Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 5 — Llevar una campaña con un golden retriever de director creativo #2
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Capítulo 5 — Llevar una campaña con un golden retriever de director creativo #2

Iris me cayó bien en doce segundos y mal en el trece.

Bien porque era competente, directa y no perdía ni un segundo en intentar agradarme, que es la forma más rápida de agradarme.

Mal porque miraba a Bruno como mira la gente lo que ya ha decidido querer sin saber todavía que se le nota en toda la cara, en cómo le guarda el café, en cómo le termina las frases que él deja a medias.

Eso lo archivé también. No era asunto mío.

Lo archivé otra vez, más fuerte, porque la primera vez no había cogido bien y se me había vuelto a salir de la carpeta.

—Tú eres la del gato —dijo Iris, tendiéndome la mano, que sí le di, porque a ella sí.

—Soy la del gato.

—Pues tu gato es el único ser vivo al que Chochez no le ha bufado en cuatro años. —Señaló con la barbilla hacia lo alto de un armario—. Hazte una idea de lo que eso significa en esta casa. Aquí Chochez es el que da los certificados de buena gente, y no los da.

Chochez era un gato viejo, de un naranja gastado, con una oreja partida y la expresión de quien lleva décadas esperando que alguien le demuestre que se equivoca sobre el mundo y nadie lo ha conseguido todavía.

Estaba en lo más alto, vigilando. No bajó a saludar.

No saludó a nadie. Me evaluó desde arriba, calculó si yo merecía el esfuerzo de moverse, y decidió, con todo el criterio del mundo, que no.

Me senté en el banco de debajo. De espaldas a él.

A los que son así no se les mira de frente; se les deja un sitio cerca y se finge que a una le da igual, que es la única invitación que aceptan, porque es la única que no les exige nada a cambio, la única sin factura.

Lo sé porque tengo uno en casa. Lo sé porque, algunos días, soy uno.

Tardó once minutos. Bajó del armario sin ruido, dio una vuelta larga e innecesaria por el banco para que quedara claro que no venía a mí, que pasaba por aquí, que tenía asuntos en esta zona del local, y se sentó a mi lado dejando exactamente la distancia de un gato entre los dos.

No me tocó. No ronroneó. Solo se sentó, mirando hacia donde yo miraba, dos desconfiados compartiendo un banco sin comprometerse a nada ni a nadie.

—No me lo puedo creer —dijo Bruno, en voz baja, desde la puerta, parado para no romperlo—. A mí me bufa todavía. Cuatro años dándole de comer y me bufa cada mañana.

—Será que tienes ángulo —dije.

—¿Que tengo qué?

—Nada.

No se lo expliqué. No le expliqué que los gatos como Chochez, como Nerón, como yo, no desconfían de la gente mala; de la gente mala desconfía cualquiera, eso no tiene mérito.

Desconfían de la gente que da sin cobrar, porque esa es la peligrosa, esa es la que un día te enseña a necesitarla y otro día se va, y entonces te quedas con la necesidad puesta y sin la persona, que es la peor cuenta que existe, una deuda sin acreedor al que pagarle para saldarla.

Es más seguro un mundo de ángulos. En un mundo de ángulos siempre sabes lo que va a pasar, siempre sabes qué te van a cobrar y cuándo, y puedes provisionarlo.

Lo que no se puede provisionar es a un hombre que te tiende la pelota llena de babas sin querer nada a cambio.

Nos quedamos hasta tarde. Demasiado. Bruno sacó del microondas una fuente de croquetas que había traído Iris —de verdad, las de comer, de patata, no las del perro, aunque en aquella casa la frontera era más fina de lo recomendable— y comimos de pie en la cocinita, los tres y luego los dos, porque Iris se fue pronto, recogiendo su chaqueta con una prisa que no tenía y mirándome a mí al irse una décima de segundo, midiéndome, pasándome un testigo que yo no había pedido y no supe si quería.

Cuando se cerró la puerta, Bruno se quedó un momento mirándola, y luego siguió hablando de Tarta, que «cree que todo el que se va vuelve, y de momento nadie en esta casa ha tenido el valor de desmentírselo, así que la dejamos en su error, que es más bonito que la verdad».

Yo no dije gran cosa. Escuché, que es lo que hago cuando quiero entender a alguien antes de decidir qué hacer con él.

Y lo que entendí, esa noche, en una cocinita que olía a lejía y a perro, fue peligroso: que aquel hombre regalaba trozos de sí mismo a todo el que pasaba —a Tarta, a Iris, a doña Encarna, a mí— con una facilidad que parecía generosidad y que yo, profesional del cálculo, empezaba a sospechar que era exactamente lo contrario.

Que se daba en trozos pequeños para que nadie le pidiera nunca el grande.

Que su generosidad era su coraza, igual que mi frialdad es la mía.

Que éramos, debajo de todo, la misma persona con el disfraz cambiado.

No lo dije. Esas cosas no se dicen el primer sábado. A veces no se dicen nunca.

Quedaba una croqueta. La última.

En mi mundo, la última de algo es una unidad de negociación.

Quién la pide. Quién la cede. Qué se cobra por cederla, qué favor queda pendiente, qué desequilibrio se crea.

He visto a hombres hechos y derechos jugarse el respeto de una sala de juntas por menos de lo que vale una croqueta de patata recalentada.

Bruno Olmedo cogió el tenedor, pinchó la última croqueta y la dejó en mi plato.

No me miró al hacerlo. No hizo la pausa que hace la gente para que veas que te está dando algo, esa milésima de teatro que delata el cobro.

No la cobró. Siguió hablando de Tarta como si no hubiera pasado nada, porque para él no había pasado nada, porque dar, para él, no es un acontecimiento, es la respiración.

La miré en mi plato. Le busqué el ángulo, como se lo busqué en el rellano, como se lo buscaba cada vez, porque buscar ángulos es lo que hago para sentirme a salvo.

Un hombre sin ángulo es lo más desestabilizador que existe para alguien que vive de encontrarlos.

No me salía dónde archivarlo: no era seducción, porque ni me miraba; no era cálculo, porque no esperaba nada a cambio, ni un gracias; no era educación, porque la educación se nota, tiene gesto, y esto no se notaba, esto solo había ocurrido, como ocurre la lluvia.

Así que hice lo único que se puede hacer con una cosa que no sabes dónde guardar, que es exactamente lo que no hago nunca con nada.

Me la comí sin archivarla.

Y de vuelta a casa, en el coche, parada en un semáforo, me di cuenta de que llevaba todo el trayecto sin pensar en Salvatierra, ni en la constructora, ni en el bosque que crecía con mi firma debajo.

Llevaba todo el trayecto pensando en una croqueta.

Lo cual era, lo supe en ese semáforo con una claridad que no me gustó nada, mucho más peligroso que cualquier audio filtrado de cualquier gurú del mundo.

El semáforo se puso verde. No arranqué hasta que pitó el de atrás. Eso tampoco me pasa nunca.