Capítulo 8 — A la gente que se enfada para no romperse no se la señala #2
Y se encargó. La vi cruzar el patio hacia Pombo con otra cara, una cara que yo no le conocía y que me dejó un poco frío de lo bien que le salía: cálida, atenta, abierta, una cara de campaña, de las que ella debe de tener archivadas por situaciones.
Le tendió la mano, se presentó, y le dijo que justo lo estaba buscando, que necesitaban a alguien del vecindario con criterio y con memoria para una cosa importante, que se notaba a la legua que él conocía el barrio mejor que nadie de los que estábamos allí.
Y Pombo, que había venido a destruirnos con un móvil de gama media, en cuatro minutos estaba enseñándole a Greta fotos antiguas de cuando la calle era otra calle, hinchado, importante, escuchado quizá por primera vez en años, guardándose el móvil en el bolsillo sin darse ni cuenta de que se lo guardaba, desarmado por la única cosa que de verdad había venido a buscar y que no era una denuncia: que alguien le hiciera caso.
No sé qué le dijo exactamente. Sé que cuando terminó, Pombo se despidió de mí con un gesto de cabeza casi cordial, casi de tregua, y se fue sin sus pruebas y con la promesa de traer más fotos otro día.
Y que Greta volvió a mi lado quitándose la cara de campaña como quien se quita unos guantes de trabajo, dedo a dedo, y guardándola en el mismo sitio donde guarda todo lo que usa y no siente.
—No le he resuelto la denuncia —dijo, bajito, mirando todavía hacia donde se iba Pombo—.
Eso sigue ahí, que quede claro, no te vendas humo.
Solo le he quitado la gana de grabar hoy y le he comprado tiempo.
Lo otro hay que mirarlo en serio, con un abogado, porque ese hombre va a por todas y tú haces como que no pasa nada, que es justo lo que no hay que hacer con un Pombo.
—Yo no hago como que no.
—Bruno. —Me miró, y dejó de mirar hacia Pombo para mirarme a mí, que era peor—.
Te tiembla la voz cuando dices que todo va bien.
Una nota, al final, como si la frase no se sostuviera sola.
Es tu única grieta visible. Llevo dos semanas oyéndotela.
Deberías saberlo, por si algún día quieres mentirme en serio sobre algo que importe.
No supe qué contestar a eso. Nadie me había mirado la grieta de frente en mucho tiempo, años, desde que mi padre, y mi padre ya no.
La gente ve la sonrisa y se queda tranquila, que para eso está la sonrisa, para tranquilizar a la gente y que me dejen en paz con lo mío.
Y aquí estaba esta mujer de hielo que ni siquiera me caía bien hacía tres semanas, leyéndome por debajo de la sonrisa con la misma facilidad con la que yo le leía a ella las listas, y por un momento estuvimos los dos ahí parados en mitad del patio, cada uno con el plano del otro abierto en la mano, sin decir nada, demasiado cerca para lo poco que éramos el uno del otro sobre el papel firmado.
Lo que nos salvó —o lo que lo estropeó, según el día y según a quién se lo preguntes— fue el Notario.
Un hombre mayor llevaba un buen rato delante del terrario del galápago.
Solo. Lo había visto entrar al principio de la mañana, despacio, con un abrigo demasiado grueso para el día que hacía, mirando los perros con una cortesía triste, como quien busca compañía de verdad pero no se atreve a tanto, no se cree con derecho.
Se había parado en el galápago, el que nadie quería, y llevaba veinte minutos en cuclillas, hablándole bajito, con las rodillas que seguro le protestaban.
—¿Cuánto tiempo viven? —me preguntó cuando me acerqué, sin levantarse.
—Mucho —dije—. Muchísimo. Más que nosotros, casi seguro, si los cuidas. Por eso no se lo lleva nadie, fíjese. La gente quiere perros, que duran lo justo para que duela pero no tanto. Un galápago es un compromiso de los gordos. Da miedo querer algo que igual te entierra.
—Mi mujer murió en marzo —dijo, sin dramatismo ninguno, como quien da el dato de la temperatura—.
