Capítulo 6 — Fingir en directo delante de medio barrio
(Bruno)
Me llevan a una plaza. A una feria. Hay banderolas, hay un humano con un altavoz que repite la misma frase con distinto entusiasmo, y hay, por todas partes, otros animales de mi especie y de la inferior, todos exhibiéndose por comida, sin dignidad, encantados de la vida.
Reconozco a los míos por la mirada: hay tres gatos en esta feria que, como yo, han venido únicamente a juzgar y a marcharse.
El perro rubio, en cambio, cree que es su cumpleaños y el de todos. Saluda. Le da la pata a desconocidos. Se deja tocar la cabeza por niños pegajosos. Es, en una palabra que me duele consignar, un colaboracionista.
Esta tarde los dos humanos van a fingir, delante de cientos de personas y de una cámara que lo manda todo a no sé dónde, que se quieren.
Lo absurdo, lo que me obligaría a reír si los gatos riéramos, es que ya se quieren, y son los dos únicos de la plaza que todavía no lo saben.
Yo lo huelo desde aquí, desde mi jaula vaquera.
Huele a tormenta de la buena, de la que tarda en romper pero rompe.
Conclusión oficial: la feria es un circo y yo soy el único profesional del cartel.
Conclusión que no consignaré: he venido por si el rubio se pone nervioso. Alguien tiene que estar cerca cuando se le tuerce la sonrisa, porque a él no se la mira nadie por debajo, todos se quedan en la de arriba. No se lo digáis.
El dinero de Bond entró un jueves, y esa mañana, antes de la feria, hice algo que no hacía desde que se murió mi padre: pagué una factura entera el mismo día que llegaba.
Sin pedir prórroga. Sin dividirla en tres.
Sin esa llamada al proveedor en la que uno se ríe mucho y habla del tiempo para que no se note que está suplicando un mes más.
La del veterinario de urgencias. Cuatrocientos doce euros de una camada que entró en marzo medio muerta de moquillo y salió entera de milagro y de Iris.
La pagué de una vez, transferencia hecha, confirmación en pantalla, y me quedé mirando el móvil en la cocina de la protectora como un tonto, esperando sentir algo grande, una alegría, un peso menos.
Y lo que sentí fue raro y mezclado: alivio y vergüenza juntos, en la misma cucharada, que es un sabor que no se le desea a nadie y que yo me había ganado a pulso.
Alivio porque por fin respiraba, porque por una mañana el agujero del suelo no se veía.
Vergüenza porque sabía de dónde venía exactamente el aire que respiraba.
Venía de fingir. De salir en vídeos cogiéndole la mano a una mujer que no era mi novia, de dejar que medio internet creyera una historia bonita que no existía sobre el papel, de cobrar por una mentira amable para tapar un agujero del que no le había hablado a nadie en este barrio.
Mi padre levantó este sitio pidiendo ayuda de verdad, casa por casa —eso lo supe del todo más tarde, pero algo ya lo barruntaba—, y yo lo estaba sosteniendo con una mentira de marca de pienso.
No es lo mismo. Lo sabía. Pagué la factura igual, porque la camada estaba viva y las cuentas no entienden de escrúpulos.
—Estás muy callado —dijo Iris, que había venido a ayudarme a meter a Nerón en la jaula vaquera, operación que requería dos personas, guantes hasta el codo y una fe religiosa—. Y eso, en ti, es como oír una sirena de bomberos a las tres de la madrugada.
—Estoy pensando en lo bien que va todo.
—Ya. —Cerró la jaula con Nerón dentro, ofendidísimo, mirándonos a los dos como un emperador secuestrado—. Pues piénsalo con otra cara, anda, que esa es la que pones en los entierros y me vas a asustar a los perros.
No le contesté. Iris lleva tres años leyéndome la letra pequeña y yo llevo tres años fingiendo que solo tengo titulares.
Cargamos al gato, cargamos al perro —que se subió él solo a la furgoneta de un brinco, porque para Brioche cualquier puerta abierta es la entrada al mejor día de su vida—, y nos fuimos los cuatro a la plaza a fingir en directo, con el dinero ya en la cuenta y la vergüenza ya en el bolsillo, que pesa más.
La feria era lo que Bond llama una "activación de marca con la comunidad", que traducido del idioma de las gafas de pega significa montar un chiringuito de purpurina en una plaza y rezar para que la gente lo confunda con una fiesta de barrio.
Había un photocall con el logo repetido cien veces.
Había una tarima con dos sillas buenas y una mesa con producto.
Había un cámara, y un técnico de sonido, y el chico de Bond con un pinganillo dándose una importancia de realizador de informativo.
Y había, lo peor de todo, una pantalla grande a un lado que retransmitía en directo, en ese mismo instante, a internet entero, con un numerito en la esquina que decía cuánta gente estaba mirando.
El número subía. Y cada vez que subía, a mí se me cerraba un dedo más la garganta, porque una cosa es mentir en un vídeo de quince segundos que se edita y se piensa, y otra es mentir en vivo, sin posibilidad de repetir la toma, delante de gente que te conoce desde que ibas al colegio.
