Capítulo 8 — A la gente que se enfada para no romperse no se la señala
(Bruno)
Greta hacía listas. Listas de todo. Una para la campaña, una para el gato, una para las cosas que el gato no debía hacer, y, sospechaba yo, una lista de las listas por si alguna se perdía y había que reponerla.
Las escribía con una letra pequeña y recta que no se permitía ni un temblor, en una libreta de tapas duras que abría y cerraba con un chasquido seco, como quien echa una llave.
Yo, que llevo media vida leyendo a bichos que no hablan —que es la única lectura en la que soy bueno—, tardé poco en entender que las listas de Greta no eran de orden.
Eran de miedo. Quien lo apunta todo es porque una vez se le escapó algo de las manos sin avisar, algo que importaba, y juró delante de sí mismo que no le volvía a pasar mientras pudiera apuntarlo.
Lo entendí del todo una tarde en la furgoneta, volviendo de grabar no sé qué tontería para Bond —un plano de Brioche con un pañuelo de la marca que Brioche se comió en cuanto el cámara apartó la vista—, cuando la vi tachar tareas de la libreta con una concentración de cirujana y caer dormida a media frase, con el boli todavía en la mano, en el asiento del copiloto.
Cuatro minutos exactos. Los conté en el reloj del salpicadero porque no me atrevía a moverme por no despertarla, y porque dormida se le iba la cara seria y se le quedaba otra debajo, una más joven, más cansada, sin la coraza puesta, y me pareció que estaba viendo algo que ella no enseñaba a propósito y que no me correspondía estar viendo.
Se despertó de golpe, miró el reloj, y se disculpó por haber «perdido el tiempo».
Como si dormir cuatro minutos fuera un robo que le hacía a alguien.
—No has perdido nada —dije—. Estabas cansada.
—Estoy perfectamente.
Lo dijo con los ojos a medio cerrar todavía, y tenía unas ojeras que se le habían instalado de okupas, sin contrato, y la mano del boli le temblaba un poco, lo justo, lo que tiembla la mano de la gente que lleva tres cafés y ningún plato de comida de verdad en todo el día.
Podía habérselo dicho. Podía haberle dicho «estás agotada, no estás perfectamente, llevas semanas sin comer como Dios manda y duermes con la luz del pasillo encendida, que se te ve por la rendija desde mi rellano cuando bajo a tirar la basura».
Pero a la gente que se enfada para no romperse no se la señala.
Se la acompaña de lado, como a los gatos.
Eso me lo enseñó mi padre con los animales, sin palabras, solo dejándome verlo hacerlo mil veces, y resulta que también vale con las personas, que en el fondo somos animales con peores modales y más vergüenza.
Así que no dije nada de eso. Conduje despacio para que durmiera un poco más antes de llegar, lo cual fue inútil porque ya no se durmió, pero lo intenté.
Y al día siguiente, cuando vino a la protectora para lo del contenido, le había dejado en el banco —el suyo, el de Chochez, que ya era el suyo sin que nadie lo hubiera decidido— un bocadillo de tortilla envuelto en papel de plata y un termo de café con leche.
Sin nota. No soy de notas. Las notas obligan a la otra persona a darte las gracias, y las gracias son una factura pequeña, y yo no quería cobrarle nada, quería que comiera.
Lo encontró. Lo miró como se mira algo que no estaba en ninguna lista, algo para lo que no hay columna. Levantó la cabeza, me buscó con la mirada por todo el patio, despacio, y yo me hice el ocupadísimo con un saco de pienso que no necesitaba moverse de donde estaba.
No me dio las gracias. Pero se lo comió entero, despacio, sentada al lado de un gato viejo que no la miraba, los dos de cara a la pared como dos sospechosos en una redada esperando a que les lean los cargos.
Y cuando terminó, dobló el papel de plata en un cuadrado pequeño y perfecto, milimétrico, con la misma precisión con la que hacía todo, y en lugar de tirarlo se lo guardó en el bolsillo del abrigo.
Yo seguí moviendo el saco de pienso de un lado para otro como un imbécil, de la pared a la puerta y de la puerta a la pared, porque no se me ocurría qué hacer con lo que acababa de ver, que era una mujer que lo controla todo guardándose un papel de plata arrugado en el bolsillo como quien guarda algo que no sabe cómo nombrar y no se atreve a tirar.
Iris me pilló mirándola.
—Es maja —dijo, sin que sonara del todo a que lo pensara—. La del gato.
—¿Greta? Sí. Bueno. Maja es una palabra grande para ella.
Es… —Me quedé buscando la palabra justa, que con Greta siempre hay que buscarla—.
Es justa. Es muy justa con todo. Te corrige el felpudo y resulta que tenía razón, que estaba torcido.
Una se pasa la vida pensando que tiene el felpudo bien y llega ella y no.