Cuarenta y un años. Y a mí me da más miedo lo contrario, ¿sabe?
Querer algo que se me vaya antes. No creo que aguante enterrar otra cosa.
—Miró al Notario, que lo miró a él con esa lentitud suya de quien tiene todo el tiempo del mundo y de repente, después de año y medio en un terrario, alguien con quien gastarlo—.
¿Me lo puedo llevar? Como vive tanto… a lo mejor me entierra él a mí.
Y así, mire, ya no me llevo a nadie por delante.
Me parece lo más justo que puedo hacer a estas alturas: buscarme una compañía que me gane.
Le di al Notario en una caja con agujeros, una lámpara de calor que nos sobraba y la mitad del papeleo sin cobrar, y la otra mitad la rompí cuando se fue.
El hombre se marchó despacio, con su galápago de año y medio que no había querido nunca nadie, hablándole por el camino, contándole ya cosas, y yo me quedé en la puerta viéndolos irse calle abajo con un nudo en la garganta que no tocaba a esa hora de la mañana.
Cuando me giré, Greta estaba a mi lado, mirándolos marcharse también. Y se había puesto la mano en la boca otra vez, como en el rodaje, pero esta vez no era para esconder una risa. Esta vez era para sujetarse algo.
—No digas nada —dijo, antes de que yo dijera nada.
—No digo nada.
—Es que ese hombre se acaba de buscar una compañía a propósito para que le sobreviva, para que el último duelo lo haga el bicho y no él. —Tragó—. Eso es lo más triste y lo más sensato que he oído en mi vida y no sé qué hacer con las dos cosas a la vez.
—No hay que hacer nada con ellas. Solo dejarlas estar. A veces las cosas son tristes y sensatas y ya, y uno se queda quieto al lado.
Me miró cuando dije eso. Y estábamos cerca.
Otra vez. Más. Ella había bajado la mano de la boca y yo le miraba el sitio donde había estado la mano, y el patio entero se había puesto muy lejos de repente, todo el ruido de las familias y el bizcocho de doña Encarna y los catorce perros y los adolescentes con Nerón, todo a kilómetros, en otra ciudad, y yo me incliné un poco, no sé si mucho, lo suficiente para enterarme de que me estaba inclinando, que es cuando ya es tarde para fingir que no.
—¡Bruno! —Iris, desde la puerta del despacho, con una carpeta en la mano y una voz que llegó más alta de lo que la distancia pedía—. ¡Los del galápago, que falta una firma!
Y fui. Como un perro al que llaman por su nombre, fui.
Le dije «ahora vuelvo» a Greta y crucé el patio a firmar un papel que podía haber esperado perfectamente, contento sin saber por qué de tener algo útil que hacer, porque ser útil es lo único que sé hacer cuando no entiendo qué está pasando dentro de mí, y solo cuando ya tenía el boli en la mano, delante de Iris, caí en lo que acababa de dejar a medias en mitad del patio.
Levanté la vista. Iris me miraba. No miraba el papel.
Me miraba a mí, con una cara que lo entendía todo, que llevaba la mañana entendiéndolo todo, y que había cruzado el patio con una excusa de papeleo exactamente para esto, para llamarme antes, y las dos sabíamos —porque yo, por una vez, lo supe— que no había ninguna firma que faltara.
—Gracias —dijo en voz baja, y no sé si me daba las gracias a mí o se las daba a sí misma por haber llegado a tiempo de pararlo.
Firmé donde me señalaba el dedo, que no señalaba ningún hueco vacío.
Me giré. Greta había vuelto a su sitio en el banco.
La espalda recta, la libreta fuera, la cara de campaña guardada y la otra puesta, la de siempre, la de mujer que tiene todo apuntado y nada sentido. Como si no hubiera pasado nada.
Para ella tampoco había pasado nada, supuse. O eso quise suponer, que es distinto, que es lo que uno se cuenta para poder seguir firmando papeles donde le señalan.
Soy muy bueno firmando donde me señalan. Es, cada vez lo tengo más claro, la cosa que mejor se me da en esta vida y la que más cara me va a salir.