Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 5 — Llevar una campaña con un golden retriever de director creativo
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Capítulo 5 — Llevar una campaña con un golden retriever de director creativo

(Greta)

Le hice un brand book al perro.

Era de verdad. Yo trabajo de verdad. Le contesté que sí, que era de verdad, que la improvisación es lo que parece barato y sale caro, y que si seguíamos el documento teníamos seis semanas controladas y un riesgo de imagen mínimo para los dos.

Tardó en responder lo que se tarda en escribir algo, borrarlo y escribir otra cosa más amable.

«vale. lo leo. pero brioche no lee.»

Brioche no leía. Ese era el problema de fondo de toda mi estrategia, y lo descubrí el primer día de rodaje según documento, cuando intenté que el perro «se sentara junto al gato en actitud de complicidad (plano medio, luz lateral)» y el perro, en lugar de eso, se sentó encima del foco, lo tiró, y persiguió la sombra del trípode hasta el final del patio convencido de que era un enemigo del Estado.

Nerón, desde el armario, asistió a todo sin moverse, con esa cara suya de accionista mayoritario que ha venido a la junta solo para que conste su descontento en acta.

—No respeta el guion —le dije a Bruno.

—Es que no sabe que hay guion.

—Pues que lo aprenda.

—Greta. —Lo dijo con una paciencia que me sacó de quicio precisamente porque no la estaba fingiendo; la gente que finge la paciencia se le ve la costura, y a él no se le veía—. Es un perro. El guion lo tenemos que aprender nosotros, que para eso sabemos leer. Él solo tiene que ser él. Mira.

Y soltó la correa, y tiró la pelota de tenis al otro lado del patio sin avisar a nadie, y Brioche salió detrás como una bala dorada, y el cámara de Bond, que llevaba veinte minutos esperando un plano «de complicidad» que no llegaba, capturó por accidente la carrera, el derrape, la vuelta con la pelota y a Nerón bajando del armario por fin, despacio, para inspeccionar la baba con desprecio científico, como un forense que llega tarde a propósito.

Sin guion. Sin luz lateral. Sin mi brand book.

Cuarenta segundos. Trescientos mil al día siguiente.

Lo peor de tener razón doce años seguidos es lo mal que se lleva equivocarse el día trece.

Mi documento, mi brand book , mis trece páginas con su apartado de crisis y todo: correcto, profesional, muerto.

Lo que funcionaba era exactamente lo que yo no podía controlar, que es la definición de mi peor pesadilla profesional resumida en un golden retriever que persigue sombras.

—No lo digas —le advertí, recogiendo mis papeles.

—No digo nada.

—Lo estás pensando muy alto. Se te oye pensar desde aquí.

—Estoy pensando que igual la versión dos del documento podría ser más corta. —Y sonrió, y me tendió la pelota llena de babas como quien tiende una rama de olivo—. Una página. Que ponga: dejadlos en paz.

No le cogí la pelota. Pero anoté, en mi cabeza, donde anoto las cosas que no pienso reconocer en voz alta, que el hombre acababa de resumir mi profesión entera en cuatro palabras y que, para colmo, tenía razón.

Lo malo de la gente sin doblez no es que te lleve la contraria.

Es que tiene razón sin esforzarse, mientras tú llevas trece páginas de esfuerzo equivocado debajo del brazo.

El gurú se me complicó el jueves.

A Kike Salvatierra lo había dejado yo enterrado en marzo: comunicado a las siete de la mañana, becaria indemnizada, acuerdo de confidencialidad firmado, el mundo perdonando a la hora a la que el mundo perdona, que es temprano y con el estómago vacío. Limpio. Cerrado. Inventariado en su carpeta.

El jueves, una segunda persona —otro becario, otro «miembro del equipo al que admiro profundamente»— colgó su propio audio.

No porque la primera hubiera hablado: la primera había cobrado y callado, como se había pactado, los pactos con la gente que necesita el dinero son los que mejor aguantan.

El segundo habló porque el primero existía.

Porque una verdad enterrada le hace sitio a la siguiente, le marca el camino, le dice «por aquí se sale».

Esa es la cosa de las verdades que entierras para otros: que no se mueren, solo esperan a que les salga compañía.

Entierras una y crece un bosque, y un día abres el periódico y el bosque tiene tu firma debajo aunque tu firma no salga impresa en ninguna parte.

En el segundo audio, Salvatierra explicaba a un equipo, con la voz pausada del pódcast, que «la gente que pone límites es gente que no quiere crecer».

Lo decía como una enseñanza. Cobraba por enseñar eso.

Y ahora cuatrocientas mil personas lo oían y entendían, por fin, qué clase de hombre les había estado vendiendo la calma.

Lo gestioné, claro. Es lo que hago. Llamadas a las redacciones que me deben favores, contención, un comunicado nuevo más sentido que el anterior, porque la segunda disculpa siempre tiene que parecer más verdad que la primera para que nadie sume dos y dos y le salga un patrón.

