Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 3 — Internet no firma acuerdos de confidencialidad
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Capítulo 3 — Internet no firma acuerdos de confidencialidad

(Greta)

A las seis y cincuenta de la mañana abrí la puerta con el discurso montado y me encontré al del tercero con el puño en alto, a punto de llamar, y el suyo a medio montar.

Nos quedamos los dos así, cada uno con la mitad de una conversación que habíamos preparado para una persona distinta de la que teníamos delante.

Yo bajaba a decirle que borrara el vídeo.

Él subía, deduje en los tres segundos siguientes, a decirme algo que tenía que ver con no borrarlo.

En la escala de cosas incompatibles, eso queda más o menos donde el agua y el aceite.

O donde su perro y mi gato, salvo que su perro y mi gato, por lo visto, habían resuelto sus diferencias bastante antes que nosotros.

—Buenos días —dijo, y lo dijo como si las seis y cincuenta de la mañana fueran una buena hora y no la hora a la que la gente normal todavía está decidiendo si seguir viva.

—¿Qué quieres?

—Es que… —Bajó el puño. Miró a Nerón, que se había sentado entre mis tobillos con la cara del que ha vendido entradas para esto—. ¿Podemos hablar un momento? De lo del vídeo.

—Yo bajaba a hablar de lo del vídeo.

—Ah. Pues mira qué bien.

No era qué bien. Era exactamente lo contrario de qué bien, y lo supe en cuanto abrió la boca para explicarse, porque la gente que dice "mira qué bien" a las siete menos diez es gente que no ha entendido el problema o que es el problema. Le di treinta segundos. Es lo que doy.

—Hay una marca interesada —dijo—. Mucho. En Brioche y en tu gato. Pagan. Pagan de verdad, no en visibilidad, que la visibilidad no la come nadie. Y yo había pensado que a lo mejor, no sé, podríamos…

—¿Brioche?

—Mi perro.

—Tu perro se llama Brioche.

—Sí.

—Como el bollo.

—Como el bollo. Le pega.

Le pegaba. Esa era la parte irritante, que le pegaba. Pero no era de lo que habíamos venido a hablar ninguno de los dos, así que lo archivé.

—A ver si nos entendemos —dije—. Tú quieres convertir esto en un negocio. Yo quiero que esto desaparezca. ¿Sabes a qué me dedico?

—Eres… algo de comunicación, ¿no? Doña Encarna dice que eres «de las que arreglan a los famosos cuando la lían».

—Doña Encarna es más precisa de lo que parece.

Me dedico a que las historias que no le convienen a alguien dejen de contarse.

Esta no me conviene. Voy a hacer que deje de contarse.

Y necesito que colabores, que para mí significa que no firmes nada, no hables con nadie, y borres el vídeo de origen si es que el origen eres tú, que no lo es.

—No, el origen es el chaval del segundo.

—Lo sé.

Lo miré como miro lo que tengo que evaluar antes de que cause un daño mayor.

Le busqué el ángulo. Todo el que sube a las siete de la mañana a proponerte un negocio tiene un ángulo, y el ángulo siempre es el mismo, es dinero o es ego, y normalmente es los dos disfrazados el uno del otro.

Le busqué el suyo. Camiseta de dormir, ojeras de no haber dormido, una manera de sostenerme la mirada sin retarme.

Le busqué el cálculo detrás de la sonrisa.

No lo encontré.

Eso me molestó más que si lo hubiera encontrado.

Con un ángulo sé qué hacer. Un ángulo se negocia, se compra, se neutraliza.

Lo que no sé hacer es qué hacer con un hombre que a las siete menos diez de la mañana sube a pedirte ayuda con una sonrisa de propaganda y resulta que la sonrisa no está vendiendo nada, que la sonrisa es lo único que sabe poner.

—¿Tú cómo te llamas? —dije.

—Bruno. Bruno Olmedo. —Alargó la mano—. Tercero.

—Ya sé que tercero.

No le di la mano. Me quedé con el nombre, que es lo que se retiene. Bruno Olmedo. Ocho meses llamándolo «el del tercero» y resultaba que tenía dos apellidos, como las personas.

—Mira, Bruno Olmedo —dije—. Esto se va a apagar en cuarenta y ocho horas si nadie le echa gasolina. Tú no le eches gasolina. Yo me ocupo del resto. Para el viernes nadie se acordará de tu perro ni de mi gato ni de la señora del fondo del plano, que soy yo, gracias por preguntar.

—Es que yo no quiero que se apague.

Lo dijo sin levantar la voz, y por un segundo —solo uno— se le fue la sonrisa, y debajo había otra cosa, algo que no me dejó ver entero porque la sonrisa volvió enseguida, como vuelve la luz del pasillo cuando hay un apagón corto.

Pero la vi. Soy buena viendo lo que la gente tapa. Es la mitad de mi trabajo.

