Capítulo 2 — Cuarenta y un mil desconocidos quieren a mi perro
(Bruno)
A Tarta le faltaba una pata desde antes de llegar a nosotros, y nunca se había enterado, o le daba igual, que en los perros viene a ser lo mismo.
Corría en diagonal, como un coche con una rueda menos que ha decidido que con tres se vive igual de bien, y cada mañana, cuando yo abría la verja a las siete y media, me esperaba al otro lado como si yo fuera lo único bueno que iba a pasar en el mundo ese día.
A lo mejor lo era. En la protectora no abundan las buenas noticias, pero abundan los que esperan, y eso, según el día, es peor o es justo lo contrario.
La abrió mi padre hace veintitantos años, cuando el barrio todavía era otro barrio y los perros no tenían cuenta de Instagram. Yo solo… bueno. Sigo abriendo la verja por las mañanas. Es lo que hay.
—Buenos días, fieras —dije, y entraron todos a la vez, que es la única forma en que entran.
Chochez no entró. Chochez es un gato viejo, naranja apagado, con una oreja partida y el carácter de un cobrador al que le deben dinero desde el franquismo.
Lleva con nosotros cuatro años porque nadie lo quiere y porque, francamente, se nota.
Me miró desde lo alto del armario de las correas, calculó si yo merecía que se moviera, decidió que no, y volvió a cerrar los ojos.
A Chochez lo entiendo mejor que a casi todo el mundo.
Hay animales que no piden cariño porque alguien les enseñó pronto que pedir sale caro.
Iris llegó a las ocho con dos cafés y la lista de medicación, y me miró la cara como me la mira siempre, como si me estuviera leyendo una analítica.
—No has dormido —dijo.
—He dormido lo justo.
—Eso no es dormir, eso es hacer cola para dormir.
Le cogí el café. Iris es veterinaria y viene tres tardes por semana sin cobrar, y a veces vienen más, y siempre trae dos cafés aunque solo le pago en croquetas y en agradecimiento, que es una moneda que ella acepta y yo no debería dejar que aceptara.
Tiene una manera de estar en los sitios que hace que los sitios funcionen.
Si yo fuera más listo, o menos cabezota, o menos otras cosas, a lo mejor me habría planteado lo que cualquiera con dos dedos de frente se plantearía con una mujer así trayéndote café tres veces por semana.
Pero llevo un par de años sin plantearme nada que no quepa en una hoja de cálculo, y eso también es una forma de no dormir.
—Hoy viene una familia a ver a Tarta —dijo Iris—. A las once.
—¿La familia del lunes pasado?
—La misma. Esta vez dicen que sí.
—Dijeron que sí el lunes pasado.
—Ya. Pero hoy lo dicen con el coche aparcado fuera.
La familia llegó a las once y diez, que en el mundo de las adopciones es puntualísimo.
Padre, madre y un crío de unos siete años que entró en el recinto, vio a Tarta correr en diagonal hacia él y se enamoró de esa manera total y sin condiciones en que se enamoran los niños y los perros, que son los únicos que lo hacen bien.
Tarta le puso las dos patas delanteras en el pecho —las dos que tiene delante— y le lamió la cara, y el crío se reía con esa risa que no se puede fingir, y por un momento pensé: hoy sí.
—Es que le falta una patita —dijo la madre.
—Una de cuatro —dije yo—. El ochenta por ciento de perro. Y le sobra en lo demás, se lo aseguro.
Sonreí. Se me da bien sonreír, lo llevo haciendo toda la vida, y casi siempre funciona. Esta vez también funcionó, pero funcionó hacia el otro lado: la madre sonrió de vuelta, esa sonrisa de la gente que ya ha decidido que no y solo está buscando una manera amable de decirlo.
—Es que con el niño tan pequeño… queríamos algo más… —dejó la frase ahí, en el aire, como se dejan estas cosas.
—Más entero —dije, para ahorrárselo.
—No quería decir eso.
—No pasa nada. —Y no pasaba nada. Pasan estas cosas y se sonríe y se acompaña a la salida y se le dice al crío que vuelva cuando quiera, que Tarta lo va a estar esperando, que es verdad y es lo peor que se le puede decir a un crío de siete años.
El niño se fue mirando hacia atrás hasta la verja. Tarta se quedó en la puerta, moviendo el rabo, segura de que volvían, porque para Tarta todo el que se va vuelve, esa es su gran teoría sobre el mundo y nadie se la ha desmentido todavía. Le rasqué el cuello.
—Otro día —le dije—. Tú eres muy de otro día.
Iris no dijo nada. Recogió los papeles de Tarta y los volvió a meter en la carpeta de los pendientes, que es la carpeta gorda, y me puso una mano en el hombro un segundo al pasar, ni más ni menos que un segundo, y entró a darle la medicación a Chochez.
En el despacho, encima del archivador, hay una caja de cartón con las cosas de mi padre. Llevo dos años sin abrirla. La veo todos los días. Algún día la abro. Hoy tampoco.
El burofax llegó a mediodía, y los burofaxes nunca llegan para felicitarte el santo.
