Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 4 — Custodia compartida de dos famosos que no nos hablamos #2
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Capítulo 4 — Custodia compartida de dos famosos que no nos hablamos #2

Eso le encantó. Eso era exactamente lo que ella quería que existiera, así que lo soltó al grupo como una primicia, y yo aproveché el revuelo para escabullirme escaleras arriba, porque mentirle a doña Encarna sobre el amor era más fácil que decirle la verdad sobre los números, y porque las dos mentiras, me di cuenta subiendo, eran la misma: las dos servían para que nadie mirara el agujero.

En la protectora, Iris ya lo sabía. Lo había leído en el grupo del barrio antes que yo, que es como me entero de mi propia vida últimamente.

—Bond —dijo, sin levantar la vista de la ficha de Chochez, repasando una medicación que el gato lleva cuatro años tomando igual—. La buena de verdad. ¿Es mucho?

—Es… suficiente. —Cogí la escoba para tener las manos en algo, que es mi versión de la libreta de Greta: cuando no sé qué hacer con lo que siento, barro—. Da para respirar.

—¿Da para respirar o da para tapar?

Iris no pregunta por preguntar. Iris pregunta como quien ausculta, apoyando el oído donde sabe que algo suena raro.

Lleva tres años viniendo tres tardes a la semana sin cobrar, poniendo vacunas, quedándose en los partos, sabiéndose el nombre de cada bicho y la historia de cómo llegó.

Y lleva meses, lo sé aunque me haga el tonto, dejándome ver solo lo de fuera.

Le di la versión de fuera otra vez, la de "da para respirar", la sonrisa puesta, y por un segundo estuve a punto.

A punto de contarle lo del burofax, lo de final de mes, lo del mueble y la mancha.

Tenía la frase entera en la boca, calentita.

—Da para respirar —repetí—. Anda, ¿le has cambiado el agua al Notario?

Iris dejó la ficha. Me miró con esa paciencia que da más miedo que un grito.

—Al Notario le cambié el agua hace una hora, como todos los días, porque alguien tiene que acordarse de los galápagos en esta casa. —Hizo una pausa—. Y vas a salir con ella. Con la del gato.

—Voy a salir con ella en plan… de mentira. Para los vídeos. Es contractual. Hay una cláusula y todo, mira, hasta firmada.

—Ya. —Volvió a coger la ficha—. Contractual.

Hubo algo ahí, en cómo lo dijo, en cómo se concentró de pronto muchísimo en la medicación de un gato que no la necesitaba revisada, que se me quedó cruzado y no supe por qué, o no quise saberlo, que con Iris llevo un tiempo no queriendo saber cosas porque sé que el día que las sepa voy a tener que hacer algo con ellas y no voy a saber qué.

Le di las gracias por el café que ni siquiera me había traído ese día y me fui a ordenar correas que ya estaban ordenadas.

Detrás, oí a Iris decirle a Chochez, en voz baja, lo que no me decía a mí:

—Tú y yo, gato, vamos a ver mundo desde la barrera. Como siempre.

No me di la vuelta. A veces no darse la vuelta es lo más cobarde que se puede hacer y a la vez lo único que sabes hacer.

El primer rodaje fue el sábado, en el patio de la protectora, porque Greta dijo que su portal "ya tenía suficiente exposición" y yo dije que en la protectora había más sitio, y los dos teníamos razón por motivos opuestos, que iba a ser, intuí, la forma en que íbamos a tener razón a partir de entonces.

Vino un cámara de Bond, jovencísimo también —en esa marca debían de criarlos en un invernadero—, con un plan de rodaje impreso y grapado en el que ponía cosas como "secuencia ternura 1: el gato apoya la cabeza en el perro (orgánico)".

Lo de "orgánico" entre paréntesis. Como si a un gato se le pudiera pedir nada entre paréntesis.

Traía también un aro de luz, un trípode, un micro que no íbamos a usar y una seguridad en el plan que no le iba a durar viva.

—Hoy es fácil —dijo, repartiendo el plan grapado como quien reparte el guion de una boda—. Tres secuencias de ternura, una de juego, una de producto. En dos horas estamos.

Greta cogió su copia, la leyó por encima, y la dejó en el banco sin decir nada, que es lo que ella hace con los planes ajenos: los deja en un banco a que se mueran solos.

