Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 9 — La cita era de mentira hasta que dejó de serlo #2
52%

Capítulo 9 — La cita era de mentira hasta que dejó de serlo #2

—No sé si somos iguales, Víctor —dije. Y me oí decirlo, y supe en el mismo instante que estaba quemando un puente que llevaba tres años manteniendo en pie, engrasado, por si acaso, porque a Víctor no se le quema un puente sin coste—.

Tú ves el tablero. Yo, hasta hace poco, también.

Pero igual lo de ver el tablero está sobrevalorado.

Igual lo bueno de verdad está dentro de la partida, jugando, con los que no saben que van perdiendo y juegan igual.

Víctor dejó de remover el café. La cucharilla se quedó quieta.

—Vaya —dijo, despacio, sin perder la sonrisa, recolocándome en su mapa interno, moviéndome de casilla—.

Eso ha sonado a frase de la otra acera. De los que ven la partida.

—Se levantó. Se abrochó la chaqueta, que es lo que hace siempre justo antes de marcar un tanto y marcharse para que el tanto te dure—.

Cuídate, Greta. Y cuida esa cara tuya, que sigue por ahí, en un vídeo, dando la vuelta al mundo medio segundo cada vez que alguien le da a compartir.

Sería una pena que se hiciera del todo reconocible.

—Y, ya de espaldas, casi con ternura, que era su forma más afilada—: A los clientes les da que pensar, ¿sabes?

Que la que entierra las historias de los demás no haya sabido enterrar la suya.

Llámame cuando quieras enterrarla. Tengo una pala con tu nombre.

Se fue. Bruno lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina y desapareció.

—No me cae bien —dijo, por fin, en voz baja, como quien confiesa un pecado que le da vergüenza tener—.

Y eso que a mí me cae bien casi todo el mundo, es un don que tengo, o un defecto, según el día.

Pero ese… —Dejó la frase sin terminar y se rascó la nuca, buscando—.

No sé. Habla de la gente como si fueran fichas que mover. Hasta de ti. Sobre todo de ti.

—Es que para él lo somos. Fichas. Yo también.

—¿También tú?

—También yo. Es lo que pasa cuando juegas en su mesa el tiempo suficiente: que acabas siendo una pieza de su tablero sin darte cuenta de cuándo dejaste de mover y empezaron a moverte a ti.

—Pues bájate de la mesa.

Lo dijo así, sencillo, mirándome, como si bajarse de una mesa fuera tan fácil como bajarse físicamente de una mesa, levantarse y andar, y no doce años de carrera, una reputación, una forma entera de sobrevivir en un mundo que come a la gente que no calcula.

Y a lo mejor para él sí lo era de fácil.

A lo mejor por eso lo decía sin dramatismo, porque él se baja de las mesas que no le gustan sin pensarlo, y por eso está en la ruina, y por eso es la persona más libre que he conocido nunca.

Acabamos andando. La cámara de Bond se había ido con su material de oro, los animales iban delante —Brioche tirando de la correa hacia un futuro que olía estupendamente, Nerón en el transportín juzgándonos a los tres desde su trono portátil—, y nosotros detrás, despacio, por unas calles que no llevaban a ninguna parte porque ninguno de los dos propuso ir a casa todavía, y el silencio de no proponerlo era la conversación más sincera que habíamos tenido.

—Oye —dijo Bruno—. ¿El gato es tuyo de verdad? Porque te trata regular. Fatal, diría yo. Yo a un jefe así no le aguantaba ni una mañana.

—Era de mi hermana.

Lo dije sin querer. Llevaba toda la noche sin guion y ya no recordaba cómo se ponía uno, había perdido la costumbre en una sola velada.

—¿Era?

—Murió. Hace tres años. —Aparté la mirada hacia el escaparate de una farmacia cerrada, hacia la cruz verde apagada, que es donde se mira cuando no se quiere mirar a nadie a la cara—.

El gato vino con la herencia, por así decirlo.

Mi hermana lo quería con locura. Le inventaba pensamientos, le ponía voz.

Yo me quedo con el gato porque… —Y ahí me paré, porque la frase entera era «porque mientras cuido al gato puedo fingir que sigo cuidando de algo suyo, que es la única forma que me queda de cuidar de ella, ahora que ya no está, ya que cuando vivía me dediqué sobre todo a gestionarla en lugar de quererla de frente, y eso no se arregla, eso solo se carga», y esa frase entera no se la había dicho a nadie, ni a Mateo en cuatro años, ni a mí misma en voz alta delante del espejo—.

Porque alguien tenía que quedárselo —terminé, que es la versión que cabe en una calle.

Bruno no preguntó más. No rellenó el silencio, no me dijo que lo sentía mucho, no hizo nada de lo que hace la gente cuando le cuentas que se te ha muerto alguien y lo único que quiere, en el fondo, es quitarse de encima la incomodidad cuanto antes con una fórmula.

