahora no sabía qué éramos.
Esa era la frase que me rondó toda la mañana mientras les ponía el desayuno a catorce perros que sí saben perfectamente lo que son: perros, con hambre, conmigo, felices.
Qué somos. Tres palabras. La pregunta más fácil del mundo y la única que no pensaba hacer en voz alta, porque hacerla en voz alta era invitar a la respuesta, y la respuesta podía ser "nada, Bruno, fue una cita de mentira que se nos fue de las manos un segundo", y prefería no saberlo a saber eso.
Prefería el no saber. El no saber, por lo menos, deja la puerta entornada, y yo de puertas entornadas sé un rato.
Le escribí. Borré. Le escribí otra cosa.
La borré también. Estuve veinte minutos con el móvil en la mano como un adolescente, yo, un hombre de treinta y cuatro años con catorce perros mirándome esperar a que les abriera.
Acabé mandándole una foto de Brioche dormido panza arriba con el comentario: «el director creativo se ha tomado el día libre».
Porque hablar del perro es como hablo yo de lo que no me atrevo a hablar, igual que ella habla de gestión y de daño colateral.
Cada uno tiene su perro y su libreta detrás de la cual esconderse.
Me contestó a los dos minutos: «dile que sin su visión la marca se resiente.»
Y ya está. De eso hablamos. Del perro. Como si la calle de la otra noche, la farola fea, la camisa agarrada con las dos manos, no hubieran pasado nunca.
Los dos fingiendo otra vez, pero esta vez no para Bond, esta vez fingiendo que no había pasado nada para no tener que decidir qué hacíamos con lo que había pasado.
Se nos daba de maravilla a los dos. Éramos profesionales del disimulo, cada uno en su escuela.
Por eso, supongo, nos entendíamos sin hablar: porque los dos sabíamos exactamente lo que el otro estaba callando, que es una forma de intimidad que no sale en los contratos.
Iris llegó a media mañana y lo supo antes de quitarse la chaqueta.
No sé cómo lo hace. Yo no había dicho nada, no había nada que decir, y aun así me miró desde la puerta, colgó las llaves en el clavo de siempre, y dijo:
—Ha pasado algo.
—No ha pasado nada.
—Bruno. Estás barriendo. Has barrido ya, lo he visto al entrar. Estás barriendo lo barrido. —Dejó la chaqueta en el respaldo—. Cuando estás contento barres dos veces. Es tu tristeza puesta del revés. Llevo tres años con tu manual, ya me lo sé.
Solté la escoba. No tenía sentido seguir mintiéndole a Iris, que me conoce desde antes de que esto fuera mío, desde cuando mi padre vivía y yo era solo el hijo que ayudaba los fines de semana y le tenía miedo a los perros grandes, cosa que ella no le ha contado a nadie en quince años.
Pero tampoco sabía qué confesarle, porque no había nombre para lo que tenía que confesar.
—No sé qué ha pasado —dije, que era la única verdad entera que tenía—. Eso es lo que ha pasado. Que no sé qué ha pasado, y que no me atrevo a preguntarlo, y que llevo toda la mañana barriendo para no pensarlo.
Iris asintió despacio. Cogió una ficha cualquiera, la de siempre, su escudo de cartón. Y entonces dijo una cosa que llevo guardada desde aquel día, en ese sitio sin nombre donde me guardo lo que pesa demasiado para los bolsillos.
—¿Sabes qué pasa contigo? —dijo, sin mirarme, mirando la ficha como si en la ficha estuviera escrito—.
Que te pasas la vida abriéndole la puerta a todo el mundo.
A los perros, a los viudos, a los gatos que no son tuyos, a las vecinas que te corrigen el felpudo.
Le abres la puerta a todo el que llega y te quedas ahí, sonriendo, esperando a ver si entra.
—Pasó una página que no estaba leyendo—.
Lo que no haces nunca, jamás, es decirle a nadie que se quede.
Abres la puerta y esperas a que entren solos, porque pedir que alguien se quede es arriesgarte a que te diga que no.
Y tú a un no no sabes sobrevivir, Bruno.
Lo llevas fatal desde crío. Prefieres no preguntar y quedarte con la duda que preguntar y quedarte sin nada.