Lo trajo el cartero, que se llama Suso y al que Brioche adora con una intensidad que a Suso le da más miedo que ternura, y me lo dio con esa cara de "yo solo entrego" que ponen los carteros cuando saben que entregan malas noticias.
Lo firmé. Lo abrí en el despacho, de pie, porque hay cosas que es mejor leer de pie, no sé por qué, debe de ser para poder salir corriendo si hace falta.
El dueño del local vendía el edificio. Tenía una oferta.
Nos daba de plazo hasta final de mes para ponernos al día con lo que debíamos —que era bastante, que era más de lo que yo le había contado a nadie, que era exactamente lo que yo llevaba meses moviendo de un sobre a otro como quien cambia de sitio un mueble para no ver la mancha de la pared—, y si no, rescindía.
Final de mes. Faltaban poco más de tres semanas.
Y, por si la mañana iba escasa de alegría, grapada detrás venía la copia de la denuncia.
El señor Pombo, que vive en el bloque de enfrente y que lleva desde que tengo memoria considerando que catorce perros y nueve gatos son un atentado contra su derecho al silencio, había vuelto a denunciarnos en el ayuntamiento.
Ruidos. Olores. Una licencia que, decía él, no estaba en regla.
No le faltaba del todo la razón, que es lo que tienen los Pombo del mundo, que dan rabia precisamente porque algo de razón siempre llevan.
Me senté. Hice los números. Los hice tres veces, por si la tercera salían distintos, y a la tercera salieron iguales, que es lo que tienen los números, que no negocian. No salía. Por más que moviera el mueble, debajo seguía la mancha, y la mancha tenía ahora una fecha.
Iris asomó la cabeza.
—¿Era algo importante?
—Publicidad —dije, y doblé el burofax en cuatro y me lo metí en el bolsillo de atrás—. Lo de siempre. Oye, ¿le has dado ya lo suyo al Notario?
El Notario es un galápago. Lo trajeron hace año y medio en una caja de zapatos y desde entonces vive en un terrario en la entrada, mirándolo todo con la lentitud de quien ha decidido que el mundo puede esperar, porque él, desde luego, va a esperar.
Nadie adopta un galápago. La gente entra, lo ve, dice "anda, una tortuga", y se va a por un perro.
El Notario lleva año y medio dándome la única lección que de verdad me hace falta y que de verdad no aprendo: que estar no es lo mismo que servir para algo, y que aun así hay que dar de comer.
—Bruno —dijo Iris, que no se cree lo de la publicidad, que no se ha creído lo de la publicidad ninguna de las veces—. Si pasa algo, me lo dices, ¿vale?
—Que no pasa nada.
—Vale —dijo. Y no se movió de la puerta.
—Que de verdad. Anda, vete, que hoy tienes turno en la clínica y como llegues tarde por mi culpa no te traigo más croquetas en la vida.
Se fue. Le di yo de comer al Notario, que me miró masticar el aire un rato antes de dignarse a comer, y cerré la protectora a las ocho, y me llevé a Brioche a casa con el burofax en el bolsillo haciéndome compañía como una piedra.
A casa quiero decir al tercero. Vivo encima de la protectora en el sentido de que vivo por la protectora, pero el piso lo tengo a dos calles, en un edificio sin ascensor donde, según he ido descubriendo este último año, las paredes son finas y la vecina de arriba es de hielo.
Subiendo la escalera me encontré a doña Encarna en el rellano del primero, apostada, que es como ella está siempre, con el móvil en una mano y la verdad de todo el barrio en la otra.
—¡Brunito! —Doña Encarna me llama Brunito desde que tengo ocho años y no pienso corregirla a estas alturas—. Ven, ven, que tienes que ver esto. Que tu perro es famoso. ¡Famoso!
—Mi perro lleva siendo famoso en este edificio desde que se comió tu felpudo, doña Encarna.
—Eso fue una vez y se lo perdoné. Mira. Mira.
Me puso el móvil delante. Y ahí estaba Brioche, en nuestro propio portal, lamiéndole la cabeza al gato naranja del cuarto con un cuidado que a mí, que lo conozco, que sé que es incapaz de bajar una escalera sin rodar media, me dejó sin saber qué hacer con la cara.
Y el gato, ese gato que me ha bufado a mí veintidós veces —las he contado—, dejándose.
Inclinando la cabeza. Como si Brioche fuera el único ser del planeta autorizado.
—Cuarenta y dos mil —dijo doña Encarna, con un orgullo de abuela—. Y subiendo. Lee, lee los comentarios.
Los leí. No debí, pero los leí, porque resulta que en eso la del cuarto y yo nos parecemos más de lo que a ella le gustaría.
La mayoría eran para Brioche y para el gato.
Pero unos cuantos, los suficientes, hablaban de otra cosa.
Hablaban de una mujer que salía al final, medio segundo, entrando por el portal con cara de día largo, y que miraba a los animales con una expresión que la gente, cuatrocientos desconocidos, había decidido que era amor disfrazado de fastidio.
la del final es la dueña del gato seguro
vecinos enemy to lovers CONFIRMADO
mirad cómo lo mira y luego dice que no le gusta jajaja somos ella
—Esa es la del cuarto —dijo doña Encarna, encantada—. La seria. La que no saluda.
—La que no saluda —repetí.