Como el perro y el gato (y sin embargo) Capítulo 1 — El felpudo estaba mal alineado
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Como el perro y el gato (y sin embargo)

Como el perro y el gato (y sin embargo)

Por Marisol Fuendetodos

© inepub.com

Capítulo 1 — El felpudo estaba mal alineado

(Nerón)

Hecho primero: yo gobierno el cuarto izquierda. Mi humana cree que lo gobierna ella. Es una mujer eficaz, y a la gente eficaz conviene dejarle creer cosas; corregirla a estas alturas sería cruel y, sobre todo, trabajoso.

Hecho segundo: en el tercero vive un perro. Grande, rubio, de una felicidad que ofende. Se llama Brioche, que ya lo dice todo. Ladra a las hojas. Ama a los carteros. Es, en resumen, tonto.

Hecho tercero, y este lo consigno en voz baja: bajo a verlo. Por la escalera, cuando la puerta queda mal cerrada, cosa que ocurre con una frecuencia que no pienso investigar. Bajo porque arriba huele a orden, y el orden, a la larga, huele a nada. El perro huele a perro. Es honesto. No es lo mismo.

No lo quiero. Que quede claro. Lo tolero. Hay una diferencia, y es toda mía.

Lo que sí consignaré es esto: mi humana lleva tres años durmiendo con la luz del pasillo encendida y hablándome como si yo fuera la otra. No soy la otra. Soy el que se quedó.

Lo que no consignaré: que algunas noches, cuando me oye bajar, no cierra la puerta del todo. A propósito.

Conclusión oficial: este edificio sería más digno sin el perro.

Conclusión que me reservo: he dormido mejor desde que está.

(Greta)

El lunes a las nueve y cuarto, un hombre que cobraba ochenta euros por enseñar a respirar a desconocidos lloraba en mi despacho porque le habían filtrado un audio en el que no respiraba nada bien.

—Greta, es que no era yo —dijo Kike Salvatierra—. Ese del audio no era yo.

—Era usted.

—Era una versión de mí que no me representa.

—Le representa lo suficiente como para que lo hayan escuchado cuatrocientas mil personas en una noche.

Kike Salvatierra dirigía Vibra Alta, una marca que vendía gratitud a plazos.

Retiros de fin de semana, una agenda con frases dentro, un pódcast donde se reía despacio para que se notara que estaba en paz.

Su cara estaba en los autobuses de media ciudad, mejorada, sin la papada que tenía delante de mí esa mañana, hinchada de no dormir y de cava barato.

El audio duraba minuto y medio. En él, Kike Salvatierra le gritaba a una becaria de veintidós años por haber traído leche de avena cuando él había pedido, textualmente, leche de avena.

La becaria, que grababa, no decía nada. Él decía muchas cosas.

Algunas tenían que ver con la inutilidad de la generación de la becaria.

Otras, con lo que él había construido solo, desde cero, sin ayuda de nadie. Ninguna tenía que ver con respirar.

—Lo voy a explicar —dijo Kike—. Voy a salir, voy a mirar a cámara y voy a contar mi verdad. La gente entiende la vulnerabilidad. Es el momento de honrar mi proceso.

—No.

—Greta.

—No va a honrar nada. La gente no quiere su verdad. La gente quiere una versión con la que poder seguir dándole dinero los miércoles sin sentirse mala persona. Mi trabajo es construir esa versión. El suyo es leerla sin improvisar.

Mateo, desde la otra silla, fingía revisar el móvil.

A Mateo lo contraté hace cuatro años porque era el único candidato que, al preguntarle por su mayor defecto, no me mintió.

Dijo: «Que me caen mal casi todos los clientes».

Le dije que ese no era un defecto en esta profesión, era una herramienta de precisión.

Lo contraté esa tarde y no me he arrepentido ni un día, que es más de lo que puedo decir de casi nada.

—Tengo el borrador —dijo Mateo, y me pasó el portátil por encima de la mesa, lejos de Kike, como quien aparta el postre de un niño.

Lo leí. Estaba bien. «Bien» en mi profesión significa que parece sincero sin admitir nada.

La primera frase asumía la responsabilidad de un tono; en ningún sitio decía qué tono, ni de qué, ni con quién.

La segunda hablaba de un día difícil, sin víctima, porque las víctimas tienen nombre y los nombres se demandan.

La tercera prometía un proceso, palabra que no obliga a nada porque un proceso no termina nunca, no se puede incumplir lo que no acaba.

Cerraba con la becaria, a la que llamábamos «una persona de mi equipo a la que admiro profundamente», y a la que íbamos a indemnizar esa misma semana a cambio de su silencio, que es la única forma de admiración que se cobra por transferencia.

—Falta una cosa —dije—. Donde pone «pido perdón», quita el «pido».

«Pido perdón» suena a que esperas que te lo den.

Pon «perdón» a secas. El que pide, debe.

El que dice «perdón» y calla, ya ha pasado página, y la gente quiere pasar página contigo, porque pasar página es más cómodo que seguir enfadado.

Es más fácil perdonar a alguien que no te lo está suplicando.

Mateo lo cambió sin levantar la vista.

—Eres aterradora —dijo, con cariño.

—Soy puntual. Es lo que pagan.

Kike Salvatierra miraba la pantalla como si fuera un electrocardiograma propio.

