Capítulo 9 — La cita era de mentira hasta que dejó de serlo
(Greta)
Es un ritual por el cual dos ejemplares fingen, delante de una cámara, el afecto que cualquier gato resuelve con una lengua, en diez segundos y sin guion ni presupuesto.
Lo observo desde mi transportín —al que llaman, con un optimismo que los honra, «el palco»— y concluyo que la especie está perdida y que solo un aburrimiento muy hondo y muy antiguo ha podido traerla hasta aquí, a una terraza, a pagar por unas croquetas peores que las mías.
A mí me sacan de casa para estas cosas. Protesto lo justo —un maullido, una resistencia simbólica en la puerta del transportín— y luego voy. Hay que vigilar la inversión. Uno no deja un proyecto a medias por pereza.
Mi humana se ríe más. Lo he medido, que para eso tengo método.
Antes se reía cero. Cero coma cero. Ahora se ríe una cantidad que, para sus estándares históricos, constituye prácticamente una orgía.
Y el rubio idiota la mira reírse como yo miro una lata cuando alguien tira de la anilla: con una fe absoluta, indecente, que da a la vez lástima y un poco de envidia.
Esta noche pienso intervenir. No por amor, que el amor es de perros y yo tengo una reputación.
Por eficiencia. Llevan semanas dándole vueltas a lo que se resuelve de un empujón sobre una copa de vino, y yo no tengo toda la vida por delante.
Bueno, sí la tengo, los gatos vivimos lo nuestro.
Pero la prefiero invertida en asuntos más serios que el cortejo torpe de dos primates.
Conclusión oficial: la cita es una pérdida de tiempo y de croquetas que podrían haber sido mías.
Conclusión que no consignaré: pienso quedarme despierto a ver si por fin, por fin, se enteran.
A la cita le hice un guion, porque a todo le hago un guion, y esta vez tenía hasta escaleta con horas: terraza fotogénica con buena luz a las ocho, dos copas que no nos íbamos a beber, los animales en plano controlado, tres gestos de complicidad medidos y repartidos por la velada, y nada, absolutamente nada, que la cámara de Bond pudiera convertir en un problema mañana por la mañana.
Una cita es contenido. El contenido se controla.
Se planifica, se ejecuta, se entrega. Esa era la teoría, y la teoría me ha pagado la hipoteca doce años.
La teoría duró hasta los entrantes.
—¿Esto lo tengo que decir yo o lo dices tú? —preguntó Bruno, mirando con el ceño fruncido la tarjeta donde el chico de Bond nos había apuntado, con su bolígrafo de marca, «momento de conexión espontánea (orgánico)».
—Lo de «orgánico» entre paréntesis es lo que más miedo me da del mundo —dije—. Más que la quiebra. Más que la muerte.
—A mí me da miedo la copa. No bebo vino. Me pone tonto.
—Más.
—Más, sí. —Y se rio, y fue él quien empezó a reírse primero esta vez, lo cual era nuevo y me descolocó, porque hasta entonces la que perdía las discusiones de risa era yo, siempre yo, y me había acostumbrado a ese reparto como me acostumbro a todos: por economía.
Trajeron las croquetas. Las pedí yo, croquetas, porque era una terraza española de toda la vida y porque, si íbamos a fingir naturalidad delante de una cámara, al menos que hubiera algo natural de verdad encima de la mesa, algo que no fuera atrezo.
Y a mitad de plato, mientras él me contaba no sé qué de Tarta y de una manta que la perra había decidido que era suya y defendía de los demás perros con una pasión de propietaria, me oí a mí misma pinchar la última croqueta y dejarla en su plato.
Sin pensarlo. Sin cobrarla. Sin la pausa para que lo viera.
Me quedé con el tenedor en el aire, mirando la croqueta en su plato como si la hubiera puesto otra persona, porque en cierto modo la había puesto otra persona, una a la que no me habían presentado todavía y que llevaba mi ropa y usaba mis manos sin permiso.
Bruno la miró, me miró, no dijo nada —gracias a Dios no dijo nada, si llega a decir algo me levanto y me voy— y se la comió, y siguió con lo de la manta como si las vecinas que no saludan repartieran croquetas por la cara todos los días de la semana.
Yo no reparto nada. Yo inventario. Llevo toda la vida sabiendo dónde está cada cosa que doy y qué me cuesta exactamente darla, anotándolo en la columna correspondiente, y acababa de regalar una croqueta como quien tira una moneda a una fuente: sin esperar nada, sin pedir un deseo siquiera, sin saber que la tiraba hasta que la vi caer.
Lo intenté archivar. No había carpeta. Empezaba a haber demasiadas cosas sin carpeta, y una mujer sin carpetas es una mujer a la intemperie, y yo llevo doce años construyendo un sitio donde no llueva.
Lo que terminó de irse al garete fue la intervención de los animales, que ahora sé que estaba premeditada, porque me lo confirmó el gato después con la mirada, esa mirada suya de director de orquesta satisfecho.
Brioche, debajo de la mesa, descubrió que mi pie, dentro de un zapato de cuatrocientos euros, era el juguete más fascinante jamás inventado por la humanidad, y se dedicó a comunicármelo con el hocico.