No le contesté. No porque no tuviera respuesta, sino porque la tenía y era "tienes razón", y "tienes razón" dicho a Iris en aquel momento, con aquella ficha en la mano, significaba muchísimas más cosas de las que yo estaba listo para significar.
Porque Iris no me estaba hablando solo de Greta.
Me estaba hablando, por debajo, de ella misma.
De que llevaba tres años entrando por esa puerta que yo dejaba abierta sin que yo le pidiera nunca que se quedara.
De que había entendido, por fin, ella sola, que yo nunca se lo iba a pedir.
Y de que venía a decírmelo con una ficha en la mano y una entereza que no me merecía, soltándolo en forma de consejo sobre otra mujer para no obligarme a la incomodidad de tener que rechazarla a la cara.
—Iris —empecé, y no sabía cómo seguía la frase, pero empezaba por ahí, por su nombre, que era lo menos que le debía.
—No. —Levantó la mano, suave, sin dramatismo—.
No lo estropees, anda, que se te da de maravilla estropear los momentos con palabras de más.
Solo te lo digo porque soy tu amiga y porque a la del gato, a esa, sí vas a tener que pedirle que se quede.
En voz alta. Con la boca. Aunque te diga que no.
Porque si no se lo pides, te vas a pasar otros tres años barriendo lo barrido, y yo ya no voy a estar aquí para verte hacerlo.
—Sonrió, y le costó la vida ese día, y por eso valió más que cualquier cosa que me hubiera dicho nadie—.
Que me cansa, Bruno. Me cansa verte barrer.
Se fue a darle lo suyo a Pancho, al galápago nuevo, y me dejó ahí plantado, con la escoba en la mano y la certeza redonda de que acababa de perder algo importante y de que la persona a la que se lo había perdido me lo había envuelto para regalo antes de irse, con lazo y todo.
Iris es así. Da hasta cuando se retira. Da en la retirada.
Por eso me costó tanto, durante meses, darme cuenta de que estaba enamorada de mí: porque su forma de quererme se parecía demasiado a su forma de ser buena con todo el mundo, generosa, callada, sin pedir.
Igual que la mía. Somos, los que damos sin pedir, los más difíciles de leer del mundo, porque lo repartimos todo entre todos y así no se nos nota nunca a quién se lo daríamos entero si nos atreviéramos.
Esa mañana, por primera vez, me pareció que ser bueno y ser cobarde a lo mejor eran, en mi caso, la misma cosa con dos nombres distintos.
El rodaje de esa semana fue una tortura nueva, de las que no veía venir ni con el plan grapado del chico de Bond en la mano.
Porque ahora teníamos que fingir, delante de la cámara, exactamente lo que había empezado a ser verdad, y resulta —nadie me avisó de esto— que fingir lo verdadero es mil veces más difícil que fingir lo falso.
Cuando todo era mentira, yo le cogía la mano a Greta y no pasaba nada: era atrezo, era trabajo, era una mano.
Ahora le cogía la mano y se me iba el pulso, y tenía que fingir que no se me iba, que es fingir al cuadrado, fingir que finges, una raíz cuadrada de mentira que no me cabía en el cuerpo.
—Más cerca —decía el chico de las gafas de pega, mirando la pantalla—. Eso, así, pero como si os gustarais.
Y nos mirábamos, Greta y yo, con esa frase suspendida en el aire entre los dos —"como si os gustarais"—, y a los dos se nos torcía algo por dentro, porque el "como si" sobraba, sobraba muchísimo, y los dos lo sabíamos y ninguno lo decía.
Nos acercábamos lo que pedía el guion, ni un dedo más, midiendo, los dos con la guardia puesta de una manera nueva y rarísima: ya no para protegernos el uno del otro, como al principio, sino para que no se nos notara, ni a la cámara ni a nosotros mismos, que protegerse ya no hacía ninguna falta.
—Estáis raros hoy —dijo el cámara, frustrado, dándole vueltas a la toma—. Hace dos semanas salía todo solo y hoy parecéis dos primos en la boda de un tío al que no conocíais.
Tenía razón el muchacho, más de la que sabía.
