Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 4 — Custodia compartida de dos famosos que no nos hablamos
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Capítulo 4 — Custodia compartida de dos famosos que no nos hablamos

(Bruno)

Me puse la única camisa que no tiene el cuello dado de sí, y aun así, sentado en aquella sala de reuniones con una mesa que valía más que mi furgoneta, parecía el primo del pueblo que llega a la comunión sin saber de quién.

Había agua en botellas de cristal, de esas que abrirlas hace ruido de importante.

Había una pantalla enorme con el logo de Bond dando vueltas despacio, como si el logo también cobrara por hora.

Y había una vista de la ciudad desde arriba que te hacía pensar que la gente que trabaja a esa altura debe de creerse cosas sobre sí misma que yo, abriendo una verja a ras de suelo cada mañana, no me he creído nunca.

Greta, enfrente, parecía la dueña de la comunión, de la iglesia y del pueblo.

Tenía delante una carpeta, un boli que no temblaba y la cara de quien ha llegado pronto a propósito para elegir asiento.

Yo había llegado pronto también, pero por lo contrario: porque no sabía cuánto se tardaba, ni dónde se aparcaba la furgoneta, ni si me dejarían subir con ella mal aparcada, que la dejé mal aparcada.

—Bond apuesta por los vínculos reales —dijo el de la marca, un chico jovencísimo con gafas de pega y una sudadera que costaba lo que yo gasto en pienso en un mes—.

Y vosotros sois, literalmente, un vínculo real.

El gato que odia el mundo y el perro que lo quiere igual.

Es oro. Es que es oro puro, de verdad os lo digo.

—Es comida para perros —dijo Greta.

—Es un movimiento de marca.

—Es comida para perros con un movimiento de marca encima. No pasa nada, me gusta saber qué vendemos. Cuando sé qué vendo, lo vendo mejor.

El chico se rio, inseguro, sin saber si le habían hecho una gracia o una advertencia. Yo sí lo sabía. Llevaba diez minutos con ella en una sala y ya empezaba a distinguir cuándo Greta bromeaba —nunca— de cuándo ponía una pica en un sitio para acordarse luego de que la había puesto.

A su lado estaba Víctor. A Víctor lo conocí ese día y me bastó ese día.

Era de esos hombres a los que nunca, en toda su vida, les han dicho que no, y se les nota en cómo se sientan, en cómo dejan que los demás hablen porque saben que al final van a hablar ellos y va a ser lo único que cuente.

Llevaba un reloj que no miraba nunca, que es la forma más cara de mirar la hora.

Saludó a Greta con un beso en la mejilla que ella aguantó como se aguanta una corriente de aire, y a mí me dio la mano con dos manos, que es lo que hace la gente que quiere que le sobren manos.

—Así que tú eres el del perro —dijo—. Qué suerte tienes, ¿eh? La lotería del barrio.

—La suerte la tiene el perro. Yo solo le abro la puerta.

Se rio como si hubiera dicho algo ingenioso, que no lo había dicho, y miró a Greta de reojo al reírse, una mirada rápida, de medirla, que no me gustó y que no supe colocar.

Había algo entre ellos. No de ahora. De antes.

La forma en que ella no lo miraba a él era demasiado cuidadosa para ser indiferencia; uno no se esfuerza tanto en no mirar lo que no le importa.

A partir de ahí empezaron a hablar Greta y él en un idioma que entendía a medias: derechos de imagen, cesión, ventana de exclusividad, una cláusula sobre no decir nada malo de la marca y otra sobre no decir nada malo el uno del otro en público, que me pareció triste tener que firmar, porque normalmente eso lo arregla la gente sin papeles, no hablando mal y ya está.

Greta peleaba cada línea. No por el dinero.

Por el control. Le quitaba poder a una frase, se lo daba a otra, movía las comas como yo muevo a los animales de jaula para limpiar, con cuidado de que nadie saliera perdiendo donde ella no estaba mirando.

Cada vez que Víctor proponía algo "para agilizar", ella encontraba lo que ese algo le costaba a alguien más adelante, normalmente a nosotros, y lo desmontaba sin levantar la voz.

—Greta, hija, qué desconfiada —dijo Víctor en una—. Estamos en el mismo equipo.

—No hay equipos, Víctor. Hay intereses que coinciden un rato. El tuyo y el mío coinciden hasta la cláusula nueve. De la diez en adelante ya veremos.

Lo dijo sin acritud, como quien comenta el tiempo, y Víctor volvió a reírse, pero esta vez tardó medio segundo de más en hacerlo.

Yo solo quería saber una cosa, y esperé a que hubiera un hueco para decirla bajito, como sin importancia.

—¿Cuándo se cobra?

—Anticipo a la firma —dijo Víctor—. Un buen pellizco. El resto, repartido a lo largo de la campaña. Seis semanas.

Hice la cuenta sin que se me notara, o eso creí.

El anticipo entraba antes de final de mes.

Antes de la fecha que llevaba en el bolsillo de atrás desde el lunes, doblada en cuatro, royéndome.