—¿Y la becaria? —preguntó—. O sea, ella me… ella tiene su propia versión de lo que pasó.

—La becaria tiene un acuerdo de confidencialidad y una transferencia. Las versiones se las puede permitir la gente que no las necesita. Usted no es esa gente, no esta semana.

Se quedó callado. Por un momento pensé que iba a discutir, que iba a decirme algo sobre la autenticidad, sobre vibrar alto, sobre cualquiera de las cosas que decía en el autobús con los brazos abiertos.

Pero los hombres como Kike Salvatierra no discuten cuando tienen miedo.

Asienten. La autenticidad es un lujo de los lunes tranquilos, y aquel lunes no lo era.

—Gracias —dijo, y se levantó—. De verdad. Eres un ángel.

—Soy lo contrario de un ángel. Por eso funciona. Mateo le acompaña.

Cuando se cerró la puerta, Mateo volvió a su silla y soltó el aire que llevaba media hora administrando.

—¿Tú duermes? —me preguntó.

—Perfectamente.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Y era verdad. Ese es el detalle que la gente no entiende de mi oficio y que yo no me molesto en explicar.

Duermo bien. No porque sea insensible —eso me lo han dicho, y es cómodo y es falso—, sino porque entendí pronto una cosa que a la mayoría le cuesta la vida entera: la verdad no protege a nadie.

La verdad es lo que le pasó a la becaria, y a la becaria no la protegió.

A la becaria la van a proteger ochenta mil euros y un papel firmado.

Yo no traje la leche de avena. Yo solo me ocupo del minuto y medio de después, cuando ya no hay nada que arreglar y solo queda gestionar quién paga el qué.

Y a mí me sale el qué. Siempre me ha salido el qué.

—Hay otra cosa —dijo Mateo, ya en la puerta, con esa voz que pone cuando deja lo importante para el final para que parezca menos importante—. La constructora. Quieren cerrar esta semana. Y han preguntado, textualmente, si «la señora Cossío es tan discreta como dicen». Les he dicho que eres tumbas.

—Soy peor que tumbas. Las tumbas tienen nombre grabado fuera.

Mateo se rio y se fue, y me quedé sola en el despacho, que es como mejor trabajo, con la ciudad entera ahí fuera generando cada día material para gente como yo.

Mi negocio no conoce las crisis. Mi negocio es las crisis.

Cuanto peor le va al mundo, mejor me va a mí, y esa es una de las dos o tres cosas que sé sobre mí misma y que prefiero no mirar de frente más de lo imprescindible.

Comimos a las dos. Vino la abogada de Salvatierra, no la becaria. La becaria ya había hablado suficiente para los dos.

Vivo en el cuarto izquierda de un edificio sin ascensor y con vecinos. Las dos cosas son defectos. Las elegí a las dos, lo cual dice de mí algo que tampoco pienso mirar de frente.

El piso lo tengo en un orden que la gente confunde con frialdad y que es, en realidad, una forma de descanso.

Cada cosa en su sitio significa cada cosa fuera de mi cabeza.

Los zapatos a la izquierda de la puerta, las llaves en el cuenco, el correo abierto con abrecartas y no con el dedo, porque el dedo deja el sobre roto y el sobre roto es una decisión a medias y yo no dejo decisiones a medias.

La gente que ve mi casa por primera vez dice «qué limpio».

No es limpio. Es resuelto. No es lo mismo.

El edificio, en cambio, no está resuelto.

El edificio es ruidoso, viejo y entrometido, y su gobernadora oficiosa es doña Encarna, la del segundo, que lleva treinta años vigilando la escalera con la dedicación de quien tiene una misión divina.

Doña Encarna sabe quién sube, quién baja, quién recibe paquetes a deshoras y quién discute con su madre por teléfono en el rellano.

A mí me tiene clasificada como «la del cuarto, la seria, la que no saluda», y no se equivoca, salvo en que sí saludo: lo que pasa es que mi saludo y mi cara de no saludar son indistinguibles, y eso es un problema mío que no pienso resolver a estas alturas.

Las paredes son de papel de fumar. Lo sé porque oigo al señor Pombo, el del primero, quejarse de todo a un volumen pensado para que se oiga: del ascensor que no hay, de los ruidos, del perro del tercero, de la juventud, de la vida en general.

Oigo el televisor de doña Encarna. Y oigo, sobre todo, al perro del tercero, que tiene una agenda emocional incompatible con la tranquilidad de un edificio.

Lo único que en esta casa hace lo que le da la gana es el gato.

Nerón estaba donde suele estar a las ocho de la tarde, que es donde más molesta: encima de los papeles que necesito.

Esa noche tocaba el contrato de la constructora, la del problema antiguo y la pregunta sobre mi discreción, y Nerón se había sentado justo sobre la cláusula de exclusividad, como si supiera leer y le pareciese poco.

Lo aparté. Volvió. Lo aparté otra vez, con las dos manos, y se dejó mover entero, como un saco naranja de opiniones, y volvió a subirse en cuanto retiré las manos.

Es lo único de esta casa que no me hace caso. Y, por un motivo que no he conseguido archivar en cuatro años, es lo único que tolero.

Era de mi hermana. Eso lo explica casi todo y no explica nada.