El plan, según el chico del pinganillo, era sencillo, palabra que en su boca siempre anuncia una catástrofe.
La pareja —nosotros— se sentaba en la tarima con los animales.
Respondía unas preguntas "espontáneas y simpáticas" del público.
Posaba en el photocall. Y dejaba que la gente "conociera la historia de amor del barrio".
Lo de "historia de amor" lo dijo mirándome a mí, buscando confirmación, y yo asentí, porque asentir es mi gran defecto, asiento a todo, y por dentro pensé que historia había, que amor no sabía, y que de barrio desde luego, porque el barrio entero estaba allí plantado a las seis de la tarde como si dieran algo gratis, que en cierto modo lo dábamos.
Estaba doña Encarna en primera fila, con el vestido de misa mayor por segunda vez en un mes, un récord, presentándose a las desconocidas de al lado como "la que los conoce de toda la vida, prácticamente la suegra, que yo lo vi venir antes que ellos".
Estaba el del estanco, que había cerrado media hora antes "por reforma" para no perdérselo.
Estaba Suso, el cartero, que libraba y había venido igual con su chaleco reflectante puesto, porque a Suso le caemos bien y porque sin el chaleco no se siente él.
Estaba hasta el señor Pombo, al fondo, con los brazos cruzados y cara de estar tomando nota de las infracciones, pero estaba, que en Pombo es casi una declaración de amor.
Y estaba Greta. Sentada a mi lado en la tarima, con la espalda recta como una vela y una sonrisa de campaña perfectamente alineada, la misma que le había visto ponerle a Pombo el día de las puertas abiertas, una sonrisa que funcionaba con todo el mundo menos conmigo.
Porque yo ya le había visto la otra una vez, la de verdad, la del barro, y cuando le has visto a alguien la sonrisa de verdad, las demás te saben a foto de catálogo.
—¿Cómo os conocisteis? —preguntó una chica con el móvil en alto, grabando para su propio canal además del de Bond, porque ya nadie mira las cosas, las graba para mirarlas luego o nunca.
—Por el felpudo —dije yo, exactamente a la vez que Greta decía—: Es una larga historia.
Nos miramos. El público se rio, encantado, porque habíamos contestado a la vez dos cosas distintas y eso, en una pareja, queda monísimo, queda a guion.
No sabían que era literal. Que ella iba a contar una versión preparada, pulida, sin una sola arista donde engancharse, y que a mí me había salido la verdad pelada sin pedirme permiso, como me sale todo lo que importa.
—El felpudo —repitió la chica, deleitándose, oliendo el contenido—. Contadnos lo del felpudo. Porfa.
Y Greta, profesional hasta dentro de la emboscada, cogió el felpudo y lo convirtió en una anécdota encantadora de vecinos de toda la vida, midiendo cada palabra, dosificando, dejándome a mí de comparsa simpático con dos frases de apoyo, y lo hizo tan bien, con tanto oficio, que hasta yo me lo habría tragado si no llevara dos meses viviéndolo desde dentro.
La miré contarlo. Mentía de maravilla. Con una facilidad y una elegancia que daban un poco de miedo, la verdad, porque uno piensa: ¿y cuándo me miente a mí, me doy cuenta?
Y aun así, en mitad de la mentira bien contada, cuando llegó a la parte en que me corrigió el felpudo aquella primera vez, se le escapó media sonrisa de las de verdad.
Una grieta de un segundo en la versión perfecta.
Y supe que esa parte no se la estaba inventando, que esa parte la recordaba de verdad, y me agarré a esa media sonrisa como Brioche se agarra a una pelota que no piensa soltar, porque era lo único auténtico que había en toda la tarima, lo único que no patrocinaba nadie.
—¿Y quién dio el primer paso? —preguntó un señor mayor, de los que preguntan estas cosas en serio.
—El gato —dijimos los dos. A la vez. Y esta vez ni nos miramos, porque en eso sí estábamos de acuerdo, y el público volvió a reírse, y por un momento, un momento corto y peligroso, fingir se pareció muchísimo a no fingir, que es la trampa de toda esta historia.
Lo que se torció fue el final, como se tuerce todo lo mío: por el lado que no estaba mirando.
Había un tipo en primera fila. Uno de esos que vienen a los sitios a que se note que han venido, con un móvil caro, una camisa cara y ninguna vergüenza, ni cara ni barata.
Llevaba un rato haciéndole preguntas a Greta que no eran sobre los animales ni sobre el felpudo.
Que si estaba soltera "de verdad, en la vida real" o era todo marketing.
Que si "lo del perro era una tapadera de algo".
Que si le pasaba el número "para una colaboración, profesional, eh, profesional", subrayando lo de profesional con una sonrisa que lo desmentía.
Cosas dichas todas con sonrisa, que son las peores, porque luego, si te quejas, el exagerado eres tú, el que no sabe encajar una broma.