Solo siguió andando a mi lado, un poco más cerca que antes, medio paso, dejándome el silencio entero para mí sola, intacto, y entendí que eso era exactamente lo que él hacía con los animales asustados que llegaban a la protectora: no acercarse de golpe, no forzar, dejar la puerta abierta y esperar sentado a que el bicho decidiera salir o no.

Me estaba dejando la puerta abierta. Y yo, que llevo tres años con la puerta cerrada y la luz del pasillo encendida, no salí, pero me asomé.

—Mi padre montó la protectora —dijo él, al cabo de media calle, devolviéndome el silencio convertido en confianza, que es la mejor moneda que existe—.

Con sus manos. Era el bueno de verdad, ¿sabes?

El que cae bien sin esforzarse, el que entra en un sitio y lo enciende.

Yo me esfuerzo un montón y se me nota la costura.

Él no se notaba nada. —Una risa corta, sin gracia, de las que duelen al que las hace—.

Murió hace dos años. Y yo sigo abriendo la verja cada mañana a las siete como si él fuera a llegar detrás silbando, y cada mañana, en el segundo en que me acuerdo de que no va a llegar, se me cae el día entero.

—Tragó—. Hay una caja con sus cosas en el despacho.

Cartón, de mudanza. Llevo dos años sin abrirla.

La veo todos los días encima del archivador y la rodeo.

—¿Por qué no la abres?

—Porque mientras no la abra, no se ha ido del todo. Mientras esté cerrada, hay algo suyo que todavía no he terminado de perder. —Me miró, y por una vez no había sonrisa que aguantara nada, la había soltado entera, y debajo no había grieta: había un hombre—. Es una tontería.

—No es una tontería.

Y ahí estábamos los dos, parados en una calle que no llevaba a ningún sitio, cada uno con su muerto y su reliquia: él con su caja sin abrir, yo con mi gato heredado que no me hace caso.

Dos personas que se pasan la vida cuidando a todo el mundo para no tener que dejar que nadie las cuide a ellas, porque dejarse cuidar es deber, y deber es peligroso, y los dos lo sabíamos sin habérnoslo dicho.

Éramos, lo pensé entonces con todas las letras por primera vez, como el perro y el gato.

No teníamos nada que ver. No deberíamos habernos cruzado nunca más que para corregirnos felpudos en un rellano y quejarnos del ruido.

Y sin embargo.

Y sin embargo ahí estábamos, a oscuras, contándonos a los muertos.

Se paró. Me paré yo. Brioche tiró de la correa hacia delante, impaciente con la lentitud de los humanos, y Bruno no se movió, y yo tampoco, y la farola de encima hacía esa luz fea y amarilla que, por algún misterio, hace guapa a toda la gente, y él me miró la boca, y luego los ojos, despacio, sin prisa, dándome todo el tiempo del mundo para gestionar la situación, para dar un paso atrás, para poner una distancia profesional, para soltar una frase seca de las mías y archivar la noche entera en la carpeta de «no ha pasado nada, contenido entregado».

No archivé nada.

Por primera vez en seis años no quise gestionar lo que tenía delante.

No le busqué el ángulo, no calculé el coste, no miré dónde estaba la salida.

Lo agarré de la camisa —la fea, la de cuadros, la del barro, claro, porque era sábado y él los sábados va de barro— y lo besé yo, porque si algo iba a perder esa noche prefería perderlo conduciendo y no de copiloto, y porque, francamente, llevaba dos semanas viéndolo repartir croquetas y bocadillos de tortilla y silencios y puertas abiertas, y ya no me quedaban carpetas, ni columnas, ni ganas de buscarlas.

Besaba como vive, el idiota. Sin guion. Sin paréntesis. Sin nada orgánico apuntado en ninguna parte, porque no le hacía falta, porque él es lo orgánico, es lo que mi brand book intentaba fabricar y nunca consiguió.

Me aparté lo justo para recuperar el aire y la dignidad, en ese orden, porque el aire es urgente y la dignidad espera.

—Esto no estaba en la escaleta —dije.

—Ya. —Tenía la sonrisa puesta otra vez, pero entera, sin grieta, por primera vez en toda la noche, una sonrisa que no aguantaba nada porque por una vez no había nada debajo que aguantar—. Brioche, eso sí. Llevaba semanas esperándolo. Me lo dijo. No con palabras, pero me lo dijo.

Lo besé otra vez, para que se callara. Funcionó regular: se reía contra mi boca, el muy idiota, feliz como su perro.

Y yo, que llevo doce años cobrando seis cifras por controlar exactamente lo que se cuenta de la gente, me di cuenta a media calle, a oscuras, con un gato juzgándome desde un transportín y una farola fea haciéndonos guapos, de que no tenía la menor idea de cómo iba a gestionar aquello.

Por una vez en mi vida, no me molestó no saberlo.

Y esa, no el beso, fue la cosa que de verdad me dio miedo de camino a casa.