Capítulo 7 — El día que mi cara empezó a tener apellido #2
Me reí. Bajito. Y por un momento, en aquel local a oscuras que olía a lejía y a animal salvado por los pelos, con un café malo en la mano y un gato viejo que me toleraba, no me acordé del bufete, ni de Víctor, ni de mi cara, ni del apellido en el comentario.
No me acordé de que tenía un lo tuyo . Me acordé, en cambio, de que aquel sitio contaba los días, y de que él lo sabía y sonreía igual, y de que esa sonrisa, que aguantaba todo, me dolió de pronto más que cualquier cosa que me hubieran dicho en todo el día en un despacho con vistas.
Bruno me escribió a las ocho del día siguiente. No para nada de la campaña. Me escribió: «el galápago nuevo ha comido solo por primera vez. pancho. te lo cuento porque no sé a quién más le va a importar esto a las ocho de la tarde un martes.»
Y ahí estaba el problema entero de mi vida, resumido en un mensaje sobre un galápago.
Porque a mí me importó. Me importó que un galápago de mes y medio hubiera comido solo.
Me importó tanto que dejé el informe del bufete a medias —yo, que no dejo nada a medias, que abro los sobres con abrecartas para no romperlos— y me quedé mirando el mensaje como había mirado el vídeo aquella primera noche, demasiadas veces, hasta que dejé de leer las palabras y empecé a leer lo otro, lo de debajo.
«no sé a quién más le va a importar esto.
» A él tampoco le importaba a nadie. Esa era la frase de verdad.
Un hombre que se pasa la vida pendiente de lo que necesita todo el mundo, a las ocho de la tarde de un martes, no tenía a quién contarle que un bicho había comido.
Y me había elegido a mí. A mí, que cobro por que no me importe nada, que tengo una coraza intacta, un despacho con vistas, una cara que de repente vale demasiado y un cliente que pospone reuniones por "lo mío".
Le contesté. Tardé lo que se tarda en escribir tres versiones y borrar dos.
La primera era profesional —"buena noticia, nos viene bien para contenido"—, falsa, de campaña; la borré.
La segunda decía cosas que no se dicen por un galápago; la borré también.
La tercera, la que mandé, decía: «menudo crack pancho.
dale una de mi parte. a escondidas, que el contractual no se entere. »
Era una broma tonta. Era, también, la cosa más sincera que había escrito en todo el día, más que la minuta del bufete, más que el comunicado de Salvatierra, más que cualquier frase de las que cobro a seis cifras.
Le había dejado entrar una broma. Una broma es una grieta.
Las grietas, en mi profesión, son por donde se cuela la verdad, y la verdad, ya lo he dicho, no protege a nadie.
Me contestó con una foto del galápago y un «pancho dice que eres su humana favorita después de mí. no se lo digas a nerón.»
Me reí. Sola. En mi despacho. A las ocho y media de la tarde, con el informe a medias, la pestaña de Salvatierra cerrada y un cliente menos por culpa de un vídeo, me reí sola por un mensaje sobre un galápago.
Y entonces lo vi claro, con la claridad fría con la que veo los problemas de los demás cuando por fin se vuelven míos.
No es que el vídeo se me estuviera escapando de las manos.
Los vídeos se controlan; sé controlarlos.
Es que yo no quería controlarlo. Estaba pagando el precio más caro de mi carrera —la cara, el nombre, el apellido en un comentario que nadie quita— y lo estaba pagando a gusto, a cambio de croquetas, de papeles de plata, de fotos de galápagos a las ocho de la tarde, de un local a oscuras que contaba los días.
Estaba comprando algo. Por primera vez en seis años estaba comprando algo en lugar de cobrar por no necesitar nada, y lo pagaba con lo único de valor que tengo, que es mi invisibilidad.
Eso me asustó muchísimo más que el bufete.
El bufete era un riesgo profesional, y los riesgos profesionales los sé provisionar, tengo una columna para cada uno.
Esto no tenía columna. Esto era una mujer de treinta y muchos que llevaba media vida a salvo detrás de una cámara y que había empezado, sin avisarse a sí misma, a querer salir delante.
A querer que la vieran. A querer, Dios me perdone, que la vieran con él.
Nerón, en casa, me esperaba sentado encima del mando, como siempre.
Lo aparté. Volvió. Me senté en el sofá sin quitarme el abrigo —el del papel de plata en el bolsillo— y me quedé a oscuras un rato, sin encender ni la tele ni las luces, cosa que no hago, porque a oscuras y quieta es cuando vienen las cosas que tengo apuntadas precisamente para no tener que pensarlas.
Y la que vino esa noche fue muy sencilla y me dejó sin aire: que llevaba seis años protegiéndome de que me hicieran daño, con tanto éxito que también me había protegido de que me pasara nada bueno.
Que la coraza funciona en las dos direcciones, como todas las corazas.
Que mi cara, por fin, empezaba a tener apellido, y que la parte de mí que debería estar aterrada lo estaba, sí, pero que había otra parte, una nueva, una que llevaba el apellido de mi hermana, que por primera vez en mucho tiempo no quería esconderse.
—No me mires así —le dije a Nerón, en la oscuridad—. Esto es culpa tuya. Tú empezaste. Tú y tu perro.
Nerón no contestó. Se subió a mi regazo, encima del abrigo, encima del bolsillo del papel de plata, y se quedó, pesado y caliente, ronroneando, con la satisfacción exacta de quien movió una ficha hace semanas y empieza a ver que la partida va por donde él quería.
Sé reconocer a alguien que ha hecho exactamente lo que se proponía. Trabajo con ellos todos los días. Les llevo la cara que no quieren que se vea.
La mía, por lo visto, ya la veía todo el mundo. Y lo peor, lo que no le conté a Mateo ni a Nerón ni a nadie, es que esa noche, por primera vez, no me senté a calcular cómo volver a esconderla.
Me senté a pensar si quería.