—Te corrige el felpudo. —Iris dejó la jeringa de Chochez en la bandeja con más cuidado del que hacía falta, un cuidado que hacía ruido—. Qué romántico, oye.
Lo dijo de broma, y me reí, porque venía de broma, pero había algo debajo que se me quedó cruzado, como cuando un perro mueve el rabo y gruñe a la vez y tú tardas un segundo de más en entender cuál de las dos cosas va en serio y para entonces ya te ha mordido.
—Oye —dije—. ¿Estás bien? Llevas unos días…
—Estoy bien. —Cogió la siguiente ficha, la de un cachorro que ni siquiera tocaba esa tarde—. Bruno. Una cosa. Lo vuestro es de mentira, ¿no? Lo de los vídeos.
—Es de mentira. Contractual. Ya te lo dije. Hay una cláusula y todo, firmada, con sello.
—Ya. La cláusula. —Pasó la ficha sin leerla, solo por tener las manos en algo, igual que yo con el saco—. Es que para ser de mentira le guardas el papel de plata del bocadillo.
—Lo guarda ella, no yo.
—Ya.
Y ese «ya» pesaba tres kilos. Se fue a darle lo suyo al Notario antes de que pudiera contestarle, y yo me quedé con la sensación de que habíamos tenido una conversación entera por debajo de la que habíamos tenido por encima, y de que en la de debajo yo había confesado algo importante sin enterarme de qué, que es lo que me pasa siempre con Iris últimamente: hablamos en dos pisos a la vez y yo solo vivo en uno, el de arriba, el de la luz, y ella me habla desde el de abajo y yo le contesto a gritos cosas del tiempo.
Debería haber bajado al otro piso. Lo sé contándolo.
En el momento no supe ni que había escalera.
Llevo años siendo el primero en darme cuenta de lo que necesita todo el mundo —el perro que va a vomitar antes de que vomite, el voluntario que va a dejarlo dos semanas antes de que lo deje, el vecino que pone una denuncia porque en realidad lo que tiene es que se le ha muerto la mujer y no sabe a quién hablarle—, y resulta que lo único que no veo venir, lo único, es cuando alguien me quiere a mí.
Será que no entra en el cálculo. Será que, si lo que vales es lo que das, no se te ocurre nunca que alguien pueda querer quedarse con la parte tuya que no sirve para dar, la parte rota, la que guardas en una caja sin abrir.
La jornada de puertas abiertas era idea de Iris de hacía meses, anterior a Bond, anterior a todo, y la mantuvimos porque cancelarla habría sido reconocer que las cosas iban mal, y yo no reconozco que las cosas van mal ni bajo tortura, ni a Iris, ni a Greta, ni a mí mismo delante del espejo por las mañanas.
Vino medio barrio. Vino doña Encarna con bizcocho para cien personas y conversación para mil, y se dedicó a presentarme a todo el mundo como «el del refugio, el novio de la del cuarto, el de los vídeos», acumulando títulos que yo no había validado pero que ya no había forma de retirar de circulación.
Vinieron familias con niños, que es lo que más me gusta y lo que más miedo me da, porque un niño que se enamora de un perro en una hora es una adopción o un drama, y nunca sabes cuál hasta que los padres ponen la cara.
Vinieron un par de adolescentes a hacerse fotos con Nerón, que Greta había traído por contrato y que soportó a su público encaramado a una mesa con la cara de una estrella de cine obligada a firmar autógrafos en la inauguración de un centro comercial de provincias.
Y vino el señor Pombo. Con el móvil en alto. Grabando.
—Pruebas —le oí decirle a una vecina, sin bajar el móvil—. Estoy recogiendo pruebas. Esto no tiene licencia para aglomeraciones. Y los perros sueltos, mira. Mira ese perro suelto. Eso es un riesgo. Como muerda a un niño, ya verás tú las risas.
El perro suelto era Tarta, que corría en diagonal repartiendo felicidad y no había mordido nada en su vida salvo una pelota, y Pombo la seguía con la cámara como si estuviera documentando la escena de un crimen, buscando el plano que le diera la razón ante el ayuntamiento, porque Pombo lleva años queriendo que alguien le dé la razón en algo, en lo que sea, y ha decidido que ese algo seamos nosotros.
Sentí cómo me subía la mañana entera por la garganta —el burofax, la fecha doblada en el bolsillo, la denuncia anterior que seguía en un cajón del ayuntamiento, el «da para respirar» que le había dicho a Iris y que era mentira— y supe, con una claridad rara en mí, que si abría la boca le iba a decir a Pombo algo verdadero y furioso que nos iba a costar la licencia de verdad, esta vez sí.
Greta me puso una mano en el brazo. Solo eso. Una mano, dos segundos.
—Yo me encargo —dijo.