Estábamos raros. Estábamos raros porque lo de antes era fácil —dos enemigos fingiendo cariño, pura comedia— y lo de ahora era imposible —dos personas que se habían besado de verdad fingiendo que solo fingían besarse—.
Y el algoritmo lo notó, además, porque el algoritmo nota estas cosas, es lo único honesto de internet.
El vídeo de esa semana fue el que peor funcionó de toda la campaña, con diferencia, y Greta, que vive de leer estas cosas como yo vivo de leer perros, lo miró en el móvil esa tarde y me dijo, bajito, para que no la oyera Bond:
—¿Ves? Funcionamos mejor cuando no nos gustábamos.
—¿Y eso qué quiere decir? —pregunté. Y lo pregunté de verdad, como un tonto, como un perro, porque por una vez quería que alguien me dijera qué quería decir algo, ya que yo no me atrevía a preguntarme en voz alta lo que de verdad necesitaba preguntar.
—Que la cámara solo sabe grabar mentiras —dijo ella, guardándose el móvil en el bolso, cada cosa en su sitio—. Lo de verdad no se deja grabar. Sale movido.
Y se fue a recoger a Nerón al palco, dejándome con esa frase clavada, que era la cosa más bonita y más triste que me había dicho nadie sobre nosotros sin decir nunca la palabra "nosotros".
Lo de verdad sale movido. Me la guardé, claro.
La tengo todavía. Es de las pocas cosas que he conseguido no perder.
La acompañé al portal esa noche. Nuestro portal, que era el mismo de siempre, que siempre había sido el mismo: ella un piso más arriba, yo justo debajo, y unas paredes de papel de fumar entre los dos por las que llevábamos meses oyéndonos vivir sin vernos.
Los animales delante —Brioche tirando hacia el futuro, que para él huele siempre estupendamente, Nerón en el transportín juzgándonos—, y nosotros detrás, despacio, por el camino largo que ninguno proponía y los dos elegíamos paso a paso.
En el portal nos paramos. Como la otra noche.
Y yo tenía la pregunta ahí, redonda, atascada en la garganta.
Qué somos. La notaba subir, hacer cola detrás de los dientes.
Tres palabras. Lo único que tenía que hacer era abrir la boca y soltarlas y dejar que pasara lo que tuviera que pasar, que era exactamente lo que Iris me había dicho por la mañana que no sabía hacer.
Greta me miró. Esperando. Con la guardia a medio bajar, que en ella es como ver a otra persona desnudarse del todo, porque baja la guardia con cuentagotas y solo cuando decide.
Me estaba dejando preguntar. Me estaba abriendo ella la puerta a mí, por una vez en la historia de los dos, y lo único que yo tenía que hacer era cruzarla, decir las tres palabras, pedirle que se quedara.
Y no lo hice.
—Bueno —dije, y me oí decirlo, y me odié un poco mientras lo decía—. Pues… nada. Que descanses. Y dale recuerdos a Nerón, que hoy ha estado insoportable, más que de costumbre, que ya es decir.
Algo se le apagó en la cara. Medio segundo, no más. La vi apagarse y no hice nada, que es peor que no verla, mucho peor, porque la cobardía con los ojos cerrados todavía tiene la disculpa de la ceguera, y yo estaba viéndolo todo.
—Buenas noches, Bruno —dijo. Y subió. Oí sus llaves, su puerta, sus pasos sobre mi techo, porque vivíamos así, uno encima del otro, oyéndonos sin vernos, que era exactamente lo que yo acababa de hacer otra vez: oírla y no verla. Tenerla a un piso de distancia y a tres palabras, y dejarla subir.
Iris tenía razón en todo. Le abro la puerta a todo el mundo y no le pido a nadie que se quede. Subí a mi piso, me senté en el sofá a oscuras, oí a Greta moverse arriba —un grifo, un cajón, sus pasos yendo y viniendo sobre mi cabeza—, y me dije que mañana. Mañana sí. Mañana le preguntaba qué éramos.
Llevo toda la vida diciéndome que mañana. Es lo que mejor se me da después de firmar donde me señalan y de dejar las frases a medias. Y las tres cosas, cada día lo tengo más claro, son la misma cobardía con tres caras distintas, y la única que sonríe es la mía.