Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 31 Nina
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NINA

Después de hablar con Logan, me quedé un rato en el cumpleaños de Noah, porque no tenía ganas de irme enseguida. Por suerte, Logan mantuvo las distancias, ya que, de lo contrario, tal vez habría flaqueado en mi decisión.

—Noah te echa de menos —me dijo antes de que me marchara—. Sé que a Josie y a él les encantaría que fueras a visitarlos.

Por eso, contra mi sentido común, Josie y yo acordamos que iría a cenar con ellos una noche a la semana. La primera vez que acudí, fui preparada mentalmente por si Logan se unía a nosotros a pesar de su promesa, pero ni siquiera estaba en casa.

—Ha dicho que esta noche necesitaba revisar unos currículos —explicó Josie sin necesidad de que yo preguntara.

Me entregó un plato lleno de espaguetis y me indicó que me sentara a la mesa, donde Noah ya había adquirido un divertido bigote de salsa de tomate. Le limpié la boca e intenté imaginar a Logan leyendo un montón de currículos.

—¿Para qué puesto?

Josie puso un trozo de pan de ajo en el plato de Noah y él casi dejó caer el tenedor al suelo en sus prisas por comérselo.

—Está buscando a alguien para dirigir la guardería —dijo en un tono que sonó demasiado despreocupado.

Yo carraspeé y corté una albóndiga con más vigor del necesario.

—Estoy bastante segura de que recursos humanos puede encargarse de eso.

—Podrían hacerlo —asintió Josie—, pero la guardería se ha convertido en algo así como su proyecto personal, y quiere que sea perfecto.

Tuve que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco.

Cómo no, Logan Ashford tenía que ocuparse en persona de planificar una guardería.

El señor Problemas de Control no podía dejar a nadie más a cargo de algo tan importante.

Una parte de mí habría querido admirar el esfuerzo que estaba dedicando al proyecto, pero no estaba lista para dejar de estar enfadada con él.

—Papá quiere que lo lleves tú —dijo Noah, con esa clase de certeza tan propia de los niños.

—Oh, no creo que…

—Lo ha dicho él —me interrumpió Noah—. Le oí hablar con la señorita Helen. Dijo que quería que lo llevaras tú, pero no se atrevía a ofrecértelo, porque no quería que pensaras que intentaba comprarte.

—¡Noah Ashford! —exclamó Josie, pálida—. Sabes que está muy mal espiar a los mayores.

Noah no parecía lamentarlo ni lo más mínimo.

—¿Qué quiere decir eso, Nina? ¿Qué es comprar a alguien? —Arrugó la nariz—. No suena muy bien.

—Y no lo es, peque —respondí, sin apartar la vista de Josie—. ¿Quién es la señorita Helen?

Antes de que Josie pudiera contestar o, más bien, inventar alguna excusa, Noah se adelantó.

—Es como el señor Henry, pero en vez de hablar conmigo, habla con papá.

Una psicóloga. Logan estaba viendo a una psicóloga para sí mismo. Supuse que lo hacía para resolver sus propios problemas, y mi corazón se aceleró un poco.

—Bueno —dije con un resoplido—. Eso está bien.

Miré a Josie, que estaba tratando de contener una sonrisa.

—¿Qué pasa? —le espeté—. Puedo respetar a alguien que busque ayuda sin darle demasiada importancia.

Pero sí que tenía mucha importancia. Josie se limitó a emitir un murmullo y se metió unos cuantos espaguetis en la boca sin decir palabra.

Durante varias semanas, las cosas continuaron igual.

Seguí visitando a Noah sin ver a Logan, pero durante cada una de las cenas, recibía alguna noticia sobre cómo le iba: había encontrado a alguien para dirigir la guardería, pero no estaba demasiado contento con su elección; sus hermanos y él habían ido a ver a la psicóloga para una sesión familiar; llevaba a Noah a clases de dibujo cada dos semanas…

Era Noah quien me daba todas las noticias, y resultó evidente que no había dejado de espiar a Logan. Por mucho que quisiera reprenderle por ello, debía admitir que me gustaba escuchar las novedades.

Y, cuanto mejor iban las cosas en casa, más veía florecer a Noah.

Era maravilloso presenciarlo, pero también me causaba algo de malestar.

Debería estar preparándome para otro crucero, pero no dejaba de retrasarlo porque me aterraba dejar a Noah sin hablarlo antes con Logan.

¿Y si no quería dejarme ver a Noah cuando volviera?

O, lo que era peor, ¿y si Noah creía que le estaba abandonando otra vez?

Pero lo que sería aún peor era que, para cuando volviera, Logan hubiera pasado página.

Esa última idea no debería molestarme tanto como lo hacía.