Nerón llegó en un trasportín, sacado de su reino del cuarto, y lo primero que hizo al salir fue evaluar el patio entero con la mirada, decidir que no estaba a su altura, y meterse debajo de la única silla del decorado, desde donde se negó a salir durante cuarenta minutos con una dignidad de funcionario en huelga indefinida.

—Es que tiene que apoyar la cabeza en el perro —dijo el cámara, consultando el plan como si en el plan fuera a aparecer la solución.

—Pues bájaselo tú —dijo Greta, que se había sentado en el banco con la espalda recta y el móvil del trabajo en la mano, dispuesta a no participar en aquella humillación más de lo estrictamente firmado.

—¿No le puede usted decir algo? Es su gato.

—Es mi gato, sí. Por eso sé que no le puedo decir nada. Llevo cuatro años sin poder decirle nada. Si encuentras tú la manera, me la apuntas, que la llevo buscando desde que es mío.

El cámara probó con un juguete. Nerón lo miró desde debajo de la silla con el desdén de quien ha visto juguetes mejores.

Probó con comida. Nerón comió la comida sin salir, alargando solo el cuello, dejando claro que aceptaba el tributo pero no las condiciones.

Probó con hacer "ps ps ps", ese ruido universal que la humanidad le hace a los gatos y que ningún gato ha obedecido jamás en la historia, y Nerón cerró los ojos despacio, que en idioma gato es colgar el teléfono.

Brioche, en cambio, participaba por los dos.

Brioche entendió que el sábado era el mejor día de su vida y se dedicó a demostrarlo con la entrega de un becario en su primer día: le llevó la pelota de tenis al cámara, le llevó la pelota al chico de Bond que había venido "a supervisar la activación", intentó llevarle la pelota a Nerón debajo de la silla y volcó la silla, con Nerón dentro, que salió disparado como una bola de pelo naranja indignado y se subió de un salto a lo más alto del armario de las jaulas, desde donde nos miró a todos con un desprecio tan puro, tan destilado, tan sin fisuras, que el cámara, sin querer, lo grabó.

Y resultó ser, al final del día, la única toma buena de las dos horas.

A la media hora, el patio era un campo de batalla.

Pienso por el suelo. La pelota perdida bajo un mueble.

Tarta corriendo en diagonal entre las piernas de todo el mundo convencida de que aquello era una fiesta organizada en su honor, con invitados y todo.

El chico de Bond con una mancha de barro en el pantalón caro mirando su plan grapado como quien mira el mapa de un país que ya no existe.

El aro de luz caído. Y yo intentando coger a Brioche, que me esquivaba feliz, creyéndose que era un juego nuevo y maravilloso inventado para él, hasta que resbalé con el pienso y me caí de culo en el barro, entero, las dos manos, la camisa no —la del cuello bueno me la había quitado, soy tonto pero no tanto—, la otra, la fea, la de cuadros.

Y entonces pasó.

Greta se rio.

No una risa de cortesía, no la de "qué torpe el del perro".

Se le escapó. Se tapó la boca con la mano, tarde, como quien intenta volver a meter algo en un cajón que ya no cierra, y se rio con los hombros, en silencio al principio y luego no tanto, mirándome ahí sentado en el barro con un golden lamiéndome la oreja con devoción de enfermero.

Y la cara, mientras se reía, se le puso de otra persona.

De una que a lo mejor existió hace mucho, antes de las carpetas y los bolis que no tiemblan.

Se rio como quien lleva años sin hacerlo sin querer y se sorprende, casi se asusta, de que el cuerpo todavía sepa hacerlo solo.

Duró poco. Volvió a guardarlo, recogió la cara, la alisó.

Pero lo vi, y supe que ella sabía que lo había visto, y por una vez no dije nada, no la rescaté con un chiste, no hice lo que hago siempre, que es rellenar los silencios de los demás para que nadie pase vergüenza.

La dejé tener su risa. Me pareció lo único decente que podía hacer un hombre sentado en el barro: no tocarla.

—Tienes pienso en el pelo —dijo ella, recomponiéndose, volviendo a la voz de siempre.

—Tú tienes la guardia bajada —dije—. Estamos los dos fatal.

