Capítulo 1 — El felpudo estaba mal alineado #2
Lola lo recogió de la calle, le puso un nombre de emperador y le inventó una vida interior entera, con decretos y enemigos.
Cuando ella faltó, el gato se vino conmigo sin que ninguno de los dos lo decidiéramos del todo, como se heredan las cosas que no se pueden meter en una caja.
No hablo de esto. Lo consigno aquí porque hace falta para entender por qué una mujer que lo controla todo deja que un gato gordo le ocupe los contratos: porque ese gato es lo último que tocó mi hermana con cariño, y yo no soy tan de hielo como para tirar eso a la basura, aunque a veces me convenga que la gente lo crea.
Le rasqué entre las orejas porque me lo pidió sin pedírmelo, que es como pide él, y bajé a por el correo que no había recogido a mediodía.
En el rellano del tercero estaba el problema de siempre.
El felpudo del tercero —el del idiota del tercero, para ser exactos, porque hay que ser exactos— estaba torcido.
Otra vez. Un felpudo es un rectángulo. Un rectángulo, frente a una puerta, que también es un rectángulo, solo tiene una posición correcta, y no era esa.
Esa era una posición de persona que llega con las manos llenas, suelta el felpudo de una patada cariñosa y entra silbando.
Lo sé porque al del tercero lo he oído silbar.
Silba subiendo escaleras. Es un atentado contra la convivencia que ninguna ley recoge todavía.
Me agaché y lo coloqué. Paralelo al umbral, centrado, los flecos hacia fuera. Tres segundos. No me costó nada y me devolvió algo, una cosa pequeña que no tiene nombre y que yo no necesito que lo tenga.
Detrás de la puerta, el perro empezó a llorar de felicidad.
No de alarma. De felicidad. Olía que era yo, o me oía, o lo que sea que hagan los perros con esa nariz suya de detector de emociones ajenas, y se ponía como si llegara la Navidad con todos sus reyes.
Arañaba la madera por abajo. Gemía. Un animal de cuarenta kilos reducido a la indignidad absoluta porque la vecina de arriba le había tocado el felpudo a su dueño.
—Ya está —le dije a la puerta—. Para.
No paró. Nunca para.
La puerta se abrió.
—¡Anda! Hola.
Él. El del tercero. En camiseta, descalzo, con esa cara de quien encuentra francamente agradable el martes, un lunes, lo cual ya es de por sí sospechoso. Detrás, el perro intentaba salir y él lo contenía con la rodilla sin dejar de sonreírme, multitarea de la alegría.
—El felpudo —dije.
—¿Qué le pasa al felpudo?
—Estaba mal alineado.
Lo miró. Miró el felpudo. Miró el felpudo bien colocado, perfecto, paralelo al umbral, y luego me miró a mí, y por un instante pensé que se iba a reír, y preparé el gesto que pongo cuando alguien se ríe de mí, que es un gesto que funciona, que cierra conversaciones, que me ha hecho ganar reuniones contra hombres que cobran el triple que yo.
No se rio. Asintió, despacio, como si le hubiera dado un dato útil sobre el funcionamiento del mundo.
—Pues muchas gracias —dijo—. Lo tendré en cuenta.
Y lo decía en serio. Eso era lo insoportable.
Lo decía completamente en serio, sin una gota de retintín, como si yo le hubiera hecho un favor en lugar de una corrección, y el perro, mientras tanto, había conseguido sacar la cabeza por el hueco y me miraba con una pelota de tenis en la boca y una devoción que yo no había solicitado en ningún formulario.
—No le des cuerda —dije.
—No le doy nada, mira. —Levantó las dos manos, inocente—. Es que le caes bien. Le caes muy bien, la verdad. Es de los pocos.
—¿De los pocos a los que les caigo bien?
—De los pocos que tienen buen criterio.
Lo dijo y se metió para dentro, sin esperar respuesta, todavía sonriendo, conteniendo al perro con la pierna, y cerró la puerta con cuidado de no pillarle el morro, y yo me quedé en el rellano con dos cartas y la sensación incómoda de haber perdido algo que ni siquiera sabía que estábamos jugando.
Subí. Le había hablado al del tercero más en esos veinte segundos que en los ocho meses anteriores juntos.
No me gustó. O me gustó, que a veces es lo mismo y duele más.
Cené de pie, que es como ceno cuando trabajo, leyendo el contrato de la constructora con Nerón otra vez encima de la cláusula. Lo dejé estar. A veces uno escoge sus batallas y a veces el gato las escoge por ti, y a estas alturas tengo más batallas que ganas.
A las once abrí el portátil para mandarle el comunicado de Salvatierra a la abogada antes de dormir.
Lo tenía programado para las siete de la mañana del día siguiente, hora a la que la gente perdona mejor porque todavía no ha tenido tiempo de odiar nada, porque el odio, como el café, necesita reposar.