Era yo quien le había dicho a Logan que no estaba lista para nada más, y no lo había visto desde hacía semanas, así que no tenía forma de saber si seguía sintiendo lo que me contó en el cumpleaños de Noah.

Me había dicho que me quería, pero después, solo había habido silencio.

Lo que tú le pediste, me recordé por enésima vez. Era yo quien le había pedido espacio, y él estaba respetando mi petición. De hecho, se estaba ocupando de mejorar, sin que yo le hubiera prometido que eso nos llevaría a estar juntos de nuevo.

Llegué a la casa para cenar un miércoles, la semana anterior a tener que decidir si iría en el próximo crucero y, esa vez, fue Logan en persona quien me abrió la puerta.

—Logan.

Me dirigió una sonrisa precavida, y me temblaron las rodillas.

—Lo siento. Josie ha tenido una emergencia —me explicó, mientras se apartaba para dejarme pasar—. Le he prometido a Noah que no cancelaría la cena, pero si no estás cómoda conmigo…

—Cena con nosotros.

Él parpadeó, tan claramente sorprendido como yo misma. ¿Qué diablos estaba haciendo?

—¿En serio?

Asentí, a pesar de los nervios que me atenazaban el estómago.

—Claro.

La cena fue incómoda. Nunca me había alegrado tanto como entonces de estar con un niño de siete años tan charlatán, y tampoco vino mal que Noah estuviera emocionado por tenernos a su padre y a mí sentados de nuevo a la misma mesa.

Cuando terminamos el postre, me hizo prometer que no me marcharía mientras él se lavaba los dientes antes de acostarse, y salió del comedor.

—¿Podemos hablar? —preguntó Logan tan pronto como su hijo se marchó.

—No creo que sea buena idea.

—Nina, por favor. Solo necesito enseñarte algo.

La indecisión se apoderó de mí. Él se levantó y cogió un montón de papeles que había sobre un aparador. Se me cayó el alma a los pies. No era posible que me hiciera lo mismo otra vez. ¿Acaso la psicóloga no le había hablado de los límites?

Cuando me los intentó entregar, negué con la cabeza.

—No tienes que comprar mi perdón, Logan. No puedes hacerlo.

—Tú solo mira los documentos —insistió él sin echarse atrás—. Te lo ruego.

Sacudió los papeles delante de mí con desesperación.

Mi mirada saltaba de los documentos a su cara, entre la desconfianza y la preocupación.

Por fin, tendí la mano para cogerlos y los desdoblé con lentitud.

Noté sus ojos sobre mí mientras leía, y abrí mucho los míos cuando empecé a asimilar lo escrito en aquellas páginas.

—Quieres… ¿Quieres que sea la tutora legal de Noah? ¿Con las mismas facultades que tú?

Se sentó a mi lado y acercó la silla a la mía, algo más de lo necesario.

—Quiero eso más que nada en el mundo.

Me tembló la barbilla y, aunque tenía el sí en la punta de la lengua, negué con la cabeza.

—Lo siento, Logan, pero no puedo. —Una lágrima rodó por mi mejilla mientras le devolvía los documentos—. Esto es muy considerado por tu parte, y sabes lo mucho que quiero a Noah, pero no me parece una buena idea.

Su cara se contrajo con una expresión que no estaba acostumbrada a ver en ella: temor.

—Lo estoy estropeando todo —musitó.

—No —insistí—. No lo estás haciendo. Lo entiendo, pero…

—No lo entiendes —me interrumpió él, sin dejarme terminar—. La he vuelto a cagar. No nos hemos visto en casi un mes, y me he lanzado a mostrarte directamente los papeles de la tutela.

—Entonces, ¿no quieres que sea la tutora de Noah? —pregunté, confusa.

—No, sí que quiero —dijo a toda prisa.

Su expresión se había entristecido, y no debería haberme resultado tan entrañable. Todo lo relacionado con aquel hombre me descolocaba.

—Lo he hecho todo al revés. Debería haber empezado por preguntarte si te plantearías volver a verme de vez en cuando. Tendría que haberte dicho cómo me siento, antes de soltarte todo esto.

Tragué con dificultad.

—¿Cómo te sientes? —pregunté.

—Sí, yo…

—¡Papááááááá! —gritó Noah desde algún otro lugar en la casa—. ¡Necesito ayuda!

Logan apartó sus ojos de los míos con esfuerzo y suspiró.

—El deber me llama. —Miró los papeles de la tutela que yo aún tenía en las manos—. ¿Por qué no te los quedas y lo piensas? Podemos hablar de ello cuando estés lista.

¿Qué otra cosa podía decir?

—De acuerdo.