Capítulo 6 — Fingir en directo delante de medio barrio #2
Y Greta las gestionaba. Claro que las gestionaba, es literalmente su oficio, desactivar a la gente.
Las desarmaba una a una con frases corteses y heladas sin que se le moviera un milímetro la sonrisa de campaña.
Profesional. Impecable. Pero yo, que a la gente no la sé leer pero a ella ya empezaba, le vi una cosa que no salía en cámara.
Tenía la mano izquierda, la de fuera de plano, cerrada en un puño pequeño y blanco encima de la rodilla.
Apretado. Los nudillos tirantes. La sonrisa de arriba decía "todo bajo control, qué simpático el señor" y el puño de abajo decía otra cosa muy distinta, y yo, por una vez en mi vida, miré el puño y no la sonrisa.
No lo pensé. Esa es la verdad y no me enorgullece, porque pensar es justo lo que no hago en los dos o tres momentos al año en que importa pensar.
Me levanté de mi silla. Crucé el metro de tarima que nos separaba.
Me senté en el brazo de su silla, le pasé el brazo por los hombros con toda la naturalidad del mundo —como si lleváramos años, como si el gesto fuera viejo y mío y de los dos—, y le dije al tipo, sonriendo yo también, porque mi sonrisa también sirve para esto, para poner paredes con buenos modales:
—Oye, majo, que las preguntas son para los dos, ¿eh? Que aquí somos un pack. Lo pone en el contrato y todo. —Y, girándome hacia ella, bajando la voz, pero no tanto que no se oyera, porque quería que se oyera—: ¿Estás bien?
Se lo pregunté de verdad. En mitad del directo, delante del numerito que no paraba de subir, delante del barrio entero y de doña Encarna a punto de desmayarse de gusto, se me olvidó que era de mentira y se lo pregunté de verdad.
Igual que aquella primera noche en el portal se me olvidó preguntarle lo que tocaba porque le vi las ojeras y pensé que a lo mejor no se lo preguntaba nadie nunca.
Misma avería. Me sale la verdad en el peor momento posible, que para mí es cualquier momento con cámara.
Y ella, que tenía el puño apretado y la sonrisa puesta, me miró.
Y por un segundo —uno entero, no medio— se le cayeron las dos cosas a la vez: el puño se le abrió y la sonrisa de campaña se le fue, y debajo no había ni hielo ni estrategia ni narrativa controlada.
Había una mujer cansada a la que un desconocido con camisa cara le estaba faltando al respeto en público, y a la que, por una vez, alguien le preguntaba si estaba bien antes de gestionarlo por ella, en lugar de después.
—Ahora sí —dijo, bajito. Para mí. No para la cámara, aunque la cámara lo cogió igual.
El numerito de la esquina se volvió loco esa noche.
Lo de "¿estás bien?", recortado, sin contexto, con los corazones rosas de rigor encima y la canción de rigor debajo, fue el vídeo más visto de toda la campaña hasta la fecha, superó al del barro y al de la copa volcada.
La gente decía en los comentarios que éramos "la pareja más real de internet".
Lo decían, los pobres, sin saber que era justo al revés, que era exactamente lo contrario: que el único momento real de toda la tarde fue el que no estaba en ningún guion, el que se me escapó, el que no había pensado, el único que no cobré.
Eso es lo que nadie te cuenta de fingir que quieres a alguien: que es agotador, que te deja sin saliva, y que de vez en cuando, sin avisar, dejas de fingir durante un segundo entero. Y ese segundo es el bueno. Y encima, con mi suerte, sale en directo.
Recogimos al final, cuando la plaza se fue vaciando y Bond desmontó la purpurina y se llevó la cámara y el numerito a contar sus cifras a otra parte.
Iris cargó la furgoneta sin que se lo pidiera, que es como hace ella las cosas.
Doña Encarna se fue del brazo de dos señoras nuevas, narrándoles el noviazgo entero con detalles que no habían pasado.
Pombo se marchó sin decir nada, pero antes le dio una galleta a Tarta a escondidas, creyéndose que no lo veía nadie.
Lo vi yo. No dije nada. Hay redenciones que hay que dejar madurar solas.