Llegaba. Por los pelos, pero llegaba, y solté el aire que llevaba reteniendo desde que entré por la puerta y a lo mejor desde antes, desde que llegó el burofax.

Greta levantó la vista de la carpeta y apuntó algo en su libreta que no venía a cuento de nada de lo que se estaba hablando.

Supe que me lo había apuntado a mí. Esa mujer apuntaba a la gente.

Apuntaba el alivio que yo había intentado no enseñar, lo metía en una columna, y yo no sabía todavía que las columnas de Greta no se borran nunca, que lo que entra ahí se queda y un día vuelve.

Lo dejé pasar. Tenía cosas más urgentes que esconder que el porqué de mi alivio.

—Una cosa —dije, cuando ya parecía que estaba todo—. Los animales.

—¿Qué pasa con los animales? —dijo el de las gafas de pega.

—Que lo tienen que pasar bien. El gato no es mío, eso lo arregláis vosotros con quien sea, pero Brioche sí, y Brioche no trabaja.

Brioche se lo pasa bien o no hay vídeo. Si en algún momento veo que el perro está agobiado, o el gato, paramos, y no me importa lo que ponga en ningún papel. Eso no es negociable.

Se hizo un silencio raro. El chico de Bond me miró como si hubiera hablado en otro idioma, uno que en su máster no daban.

Víctor sonrió con paciencia de adulto ante un niño que pide algo entrañable e inútil.

Y Greta, que llevaba media hora sin mirarme a la cara, me miró a la cara, un momento, con algo que no supe leer y que desde luego no era desprecio, que era lo único que le tenía catalogado hasta entonces.

—Que conste en el contrato —le dijo ella al chico—. Bienestar animal, derecho de parada unilateral del señor Olmedo. Tal cual lo ha dicho.

—Eso no es estándar —dijo el chico.

—Pues lo hacemos estándar. Apúntalo.

—Pero el calendario de entregables…

—Se ajusta al animal, no el animal al calendario. Apúntalo, que llevamos prisa.

Lo apuntó. Y mientras lo apuntaba, Greta no me miró, pero yo, que no sé leer a las personas pero a veces acierto de chiripa, habría jurado que defendió esa cláusula con un punto de fuerza que el contrato no necesitaba.

Como si la firmara también por algo suyo.

Pero no la miré demasiado, porque mirarla demasiado ya me estaba pareciendo un riesgo, y yo de riesgos voy sobrado.

Firmé donde me dijeron. Firmé seis semanas de fingir delante de medio internet que mi vida era adorable, junto a una mujer que me trataba como a un felpudo mal puesto, por un dinero que iba a salvar lo único que me queda de mi padre y que no pensaba contarle a ninguno de los presentes.

Y mientras firmaba pensé que mi padre habría hecho esto mejor, con más gracia, sin la camisa del cuello bueno, y que a la vez lo habría hecho exactamente por lo mismo: porque había animales que dependían de que un idiota dijera que sí.

—Bienvenido al equipo —dijo Víctor, y otra vez las dos manos.

—Gracias —dije, y le di una sola.

Greta recogió sus cosas en el orden exacto en que las había sacado, que es una cosa que le vi hacer y que no he conseguido olvidar: la carpeta, el boli, el móvil, cada uno a su sitio en el bolso como las piezas de algo que se desarma para volver a montarse igual.

En la puerta, Víctor le puso una mano en el hombro y le dijo algo bajito que no oí, y ella se apartó medio paso, sin aspaviento, con la naturalidad de quien lleva años apartándose medio paso de esa mano.

Lo archivé, a mi manera, que es sin columnas y sin querer.

Para cuando llegué al barrio, doña Encarna ya nos había casado.

—¡Brunito! —Estaba en el portal, como siempre, pero esta vez con un grupo: la del estanco, la nuera de la del estanco y una señora que no me sonaba de nada y que me miraba como se mira a un actor de la tele que ha salido peor en persona—. Ven aquí, anda. Que dicen que ya es oficial.

—¿El qué es oficial?

—Lo de la marca. Lo del dinero. Y lo otro.

—¿Qué otro?

—Lo tuyo y lo de la del cuarto. —Bajó la voz hasta un susurro que oyó toda la calle—.

Que vais a salir juntos en los anuncios.

Si es que se veía venir. Los animales siempre saben.

Mi Tobías, en paz descanse, eligió a mi Paco antes que yo; me lo trajo a casa, literalmente, le mordió la pernera y no lo soltó.

Cuarenta y un años casados. Por un perro.

—Doña Encarna, no es lo que…

—No me expliques nada, que lo estropeas. —Me dio una palmada en la mejilla—. Y come algo, que sigues flaco. ¿Te ha quitado el hambre el amor o las deudas? Que de las dos cosas se adelgaza, lo sé yo.

Me quedé sin aire un segundo. Doña Encarna lanza esas cosas sin mirar, como quien tira migas a las palomas, y a veces una te da en el ojo. No sabía nada, no podía saber nada, lo de las deudas; era su forma de hablar, el refranero de barrio que mete miedo de casualidad. Pero me dio en el ojo igual.

—El amor —mentí—. Que esta mujer me trae por la calle de la amargura.