Capítulo 7 — El día que mi cara empezó a tener apellido
(Greta)
La reunión era con un bufete. De los serios, de los que tienen el nombre de cuatro muertos en la placa de latón de la entrada y una recepcionista que te ofrece agua en vaso de cristal para medir, mientras la bebes, cuánto vales.
Los habían demandado. Un socio, un correo que no debió escribirse, una cantidad de dinero que no se dice en voz alta ni en los sitios donde se dice todo.
Querían que yo me ocupara de que, pasara lo que pasara en los juzgados, en la prensa no pasara nada.
Es mi especialidad, es cara, y los dos lo sabíamos, así que la conversación empezó bien, en el idioma que entiendo: el de la contención, el daño y el coste, sin una sola palabra de más, que las palabras de más, en una sala así, se cobran.
Hasta que el socio más joven, el que tomaba notas en una libreta cara para que se viera que tomaba notas, levantó la vista, me miró un segundo de más y dijo:
—Perdona. ¿Tú no eres la del vídeo del gato?
El despacho se quedó en silencio. No un silencio grande.
Uno pequeño, de medio segundo, de los que solo notamos los que vivimos de los silencios ajenos.
El socio mayor sonrió, conciliador, listo para reconducir.
El joven se dio cuenta tarde de lo que había soltado y se puso del color de su corbata.
Y yo me oí contestar, con la voz lisa de siempre, la que no tiembla ni cuando debería:
—No.
Mentí. Claro que mentí. Miento de maravilla, es exactamente lo que cobro.
Pero por dentro algo se había movido de su sitio, algo que llevaba doce años atornillado, y era esto: un hombre que me iba a pagar una fortuna por mi discreción acababa de demostrar, sin querer, delante de sus jefes, que yo ya no era discreta.
Que tenía cara. Que la cara tenía un vídeo.
Que el vídeo tenía cuarenta y un mil reproducciones que a esas alturas ya eran muchas más, repartidas por una docena de cuentas que ni controlaba.
—Es que te pareces muchísimo —insistió el chico, que no sabía cuándo callarse, defecto que en su profesión también se paga caro—. A la del gato y el perro. Mi novia está obsesionada con vosotros.
—Me lo dicen mucho —dije—. Será que tengo una cara común.
Mi cara no es común. Mi cara es exactamente el problema.
Llevo doce años cuidando de que mi cara no esté en ningún sitio, de ser la mano que mueve la ficha y no la ficha que sale en la foto, porque una gestora de crisis con cara es como un cerrajero cuya foto sale en el periódico al lado de la palabra "robo": ha dejado, por definición, de servir para lo suyo.
Cerramos el encargo. Lo cerré bien, con su minuta y su calendario.
Pero al salir, el socio mayor me acompañó hasta el ascensor —cortesía que no le había pedido y que nunca es cortesía— y, mientras esperábamos viendo bajar los números, dijo, en ese tono ligero que usa la gente importante para decir lo único importante de la tarde:
—Oye, Greta. Lo del vídeo. No es asunto mío. —Lo cual significa que era exactamente su asunto—. Pero en nuestro mundo, ya sabes, la discreción lo es todo. Os contratamos porque nadie sabe quién eres. Sería una pena que eso… cambiara. Por un gato.
—No va a cambiar.
—Seguro que no. —Sonrió. Llegó el ascensor—. Cuídate esa cara.
Eran casi las mismas palabras de Víctor.
Cuida esa cara. Dos hombres distintos, en dos despachos distintos, en dos semanas, diciéndome lo mismo con la misma sonrisa de hombre que sostiene la puerta: que mi valor entero dependía de no existir, y que había empezado a existir, y que eso, en mi oficio, es la primera línea de la esquela.
Bajé en el ascensor sola, mirándome en el espejo del fondo, que es lo que hay en los ascensores de los bufetes serios: espejos para que la gente se recoloque la coraza antes de salir al mundo.
Me recoloqué la coraza. Estaba intacta. El problema no era la coraza.
El problema era que, por primera vez en doce años, no me había dolido del todo que me reconocieran. Y eso sí que daba miedo.
—Te han reconocido —dijo Mateo, cuando se lo conté, y no era una pregunta.
—Un becario de bufete. No es nada.
—Greta. —Dejó el boli, que en Mateo es lo que en otros es levantarse y cerrar la puerta con llave—.
Llevo dos semanas recibiendo llamadas raras.
Un cliente ha preguntado si "seguimos siendo tan discretos como antes".
Otro ha pospuesto una reunión "hasta que se calme lo tuyo".
Lo tuyo. Así lo llaman ya. Tienes un lo tuyo , que es lo que tienen los clientes, no los que gestionamos a los clientes.
—Se les pasará. El vídeo se enfría. Todo se enfría.
—El vídeo se enfría —concedió—. Pero ahora hacen vídeos nuevos cada semana.