No me contestó. Pero tampoco subió del todo la guardia otra vez, y se quedó en el banco diez minutos más de los que el contrato le exigía, viendo cómo recogíamos el desastre, y en un momento, cuando Tarta se le acercó cojeando a olerle el zapato caro, no la apartó.

Le dejó. Una perra de tres patas oliéndole un zapato de cuatrocientos euros, y Greta Cossío, que apunta a la gente en una libreta, le dejó.

Eso, viniendo de ella, era prácticamente un abrazo, y yo me guardé el dato sin libreta, como me guardo yo las cosas, en ese sitio sin nombre donde se me acumula lo que no debería.

El cámara, que no se había enterado de nada de lo importante porque lo importante no salía en su plan grapado, montó esa tarde un vídeo de quince segundos con el barro, la silla volcada, Tarta corriendo y Nerón despreciándonos desde el armario, y lo subió, y debajo, el chaval del segundo —que se había colado para "ayudar" y se había quedado a grabar— escribió el pie: como el perro y el gato.

y sin embargo. Doscientos mil en una noche.

La gente decía en los comentarios que éramos lo mejor que le había pasado al sábado, que querían más, que cuándo el siguiente.

La gente no sabía nada. La gente no sabía lo del barro de verdad, el que no se ve, el que llevábamos los dos por dentro.

Y aun así, a veces, sin saber nada, la gente acierta de pleno, que es lo más raro de internet y lo único que lo redime.

—Mañana hay brief de la marca —me dijo Greta antes de irse, ya con el bolso recompuesto pieza a pieza—. Quieren "más narrativa de pareja". Te traduzco: quieren que finjamos mejor. Ven peinado.

—Voy siempre peinado.

—Vas siempre despeinado con intención de ir peinado. No es lo mismo. —Y se fue, taconeando sobre el barro seco, sin resbalar, porque a ella el barro no se atreve.

Seis semanas, pensé esa noche, lavándome el barro de las uñas en el grifo de la protectora, con Brioche dormido a mis pies de puro agotamiento feliz y Nerón ya de vuelta en su trasportín esperando su taxi a palacio. Seis semanas. Podía soportar a cualquiera seis semanas.

Eso pensé.

Día 219. Consigno los hechos, porque el resto de esta casa anda demasiado ocupado en no enterarse de nada.

Punto primero: he sido trasladado. En una caja.

A un patio que olía a perro pobre y a humano nervioso, con una iluminación pésima y un trato a mi figura que ya he denunciado por los cauces oportunos, que son ninguno, porque no me escucha nadie, que es la tragedia de tener siempre razón.

Protesté lo justo para dejar constancia —debajo de una silla, cuarenta minutos, sin negociar— y luego me instalé en el sitio más alto del recinto, que es desde donde se gobierna y desde donde mejor se desprecia.

Punto segundo: el plan ha salido. No el de ellos, que no tienen plan, los pobres, solo papeles grapados que la mujer seria deja morir en bancos.

El mío. Llevo semanas dejándome lamer por el animal rubio en los lugares y a las horas en que hay testigos, racionando el cariño como se raciona todo lo valioso.

El resto del tiempo lo desprecio en privado, que es como hay que querer, con discreción y sin que conste.

Y mirad el resultado: ahora los dos humanos están atados por un papel y obligados a verse seis semanas seguidas.

He conseguido con una lengua de perro prestada lo que ellos no habrían conseguido en una vida entera de rellano y de felpudos.

Punto tercero, y este en voz baja: hoy mi humana se ha reído.

Hacía tanto que no la oía reírse así, sin pedir permiso, que por un momento he pensado que se ahogaba y he calculado, fríamente, si me convenía avisar a alguien.

No se ahogaba. Era eso otro. Lo que hacía antes, hace tres años, cuando todavía estaba la otra en casa y la casa tenía dos voces y una de ellas era escandalosa y se reía así, fuerte, llenándolo todo.

Me he quedado quieto escuchándolo. Es lo único de esta historia que no había planeado y lo único que de verdad quería.

Conclusión oficial: el perro sigue sin merecerme, y su humano se cae al suelo como un saco de pienso del barato.

Conclusión que no consignaré: he hecho bien en dejar la puerta abierta. Lo volvería a hacer. Lo haría cien veces. Por esa risa.