No pregunté qué era. No pregunto lo que no me incumbe, y a las siete menos diez de la mañana de un martes nada de aquel hombre me incumbía todavía.

—Pues lo siento por ti —dije—. Porque yo sí.

—Vale. —Asintió, despacio, como si le hubiera dado un dato útil. Otra vez ese gesto—. Tú inténtalo.

Y se metió para dentro, escaleras abajo, silbando, y yo me quedé en mi propio rellano con un discurso entero sin usar y la palabra «inténtalo» colgando del aire como una de esas frases que solo entiendes del todo cuando ya es tarde.

A las siete y dos minutos salió el comunicado de Salvatierra y el mundo lo perdonó, puntual, como se perdona a esa hora, antes de que dé tiempo a odiar nada con calma.

Mateo me mandó una captura del primer titular comprensivo.

«Limpio», escribió. Lo era. Eso lo controlaba yo. Eso llevaba doce años controlándolo.

A las siete y media abrí el otro frente, y este no iba a salir como estaba previsto, porque este frente tenía bigotes.

Empecé por lo de siempre, que es ir al origen. El origen era una cuenta, patitasdelbarrio , y la cuenta era, en efecto, el chaval del segundo, quince años, que me recibió en el portal cuando bajaba a por el coche con una mezcla de pánico y de orgullo y que se negó en redondo.

—Pero si va a ser viral de verdad —dijo, como quien explica algo evidente a una persona mayor—. O sea, viral viral. No lo voy a borrar ahora.

Le ofrecí dinero. Es lo que ofrezco. Negó con la cabeza con una integridad que ojalá tuvieran mis clientes.

—No es por dinero —dijo—. Es por las visualizaciones.

Llegué al despacho con la primera lección del día ya aprendida y sin ganas de aprenderla: hay gente a la que no puedes comprar porque lo que quiere no se vende, se acumula, y se llama atención.

A partir de ahí fue cuesta abajo y sin frenos.

Pedí la retirada del vídeo por los cauces de siempre.

Denegada: contenido original, sin infracción.

Intenté la maniobra que nunca falla, que es enterrar una historia bajo otra historia, soltar tres cebos más jugosos para que el algoritmo se fuera a pastar a otro prado.

El algoritmo se comió los cebos, eructó y volvió al gato.

Probé la desindexación. Probé contactar con las cuentas grandes que lo habían amplificado para pedirles, con mucha educación y un favor pendiente de por medio, que dejaran morir el tema.

Para entonces ya no había un vídeo. Había un ecosistema.

Había una versión a cámara lenta con música de ópera.

Había otra con una canción de cuna. Había una cuenta, laparejadelportal , con catorce mil seguidores ganados en una noche, que pedía a gritos «el lore de los humanos».

Alguien había localizado el edificio. Alguien había recortado mi medio segundo, el de mi cara entrando con las bolsas, y lo había puesto en bucle al lado del medio segundo de Bruno asomándose, y había escrito encima «ELLOS NO LO SABEN PERO NOSOTROS SÍ».

Veintidós mil me gusta. A mi cara. A mi cara, que llevo doce años manteniendo fuera de todas las cámaras del mundo porque la gente que de verdad maneja las historias no sale en ellas.

Mateo entró sobre la una con dos cafés y la cara de quien trae una verdad que no le va a gustar a su jefa.

—Greta —dijo, y se sentó—. Llevas seis horas con esto.

—Llevo seis horas conteniéndolo.

—No lo estás conteniendo. Lo estás regando. Cada movimiento que haces lo ve alguien y lo convierte en contenido. Lo de la desindexación ya tiene meme.

Me enseñó el meme. Era bueno. Eso era lo peor, que era bueno.

—Esto no se gestiona, Greta —dijo, y lo dijo despacio, porque sabía que era la frase que yo no quería oír de la única persona a la que dejo decirme frases que no quiero oír—.

Esto se surfea. O te subes a la ola o te revuelca.

Pero pararla no la para ni Dios, y desde luego no la paras tú a base de llamadas.

—Yo paro cosas. Es lo que hago.

—Paras historias de gente que quiere que la pares. Esta no quiere. Esta lo está pasando bomba.

Bebí el café. Frío. Como todo lo que llega cuando ya no lo necesitas.

Lo que no le dije a Mateo —porque hay cosas que no se dicen ni a Mateo— es que en doce años no me había pasado.

No una sola vez. Yo no pierdo el control de una narrativa.

Lo recupero. Es mi rasgo. Es por lo que pagan.

Y aquella mañana, por primera vez, tenía las dos manos en el volante de algo que conducía solo, derecho, alegre, hacia un sitio que yo no había elegido, y el copiloto era un golden retriever que se llamaba como un bollo.

Víctor Lemos no se anuncia. Víctor Lemos aparece. A las cuatro de la tarde estaba en la puerta de mi despacho sin que nadie lo hubiera dejado pasar, con un café de un sitio mejor que el mío y esa elegancia suya de hombre al que las cosas le salen porque ha decidido que le salgan.