El tipo de la camisa cara se había ido hacía rato, sin número y sin colaboración, que es lo justo y lo único justo de la tarde.
Greta y yo nos quedamos los últimos en la plaza medio recogida, con los animales.
Nerón, liberado por fin de la jaula vaquera, se paseaba por la tarima vacía inspeccionando los restos de producto con el desprecio de un inspector de Hacienda que ya ha decidido la multa.
Brioche dormía la mona del exceso de felicidad, redondo y boca arriba, en una esquina, con las cuatro patas al aire, sin una sola preocupación en el mundo, que es como hay que dormir y como no duermo yo.
—No tenías que hacer eso —dijo Greta, sin mirarme, doblando un cable de Bond que no era nuestro y que nadie le había pedido que doblara—. Lo del tipo. Lo tenía controlado.
—Tenías el puño cerrado.
Paró de doblar el cable. Levantó la cabeza.
—¿Me estabas mirando la mano?
—Te estaba mirando entera —dije. Y me salió más verdad de la que tenía pensado poner encima de la tarima, y no supe qué hacer con ella una vez fuera, así que hice lo que hago siempre con lo que siento, que es deflectar y reírme de mí mismo—.
O sea. Estaba pendiente. Por lo del pack.
Somos un pack contractualmente, hay una cláusula, viene en el documento de las trece páginas, apartado no sé cuántos.
—Ya. La cláusula. —Y lo dijo igual que lo dice Iris, con ese "ya" que pesa tres kilos, pero en boca de Greta sonaba distinto.
Sonaba a que el "ya" le hacía gracia. Y a que no quería que se le notara que le hacía gracia, y a que sabía que yo notaba que no quería que se notara, que es donde estábamos los dos ya, en ese sitio agotador y maravilloso.
Terminó de doblar el cable. Lo dejó perfecto, enrollado en ocho, en su sitio, porque hasta los cables ajenos los deja ella en su sitio.
Y entonces, sin avisar, sin que viniera a cuento de nada, sin una sola cámara delante por primera vez en toda la tarde, alargó la mano hacia un plato de producto que Bond había abandonado en la tarima —croquetas de muestra, de perro, incomestibles para un humano—, cogió una, y me la puso en la mano.
Una croqueta de pienso. Para perros. En la palma de la mano.
No me miró al hacerlo. Siguió recogiendo, fingiendo que recogía.
Como si no hubiera pasado nada. Exactamente como hago yo cada vez que le dejo a alguien la última croqueta en el plato y sigo hablando de Tarta para que no se note que he dado algo.
Exactamente igual. Y entendí en ese momento, con una croqueta de pienso para perros en la mano y un gato despreciándonos desde una tarima vacía, que aquel gesto —dar algo sin cobrarlo, sin mirar, fingiendo que no lo das— lo había aprendido de mí.
O lo tenía dentro desde siempre, debajo de las trece páginas y las carpetas, y yo solo le había dejado la puerta entornada para que saliera.
No lo sé. No soy bueno con estas cosas, ya lo he dicho.
Lo que sí sé es que no me comí la croqueta, porque era de perro y porque tan tonto no soy, aunque lo parezca.
Me la guardé en el bolsillo del pantalón, con cuidado, entera.
Ella guarda mi papel de plata doblado en un cuadradito; yo me guardo su croqueta de pienso.
Cada uno se guarda del otro lo que puede, lo que cabe en un bolsillo, lo que no obliga a decir nada en voz alta.
—Gracias por el pack —dijo, ya en la puerta de la furgoneta, con Nerón en brazos, el gato y ella mirándome con la misma cara exacta de no estar diciendo lo que estaban diciendo.
—Cuando quieras —dije.
Y lo dije en serio, que es, según ella, lo más insoportable que tengo.
Lo dije completamente en serio, en una plaza vacía, con un perro dormido boca arriba y una croqueta de perro en el bolsillo, y supe, mientras cerraba la furgoneta, que esto se me estaba yendo de las manos por un sitio que ningún contrato de Bond cubría, y que no pensaba hacer absolutamente nada por evitarlo.
Que es, ahora que lo pienso, la primera decisión de verdad que tomé en todo aquel asunto. La de no evitarlo.