Le quité la palabra «proceso», que ya había usado en marzo y que un periodista espabilado podía sacar a comparar.

Le puse «escucha». La gente perdona a quien escucha más que a quien procesa; procesar suena a máquina, escuchar suena a persona.

Salió. Funcionó a medias, que en estos casos es lo máximo a lo que puedes aspirar, porque a la segunda ya nadie te cree del todo y solo te queda administrar el descreimiento, repartirlo, que no se concentre todo en un titular.

Mateo entró a las ocho de la tarde con dos cafés y se sentó sin que lo invitara, que es lo que hace cuando va a decirme algo que no le he pedido.

—Lo de Salvatierra está controlado —dije, antes de que preguntara.

—No venía por Salvatierra. —Dejó el café delante de mí, el mío, con la leche que yo tomo, que se la sabe—. Venía por ti. Llevas toda la semana rara.

—Estoy exactamente igual que siempre.

—Has abierto la carpeta de la campaña del perro catorce veces hoy. Las he contado, porque soy así de raro yo también. Y ninguna de las catorce había nada nuevo que aprobar. Lo sé porque lo nuevo lo subo yo y hoy no he subido nada.

No tenía respuesta para eso que no fuera una mentira, y a Mateo no le miento, no porque no pueda —miento de maravilla, es mi oficio—, sino porque se da cuenta y luego me mira con cara de pena, que es peor que cualquier discusión.

Así que hice lo otro: cerré el portátil, que es mi forma de cerrar una conversación.

—Es trabajo —dije—. Estoy llevando una campaña. Las campañas se revisan.

—Estás llevando una campaña —repitió, despacio, saboreándolo—.

Vale. —Cogió su café y, ya en la puerta, sin volverse del todo—: Oye, Greta.

Cuando lo de Salvatierra crezca otra vez, que va a crecer, porque eso ya no es un incendio, es un bosque, te va a tocar decidir si lo sigues talando o lo dejas arder.

Solo lo digo para que no te pille de nuevas.

—No me va a pillar nada.

—Ya. —Y se fue—. Eso decimos todos justo antes de que nos pille.

Me quedé sola con la carpeta cerrada y la advertencia abierta.

Mateo tiene un defecto profesional grave, que es que casi siempre acierta, y un defecto personal peor, que es que me lo dice sin cobrármelo, gratis, como quien deja la última croqueta en el plato, y yo no sé qué hacer con la gente que me da cosas sin cobrarlas, se me acumulan en un sitio para el que no tengo columna.

Lo que no le conté a Mateo, porque no sabía decirlo sin que sonara a algo que no estoy dispuesta a que suene, es que las catorce veces que abrí la carpeta no fue por aprobar nada.

Fue por volver a ver los cuarenta segundos del perro derrapando detrás de la pelota.

Y a Bruno, al fondo, fuera del plano principal, riéndose de su propio perro con una risa que no se guardaba para nadie, una risa de las que yo dejé de tener hace seis años y guardo en un cajón con la otra.

Lo vi catorce veces. A la quince cerré la carpeta y me fui a casa, donde Nerón me esperaba sentado encima del mando a distancia, que es su forma de informarme de que ha tenido un día tan ocupado e importante como el mío.

El sábado me hicieron ir a la protectora a recoger a Nerón después del rodaje, y me quedé más de lo que tenía planeado, que con esa gente y ese sitio fue, descubrí, la unidad de medida del tiempo: siempre más de lo planeado.

La protectora era pequeña, vieja y honesta, tres cosas que no suelen ir juntas.

Olía a animal y a lejía, y por debajo a algo más, a sitio sostenido a pulso, a céntimos estirados, a paredes que aguantan porque alguien las obliga a aguantar cada mañana.

Hice el cálculo sin querer —es automático, como respirar, como desconfiar— y me salió un sitio que iba justo, muy justo, de esos que viven al día y rezan para que no se rompa la caldera.

Conté las jaulas, conté los comederos, miré la fecha de la última reforma en una placa descolorida y miré el estado de la pintura, que no cuadraban entre sí: la placa decía dieciséis años, la pintura decía socorro.

No pregunté. No era asunto mío todavía cuánto de justo iba aquello.

Bruno, además, cada vez que la conversación se acercaba a los números, se reía y la desviaba hacia un perro.

«¿Cuánto cuesta mantener esto al mes?» y él ya estaba contándome que a Tarta la habían devuelto dos veces y por eso corre en diagonal, o que Chochez una vez se comió un calcetín entero y vivió para despreciarlo.

Yo conozco esa maniobra porque la cobro a trescientos euros la hora: se llama cambiar de tema con encanto, y la hace la gente que tiene algo que esconder y cae bien, que es la combinación más difícil de auditar que existe.

Lo archivé. Esa sí la archivé bien a la primera, en su columna, con fecha.