—Greta Cossío gestionando una crisis que es ella misma —dijo—. Es lo más bonito que voy a ver este año.

—Víctor.

—¿Puedo? —Ya se había sentado—. Te veo regular. Y eso, en ti, es una noticia de portada.

Víctor fue cliente mío hace tres años. Tuvo un problema —un problema feo, de los que no se cuentan, de los que se entierran—, y yo lo enterré, porque para eso me pagó, y lo enterré tan bien que ni él se acuerda algunos días de que existe.

Esa es la cuestión con las cosas que entierras para otros: que el otro olvida, pero tú no.

Yo sé dónde está cada cuerpo que he enterrado.

Es mi inventario. Y Víctor sabe que yo lo sé, y yo sé que él sabe que yo lo sé, y sobre esa cortesía mutua hemos construido lo que él llama amistad y yo llamo equilibrio.

—¿Qué quieres, Víctor?

—Vengo a hacerte un favor. —Sonrió—. La marca con la que trabajo este trimestre se llama Bond.

Comida para animales, gama premium, una campaña preciosa sobre «vínculos reales».

Y resulta que el vínculo más real del país ahora mismo lo protagonizan un golden y un gato naranja de tu propio portal.

¿Tú sabes la suerte que es eso? ¿La probabilidad?

—Sé la probabilidad.

—Quieren a la pareja. Pagan una barbaridad.

Y necesitan a las dos dueñas, o dueño y dueña, lo que seáis, para la cesión de derechos y para un poco de contenido.

Tú y el chico del perro. —Dio un sorbo—.

Y aquí es donde entra mi favor: yo gestiono la campaña.

Conmigo dentro, esto se hace con guantes.

Sin mí, te lo monta cualquier becario y acabas tú de meme hasta Navidad.

Que ya lo eres un poco, por cierto. Lo del bucle es buenísimo.

—Lo voy a apagar.

Víctor me miró con una ternura que daba más miedo que cualquier amenaza, porque las amenazas de Víctor siempre vienen así, envueltas en preocupación por mi bienestar.

—Greta. —Dejó el café—. Cariño. Tú apagas incendios ajenos.

Llevas toda la vida apagando incendios ajenos, y lo haces como nadie, porque cuando es ajeno tú estás fría y la frialdad es tu superpoder.

Pero este es tuyo. Tu cara, tu portal, tu gato.

Y a la gente, cuando intenta apagar su propio incendio, le tiembla el pulso.

Hasta a ti. —Se levantó. Se abrochó la chaqueta—.

Sería una pena que justo la mujer que hace desaparecer historias fuera la única que no consigue hacer desaparecer la suya.

Da que pensar. A los clientes, digo. Da que pensar a los clientes.

Ahí estaba el cuerpo enterrado, señalado sin señalarlo. No tenía que decir más. Nunca tiene que decir más.

—Piénsatelo —dijo desde la puerta—. Pero rápido, que esto, como tú bien sabes, no espera. Internet no firma acuerdos de confidencialidad.

Y se fue, dejándome su café, que estaba mejor que el mío, y la frase, que era mía, que era exactamente la frase que yo llevaba diciéndoles a los clientes doce años, devuelta ahora del derecho y apuntándome a mí.

Me quedé sola con la pantalla. Mi cara, medio segundo, dándole la vuelta al mundo sin mi permiso por primera vez en mi vida. Probé a sentir algo al respecto y, como no me salió, hice lo otro, lo que sé hacer: el cálculo.

El cálculo era sencillo y era humillante.

No podía matar la historia: lo había intentado seis horas y la historia estaba más viva que a primera hora.

No podía dejarla correr: con Víctor merodeando, cualquier día mi medio segundo dejaba de ser un meme tierno y pasaba a ser una pregunta incómoda sobre quién soy y a qué me dedico, y mi negocio entero se sostiene sobre que nadie se haga esa pregunta.

Solo quedaba una salida, y era la que llevo doce años recomendándoles a los clientes que no pueden enterrar lo suyo: cuando no puedes parar una historia, te subes a ella y la conduces desde el asiento del conductor.

Tenía que decir que sí. Tenía que firmar el contrato, hacer el contenido cursi, convertirme durante unas semanas en la mitad humana de una pareja de mascotas, y todo ello del brazo de un hombre que se llamaba como un bollo y al que esa misma mañana le había dicho, muy segura de mí misma, que lo apagaba yo para el viernes.

Cogí el móvil. Busqué cómo se escribía «Olmedo».

—Mateo —dije, sin levantar la vista—. Vamos a necesitar un contrato. Y borra esa cara que estás poniendo, que la noto desde aquí.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—La estás poniendo.

—Es una cara de admiración profesional.

—Es una cara de «te lo dije».

—También —dijo—. Pueden ser las dos.