Todo estaba en su sitio. Todo estaba gestionado.
Y entonces, mientras esperaba a que cargara el correo, hice lo que no hay que hacer nunca a las once de la noche, que es mirar el móvil sin un objetivo concreto.
Tenía once mensajes de Mateo. Once. Mateo me manda uno a la semana, y la mitad son memes que no entiendo y que finjo entender por respeto a una amistad que ninguno de los dos llamaría amistad.
El primero decía: «no te enfades».
Eso ya era malo. Cuando Mateo dice «no te enfades» es porque ha calculado, con su precisión de costumbre, que me voy a enfadar, y ha decidido avisar para repartir la culpa por adelantado.
El segundo era un enlace.
Lo abrí.
Era un vídeo. Catorce segundos. Lo había subido una cuenta que no conocía, patitasdelbarrio o algo así, una de esas cuentas que filman la vida ajena y la llaman contenido.
En el vídeo, en el portal de mi edificio —mi portal, reconocí los buzones, reconocí la pared que llevo dos años diciendo que hay que pintar—, mi gato, Nerón, mi gato gordo y despectivo que no quiere a nadie, estaba dejándose lamer la cabeza por el golden retriever del tercero.
No tolerándolo. Dejándose. Con los ojos medio cerrados. Inclinando la cabeza hacia el morro del perro para ponérselo más fácil.
Y el perro lo lamía con un cuidado de enfermero, como si el gato fuera de cristal, como si llevara toda la vida esperando que le dejaran, y alguien, fuera de cuadro, había puesto encima unos corazones rosas que latían y una canción que conozco y no pienso nombrar.
Cuarenta y un mil reproducciones. En una noche.
Lo vi entero. Lo volví a ver. A la tercera vez ya no miraba al gato.
Miraba el fondo.
Porque al fondo del plano, medio segundo, apenas el tiempo de un parpadeo, entraba una mujer por la puerta del portal con dos bolsas y cara de venir de un día largo, y esa mujer giraba la cabeza hacia los animales con una expresión que yo no le había visto nunca a esa mujer, porque esa mujer era yo, y yo no me veo nunca la cara, y la cara era reconocible.
Del todo. Mi pelo, mi abrigo, mi forma de mirar a un gato cuando creo que no me mira nadie.
Cuarenta y un mil personas habían visto esa cara. Y los comentarios —no debí leer los comentarios, leí los comentarios, siempre leo los comentarios, es deformación profesional— ya estaban preguntando.
quién es la del final??
la dueña del gato y el dueño del perro VECINOS imaginad
necesito el spin off de los humanos ya
ella tiene cara de odiarlo todo y aun así fijaos cómo mira jajaja
Cerré el portátil. Lo abrí. Lo cerré.
Calculé el daño, que es lo que hago, que es lo único que sé hacer cuando algo se sale de su sitio. Empecé por lo de siempre: ¿a quién afecta, cuánto cuesta, cómo se contiene? Pero esta vez el cálculo no me devolvió un número.
Porque aquí está el problema, y lo vi con la claridad fría con la que veo los problemas de los demás cuando por fin son míos: yo me dedico a que la gente no salga en los vídeos.
Mi valor entero, lo que cobro, lo que me hace tumbas, lo que tranquiliza a una constructora con un problema antiguo, es que nadie sepa qué cara tengo cuando miro algo con ternura.
Una gestora de crisis reconocible es una gestora de crisis muerta.
El día que mi cara tiene apellido y subtítulos, dejo de poder esconder a nadie, porque ya no estoy escondida yo.
La discreción no se vende a medias. O eres invisible, o no sirves.
Y yo, esa noche, tenía cuarenta y un mil testigos de que existo, de que tengo un gato, de que vivo en un portal con la pared sin pintar, y de que miro a los animales como mira la gente que siente cosas. Material. Por primera vez en doce años, yo era material.
El cálculo, esta vez, no me devolvió un número.
Me devolvió un nombre. El del idiota sonriente del tercero, al que llevaba ocho meses sin dirigirle la palabra y al que esa misma tarde le había arreglado el felpudo.
Y la certeza, fría y exacta como una factura, de que iba a tener que bajar a hablar con él.
Mañana. Antes de las siete, antes de que el comunicado de Salvatierra saliera y el día empezara a perdonar cosas, antes de que cuarenta y un mil fueran cien mil y la mujer del fondo del plano tuviera apellido, profesión y una lista de clientes a los que de pronto les preocuparía mucho lo discreta que es la señora Cossío.
Nerón saltó a la mesa y se sentó encima del portátil cerrado, mirándome con una calma que en cualquier otra criatura yo habría llamado satisfacción.
Sé reconocer a alguien que ha hecho exactamente lo que quería hacer. Trabajo con ellos todos los días. Les redacto las disculpas.
—No —le dije—. Ni se te ocurra.
Se le ocurrió.