Capítulo 2 — Cuarenta y un mil desconocidos quieren a mi perro #2
No le dije a doña Encarna que esa misma tarde, antes de irme a la protectora, la del cuarto me había arreglado el felpudo.
Otra vez. Que lo había dejado paralelo a la puerta, con los flecos hacia fuera, milimétrico, y que cuando abrí me dijo, muy seria, mirándome como se mira algo que hay que corregir antes de que cause un daño mayor, que estaba "mal alineado".
Lo dijo en serio. Le di las gracias y lo dije en serio yo también, y ella subió las escaleras como si le hubiera ganado una partida a alguien, y a mí se me quedó el día más amable de lo que tenía derecho a ser.
No se lo dije a doña Encarna porque hay cosas que, si las dices en voz alta en un rellano, dejan de ser tuyas. Y yo de esa, sin saber muy bien por qué, no quería repartir.
—Buenas noches, doña Encarna.
—Brunito. —Me cogió del brazo cuando ya subía—. ¿Estás comiendo bien?
—Como de maravilla.
—Estás más flaco.
—Estoy igual.
—Estás más flaco y más solo, que es peor. —Me soltó—. Anda, sube. Y dale un beso al perro famoso de mi parte.
El mensaje llegó esa noche, cuando ya había cenado de pie lo que había —que era poco, que doña Encarna no iba del todo desencaminada— y estaba en el sofá con el burofax otra vez abierto encima de la mesa, mirándolo como si de tanto mirarlo fuera a cambiar de cifra.
Brioche tenía la cabeza en mi rodilla y la pelota de tenis a un lado, por si acaso, porque Brioche vive en un mundo donde en cualquier momento puede pasar algo maravilloso y conviene tener la pelota a mano.
Le acaricié las orejas. Pensé en Tarta esperando en la verja a un niño que no iba a volver.
Pensé en el Notario. Pensé en los catorce perros y los nueve gatos y en Chochez, sobre todo en Chochez, que no se deja querer y al que de todas formas hay que dar de comer hasta el final, que para eso abrió esto mi padre, para que los que nadie quiere tengan un sitio donde que no los quieran no les cueste la vida.
Y entonces vibró el móvil.
Era un mensaje a la cuenta de la protectora, esa que lleva Iris porque yo soy incapaz, de una empresa con un nombre en inglés y un logo limpio.
Decían que les encantaba "la historia del gato y el perro".
Decían "la pareja" así, entre comillas, como si Brioche y el gato fueran un dúo musical.
Decían que tenían una campaña, una marca de comida para animales, una cosa de "vínculos reales", y que pagaban. Y ponían una cifra orientativa.
Leí la cifra. La leí otra vez, de pie, porque ya he dicho que hay cosas que se leen de pie.
Era casi exactamente lo que ponía el burofax. Casi al euro. Como si alguien, en algún sitio, se estuviera riendo, o me estuviera echando un cable, que a veces, según el día, son la misma cosa.
Me senté en el suelo, al lado de Brioche, que se despertó, me miró, decidió que aquello era un plan estupendo y se me echó encima entero, cuarenta kilos de optimismo, y le dejé, porque era tarde y no había nadie viéndome y a uno tiene que poder echársele encima alguien de vez en cuando, aunque ese alguien sea un perro que no entiende nada.
—Eh —le dije, contra el lomo—. Que igual nos salvas tú. Mira tú qué cosas.
El plan, visto a las doce de la noche con un perro encima, era sencillo y era imposible a la vez.
La empresa quería a "la pareja". La pareja eran Brioche y un gato.
El gato era del cuarto. El cuarto era la mujer de hielo que me arreglaba el felpudo y no me saludaba y que, por lo que había podido reunir en ocho meses, consideraba a mi perro un escándalo de cuarenta kilos y a mí, probablemente, su responsable.
Tenía que pedirle algo. A ella. Yo, que no le pido nada a nadie, que doy media vida en croquetas y agradecimientos para no tener que pedir nunca, tenía que subir un piso y pedirle a la persona menos pedible del edificio que me prestara a su gato para salvar la protectora de mi padre.
Probé a ensayarlo en voz alta. Quedó fatal.
Probé a grabar a Brioche haciendo algo entrañable, para llevarle pruebas de concepto, una especie de "mire, esto es lo que vendemos", y Brioche, en cuanto vio el móvil, se puso tan nervioso de ser el centro de atención que tiró la lámpara pequeña, persiguió su propia cola hasta marearse y acabó sentado encima de la pelota mirándome con la lengua fuera, sin un gramo de la elegancia que tenía en el vídeo, porque la elegancia en aquel vídeo, ahora que lo pensaba, no era suya.
Era del gato. Brioche solo ponía el amor. El gato ponía el permiso.
Y eso, supongo, era lo que me tenía despierto.
No el dinero, aunque era el dinero. Era que llevaba un año dando permiso a todo el mundo para que me quisiera de lejos, en croquetas, en cafés, en "estás más flaco, Brunito", y que la única que no me había dado permiso para nada, la única que me trataba como a un felpudo mal puesto, era de pronto la única a la que tenía que acercarme.
No dormí. Ya lo había dicho Iris por la mañana sin saber cuánta razón llevaba.
A las seis y media bajé a la calle con Brioche, le dejé que oliera lo que tuviera que oler, volví, me lavé la cara, me miré en el espejo el tiempo justo para no arrepentirme, y subí un piso con el corazón haciendo cosas que no le había pedido.
El felpudo del tercero —el mío— estaba perfecto, paralelo, milimétrico, intacto desde la tarde anterior. Lo miré un segundo. Luego seguí subiendo.
Delante de la puerta del cuarto izquierda me paré.
Eran las seis cincuenta de la mañana. Era una hora horrible para llamar a la puerta de nadie, y desde luego una hora suicida para llamar a la de ella, y aun así allí estaba, con la frase ensayada deshaciéndose en la boca, pensando que a lo mejor mi padre habría sabido cómo decir esto, que mi padre sabía decirle a la gente cosas difíciles de manera que parecieran fáciles, que era un don y que a mí me había tocado solo la sonrisa, que es la versión barata.
Levanté la mano para llamar.
La puerta se abrió antes de que los nudillos tocaran la madera.
Y allí estaba ella. Abrigo puesto, llaves en la mano, el gato naranja asomando entre sus tobillos con cara de haberlo organizado todo personalmente.
Ella con la cara de quien iba a alguna parte a primera hora con un objetivo claro, y ese objetivo, por lo que pude entender en la milésima de segundo en que las dos frases ensayadas chocaron en el aire del rellano sin que ninguno supiera ya cuál tocaba, ese objetivo era, por lo visto, yo.
—Iba a… —empecé.
—Lo sé —dijo ella.
No sabía nada. No tenía manera de saberlo. Pero lo dijo con una seguridad tan absoluta, tan de mujer que no pierde una reunión, que por un momento se lo creí yo también.