Y sales tú. Con nombre. Alguien te puso el apellido en un comentario hace tres días y nadie lo ha quitado, y ya hay quien te lo repite, y un apellido repetido es un apellido que se queda.
—Me miró—. Eres tendencia, Greta. Es lo peor que le puede pasar a alguien de los nuestros, te está pasando en directo, y lo más raro de todo, lo que no me cuadra, es que no pareces estar haciendo nada por evitarlo.
Tú, que evitas hasta los charcos cruzando la calle.
Tenía razón, y eso era lo insoportable de Mateo: que casi siempre la tiene y nunca la cobra.
No estaba haciendo nada por evitarlo. Podía.
Sé exactamente cómo se mata un fenómeno viral —se deja de alimentar, se rompe el patrón, se cambia de cuenta, se aburre al algoritmo, lo he hecho por clientes con los ojos cerrados—.
Y no lo estaba apagando. Estaba yendo a un rodaje detrás de otro, poniéndome una croqueta de menos en el plato para dejársela a él, guardándome un papel de plata doblado en el bolsillo del abrigo como una adolescente.
—¿Sabes lo que pasa? —dijo Mateo, más bajo, dejando el tono de oficina en la mesa—.
Que cuando empezamos, hace cuatro años, me dijiste una cosa.
Me dijiste: "Nosotros no salimos en la foto, Mateo.
El que sale en la foto, paga la foto." La apunté.
Me pareció lo más listo que había oído nunca.
—Cogió su chaqueta—. Y llevas dos semanas saliendo en la foto con una sonrisa que no te había visto en cuatro años.
Solo te lo recuerdo. Por si se te ha olvidado quién paga la foto.
Se fue. Sin portazo, Mateo no da portazos, dejándome la frase encima de la mesa como se deja una factura: sin urgencia aparente y con fecha de vencimiento.
Lo de Salvatierra, además, seguía creciendo en una pestaña que no cerraba.
El segundo becario había dado una entrevista.
Aparecía la palabra "patrón". Cuando aparece "patrón" en una crisis ya no es una crisis, es una biografía, y las biografías no se gestionan, se sufren.
Tendría que decidir algo sobre el gurú, y pronto, y la decisión iba a tener que ver con cuánto estaba dispuesta a seguir enterrando por un hombre que me pagaba bien y me caía mal, justo en la temporada en que había empezado a sospechar que enterrar verdades igual no era tan limpio como yo lo cobraba.
Pero esa tarde no decidí nada de Salvatierra. Cerré la pestaña. Cosa que tampoco hago.
Y luego, en lugar de irme a casa a provisionar el desastre como manda mi manual, hice algo que no estaba en ninguna lista: cogí el coche y fui a la protectora.
Me dije que era por la campaña. Que había que revisar la localización del próximo rodaje, cuadrar un calendario, cosas de trabajo, cosas con columna.
Mentí, y esta vez me mentí a mí, que es la modalidad más cara.
Fui porque me habían dicho dos veces en dos semanas que cuidara mi cara, porque tenía un lo tuyo , porque un becario me había puesto nombre, y porque el único sitio del mundo donde nadie me miraba como a un activo en riesgo era un local que olía a lejía y a perro, donde un hombre me dejaba la última croqueta sin cobrarla.
Bruno estaba cerrando, ya de noche. Las luces medio apagadas, los animales en su sitio, ese silencio bueno que tienen los sitios cuando los bichos por fin duermen. No le dije por qué había venido. No tenía un porqué que cupiera en una frase decente.
—¿Pasa algo? —preguntó. Y lo preguntó de verdad, mirándome, como pregunta él, no por rellenar.
—Vengo a revisar la localización.
—Son las nueve y media.
—Soy muy trabajadora.
—Ya. —No insistió. Cogió dos cafés de la máquina mala, me tendió uno sin preguntarme si lo quería, que era exactamente lo que necesitaba, que no me preguntaran—. Pues revísala. Yo termino con Chochez y nos vamos.
Y mientras él le daba lo suyo a Chochez, yo me senté en el banco —el mío, el de espaldas al armario— y, sin querer, conté.
Las jaulas. Los comederos. La caldera vieja con una etiqueta de revisión caducada.
La grieta de la pared del fondo que no era estética, que era estructural.
La pila de facturas en la mesa del despacho, demasiado alta para un sitio que va bien, mal tapada con un calendario de los que regalan en las farmacias.
Hice el cálculo que hago sin querer, el automático, y el número que me salió no era de un sitio que respira.
Era de un sitio que aguanta la respiración. Que cuenta los días.
No dije nada. No era asunto mío cuántos días. Pero lo archivé, esta vez en una carpeta nueva, una que no sabía que tenía, una que no era de trabajo.
—Ya está —dijo Bruno, volviendo, secándose las manos en los vaqueros—. Chochez te manda recuerdos. Bueno, miente: Chochez no manda recuerdos a nadie. Pero ha bajado del armario contigo aquí, que para él es escribir una carta.