Y Nerón, desde el palco, decidió que ya estaba bien de palco, que un emperador no asiste a la historia desde un transportín, salió, cruzó la mesa por encima de las dos copas que no nos íbamos a beber —tirando una, naturalmente, la mía, la roja, sobre el mantel blanco— y se sentó en el centro mismo de la mesa, sobre la tarjeta del «momento orgánico», a lavarse una pata con la parsimonia de un emperador en sus termas privadas, ajeno por completo al desastre logístico que acababa de provocar.
La cámara de Bond lo grabó todo: la copa cayendo a cámara lenta, la mancha roja extendiéndose, mi cara de horror profesional convirtiéndose, en directo, en algo que no controlé ni quise controlar, Bruno intentando rescatar al gato del centro de la mesa y siendo rechazado con un zarpazo digno y sin sangre, y los dos, al final, riéndonos.
Por fin. Sin guion, sin paréntesis, sin nada orgánico apuntado en ninguna tarjeta, porque resultó —y esto debería habérmelo enseñado la vida antes que un golden retriever y un gato gordo— que lo orgánico, cuando es de verdad, no se puede apuntar antes. Solo se puede dejar pasar.
Fue el mejor contenido de toda la campaña.
Lo subieron esa noche y rompió los registros anteriores.
Y, por una vez en doce años, no me molestó tener razón sobre que lo mío, lo planificado, no funcionaba.
Estaba demasiado ocupada secándome una lágrima de risa con una servilleta de tela que olía a vino tinto.
Víctor llegó con los cafés, que es como llega Víctor a todos los sitios: cuando ya está la mesa puesta por otros y solo queda sentarse a disfrutarla.
—Pasaba —dijo, lo cual es mentira, porque Víctor no pasa por ningún sitio; Víctor calcula, decide dónde le conviene haber pasado, y luego aparece allí con cara de casualidad—.
Y veo que la campaña va sola. Mírate. La reina de la contención sembrando ternura por una terraza. Si te viera la gente que te contrata.
Cogió una silla de otra mesa sin pedírsela a nadie y se sentó con nosotros, igual de fácil que entra en mi despacho sin llamar.
Le dio a Bruno una palmada en el hombro, lo llamó «el alma de todo esto» con una sonrisa que convertía la palabra «alma» en la palabra «decorado», y a partir de ahí empezó a hablarme solo a mí, en nuestro idioma, el de las cifras y los movimientos y los favores, dejando a Bruno fuera de la conversación con la cortesía exacta y calculada con que se deja fuera a alguien precisamente para que se note que se le deja fuera.
—¿Cómo va lo de tu gurú? —me preguntó, removiendo un café que no necesitaba removerse—. Salvatierra. Me ha llegado que hay segundo asalto.
—Está controlado.
—Está controlado —repitió, con una sonrisa—.
Greta, cariño, lo de Salvatierra no se controla, se aplaza.
Hay una diferencia y tú la conoces mejor que nadie.
—Bebió—. Si necesitas que desaparezca del todo, ya sabes.
Yo tengo manos para eso. Manos que tú no quieres tener, pero que a veces hacen falta.
—Cuando necesite tus manos, te llamo.
—Siempre acabas llamando. —Lo dijo sin maldad, casi con cariño, que es lo que lo hacía espantoso—.
Tú y yo somos iguales, Greta. Por eso me caes bien y por eso me das un poco de miedo.
Vemos el tablero. Los demás ven la partida; nosotros vemos el tablero entero, las piezas, las casillas, las tres jugadas siguientes.
—Miró a Bruno un instante, lo justo para incluirlo, sin nombrarlo, en la categoría de «los demás»—.
Es agotador, ¿verdad? Ser de los que ven el tablero. Pero es lo que somos. No se elige.
Hace tres años, esa frase me habría parecido un cumplido.
La habría guardado. Esa noche me sonó a sentencia judicial, y por primera vez en mi vida adulta me pregunté si quería pasar el resto de mis días en una mesa llena de gente que ve el tablero, todos calculando las tres jugadas siguientes, nadie, jamás, dejándole a nadie la última croqueta en el plato sin cobrarla.
Miré a Bruno, para ver cómo encajaba que lo dejaran fuera de su propia mesa.
No lo encajaba bien. La sonrisa seguía ahí —su sonrisa lo aguanta todo, es lo primero que aprendí de él y lo que más me costó creerme—, pero por debajo se le había torcido algo, una grieta fina, la misma que se le tuerce cuando dice que todo va bien y le tiembla la voz en la última palabra.
Estaba celoso. De Víctor. Por mí. Y lo absurdo, lo que me dejó sin guion otra vez, no fue que él estuviera celoso —eso casi me halagó, soy humana debajo del hielo—.
Fue que a mí me importara que lo estuviera.
Que se me revolviera algo por dentro al verle la grieta, unas ganas raras, nuevas, alarmantes, de cruzar la mesa y taparle yo la grieta a él para variar, de decirle que Víctor no era nadie, que el tablero no era nadie, que la mesa de verdad era la suya, la de la protectora, la de las croquetas recalentadas.